Julien Green / Cristina

La carretera de Fort-Hope sigue, poco más o menos, una línea negra de los arrecifes de los que está separada por unas fajas negras de tierra llanas y desnudas. Un cielo nuboso pesa sobre este triste paisaje que no destaca el brillo de ninguna vegetación, si no es, a trechos, el verde indeciso de una hierba pobre. Se advierte a lo lejos una larga mancha espejeante y gris: es el mar.

Teníamos la costumbre de pasar en verano en una casa construida sobre un promontorio, bastante retirada de la carretera. En América, donde la antigüedad es tan reciente, era considerada como muy antigua y veíase, en efecto, en medio de una viga de la fachada, una inscripción atestiguando que había sido construida en 1640, en la época en que los peregrinos establecían a machetazos el reino de Dios en estas regiones bárbaras. Fuertemente asentada en una de las rocas oponía el frenesí de los vientos, que soplaban desde alta mar, sólidas paredes de piedra lisa y un peñón rudimentario que hacía pensar en la proa de un navío. Sobre un tragaluz leíanse estas palabras, grabadas en la materia más dura que existía en el mundo, el sílex de Rhode Island: Confía sólo en Dios.

No hay aspecto de la vieja casa puritana del cual mi memoria no haya grabado una imagen precisa, mueble del cual mi mano no encontrase en seguida las mismas alegrías de otros tiempos y los mismos terrores, siguiendo los largos pasillos de techos bajos y leyendo encima de las puertas, que un brazo infantil apenas mueve, los preceptos en letras góticas, entresacados del libro de los Salmos.

Recuerdo que todas las piezas parecían estar vacías, tan espaciosas eran, y que la voz en ellas tenía un sonido que estaba ausente en la ciudad, en la casa que habitábamos en Boston. ¿Era un eco? Parecía golpear las paredes y se tenía la impresión de que alguien al lado repetía el final de las frases. Al principio esto me entretenía y se lo hice observar a mi madre, que me aconsejó que no me preocupase, pero tuve ocasión de observar que ella también hablaba aquí menos de lo que acostumbraba y en voz baja.

El verano en que cumplí trece años fue señalado por un acontecimiento bastante extraño y tan penoso que nunca he podido llegar a aclarar todo su misterio, pues me parece que debía contener aún más tristeza de lo que había creído. ¿No es preferible, algunas veces, dejar tranquila la verdad? Y si esta prudencia no es muy arrogante, en casos como el que va a verse es ciertamente más conveniente que un temerario espíritu de investigación. Tenía, pues, trece años cuando mi madre me anunció, una mañana de agosto, la llegada de mi tía Judith. Se trataba de una persona algo enigmática y a la que no veíamos casi nunca porque vivía muy lejos de nosotros, en Washington. Sabía que había sido muy desgraciada y que, por razones que no me explicaron, no había podido casarse. No la quería. Su mirada un poco fija me hacía bajar los ojos y tenía una expresión malhumorada que me disgustaba. Sus rasgos eran regulares como los de mi madre, pero más duros, y una singular mueca displicente levantaba las comisuras de su boca en una semisonrisa llena de amargura.

Algunos días después, al bajar al salón, encontré a mi tía charlando con mi madre. No había venido sola: una niña de mi edad, poco más o menos, permanecía a su lado, pero de espaldas a la luz, de manera que en el primer momento no distinguí su rostro. Mi tía pareció contrariada al verme y, volviendo bruscamente la cabeza hacia mi madre, le dijo muy de prisa algunas palabras que no pude entender; luego, tocó el hombro de la chiquilla, que dio un paso hacia mí y me saludó con una reverencia. “Cristina –dijo-. Se llama Juan. Juan, da la mano de Cristina; ahora abraza a tu tía”.

Al acercarme a Cristina tuve que contenerme para no lanzar un grito de admiración. La belleza, hasta en la edad que yo entonces tenía, me había emocionado siempre con los más fuertes sentimientos, de lo que resulta una especie de combate interior, que me hace pasar, en el mismo instante, de la alegría al deseo, y de éste al desespero. Así es que deseo, y temo a la vez descubrir esta belleza que me atormenta y me arrebata que yo busco, pero con dolorosa inquietud y con el deseo secreto de no encontrarla. La de Cristina me transportó. A contraluz, sus ojos, que la sombra alrededor de los párpados agrandaba, parecían negros. La boca acusaba sobre la piel mate y pura unos contornos dibujados con fuerza. Una inmensa aureola de cabellos rubios parecía recoger en sus profundidades toda la luz que entraba por la ventana y prestaba a la frente y a las mejillas un tono casi sobrenatural. Contemplé en silencio a esta niña de la que estaba dispuesto a creer que era una aparición, si no hubiera tenido en mi mano la mano que me había tendido. Mis miradas no le había hecho bajar los ojos; parecía, en verdad, no verme, sino fijarse obstinadamente en alguien o en algo detrás de mí, hasta el punto que me hizo volverme de pronto. La voz de mi madre me hizo tornar en mí y abracé a mi tía, que se retiró seguida de Cristina.

Todavía hoy me es difícil creer en la verdad de lo que voy a describir. Y sin embargo, mi memoria es fiel y no invento nada. Ya no volví a ver más a Cristina; a lo sumo, la vi dos o tres veces, pero de la manera más imperfecta. A la hora de comer, mi tía bajó sin ella, sin ella comimos y pasó la tarde sin que ella viniera al salón. Al anochecer, mi madre me hizo llamar para decirme que me acostaría, no en el primer piso, como lo había hecho hasta entonces, sino en el segundo y lejos, por consiguiente, de las habitaciones de los invitados, que les habían sido asignadas a mi tía y a Cristina. No puedo decir lo que pasó por mí. ¡De buena gana hubiera creído que todo era una ilusión y que esta niña que pensaba haber visto no existía! Pues de otro modo, era bien cruel saber que ella respiraba en la misma casa que yo y que estaba privado de verla. Rogué a mi madre que me dijera por qué Cristina no había bajado a comer, pero tomó en el acto una expresión seria y me contestó que no me importaba saberlo y que no debía volver a hablar de Cristina a nadie. Esta extraña orden me confundió y me pregunté un instante si mi madre o yo habíamos perdido el seso. Di vueltas en mi cabeza a las palabras que había pronunciado, mas sin acertar al explicármelo de otro modo que por un malicioso deseo de atormentarme. En la cena, mi madre y mi tía pusiéronse a hablar en francés, lengua que ambas sabían muy bien, pero de la que yo no entendía palabra. Me di cuenta, sin embargo, de que se hablaba de Cristina, pues su nombre era pronunciado con bastante frecuencia en su conversación. Por fin, cediendo a mi impaciencia, pregunté bruscamente qué le había pasado a la niña que no bajaba ni a comer ni cenar. La respuesta me llegó bajo la forma de una bofetada de mi madre, que me recordó de este modo todas las instrucciones que me había dado. Mi tía había fruncido las cejas de una manera que la volvió horrible ante mis ojos. Me callé.

¿Quién era, pues, esta pequeña? Si hubiera sido menos joven y más observador habría notado, sin duda, lo que había de particular en sus rasgos. Esta mirada fija, ¿no la conocía ya? ¿Y no había visto a nadie aquel gesto indefinible que parecía una sonrisa y no lo era. Pero pensaba en otra cosa muy distinta que estudiar el rostro de mi tía y era demasiado inocente para descubrir ninguna relación entre esta mujer que me parecía monstruosa y Cristina.

Describiré rápidamente las dos semanas que siguieron, para llegar a lo más curioso de esta historia. El lector se imaginará fácilmente todo el tedio de mi soledad antes tranquila, ahora insoportable y mi pena al sentirme separado de un ser por el cual estaba seguro que hubiera sacrificado mi vida gustosamente. Varias veces vagando alrededor de la casa, me vino la idea de llamar la atención de Cristina haciéndola asomarse a la ventana, pero tan pronto como había hecho el gesto de lanzar piedrecitas contra sus cristales, cuando una voz severa me llamaba al salón: una estrecha vigilancia se ejercía sobre mí y mi plan fracasaba siempre.

Estaba cambiado: me había vuelto triste y nada me daba gusto. Ni siquiera podía leer o comprender algo que necesitase una atención sostenida. No tenía más que un pensamiento: volver a ver a Cristina. Me las arreglaba para encontrarme en las escaleras al paso de mi madre, de mi tía o de Dinah la doncella, cuando cualquiera de ellas le subía a Cristina la comida o la cena. Naturalmente, se me había prohibido seguirlas, pero sentía un melancólico placer en escuchar el sonido de esos pasos que iban hasta ella.

Este inocente manejo disgustó a mi tía que imaginaba en mí, al parecer, intenciones que yo mismo no me conocía. Una tarde me contó una terrorífica historia  sobre la parte de la casa que ella ocupaba con Cristina. Me confió que había visto pasar a alguien muy cerca de ella, en el pasillo que conducía a su cuarto. ¿Era un hombre, una mujer? Mi tía no supo decirlo, pero de lo que estaba segura es de que había sentido una respiración caliente sobre su rostro. Y me miró intensamente, para medir el efecto de sus palabras. Debí palidecer bajo su mirada. Era fácil aterrarme con relatos de este género, y éste me había parecido horrible, porque mi tía había calculado bien su efecto, pues había dicho estrictamente lo necesario. Así, lejos de pensar en ir a la habitación de Cristina, titubeé, desde este momento, en aventurarme por la escalera, después de la caída de la tarde.

Desde la llegada de mi tía, mi madre había tomado la costumbre de enviarme a Fort-Hope cada tarde con el pretexto de hacerme comprar un periódico, pero en realidad estoy seguro de que era para alejarme de la casa a la hora que Cristina debía salir a dar un paseo.

Las cosas siguieron así dos largas semanas. Perdí los colores y unas sombras violetas comenzaron a cercarme los párpados. Mi madre me miraba atentamente cuando iba a verla por la mañana y algunas veces, cogiéndome por la muñeca con un gesto brusco, me decía con voz que temblaba un poco: “¡Miserable niño!”. Pero esta cólera y esta tristeza no me conmovían. Sólo me preocupaba Cristina.

Las vacaciones llegaban a su fin y había perdido toda esperanza de verla nunca más, cuando un acontecimiento, con el que no contaba dio un giro inesperado a esta aventura, a la vez que un fin súbito. Una tarde, a principios de setiembre, se desencadenó una tormenta después de un día de calor agobiante. Las primera gotas de lluvia resonaban contra los vidrios; cuando me dirigía a mi habitación, oí, subiendo del primer piso al segundo, un ruido particular, que no puedo comparar a nada sino a un redoble de tambor. Las historias de mi tía me vinieron a la memoria y comencé a subir con precipitación, cuando un grito me detuvo. No era la voz de mi madre ni la de mi tía, sino una voz penetrante y tan alta de tono tan extraño que hacía pensar en la llamada de un animal. Me sobrecogió una especie de vértigo y me apoyé en la pared. Por nada del mundo hubiera retrocedido un paso, pero como me era igualmente imposible avanzar, permanecía allí, estúpido de terror. Al cabo de un instante el ruido dobló su violencia y entonces comprendí que era alguien. Cristina, sin duda alguna, que, por razones que no adivinaba, golpeaba alguna puerta con sus puños. Por fin recobré bastante ánimo, no ara inquirir de qué se trataba y prestar socorro a Cristina, sino simplemente para salvarme a todo correr. Al llegar a mi cuarto, como creía seguir oyendo el redoble y el grito de poco antes, me arrodillé y, tapándome las orejas, empecé a rezar en voz alta.

Al día siguiente por la mañana, en el salón encontré a mi tía llorando, sentada al lado de mi madre, que le hablaba, teniéndola cogida por las manos. Ambas parecían presas de una violenta emoción y no se fijaron en mí. No dejé de aprovecharme de esta favorable circunstancia, para descubrir, por fin, algo sobre el estado de Cristina, pues no podía tratarse más que de ella, y solapadamente me senté un poco detrás de las dos mujeres. Me enteré así, al cabo de unos minutos, de que la tormenta de anoche anterior había afectado a la niña de manera muy seria. Llena de miedo a los primeros ruidos de los truenos, había llamado tratando de salir de su cuarto y se había desmayado. “No debía haberla traído nunca aquí –prorrumpió mi tía, y añadió sin transición, con un acento que no puedo imitar y como si esas palabras la mataran-: Ha tratado de decirme algo.”

Dos horas más tarde estaba en mi habitación, cuando entró mi madre con su capelina de viaje, y con un largo chal de Paisley. Nunca le había visto un aspecto tan grave. “Juan –me dijo-, la niña que has visto el día de la llegada de tu tía, Cristina, no se encuentra bien y estamos intranquilas. Escúchame. Esta tarde, las dos nos vamos a Providence para traer un médico. Cristina se quedará y Dinah se encargará de su cuidado. ¿Quieres prometerme que no te acercarás al cuarto de Cristina en nuestra ausencia?” Se lo prometí. “Esto es muy serio, pero tengo confianza en ti –prosiguió mi madre mirándome con expresión de duda-. ¿Podrías jurarme sobre la Biblia que no subirás al primer piso para nada?” Le hice un signo afirmativo con la cabeza. Mi madre y mi tía partieron algunos minutos después de la comida.

Mi primer movimiento fue subir en el acto a la habitación de Cristina, pero vacilé tras un segundo de reflexión, a causa de un escrúpulo de conciencia. En fin, pudo más la tentación. Subí, pues, luego de haberme asegurado de que Dinah, que una hora antes había llevado la comida a Cristina, ya estaba de regreso en la cocina.

Cuando alcancé el corredor encantado, o que pasaba por tal, mi corazón empezó a palpitar con violencia. era un largo corredor con varios recodos y muy oscuro. Una inscripción bíblica, que en este momento adquiría un sentido particular en mi espíritu, adornaba la entrada: “Cuando camine por el valle de la Sombra de la Muerte no temeré ningún mal”. Este versículo, que releí maquinalmente, me recordó que había dado mi palabra de no hacer lo que hacía en este instante, pero como, sin embargo, no había llegado a jurar sobre la Biblia, mi conciencia quedó más tranquilizada.

Apenas había avanzado algunos pasos ya debí dominar mi imaginación, para no abandonarme al miedo y retroceder. El pensamiento de que acaso iba a ver de nuevo a la niña, a tocar su mano otra vez, me contuvo. Me había puesto a andar en puntillas, conteniendo la respiración, horrorizado de la longitud de este corredor, que no acababa nunca, y como andaba a oscuras, al cabo de un momento tropecé con la puerta de la habitación de Cristina. En mi turbación no me atreví a llamar y traté de abrir la puerta, pero vi que estaba cerrada con llave. Oí a Cristina andar por el cuarto. Por el ruido que había hecho deduje que se había dirigido a la puerta. Aguardé esperando que abriría, pero noté que había dejado de moverse.

Toqué en la puerta, despacio al principio, y después cada vez más fuerte, pero en vano. Llamé a Cristina diciéndole que era el sobrino de tía Judith, que me habían dado un recado y que tenía que abrirme. Por fin, renunciando a obtener contestación, me arrodillé ante la puerta y miré por el ojo de la cerradura. Cristina estaba de pie a algunos pasos de la puerta, hacia donde miraba atentamente. Una larga camisa de noche le cubría hasta los pies, de los que sólo asomaban los dedos desnudos. Sus cabellos sueltos se extendían alrededor de su cabeza como una melena. Noté que tenía rojas las mejillas. Sus ojos de un azul ardiente en la luz que hería su rostro tenían la mirada inmóvil que yo no había olvidado y tuve la absurda impresión de que, a través de la madera de la puerta, me veía y me observaba. Me pareció más guapa aún de lo que había creído y estaba desesperado viéndola tan cerca de mí y sin poder arrojarme a sus pies. Vencido, al fin, por una emoción largo tiempo contenida, prorrumpí en lágrimas de pronto y golpeándome la cabeza contra la puerta, me dejé llevar por la desesperación.

Al cabo de algún tiempo se me ocurrió una idea que me devolvió el ánimo y que juzgaba ingeniosa, porque no reflexioné lo que podía tener de imprudente. Le deslicé por bajo la puerta un trozo de papel en el que había grabado en grandes letras:

“Cristina, ábreme. Te amo”.

Por el ojo de la cerradura vi a Cristina precipitarse sobre el billete, al que empezó a dar vueltas con expresión de gran curiosidad, pero sin que, al parecer, comprendiese lo que había escrito. De repente lo dejó caer y se dirigió hacia una parte de la habitación en que mi mirada no podía alcanzarla. En mi enloquecimiento la llamé con todas mis fuerzas y casi sin saber lo que decía, le prometí un regalo si consentía en abrirme. Estas palabras, que había pronunciado, sin darme cuenta, hicieron nacer en mí la idea de un nuevo proyecto.

Subí a mi cuarto a toda prisa y escarbé en mis cajones para encontrar algo con que pudiera obsequiarla, pero nada tenía. Me precipité entonces a la habitación de mi madre, sin encontrar, a pesar de registrarle todas las cómodas, nada que me pareciera digno de Cristina. Por fin descubrí, arrimada a la pared y detrás de un muelle, la maleta que mi tía había traído consigo. Sin duda la creían poco segura en la misma pieza de una niña curiosa. La cuestión es que la encontré abierta y no tuve más que levantar la tapa para hundir mis manos febriles. Después de haber buscado algún tiempo, descubrí un cofrecillo de piel de foca, cuidadosamente disimulado bajo la ropa. ¡Lo recuerdo como si lo estuviera viendo! Estaba forrado por dentro de muaré y contenía unas cintas de color y algunas sortijas, una de las cuales me llamó la atención enseguida. Era un anillo de oro muy delgado, con un pequeño zafiro montado. Había pasado por esta sortija in rollo de carta semejante a un dedo de papel que yo quité deshaciéndolo.

Volví enseguida al cuarto de Cristina y la llamé de nuevo, pero sin otro resultado que hacerla venir cerca de la puerta, como la primera vez. De bruces deslicé la sortija por debajo de la puerta, diciendo: “Cristina, mira tu regalo. Ábreme.” Y golpeé con la palma de la mano la parte baja de la puerta, para hacer que Cristina se diera cuenta, pero vi que ya se había apoderado de la sortija. Durante un momento la tuvo en la palma de su mano examinándola, luego trató de ponérsela en el pulgar, pero el anillo le estaba apretado y se detenía un poco junto a la uña. Golpeó con el pie y quiso hacerla entrar a la fuerza. Le grité: “No, en ese dedo, no” Pero o no lo oyó o no comprendió. De repente, agitó la mano; la sortija había pasado. la admiró unos minutos y luego quiso quitársela. Tiró con todas sus fuerzas, pero en vano, la sortija resistía. De rabia, Cristina la mordió. Por fin, tras un momento de esfuerzos desesperados, se arrojó en la cama dando gritos de cólera. Huí.

Cuando mi madre y mi tía regresaron tres horas más tarde acompañadas de un médico de Providence, yo estaba en mi habitación, presa de un terror sin nombre. No osé bajar a cenar, y a la caída de la tarde me dormí.

Hacia las cinco de la mañana un ruido de ruedas me despertó haciéndome asomar por la ventana y vi avanzar un coche de dos caballos a nuestra puerta. Todo cuanto pasó enseguida me pareció como una pesadilla. Vi como la doncella ayudaba al cochero a cargar la maleta de mi tía en lo alto del carruaje: luego apareció mi tía apoyada en el brazo de mi madre. Se abrazaron varias veces. Un hombre las seguía (supongo que sería el médico de Providence que pasaría la noche en casa) conduciendo de la mano a Cristina. La niña llevaba una gran capelina que le ocultaba el rostro. En el pulgar de su mano derecha brillaba el anillo que no había podido quitarse.

Ni mi madre, ni mi tía, a la que volví a ver, sola, pocos meses después, me dijeron una palabra de todo este asunto, que creí, verdaderamente, haber soñado. ¿Se me creerá? Llegué a olvidarlo. Es un corazón muy extraño el nuestro.

Mi tía no vino al verano siguiente, pero días antes de Navidad, teniendo que pasar por Boston, nos hizo una visita de una hora. Mi madre y yo estábamos en el salón. Yo miraba por la ventana a los obreros de las brigadas de limpieza que arrojaban paletadas de arena sobre la escarcha cuando apareció mi tía. Permaneció un instante en el umbral de la puerta quitándose los guantes con un gesto mecánico: luego, sin decir una palabra, se echó sollozando en los brazos de mi madre. En su mano desguantada brillaba el pequeño zafiro. En la calle las paletadas de arena caían sobre el asfalto con un ruido lúgubre.

* * *

Julien Hartridge Green nació el 6 de septiembre de 1900 en París, Francia y falleció el 13 de agosto de 1998 en París, Francia.

Obras:
Pamphlet contre les catholiques de France (1924)
Mount Cinère (1926)
Suite anglaise (1927)
Le voyageur sur la terre (1927)
Adrienne Mesurat (1927)
Un puritain homme de lettres (1928)
Léviathan (1929)
L’autre sommeil (1930)
Épaves (1932)
Le visionnaire (1934)
Minuit (1936)
Journals I, II, III (1938–46)
Varouna (1940)
Memories of Happy Days (1942)
Si j’étais vous… (1947)
Moïra (1950)
Sud (1953)
L’ennemi (1954)
La malfaiteur (1956)
L’ombre (1956)
Le bel aujour-d’hui (1958)
Chaque homme dans sa nuit (1960)
Partir avant le jour (1963)
Mille chemins ouverts (1964)
Terre lointaine (1966)
Les années faciles (1970)
L’autre (1971)
Qui sommes-nous (1972)
Ce qui reste du jour (1972)
Jeunesse (1974)
La liberté (1974)
Memories of Evil Days (1976)
La Nuit des fantômes (1976)
Le Mauvais lieu (1977)
Ce qu’il faut d’amour à l’homme (1978)
Dans la gueule du temps (1979)
Paris (1984)
Les Pays lointains (1987)
Les Étoiles du sud (1989)
Dixie (1994)

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