Carlos Rivas / Poder, tragedia y ridículo

(Publicado en Perfil, 11.8.2012)

Suele decirse que el poder y la tragedia están demasiado cerca; algo de cierto hay. También se piensa que el camino del poder puede conducir a la tragedia si no se lo ejerce, digamos, criteriosamente. O sea, bien; “justamente”.

Como ejemplos de esto último podríamos citar a Menem y la muerte trágica (¿?) de su hijo; De la Rúa y sus muertos de 2001; el bombardeo de 1955 a Plaza de Mayo; el periodista Cabezas y su némesis Yabrán; el asesino Videla y sus secuestradores de niños; suicidios sospechosos; disparos en extraños accidentes de caza; magnicidios varios de surtida confección, etc. Una visión ingenua subyace en la idea de que estos terribles sucesos son producto de una manera incorrecta de ejercer el poder, lo que equivaldría a decir que ejercerlo de otra manera (correcta) evitaría la tragedia. Ojalá lo fuera, pero sospecho que no es así.

Gracias a Shakespeare percibimos en todas sus obras una evidencia bien distinta: el poder es trágico. El gen de la tragedia es constitutivo del poder; la tragedia es el poder. No hay manera de que el juego no termine mal. Siempre.

Quizás lo que nos ciega para comprender con nitidez este asunto del poder, es que solemos confundir al mecanismo con el que mueve las palancas. Y quien más se confunde es el que aprieta los botones y termina creyendo que es él, realmente, quien controla el mecanismo. El concesionario de la Vuelta al Mundo en un parque de diversiones, pobre, cree que él maneja el juego… sin darse cuenta de que va a ser el primer aplastado por la rueda de hierro, cuando se caiga.

Shakespeare delata que el verdadero tema es la articulación entre el ejercicio del poder y la minucia psicológica de la vida doméstica personal del gobernante. Es que el poder es un mecanismo y todos los mecanismos son trágicos. Y todos son manipulados por personas y todas las personas somos “tontas”, porque vanidad y soberbia nos ponen siempre al borde del ridículo. Si de algo se alimenta la tragedia, es del ridículo.

Todos lo personajes trágicos de Shakespeare se ven, en algún momento, desnudados por una manifestación de supina idiotez: Macbeth se creía, en realidad, inmortal; Lear sólo quiere que le digan lo que quiere escuchar; Ricardo III termina por creerse bello, seductor y sin joroba. Ridículos, como todo poder. Sólo los más inteligentes tratan (en vano) de disimularlo. Igual se les ve la hilacha.

Pienso en Strauss-Kahn, tan gauche francés, que al fin y al cabo terminó pareciéndose demasiado a Berlusconi. Pienso en la triste, pero reveladora seguidilla de cáncer y otras yerbas, entre los presidentes de la región. En Nixon bamboleante por los pasillos de la Casa Blanca, detrás de E. Hoover. En el coqueto Kadafi escupido, manoseado y asesinado por un “fierita” libio de dieciséis años, que se cagaba de risa mientras le volaba los sesos. En Clinton con los pantalones por los tobillos frente al busto de Lincoln. En Galtieri (¿hay algo más patéticamente shakesperiano?) inundado de whisky White Horse, creyendo que las cien mil personas de la plaza lo ovacionaban a él. (¡). Un tarado. En un rey (Indiana Jones reloaded) posando, orgulloso, delante de un elefante muerto con la trompa contra un árbol. ¡Asesinó a Dumbo, el animal más venerado por todos los niños del planeta… y se sacó una foto! ¿Si esto no es Shakespeare, Shakespeare dónde está?

Poder y tragedia no son dos factores de una ecuación: poder es tragedia. Los que se desviven por obtener poder no hacen más que exactamente eso… des-vivirse. Sueñan con “ponerse por encima de”, sin saber que ya están muertos. Y confunden los vanos atributos con el poder en sí mismo.

Si hoy la política argentina es interesante por algo, es precisamente porque todo el espectro político gobernante (Gobierno y oposición), más otros actores de poder fácticos como los medios de comunicación y algunos centuriones periodistas, están en pleno brote de soberbia. Ensoberbecidos. “Papita pal’ loro”, piensa Shakespeare.

Moderación, austeridad, sencillez, humildad, servicio y prudencia, son valores de los que carece hasta el hartazgo la política argentina (¿la sociedad?). Se pavonean ufanamente convencidos de su importancia, creen estar parados en la cima de la Historia y… sonríen.

El menos trágico de todos los mandatarios del planeta debe ser el presidente de Uruguay. Shakespeare no le hallaría lugar en sus obras… lo cual habla muy bien de Pepe. El hombre es cínico y no consigue tomarse “en serio” el cargo, parece. Ese mensaje es muy transgresor y todos los presidentes deben odiarlo. Como los magos odian al mago-traidor que reveló los trucos y como es odiado el fotógrafo que tomó una imagen de los verdaderos manipuladores de Carozo y Narizota. Mujica es la antitrascendencia: nos recuerda que toda pose es banal, todo auto blindado perforable, todo traje desnuda, todo discurso delata. Basta con ver cómo se viste. Debe haber leído a Shakespeare completo en la chacra, con la perra al lado, escuchando a Zitarrosa.

Pero acá somos muy épicos, histriónicos… y muuuuy shakespeareanos. Un juez dice que la bomba tenía poder para matar a todos los que se hallaran cerca y a los cinco minutos el experto en explosivos la describe como “un cohete” de Navidad. Mucho ruido y pocas nueces.

Tenemos Césares, Marco Antonios, Macbeth y lady Macbeth, Polonios, Romeos, Andrónicos, Malvolios, Falstaffs, Cleopatras… sin olvidar a la estrella de nuestros trágicos: un decadente Ricardo III escapando hacia la terraza, gritando “¡Mi reino por un helicóptero!”. (A Menem no lo incluimos… porque más que un personaje encarna las Obras Completas). El Congreso parece el Globe Theatre.

Los políticos hacen chistes; la Presidenta hace chistes; Macri hace chistes; los periodistas políticos hacen chistes (Lanata hasta se exhibió en el Maipo); los economistas hacen chistes (cada vez peores); los sindicalistas hacen chistes. Sin ver que el sepulturero de Shakespeare los acecha desde el pozo. Y el verdadero pueblo, silencioso, los mira. Mientras, los únicos que parecen hacer política son los empresarios. Shylock corta el bacalao, como siempre.

Debieran leer a Shakespeare, al menos para disimular los papelones. El los describió a todos.

¿Y nosotros, los actores, somos mejores? Nosotros no hacemos el ridículo: lo somos. Somos Yorick y todos los bufones de Shakespeare; los tontos profesionales a quienes todo poder astuto soporta, porque sabe que algo de cierto siempre se puede aprender de las pavadas que decimos. Total, nadie nos toma en serio. No se espera nada de nosotros… y lo bien que hacen.

De ellos, sí se espera. ¿Sabrán?

* * *

Carlos Rivas es Director de Teatro y Televisión. Ha escrito dos obras de teatro y varios guiones para la televisión. También es Profesor de Actuación y dirige su propio estudio de teatro.

Actividad como Director Teatral:

1980 – “La loca del cielo” (H. R Lenormand)
1981 – “El vestuario” (David Storey)
1984 – “El efecto de los rayos gamma sobre las caléndulas” (Paul Zindel)
1985 – “Botín” (Joe Orton)
1986 – “El pedido de mano” (Antón Chejov)
1987 – “La boda” (Bertolt Brecht)
1988 – “La señorita Julia” (August Strindberg)
1989 – “Mal bajío” (Co-dirección. Montado en Madrid. Autor: Elena Cánovas)
1991 – “Locos de contento” (Jacobo Langsner)
1993 – “Ángeles perdidos” (Carlos Rivas)
1996 – “La noche de la iguana” (Tennessee Williams)
1998 – “Cristales rotos” (Arthur Miller)
2000 – “Woyzeck” (Büchner)
2004/2006 – “La prueba” ( “Proof”- David Auburn) 4 Premios A.C.E (Asociación de Cronistas de Espectáculos): MEJOR DIRECTOR – Mejor actriz – Mejor Actor – Mejor actriz reparto; 3 Premios CLARIN (Diario “Clarín”): MEJOR ESPECTÁCULO – Actriz y Actor; 1 Premio “Florencio Sánchez”: Mejor Actriz; 3 Premios “Estrella de Mar”: Mejor Director / Actriz / Actriz de reparto
2006/2008 – “La duda” (John Patrick Shanley) Premio CLARIN MEJOR ESPECTACULO / Mejor Actriz de Reparto; Premio A.C.E.: Mejor Actriz de Reparto; 3 Premios “Estrella de Mar”: Mejor Director / Espectáculo / Actriz de reparto
2008 – “Cómo aprendí a manejar” (Paula Vogel)
2009 – “Hogar” (David Storey)
2012 – “Lo que vio el mayordomo” (Joe Orton)

En la televisión argentina ha dirigido:

Ciclo “FICCIONES”: adaptaciones de cuentos de autores argentinos. (David Viñas,
Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Juan José Saer y otros)
Ciclo “APASIONADA” (Protagonizada por Susú Pecoraro, Darío Grandineti, Gabriela
Toscano y otros)

Actividad como escenógrafo:
Ha realizado las escenografías de algunas de las obras montadas bajo su dirección:

La loca del cielo
La boda
Botín
El efecto de los rayos gamma sobre las caléndulas
La señorita Julia
Diatriba de amor contra un hombre sentado” (de G. G. Márquez, no dirigida por Carlos Rivas)
Mal bajío
Locos de contento
La prueba
La duda
Como aprendí a manejar
Hogar

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