Baldomero Fernández Moreno, poeta

Soneto de tus vísceras

Harto ya de alabar tu piel dorada,
tus externas y muchas perfecciones,
canto al jardín azul de tus pulmones
y a tu tráquea elegante y anillada.

Canto a tu masa intestinal rosada,
al bazo, al páncreas, a los epiplones,
al doble filtro gris de tus riñones
y a tu matriz profunda y renovada.

Canto al tuétano dulce de tus huesos,
a la linfa que embebe tus tejidos,
al acre olor orgánico que exhalas.

Quiero gastar tus vísceras a besos,
vivir dentro de ti con mis sentidos…
Yo soy un sapo negro con dos alas.

1922
(De Versos de Negrita)

Soneto

Esto que escribo ahora es el postrero
son de mi pobre lira fatigada,
la mano de escribir está cansada
y el corazón me dice que me muero.

Canto de cisne moribundo, quiero
te ilumine como una llamarada
y te deje por siempre señalada
a la contemplación del mundo entero.

Ahora a vivir lo poco que nos queda,
yo cada vez más hierro y tú más seda,
trazo tu nombre una vez más, Dalmira.

Y ya que al lado mío estás callando
inclina sobre mi hombro el cuello blando,
baja los ojos lentamente y mira.

1929
(De Versos de Negrita)

Tormenta

Jamás he visto más revuelto el cielo,
más lóbrego, más bajo, más vibrado
de rápido relámpago azufrado,
víbora sobre torvo terciopelo.

Nunca cargué tamaño desconsuelo
ni nunca me sentí tan amargado;
aquí estoy solo, triste, hosco, callado,
erizado de furia y de recelo.

Qué envidia os tengo, árboles frondosos,
céspedes de la plaza polvorosos,
senderitos de guijas y de arenas…

Faltan para llover unos instantes
y mientras todos dormiréis brillantes
yo me iré sucio, al hombro con mis penas.

A una mujer que me evocaba el mar

Estás hecha, mujer, para evocada
contra el nocturno ébano bruñido:
eres como un jazmín humedecido,
eres como una valva nacarada.

Incitante frescor de agua salada
engólfase en tu nuca, estremecido;
tienes los ojos de un color perdido
tu boca como el mar es ondulada

y un alga de oro finge tu melena.
Yo soy ése que está sobre la arena.
tú eres así como una mar tendida,

me salpicas de azul de vez en cuando
e indiferente huyes y jugando…
Y así pasan los años y la vida.

1929

Poeta

El poeta entra en la calle de un salto: el sombrero gacho y el perramus al viento. Son como las seis de la tarde. Echa una ojeada circular por el café, buscando una mesa pegada a alguno de los ventanales, porque es indudable que tiene algo que escribir. Camina entre los islotes de madera sin encontrar lo que desea. Las mesas que dan a la calle están todas ocupadas. Se instala en una que está debajo de un foco. En un sillón vecino ha arrojado el sombrero y el abrigo. El mozo se ha aproximado. Ha pedido, exactamente, té, con leche fría, un sandwich con jamón tostado y dos hojas de block. La merienda es el pretexto. Lo que necesita es escribir, terminar, poner en claro dos o tres poemas que lleva en el bolsillo hace días, llenos de tachaduras y de palabras superpuestas. De un bolsillo ha sacado las gafas de carey y se las ha colocado, del otro la estilográfica negra y dorada. De todos los cachivaches que el mozo trae, se queda con los más indispensables , que va distribuyendo hacia la izquierda de la mesa. A la derecha ha extendido las dos hojas de papel doblado y los borradores.
Ahora toma alternativamente el té y escribe. Todo debe ir bien, puesto que la pluma corre por el papel con facilidad. Mejor dicho, no corre. Se ve que el poeta se regodea dibujando su letra. Son versos alejandrinos. Procura que las líneas salgan del mismo tamaño y estira o acorta las palabras según las necesidades. Ha dejado la estilográfica sobre la mesa, mientras el sandwich en la mano izquierda muestra al aire la media luna de un inmenso bocado. El poeta está con el ceño contraído. Un poco nervioso, como en vilo, pero, en fin, antes de concluir el té ha terminado dos poemas simétricos, iguales, dos estrofitas de cuatro versos en una de las hojas. La ha doblado cuidadosamente y ha vacilado antes de depositarla en alguna parte, no se ensucie. Al fin la deja con toda delicadeza en la hendidura que le ofrece el sombrero próximo. Ha estado a punto de caerse al suelo, pero ahí está, abriéndose un poco como las alas de una mariposa.
Ahora la emprende con la otra hoja, le falta un tercer poema. El poeta sonríe satisfecho, lo ha terminado inesperadamente. Espera que se seque la hoja y una vez seca la ha partido por la mitad. Ha tomado la del sombrero y ha hecho lo mismo. Tres poemas iguales en tres hojitas iguales. Las coloca, uno encima del otro y los nivela dándoles golpecitos contra la mesa lustrada, como si fuera un naipe. Apenas le faltan algunos toques ornamentales. Les ha puesto un uno, un dos y un tres en números romanos. Ahora sí, los dobla definitivamente y se los mete en el bolsillo del saco con gran cuidado. La media hojita de papel que quedó en blanco no hay para qué desperdiciarla, se la guarda también en el bolsillo del saco. Se abotona de arriba abajo, se palpa el bolsillo y el pecho para asegurarse que están ahí los poemas, llama al mozo y le da una excelente propina. Él ha colaborado también en la obra del poeta transeúnte, ha sido el testigo más directo de aquel triple esfuerzo.
El escritor se levanta, aún está pálido y agitado, se ha puesto el perramus y el sombrero y se ha deslizado a lo largo del mostrador, pero su palidez destaca en los anteojos que se ha olvidado de quitar. Los anteojos son solo para leer y escribir. El poeta busca vagamente algo. La emoción ha apretado sus capilares y ha producido abundantes efectos, como es natural. El poeta busca, ansiosa y disimuladamente, una puertecilla que diga Caballeros.

(De Guía caprichosa de Buenos Aires)

* * *

Baldomero Eugenio Otto Fernández Moreno nació el 15 de noviembre 1886 en Buenos Aires, Argentina y falleció el 7 de junio de 1950 en Buenos Aires.

Obras: Intermedio provinciano (1916), Ciudad (1917), Por el amor y por ella (1918), Campo argentino (1919), Versos de Negrita (1920), Nuevos poemas (1921), Canto de amor, de luz y de agua (1922), Mil novecientos veintidós (1922), El hogar en el campo y en la ciudad (1923), Aldea española (1925), Los hijos (1926), Décimas (1928), Último cofre de Negrita (1929), Sonetos (1929), Cuadernos de verano (1931), Dos poemas (1935), Seguidillas (1936), Romances (1936), Continuación (1938), Penumbra (1937-1939), Yo médico, yo catedrático (1941), Buenos Aires: ciudad, pueblo, campo (1941), Tres poemas de amor (1941), Viaje del Tucumán (1941), Sonetos cristianos (1942), San José de Flores (1943), La mariposa y la viga (1947), Libro de Marcela (1945-1950). Póstumos: Vida (1957), Guía caprichosa de Buenos Aires (1965), Figuras del polvo y de la garúa, Quiosco, Un hilo de araña y otros hilos.

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