Florencia Abbate / La cascada

Después de todo, aquí estoy yo temblando
en esta nave que Dios ha abandonado, aunque es cierto
que viajo en Primera Clase, saboreando
un oporto de exquisita cosecha

El hundimiento del Titanic, H. M. Enzensberger

Al cumplirse un mes de la muerte de tu hijo, abrirás el cajón del escritorio y encontrarás la carpeta que contiene todo debidamente detallado en las notas periodísticas sobre el accidente, recortadas y pegadas con prolijidad. Verás las fotos del auto destruido, comprimido y plegado hacia adentro, como una telaraña de hierros que en un instante se cerró sobre el futuro; ese ejemplar que lucía como todos tus autos de colección, sin una sola mácula, esplendoroso, una fiera que parecía no haber circulado nunca entre la tierra ni dormido a la intemperie, rugiendo su omnipotencia al salir un rato de la cueva. Tus autos… para ir no importa dónde, pero sí cuanto antes.

Quizá recuerdes que existía un tiempo en que creías en algo como la felicidad, aceptando que se justificaba trabajar duramente durante toda la vida para lograr degustarla algunas veces; o bien, recordarás esa época extensa en la cual creías en el éxito más allá de todo, y siempre estabas listo para lanzarte decididamente a cualquier desafío. Después recordarás que en los días posteriores, cada vez que alguien pronunciaba su nombre, te venía primero a la cabeza la imagen de los dedos de los pies, y retornaba a tu nariz la picazón del olor de la morgue, y a tu oído el tono de la voz del policía en el momento en que alzaba la sábana blanca dejando a la vista el cadáver desnudo que parecían haber arrojado de cualquier manera sobre la tabla metálica. Sí, habías contestado; y enseguida tu mirada se apartó y la expresión de tu rostro se contrajo como si la imagen te hubiera quemado.

Saldrás del escritorio sofocado por un ligero vértigo. Cuando cruces la sala principal tendrás la sensación de estar atravesando subrepticiamente el vestíbulo de un hotel. A un costado, verás a una de las sirvientas terminando de retirar la mesa, muy cerca de otras que, al notar tu presencia, revolotean en dirección a la cocina como pájaros asustados. Subirás esas largas escaleras que semejan formaciones rocosas naturales, y en el descanso te detendrás a contemplar a través de la pared de cristal el jardín, sobre el fondo del cual se extiende el muro de piedras de colores, y fijarás la vista en la cascada artificial que aparece rodeando la escalera y desaparece hasta hundirse, finalmente, en la piscina. Luego avanzarás por el pasillo observando a tu izquierda la hilera de cuadros en la pared, y al llegar al final girarás a la derecha y abrirás la última de las puertas.

Como ya lo has hecho tantas veces, entrarás al dormitorio donde está la mujer con quien te habías casado; o quizá no exactamente ella sino sólo su cuerpo, perdurando gracias a unos tubos que le suministran justo lo necesario para mantenerlo en el llamado “estado vegetativo persistente” por tiempo indefinido. Una vez más, constatarás que todo sigue igual, y que a pesar de los ocasionales movimientos mínimos de cabeza y de ojos, que por momentos tienden a provocarte la impresión de que su cerebro funciona, no hay manera de rebatir la palabra de los especialistas, que ya te respondieron que no existe evidencia científica de que ella perciba estímulo alguno. Harás un esfuerzo por reconocer en esa cama a la esposa que conociste, ahora reducida a nervios insensibles y órganos casi inactivos, como flotando en un estado neutro donde la vida debe estar completamente excluida, aunque esos diminutos reflejos mudos se obstinen todavía en acontecer en un mundo del que ella se ausentó para siempre un mes antes.

Verás de nuevo, en la mesita de luz, una foto que parece estar allí para recordarte la época en que se conocieron; cuando eras más flaco, tenías menos dinero y más pelo, y te acompañaba una joven hermosa cuya expresión alegre y despreocupada no daba ninguna indicación acerca de lo que podía suceder. Sin embargo, recordarás que a veces, hablando con ella, tenías la impresión desconcertante de encontrarte frente a una muñeca, con una sonrisa rígida y tirante y la piel de un tostado demasiado uniforme, liso y brilloso, como una superficie hermética y sin fondo o cuyo fondo resultaría insondable; una presencia semejante a un maniquí, que simplemente se limitaba a sonreír y que acaso, tras haber sido asediada en su juventud por tantos admiradores y pretendientes, se habría inclinado a parecer inaccesible hasta alimentarse exclusivamente de sí misma. Mirarás la cama, luego la mesita, y te alejarás.

Notarás que la casa ha quedado en silencio, como desamparada, y que sólo el ligero murmullo de las habitaciones donde duerme el personal palpita como una compañía. Ya en tu dormitorio, te quitarás la ropa, te lavarás los dientes y te acostarás. En medio de la noche tendrás que levantarte, sediento y abatido por una extraña angustia. Recordarás vagamente haber estado soñando con la empresa. Había un clima de impaciencia y tensión en la división de productos financieros del grupo, y el apellido que a cada momento sonaba en el ambiente era “Cassiano”, el ejecutivo que se llevaba un tercio de cada dólar facturado por los bonos que aseguraban, el que en ocho años había cobrado en sueldos casi un cuarto de millón, y a quien acababan de despedir e indemnizar con más de treinta millones. En medio de la catástrofe financiera y el pánico mundial que había estallado, ese hombre que tanto admirabas se daba la gran vida en el hotel más exclusivo de California mientras millones de personas comunes perdían sus trabajos y sus casas. Recordarás aquellas charlas acerca de que el propio interés es el mejor regulador, no sólo del mercado sino también de las relaciones humanas; y de pronto te encontrarás pronunciando en voz alta la frase favorita de Cassiano: “Culpa sienten los esclavos”.

Apenas comience a llover, saldrás del dormitorio envuelto en una bata y, en la escalera, te detendrás nuevamente a observar el jardín a través de la pared de cristal: el atrio iluminado suavemente, los árboles y las plantas en flor, la piscina y las luces subacuáticas tiñendo la cascada, la acelerada energía de esa corriente de agua catapultada por la electricidad. Sentirás una tristeza inexplicable, y enseguida una incómoda nostalgia de esos tiempos en que eras lo bastante sensato para no hacerte preguntas desagradables, especialmente una vez que sabías en qué consistía la utilidad de algo. A la nostalgia seguirá una oleada de malestar y confusión, entremezclada con imágenes fugaces de aquellos minutos anteriores al choque; tu gesto de asentimiento reflejado en el espejo retrovisor, la mano derecha sosteniendo el teléfono, tres círculos rojos, amarillos y verdes encendiéndose en desorden. Y la voz de Cassiano, sugiriendo que la crisis del sistema financiero había sido una exitosa operación para un grupo selecto de especuladores, capaces de manipular el rumbo del mercado en el momento justo, y que no harían falta argumentos que explicaran por qué se usarían fondos públicos para salvar de la quiebra a esas grandes corporaciones que, previsiblemente, perdían sus apuestas, ya que alcanzaba con que políticos y medios de comunicación se dedicaran un poco a sembrar el terror entre la gente; recordarás su tono de ironía acariciando tu oído: “Usted y yo somos ganadores. Entendemos el mundo. Alguien tenía que joderse”.

A lo lejos divisarás los terrenos del aeropuerto privado y el estacionamiento en que las carrocerías de una docena de autos se iluminan, en medio de la lluvia, acariciadas por las móviles luces del edificio largo y chato, coronado en un extremo por la torre de control que se levanta junto a la pista de aterrizaje donde ahora el fuselaje de una de tus avionetas se sacude un poco bajo el agua. Girarás la muñeca hasta que el Rolex te devuelva la hora y enseguida recordarás las paredes de la oficina, cubiertas por tus fotos con célebres figuras que parecían atraer la mirada de todos mientras iban de un lado para otro cumpliendo tus órdenes. Mirarás esas agujas y te sorprenderás descubriendo los contornos de un rostro cansado, pero sin esa exaltación que producía el agotamiento físico, más bien con un profundo cansancio de vivir. Entonces pensarás que aquellas fotos no tenían más sentido que hacerle saber a quien entrara que, si te decepcionaba, habría gente dispuesta a meterlo en una bolsa con piedras y hundirlo en una cloaca bautizada con tu nombre. Caminarás lentamente en dirección al invernadero y, contemplando hacia delante sus veinte metros de largo y rodeado de bananos, palmeras y filodendros trepadores con hojas de casi un metro de longitud, por encima de las fragancias vegetales que perfuman el aire, respirarás el olor de la piscina, con su tizne de cloro, pesado y húmedo, y te detendrás para escuchar el eco de la imponente cascada artificial cuyas aguas se hunden en ella. Recordarás el día que enterraron a tu hijo y hubieras querido mostrarte como francamente te sentías, devastado, todavía en llamas, pero el simple hecho de que otros aguardaran una muestra de dolor a pesar tuyo te obligaba a no aparentarlo en absoluto.

Dejarás el invernadero y avanzarás a la intemperie por el sendero que lleva al jardín. Bajo la tormenta, los puntos de referencia de los objetos exteriores se habrán tornado difusos e imprecisos; pero lo bordes del sendero serán curiosamente nítidos. A medida que te vayas acercando a la piscina, te detendrás mas de una vez a mirar cómo el agua azul claro refleja las luces colgantes del atrio, cuyos destellos reverberan y, a cada instante, se descomponen y se rearman generando un efecto visual de caleidoscopio interminable. Detrás de la escalera de madera del cobertizo del jardinero encontrarás la pared con los tableros y los interruptores. Probarás varias cajas de controles de luces antes de dar con el panel del jardín. Esas serán las primeras que apagarás, y luego de esperar a que se corte la corriente que impulsa la cascada, harás lo mismo con el resto de las luces. En cada rincón de la estancia, una manta de oscuridad cubrirá de repente las charlas, los cuchicheos, las risas, Mirarás hacia atrás, hacia el campo de golf, y sobre el fondo distinguirás que la torrecita de control relampaguea, alcanzada por el látigo de un rayo, mientras los últimos recuerdos aparecen y se esfuman dejándote sólo desconcierto, como si te costara reconocerte en las imágenes que la memoria te propone. Del cobertizo verás salir a uno de los perros guardianes; cuando se acerque a saludarte, lo rodearás con los brazos y permanecerás unos minutos en cuclillas, abrazándolo y palmeándole el lomo, tal vez como si quisieras hacerle entender el vacío. En ese momento te sentirás tan lejano del mundo real como cuando perdiste el control de los pedales, tan lejano como el mes transcurrido desde aquel interminable día de septiembre; y así, sumergido en la penumbra, revivirás las sensaciones que tuviste una tarde de tu infancia, largamente olvidada, cuando tu padre te llevó a conocer la tumba de tu abuelo y te advirtió que los desiertos del dinero son pedregales erosionados por un viento implacable: “los barren las preocupaciones, los desfalcos, las muertes…”.

(Publicado en www.espaciomurena.com)

* * *

Florencia Abbate nació en Buenos Aires el 24 de diciembre de 1976.

Obras: Puntos de fuga (1996), El. ella. ¿ella? Apuntes sobre transexualidad (1998, ensayo), Los transparentes (2000, poesía), Shhh… lamentables documentos (2002, una edición limitada de 30 ejemplares con fotos originales de Hernán Reig y textos que dan cuenta de los momentos previos a la crisis del 2001), Deleuze para principiantes (2002, ensayo de divulgación), Literatura latinoamericana (2003), El grito (2004, novela), Una terraza propia (2006, antología de cuentos de nuevas narradoras argentinas), Las siete maravillas del mundo (2006, libro de cuentos para niños), Magic Resort (2007, novela), No es una antología. Paisaje real de una ficción vivida (2008, producto del grupo de escritores de “Entre sures”, una iniciativa de intercambio entre escritores latinoamericanos de su generación del cual formó parte), La potencia de lo diverso (2010) y Saer (ensayo, en prensa).

florenciaabbate.com.ar

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