Jorge Martin Ferraro / ¿El kirchnerismo nacionalsocialista?

(Publicado en Perfil, 30.6.2012)

En la víspera de la boda entre Hermann Göering y su segunda esposa, Emmy Sonneman, él la visitó en su domicilio de la Bendlerstrasse con un envoltorio debajo del brazo. Emmy Sonneman abrió el paquete y encontró en él un precioso collar de perlas y una diadema cuajada de brillantes.

—Acepto el collar –dijo ella– y te lo agradezco muchísimo, pero no me atrevo a ponerme la diadema, pues ¿qué va a decir la gente? ¡Hay tanto hambre y miseria en Alemania! Es demasiado para mí.

Göering estalló en una sonora carcajada y luego dijo a su futura esposa: “¡No digas tonterías! Cuanto más pobre es la gente, tanto más gusta de la suntuosidad. ¡Siempre quieren ver algo de eso y tener ocasión de que se les muestre algo con lo que puedan soñar!” (Hegner, H.S., El Tercer Reich, página 274).

La cita introductoria se refiere a un suceso acaecido en 1935 en la Alemania nazi, pero bien podría extemporalizarse y aplicarse a la Argentina actual.

No dejo de relacionar la fastuosidad de los jerarcas nazis con el Rolex President, sus alardeantes joyas, las carteras Louis Vuitton, Prada o Hermès, los infinitos stilettos franceses o la irascible rodilla de Máximo. Ni hablar de los altísimos haberes de muchos de los noveles funcionarios de las corrientes intestinas del Frente para la Victoria, originados en muchos casos por la gestión en la dirección de empresas estatales insolventes.

Han pasado casi ochenta años de la llegada de Hitler al poder, y sin embargo muchas de sus metodologías –morigeradas– siguen utilizándose, como pretorianas, bajo la especulación de que nadie se percatará del aggiornamento.

El 24 de febrero de 1920, en una famosa cervecería de Munich, Gottfried Feder expuso por primera vez los 25 puntos del “inmutable programa del Partido” Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (Nsdap), preconizados por Hitler. Dentro de ellos podemos destacar: la nacionalización de todas las empresas pertenecientes a los “monopolios”; la participación en los beneficios de las grandes empresas; la entrega inmediata de los grandes almacenes a la administración comunal; la necesidad de una reforma agraria; la supresión del ejército regular y la creación de un ejército nacional, y el control de los medios periodísticos. A pesar del parentesco temático, no es ficción.

Tengamos presente a esta altura que Hitler revalidó su cargo mediante el plebiscito llamado para el 19 de agosto de 1934, en el que más del 90% de los votantes lo ratificó… Es claro: el voto popular no siempre legitima. O, en un sentido más correcto, una elección no es per se un factor legitimante.

Arista destacada de la política nacionalsocialista, era la selección de los temas –y su contenido– que se haría llegar a la población. Carl Friedrich Goerdeler era el encargado del control de precios en la Alemania nazi (nuestro Moreno). Su función era determinante, porque junto con el Ministro de Propaganda (Joseph Goebbels) tamizaba la información pública y realizaba una medición constante de los ánimos populares.

Pero quizás el caso más emblemático sea el de la propaganda política. El kirchnerismo se percató de que le resulta más económico romper contratos y que el Estado asuma –a largo plazo– los costos de mantener programación de llegada masiva (“Fútbol para todos” y “Automovilismo para todos”, por ejemplo) con mínimos o nulos ingresos que contratar el espacio publicitario total de medios independientes. Es una mera cuestión de costo-beneficio. Y si bien el costo económico es enorme, el beneficio político parece también serlo.

La propaganda, en su tendencia manipuladora exacerbada, lleva al adoctrinamiento. Y, claro está, cuanto más joven el destinatario de la política, más exitoso será su resultado.

Hitler vio entonces con buenos ojos la creación de las Hitlerjugend (Juventudes Hitlerianas), entendidas éstas como un nuevo sistema de adiestramiento para los jóvenes alemanes, fomentando su obediencia a la ideología nazi. No había libre albedrío. No se les transmitía conocimiento sino doctrina. Ahí emerge la diferencia de la versión criolla, en que la arista económica es condictio sine qua non.

La propaganda era un andamiaje fundamental dentro de la estructura nazi. La prosecución y perpetuación en el poder exigía enormes esfuerzos económicos, políticos y sociales. “No es sólo un asunto de hacer lo correcto, la gente debe entender que lo correcto es lo correcto. La propaganda incluye todo aquello que ayuda a la gente a darse cuenta de esto… la propaganda es un medio para un fin. Su propósito es llevar a la gente a una comprensión que les permitirá, voluntaria y sin resistencia interna, dedicarse ellos mismos a las tareas y objetivos de una dirección superior… La gente debe compartir las preocupaciones y logros de su gobierno” (Joseph Goebbels, Discurso sobre la propaganda, 1934).

En efecto, la cuestión Malvinas y la confiscación de la privatizada YPF, al caso, inducen a un ánimo popular nacionalista, absolutamente condicionado ya que se tamiza perfectamente el contenido que se hará conocer a las masas, posibilitando el efecto distorsivo perseguido.

Han pasado ochenta años… quizás ésa sea la única diferencia.

* * *

Jorge Martin Ferraro es Abogado.

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