En emergencia educativa

(Editorial publicado en La Nación, 26.8.2012)

Toda la sociedad, comenzando por el Estado, deberá asumir la situación de decadencia del sistema educativo en la Argentina

Avanza el año y las novedades relacionadas con la educación en la Argentina se vuelven cada vez más desalentadoras. Por eso, las lamentables expresiones del ministro de Educación, Alberto Sileoni, referidas a las tomas de colegios, para reclamar por la instalación de un bar y de una fotocopiadora, parecen haber sintetizado sin querer el estado de real emergencia educativa del país y el alejamiento de los valores fundamentales en una sociedad debidamente organizada.

Acaso la posterior y parcial rectificación del ministro de dichos tan incomprensibles para su cargo fue aún menos preocupante que las interpretaciones de algunos expertos sobre los supuestos casos en los cuales las tomas de colegios estarían justificadas. No sólo no fueron esas exposiciones más juiciosas que las declaraciones de Sileoni, sino que abundaron en disquisiciones asombrosas sobre cuándo está bien o está mal una ocupación de ese carácter. Desde luego que no se mencionaron, entre las causales inadmisibles, que una universidad honre, por ejemplo, a aventureros internacionales o testimonie un homenaje espectacular a quien desde Caracas prolonga con su apoyo una tiranía culpable de tantos crímenes, como la de los hermanos Castro. Quedó, pues, como saldo, que los elementos críticos de desorientación no sólo provienen de los estamentos del oficialismo, lo que acentúa la gravedad del panorama.

Mientras todo ocurría había un silencio oficial poco menos que absoluto con la prueba internacional de matemática realizada en Buenos Aires, en la que se lucieron los chicos asiáticos y los argentinos quedaron rezagados a la posición 54. Ese fue otro crudo testimonio del gravísimo retroceso educativo argentino de estos años, y prueba contundente de los efectos empíricos del populismo y del falso progresismo anidado en posiciones políticas dominantes.

Nada de lo sucedido es nuevo. Si para las máximas autoridades educativas el tema de la ocupación de colegios era de tal significación como para atreverse a sugerir que así es la fragua de la “democracia participativa”, qué deberían comentar frente a las más recientes y ya muy conocidas estadísticas, según las cuales el 50 por ciento de los chicos abandona el secundario y el 50% no comprende lo que lee.

El mismo día de las desconcertantes opiniones de Sileoni sobre la toma de los colegios Nacional de Buenos Aires y Carlos Pellegrini, se daba a conocer un nuevo diagnóstico sobre nuestra educación secundaria. La asociación civil Proyecto Educar 2050 identificó el período de la educación secundaria como el estadio más problemático para poder completar la formación integral de los estudiantes.

Esa prestigiosa ONG releva, desde 2007, en forma pormenorizada los distintos índices internacionales y nacionales en materia educativa. Hizo ahora el mencionado reporte sobre la base de informes de la Unesco “Datos Mundiales de Educación, VII Edición, Argentina 2010/11”. De ellos surge que la Argentina es uno de los países de la región con más baja tasa de graduación del nivel secundario.

Las estadísticas revelan un dato que debería espantar a quien quiera decir que se toma en serio el porvenir del país: sólo el 43 por ciento de los estudiantes secundarios terminan sus estudios en los plazos establecidos y un 50% del total de estudiantes secundarios accede al título. Significa, entonces, que la Argentina se ubica detrás de Perú y de Chile, con un 70% de alumnos que completan sus estudios secundarios; de Colombia (64%); de Bolivia (57%); de Paraguay (50%), y de Ecuador (48%). ¿Hasta dónde descenderá, pues, el relegamiento educativo de nuestros chicos y adolescentes?

Para tener una idea más en perspectiva de lo que suponen aquellos indicadores, desde Cippec, en el libro Radiografía de la educación argentina, de Axel Rivas, se indica que “sólo el 31 por ciento de los alumnos que ingresa en primer grado termina la secundaria”. Con tales porcentajes, mal se puede celebrar “el triunfo de la educación y de la democracia”, como proclamó Sileoni, porque la baja en la calidad y la escasa cantidad de alumnos egresados de un secundario “obligatorio” por ley de 2006 se corresponden con una baja en la calidad democrática del país, con un mayor nivel de desigualdad y de aumento de la pobreza. ¿O es que se atreverá a poner en duda que la educación es la herramienta por excelencia que permite combatir esos males?

Las autoridades nacionales a menudo se manifiestan ofendidas de que no se les reconozcan sus aportes a la educación. No es así: nadie niega que se han construido cerca de 1000 escuelas nuevas y que la ley de financiamiento educativo y de educación nacional han constituido un gran esfuerzo para lograr una mejor enseñanza. Sin embargo, aunque antes de 2010 se alcanzó el deseado 6% del PBI para la educación, también es cierto -y hay suficientes informes que lo prueban- que no se cumplió con la ampliación de la jornada escolar y, en cuanto al aumento de la inversión, su distribución fue desigual. Los resultados que cuentan están a la vista y llevan a la pregunta inevitable: ¿por qué rinde tan poco el dinero invertido?

Se explica, pues, que según el último relevamiento comparativo conocido como PISA, que cada tres años realiza la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el 52 por ciento de los alumnos argentinos no comprende lo que lee, y uno de cada tres jóvenes de 15 años está atrasado en la escuela. De acuerdo con ese informe, de tanto relieve internacional a pesar del desdén que por él ha manifestado el ministro del ramo, la Argentina ocupa el puesto 58 sobre un total de 65 países y está séptima entre los de la región. Por otro lado, esas deficiencias han sido observadas en varios Operativos Nacionales de Evaluación de la calidad educativa realizados por ese mismo ministerio.

En el reciente IV Foro por la Calidad Educativa, organizado la semana pasada por el Proyecto Educar 2050 en el centro de convenciones de la Universidad Católica Argentina, los especialistas participantes proporcionaron datos igualmente alarmantes y coincidentes -600.000 jóvenes de entre 12 y 17 años están fuera del sistema educativo, y el 58% de los argentinos entre 25 y 64 años no ha completado la educación media-, y mostraron una gran preocupación por la falta de liderazgo de las autoridades escolares.

La educación es un tema demasiado serio como para utilizarlo como excusa político- demagógica. La pereza en crear políticas de Estado que busquen un marco académico de excelencia en la educación pública perjudica a todos nuestros jóvenes, pero mucho más a los que provienen de hogares humildes, en los que los padres no pueden suplir las deficiencias del sistema educativo, con lo cual se cierra un círculo perverso de atraso y deserción.

Por todo esto, concluimos que toda la sociedad, comenzando por el Estado, deberá asumir esta situación de decadencia y anomia ya descripta, para que se declare por fin la emergencia educativa, y todos los sectores involucrados aceptemos el desafío de buscar juntos la mejor educación para nuestro país.

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