Omar Genovese / Literatura y suicidio

(Publicado en Perfil, 8.7.2012)

Muchos escritores hallaron en el suicidio, como expresión de un tormento interior, el cuño de su materia creativa. Y el alivio a sus angustias.

Para disuadir cualquier represalia judicial, el presente artículo no pretende difundir el suicidio como método, ni sugerir asistencia para concretarlo al que tiene tales intenciones. Aclarado esto, llegan preguntas y pensamientos (veremos que la pregunta y el pensar tampoco alcanzan): ¿no hay nada como la tristeza para comprender, casi como iluminación, el abismo humano? A Epicuro se le adjudica la frase “Todo el mundo se va de la vida como si acabara de nacer”, reduciendo la existencia a una secuencia tan imprecisa como invalorable.

El suicidio (1897), de Emile Durkheim, puede leerse como una novela taxonómica de la desesperación. Si bien es fundante de la sociología, están en ella dos límites evidentes: la insuficiencia del conocimiento científico y el juicio moral de época. Como ficción histórica, es precursora del agotamiento temático lógico, estructura de la desazón que perfecciona El proceso de Kafka, ya con la angustia como red y la condena como único camino. El mundo es esto, acéptenlo, pero a diferencia del de Praga, Durkheim pide que ayuden a la sociedad a conformar el ideal y disminuir las rebeldías.

En 1846, un joven Karl Marx –previo al materialismo histórico como método “científico”–, publicaba en Alemania un artículo en la revista político-cultural Espejo de la Sociedad, dirigida por Friedrich Engels y Moses Hess, titulado “Peuchet: sobre el suicidio”, en el que analiza a partir de las memorias de Jacques Peuchet (1758-1830) –personaje político de segunda línea, que fue artista, abogado, economista, estadístico y archivero de la Policía francesa durante la Restauración–, las condiciones materiales que llevan al suicidio a los parisinos. Como otro texto sociológico fundante, se ocupa de las inserciones materiales desde un aspecto que Durkheim ignora: la opresión que produce la industrialización, la pérdida identitaria de las masas agrupadas en grandes ciudades, la miseria misma como detritus de la acumulación del capital.

Aun así, resulta imposible encontrar las razones completas de un suicidio. Occidente ha tomado la locura como motivo que oculta la constante que la vida porta en sí misma. De hecho, al considerarlo como delito similar al homicidio, a los ritos contra los cuerpos de los suicidas –desde el desmembramiento del muerto, a la confiscación de sus bienes condenando al desamparo a los herederos–, el ridículo asiste como miedo social. Nicolás González Varela, en el prólogo al artículo de Marx, señala: “Fue el abate Desfontaines en el siglo XVIII el primero que empleó en Occidente el término suicidie (sui –sí mismo– y cidius –matar–)”. Anterior a ello, y para dar algún sentido al acto suicida, se utilizó el término melancolía a partir de Anatomía de la melancolía de Robert Burton, pero parece que el sufrimiento humano resulta inabarcable ampliándose en constantes innovaciones. El término viaja hasta Freud y también a la geometría sintética de Lacan, donde tampoco logra unificar un síntoma universal, una causa primera, ajustada a lo real. Tal vez Foucault, tras su visión orgánica de la sumisión social (del panóptico a la represión organizada en las instituciones mentales y carcelarias), acerca una noción complementaria a lo elusivo de aquel término. Con la Antropología Genética –y el mapeo geográfico del genoma humano– ciertas sospechas superan a todas las civilizaciones: la supervivencia evolutiva del homo sapiens fue una lucha contra similares, otros homínidos de la misma rama perdieron la batalla por el territorio, incluso convirtiéndose en alimento primario, en un probable canibalismo parental cercano. Además, el homo sapiens fue el único capaz de migrar de manera expansiva, de Africa hacia el mundo. Es notable, y ya Durkheim señala algunos aspectos históricos, que la mayoría de las religiones-Estado ponen un límite a la muerte, la ritualizan, con el único fin de mantener la coyuntura social. Ahora bien, aquella individuación genética que triunfa sobre sus símiles, también debió cesar, quedando el impulso agresivo prohibido o enfocado en otro fin: al eliminar esa imagen parecida, carnal, el humano triunfal debió organizar la posesión, dividir el trabajo, fundar lo social como sustento, con un paralelo en dos capacidades distintivas como el lenguaje y la representación del mismo. Lo simbólico aquí es fundamental, y tal vez sea una marca que expanda el campo de nuestra ignorancia. Convengamos que el escritor es un ser excepcional, que se realiza en el lenguaje como el filósofo, pero alejándose de él: su materia no es la verdad sino la creación de universos temporales fantásticos más allá de lo contemporáneo. De todas formas, Albert Camus, en El mito de Sísifo, unió más extremos: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.

No recuerdo el origen de la cita, pero sí su densidad: “La muerte, como la lectura, es un acto íntimo”. A la clasificación, los escritores suicidas no registran ni una nota al pie. Son, a los efectos estadísticos, un número insoluble. Puede que fuera de toda clase, representan el agujero negro de la cultura, en su cuestión de rol y último recurso. En primer término, nadie puede leer el discurso íntimo del escritor en el momento de ejecutar su muerte, se lo lleva consigo regalando una zona de silencio hacia el futuro. La experiencia sin retorno, es la afirmación de la libertad en el plano absoluto que prefiguraba Hegel, pero también es llamado al biógrafo, la crítica, y también, a la historia de la literatura que se define en la acumulación de estilos y lecturas que hacen estilo y más lecturas. Arriesgo que los escritores suicidas nos llevan a evocar una experiencia inexplicable, de cuya motivación real estamos velados y de la que nos queda la constatación material del suceso. Ni siquiera la propuesta amable de un testimonio, como hiciera Henri Roorda en Mi suicidio (1925), y que una vez terminado desembocó en el acto mismo, puede dar una explicación plena. Otro ejemplo son los aforismos de Emile Cioran, que remiten más al epitafio del análisis, frustrando la plenitud de la certeza: “Cuando uno tiene la visión del suicidio, la conserva para siempre. Vivir con esa idea es una cosa muy interesante. Incluso diría que estimulante”. “Un libro es un suicidio aplazado”; “Mi misión es matar el tiempo, y la del tiempo es matarme en su turno a mí. Qué cómodo se encuentra uno entre asesinos”; “El deseo de morir era mi interés excluyente; a él le sacrifiqué todo, hasta la muerte”; máximas que plantean el abismo y contradicción del rol del hombre en el universo post-traumático de la modernidad, pero que tampoco alcanzan al escritor suicida: Cioran murió a los 84 años sufriendo una enfermedad, no por su propia mano. En apariencia, la cosa en sí de los escritores suicidas es entre ellos, como una secta post-mortem cuyo espacio ritual es la memoria de una biblioteca. Elías Canetti, Premio Nobel de Literatura 1981 (ver recuadro), también utilizó la forma aforística a favor de la vida, pero con mayor hermetismo y desesperanza que Cioran, ya en El libro de los muertos, en Apuntes o en El suplicio de las moscas. Lo que nos lleva a la feroz duda: ¿la muerte contamina desde su posición de divisor común a toda existencia? ¿Es una frontera insalvable para toda razón?

El escritor que comete suicidio lo hace en condiciones y maneras distintas (algunas similares), pero cada suceso reviste un carácter único, con la terrible advertencia de que algo más cesa. Hay un hermoso título de Henri Michaux, El infinito turbulento, que da un significado inquietante a la lista incompleta (incompleta por alguna omisión, porque el derrotero de la muerte por mano propia sigue vigente, agazapado) de escritores suicidas: Virginia Woolf, Sylvia Plath, Anne Sexton, Yukio Mishima, Emilio Salgari, Ernest Hemingway, Jerzy Kosinski, Hunter Thompson, David Foster Wallace, Cesare Pavese, Sándor Márai, Vladimir Maiakovski, Jack London, Georg Trakl, Paul Celan, John Kennedy Toole, Primo Levi, Heinrich von Kleist, Reinaldo Arenas, Walter Benjamin, Arthur Koestler, Stefan Zweig; lista que se amplía con los de nuestro territorio: Horacio Quiroga, Alfonsina Storni, Leopoldo Lugones, Raúl Barón Biza, Jorge Barón Biza, Alejandra Pizarnik, Marta Lynch, Carlos Correas, Gabriel Báñez… Es dudosa la inclusión de Ingeborg Bachmann (incendio accidental de su habitación en Roma), o por alcoholismo, como se supone en Edgard A. Poe, Malcom Lowry y Dylan Thomas. Entre el accidente y el descuido intencional, también se puede suponer que Rodolfo Walsh concurrió a la cita fatídica sabiendo que lo esperaban casi treinta hombres armados, y que nada podía hacer portando una pistola Walther PPK 22 que días antes le había regalado un amigo y con la que no estaba familiarizado. Ahora, ¿qué importancia tiene la enumeración? ¿No es acaso la frontera entre la nada y la tristeza? Si intentáramos una explicación, estaría en lo escrito, en las obras de cada uno, como la fina seda que escribió Pizarnik en su diario: “¿Por qué sufro y me martirizo con los espectros de mi fantasía?”. Y aun así, la pasión por el estilo, la génesis interna de lo que se relata, el discurrir obsesivo como pensamiento constante –que balbucea a pesar del sueño o en el vórtice del mismo–, ¿no es un amor simbólico por las palabras manifestado como repetición del ego rumiante? Al silenciar esa voz, los lectores quedan suspendidos en su fin: ni leyendo todas las páginas ocurrirá la magia de la vida.

Llegamos a la incógnita de qué es un escritor suicidado luego de la muerte, y recurro a Kafka (quien fracasó en intentar que su obra no lo sobreviva), al cuento que escribió en 1922, Un artista del hambre: en un circo, el artista se exhibe en la jaula como fenómeno, adelgazando cada vez más, diluyéndose en el acto mismo de su habilidad para soportar el hambre, hasta que desaparece. ¿Son nuestras bibliotecas jaulas cómplices de semejante acto?

El suicidio altruista según Emile Durkheim (de su obra El suicidio)

Barthohia, en su libro De camis contemptae mortis a Danis, relata que los guerreros daneses consideraban una vergüenza morir en su cama, de vejez o de enfermedad, y se suicidaban para escapar a esta ignominia. Del mismo modo, los godos creían que los que mueren de muerte natural están destinados a pudrirse eternamente en antros llenos de animales ponzoñosos. En los límites de las tierras de los visigodos, había una roca elevada, llamada la Roca de los Abuelos, desde cuya altura se precipitaban los viejos cuando estaban cansados de la vida. Se encuentra la misma costumbre en los tracios, los hérulos, etc. Silvio Itálica, dice de los celtas españoles: “Es una nación pródiga de su sangre y muy dada a apresurar la muerte. Luego que el celta ha franqueado los años de la fuerza floreciente, soporta con impaciencia el muro del tiempo y desdeña conocer la vejez; el término de su destino está en su mano”. Asignaban también una mansión de delicias a los que se daban la muerte y un espantoso subterráneo a los que morían de vejez o de decrepitud. El mismo uso se ha mantenido largo tiempo en la India. Tal vez esta complacencia por el suicidio no existía en los vedas, pero ciertamente era muy antigua. A propósito del suicidio del brahamam Calamis, dice Plutarco: “Se sacrificó a sí mismo como era uso en los sabios de su país”; y Quinto Curcio: “Existe entre ellos una casta de hombres salvajes y groseros, a los que dan el nombre de sabios. A sus ojos es una gloria prevenir el día de la muerte y se hacen quemar vivos en cuanto su avanzada edad o la enfermedad empieza a molestarles. La muerte, cuando se la espera, es, según ellos, el deshonor de la vida; así no rinden ningún honor a los cuerpos que ha destruido la vejez. El fuego se mancharía si no recibiera al hombre respirando aún”. Hechos parecidos se observan en Fidjir, en las Nuevas Hébridas, en Manga, etc. En Ceos, los hombres que habían llegado a cierta edad se reunían en un solemne festín, donde, coronada la cabeza de flores, bebían alegremente la cicuta.

El suicidio según Karl Marx (“Peuchte. Von Selbsmord”, en Karl Marx: Sobre el suicidio (El Viejo Topo, Barcelona, 2012. Estudio preliminar, traducción y notas de Nicolás González Varela)

Antes que nada, es un absurdo el pretender calificar a un acto que se consuma tan frecuentemente de antinatural; el suicidio no es, de modo alguno, antinatural, pues diariamente somos testigos de él. Lo que es contra la naturaleza no sucede. Por el contrario, está en la naturaleza de nuestra sociedad generar muchos suicidios; tanto que los tártaros jamás se suicidan. Las sociedades no tienen todas los mismos productos; y eso es lo que necesitamos tener en mente para trabajar en pos de la reforma de nuestra sociedad, para hacerla elevar en un escalón superior del género humano. En cuanto al tema del coraje, si se considera que éste existe en aquel que desafía a la muerte a pleno día en un campo de batalla, estando bajo el imperio de todas las excitaciones reunidas, nada prueba que el coraje falte cuando uno se entrega a la muerte misma en medio de las tinieblas. No es con el insulto a los muertos con lo que se enfrenta a una cuestión controversial. Cuando se observa la forma tan liviana con la que las instituciones, bajo cuyo dominio vive Europa, disponen de la sangre y vida de los pueblos, y, así como la forma en que la justicia civilizada se distribuye con un rico material de prisiones, de castigos y de instrumentos de suplicio para la sanción de sus designios inciertos; cuando se ve la cantidad increíble de clases abandonadas por todos lados en la miseria; y los parias sociales que son golpeados con un desprecio brutal y preventivo, tal vez para dispensarnos del esfuerzo de arrancarlos de su fango; cuando observamos todo esto, entonces comprendemos con qué derecho se podría exigir al individuo que preserve en sí mismo una existencia que nuestros hábitos, nuestros prejuicios, nuestras leyes y nuestras costumbres en general, pisotean. Se ha creído que podríamos ser capaces de detener los suicidios por medio de castigos abusivos y por una especie de infamia estigmatizada sobre la memoria del culpable. (…) ¿Qué significa, en efecto, una sociedad en la que se encuentra la más profunda soledad en el seno de millones de almas; en la cual puede ser poseído por el deseo indomable de matarse a sí mismo, sin que nadie pueda preverlo? Esta sociedad no es en realidad una sociedad; ella es, como dice Rousseau, un desierto poblado de animales salvajes.

La visión de Elías Canetti

Apuntes
● Busca a los suicidas que ha habido en su propia vida y los recupera. ¡Con qué gusto vuelven! ¡Cómo se asombran de la compañía en que se encuentran! Habla con cada uno de ellos, que se justifican ante él. Ninguno se comprende, ninguno volvería a hacerlo.
Todos juntos le dan las gracias, el coro de los suicidas.
● Entre escritor y escritor: pasarelas muy angostas. Peligro de muerte. Más vale un rodeo.
● ¿Valió realmente la pena inventar al hombre? ¿No había ninguna otra manera de arruinar la Tierra?
● No puedo despojarme de las palabras. Podría, si fuera necesario, tumbarme desnudo para morir. Sin las palabras no puedo hacerlo.

Libro de los muertos
● La cultura se fabrica con las vanidades de todos sus promotores. Es un peligroso filtro que nos distrae de la muerte. La manifestación más genuina de la cultura es una tumba egipcia, donde todo lo que hay es fútil: utensilios, ornamentos, alimentos, pinturas, esculturas, plegarias y sin embargo el muerto no está vivo.
● …Queremos conocer exactamente todo aquello por lo que los hombres han estado siempre dispuestos a morir.
● No he perdonado de verdad ningún suicidio. Aborrezco al floreciente abogado de la muerte.
● Si has de sucumbir, ¿con qué palabra en los labios?
● Es despreciable pensar en la propia muerte mientras otros sigan muriendo. Es lícito pensar en la muerte en general (no en la propia).
● Mucho más que la propia muerte pesa la del prójimo. Se es más culpable.

El suplicio de las moscas
● Sólo es soportable la erudición de quienes no rinden honores a la muerte.
● El suicidio seguirá estando al alcance del hombre, pero deberá convertirse en un acontecimiento siniestro y raro, en un único suicidio como antaño la guerra.
● La muerte no calla nada.
● El moribundo se lleva el mundo consigo. Pero, ¿adónde?
● ¿No sería más correcto que no quedase nada de una vida, absolutamente nada? ¿Que la muerte significase extinguirse de pronto en todos los que retengan alguna imagen de uno? ¿No sería más cortés frente a los que vendrán? Pues tal vez todo lo que queda de nosotros constituye una exigencia que los abruma. Quizá por eso no es libre el hombre, porque queda demasiado de los muertos en él, y ese mucho se resiste a extinguirse.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s