Francisco Huisman / Reflexiones de un procrastinador serial

(Publicado en revista Brandoconexionbrando.com)

Esta es la historia de alguien que quiso ser cronista de viajes, narrador de aventuras, poeta de la experiencia y que postergó todo por actualizar su estado en Facebook, jugar a la viborita en el celular, abrir y cerrar la heladera cada tres minutos y esas cosas. Génesis y consecuencias de un mal tan difícil de pronunciar como de evitar: la procrastinación

Esta es una nota y, al mismo tiempo, una paradoja. Un día cualquiera pensé: debería escribir acerca de eso que me impide que haga otras cosas, entre ellas, escribir. La propuse. Aceptaron. Y ahí yace la paradoja. Si la están leyendo, pude terminarla. Si no, bueno, significa que quedé bastante mal con una editora -y amiga- y que continúo en esta vorágine desenfrenada de posponer cosas.

Retrocedamos un poco. Durante años, quise ser periodista y escribir crónicas en primera persona, con dedos como martillos sobre el teclado de mi computadora. Quise viajar y escribir sobre esos viajes; quise aventurarme en los límites y escribir sobre esos márgenes y sus marginales, esos pobres y esas fronteras. Quise escribir, presionado por factores ajenos: narcotráfico y narcotraficantes, una isla desierta, el frente de batalla, la falta de energía eléctrica, una gota de sudor que cae sobre el bloc de notas, un mono aullador que trepa mis espaldas. Quise, también, escribir mi experiencia haciendo diferentes cosas, la mayoría osadas, arriesgadas, intrépidas, y basta ya de adjetivos: no harían falta, la escritura sería puro presente, pura adrenalina y vértigo a lo bonzo. Una mezcla precisa y explosiva entre Julio Bazán, Indiana Jones y Nelson Castro.

Pero nunca hice nada de todo esto, porque estuve ocupado haciendo otras cosas: jugué a la viborita en el teléfono celular, actualicé una vez y después otra el estado de mi cuenta en Facebook y leí comentarios jocosos y cínicos en Twitter. Abrí diarios online y puse F5 hasta gastar la tecla esperando una catástrofe mundial, la muerte de algún contemporáneo, un gol de Independiente. Cociné y comí y lavé los platos. Después hice té, lo tomé y lavé la taza. Después comí una mandarina. Después pasé el trapo a la mesa. Después ordené mi ropa y actualicé el estado de Facebook: “Ordené la ropa”. Y puse un me gusta y otro me gusta. Y jugué al Angry Birds y al Bejeweled, y me sentí mal por eso y apagué la computadora. Acomodé los muebles de mi cuarto, regué las plantas, puse la radio, y decí que no tengo cable, que, si no, sería todo un continuum de chimentos-documentales-con-animalitos-y-los-videos-más-locos-del-mundo. Barrí -oh, barrer- y más tarde prendí la computadora otra vez. Y todo volvió a empezar.

Por todo esto, un día alguien me dijo que era un pajero. Y tuvo razón. Pero otra persona me dijo que eso, el constante aplazar y dejar para después lo que tenía que hacer ahora, era procrastinar, y que no era tan divertido como sonaba. Y ahí entendí todo: treinta años vividos, como podría haber dicho Arlt, con la prepotencia de la procrastinación.

Dejar para mañana

Para Google existen 320 mil resultados del verbo “procrastinar”. Y la Real Academia Española, aquella institución que dice qué palabras sí y cuáles no -y, sobre todo, cuáles no-, trae la definición de esta palabra, que suena tan rara, tan foránea, tan quebrada y rota de tantas erres en lugares equivocados. Del latín procrastinare: ‘diferir’, ‘aplazar’. Wikipedia arranca con una definición más orientada hacia la cuestión psicológica y alrededores: “Se trata de un trastorno del comportamiento que tiene su raíz en la asociación de la acción a realizar con el cambio, el dolor o la incomodidad (estrés). Este puede ser psicológico, físico o intelectual. El término se aplica comúnmente al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir. El acto que se pospone puede ser percibido como abrumador, desafiante, inquietante, peligroso, difícil, tedioso o aburrido, es decir, estresante, por lo cual se autojustifica posponerlo a un futuro sine die idealizado, en que lo importante es supeditado a lo urgente”.

Word corrige procrastinación: pero el word corrige word, y a partir de allí todo es duda e incertidumbre.

Un consejo no se le niega a nadie

Uno de los primeros resultados que saltan a la vista en Google ante la búsqueda es el sitio www.procrastinacion.org, una página que lleva por subtítulo “el arte de la postergación” y que administra el español Ignacio Lirio desde 2009. Ignacio tiene 37 años y es un “pequeño empresario del sector editorial”. Vía mail, me cuenta que se interesó en el tema en 2003, mientras vivía en Estados Unidos y escuchó por primera vez esa palabra en inglés: procrastination. “Al desconocer la palabra -escribe-, busqué su definición, indagué sobre qué quería decir y tiré del hilo. A partir de ahí, descubrí un mundo con vida propia que estaba latente en nuestras sociedades actuales”.

Como todos, o casi todos, Ignacio procrastinó: “La sufrí, la sufro y, probablemente, la sufriré toda la vida. Pero el tema no es verse afectado o no por ella, ya que, en mayor o menor grado, todos nosotros la padecemos. Es como tener una enfermedad crónica, como ser asmático o celíaco. La clave consiste en no permitir que la procrastinación trunque o frustre, de manera severa, nuestro proyecto de vida”. Ajá. No suena tan complicado.

Ignacio afirma que, a pesar de que se escribió mucho sobre el tema, no existe un manual que sirva para dejar de procrastinar y que, a menos que tengamos una experiencia vital traumática, es muy difícil que se modifique este hábito. Gauchito, termina con una serie de consejos: “Por ejemplo, podemos tener hábitos de vida más saludables, empezando por algo fundamental como es hacer ejercicio al aire libre o llevar una dieta equilibrada. Después, es importante no verbalizar demasiado nuestros proyectos inacabados o recién iniciados: nuestro cerebro nos engañará y los imaginará acabados ya y, por lo tanto, postergará su implementación. Por otro lado, es bueno no trabajar a solas, ya que vivimos rodeados de todo tipo de distracciones que activan el proceso de evitar la realidad y, si no tenemos a nadie que nos acompañe (no hace falta que nos vigile o controle), podemos caer en una espiral de procrastinación”.

Hábitos de vida más saludables, ejercicio al aire libre, dieta equilibrada, no verbalizar, no trabajar a solas.Jajaja.

En terapia

La licenciada Any Krieger, miembro didacta de la Asociación de Psicoanalistas de Argentina, explica que la procrastinación es un término que se utiliza, sí, en el psicoanálisis. Y que es un término que delata un conflicto neurótico, y que es mucho más frecuente en el hombre que en la mujer. “Porque el hombre tiene una relación con el tiempo muy diferente de la que tiene la mujer. La relación del obsesivo con el tiempo es muy compleja, muy difícil, más imaginaria que real, en la que predomina, en el inconsciente, la idea de que la muerte no existe. El neurótico obsesivo, en general, duda justamente para no decidir nunca nada, porque cuando toma una decisión se angustia, porque allí se encuentra con la idea de la muerte”. Es la segunda vez que Krieger dice la palabra “muerte”: se escucha una fritura en el teléfono y me distraigo un segundo. “Este mecanismo, que sucede a diario -sigue-, es neurótico, porque lo que hace es que siempre esté parado en un mismo sitio, es decir que, en esa relación que tiene con el tiempo, la duda que se le interpone consigue que no avance”.

Estamos en dos ciudades diferentes, pero bajo el mismo frío. Krieger entra en el subte, la comunicación se entrecorta. Alcanzo a escuchar: “Obviamente que el psicólogo tiene que trabajar estas cuestiones con el paciente, para ayudarlo a que pueda encontrarse con la ejecución y la concreción de su deseo. En definitiva, todo esto ayuda a mortificar su deseo”. Después, el silencio.

Yo procrastino, tú procrastinas, él hace

Uno se da cuenta de que no hace nada de lo que debería hacer cuando mira en retrospectiva. Y, para eso, nada mejor que escribir un diario, y leerlo más tarde.

Empezar a escribir un diario no es difícil: yo empecé 32 veces. El último fue el que más tiempo duró, pequeños párrafos cada día, a lo largo de tres semanas. Fue en 2009, y hace poco lo volví a leer sólo para descubrir lo que ya sabía: que todo lo que pasa ya pasó alguna vez, que la vida es una sucesión de cosas más o menos parecidas, más o menos interesantes, y que la lucha verdadera -cuando no trabajás en relación de dependencia, cuando trabajás desde tu casa- es la que llevás adelante contra vos mismo, contra ese músculo veloz que abre otras pestañas en el navegador, que decide agarrar un libro nuevo justo antes de empezar a hacer algo útil, que te obliga a mirar por la ventana e intentar adivinar los autos que pasan allá afuera por el ruido que hace su motor. Ahí pasó una camioneta F-100, ahí un Citroën.

Hay un diario que, en realidad, es una novela que explica bien esta sensación que exprime los nervios. Se llama La novela luminosa, y la escribió un uruguayo que procrastinaba llamado Mario Levrero.

El diario-novela cuenta el lapso entre que Levrero ganó la Beca Guggenheim y llevó adelante el proyecto por el que la ganó: terminar de escribir su novela luminosa. Pero cuenta, sobre todo, su pelea diaria contra sí mismo, contra el impulso de jugar a la computadora, de trasnochar; su permanente autoboicot amoroso: “Estaba sentado en el sillón, el de repantigarse, después de la cena-almuerzo, y empecé a percibir una necesidad imperiosa de venir hasta la computadora y jugar juegos. Me dije: ‘No debo hacerlo. ¿Por qué tengo que hacer esas cosas?’, y traté de resistir. Entonces de golpe lo entendí, y dije ‘La puta que lo parió’, en voz alta, y me levanté del sillón y me vine a la computadora y jugué al Pipe Dream y después al Golf”.

Enseguida te sentís hermano de sangre y decís: “Me pasa lo mismo que a este tipo, qué grande”. Pero este tipo, cuando escribió eso, tenía más de 65 años y ya había escrito más de veinte libros: lo que tenía que hacer ya lo había hecho, y ahora está bien que juegue en la computadora y pierda el tiempo en lo que quiera. Y ahí aparece una de las verdades del procrastinador: “el problema no es procrastinar, el problema son los que hacen”. Los otros, como siempre, como el infierno de Sartre.

No está escrito

En lugar de seguir con lo mío y arengado por la cita de Levrero, voy a la biblioteca y busco otros ejemplos de procrastinadores seriales en la literatura -es una buena manera de procrastinar, esa: leer-. Reviso libros y los hojeo rápido, buscando algo que me haga recordar. No encuentro ningún caso. Como si este hábito no tuviese mucha épica, como si fuera mejor hacerse los distraídos y contar otras cosas más heroicas, memorables e importantes, los escritores, sí, justo ellos: altos procrastinadores.

Sin un resultado satisfactorio, voy al baño a jugar al sudoku y, como siempre, saltan las ideas (espíritu de baño, que le digo): ¿Bartleby procrastinaba? No, simplemente prefería no hacer lo que le pedían. ¿Ignatius J. Reilly procrastinaba? No, era un vago consuetudinario regido por una moral medieval que pensaba que el resto del mundo -necios, ellos- conjuraba en su contra, pero hacía lo que tenía que hacer. ¿Ismael procrastinaba? No, pero prefirió ir a la caza de una ballena blanca y mortal antes que asumir su homosexualidad. ¿Don Quijote procrastinó? Probablemente, durante años, y recién cuando perdió la chaveta, empezó a hacer, pero nunca lo sabremos. ¿Y Odiseo? ¿Alguien se anima a afirmar que su mítico viaje no fue otra cosa más que aplazar sus responsabilidades con Penélope?

Tal vez, la procrastinación, invisible en el artefacto literario -o escondida, o camuflada-, sea la madre de las grandes obras de la literatura universal.

Y, también, de pequeñas aventuras personales y cotidianas.

Dónde, cuándo, cómo

Hace tres años que vivo en un lugar donde se hace más difícil procrastinar, pero igual me las arreglo. El Bolsón es una ciudad que todavía es un pueblo, con mucha vida al aire libre y trabajos que no dejan margen para la distracción. Si el productor de frambuesas procrastina en primavera, no va a tener frutas en verano. Si el artesano procrastina en invierno, no va a tener artesanías para vender en la temporada. Si el cervecero, el mecánico, el médico, el policía y el bombero forestal procrastinan, el mundo -la ciudad, el pueblo- se cae a pedazos, como en una fábula de cigarras y hormigas.

Y, mientras tanto, uno, en su casa, escribiendo estas cosas, dejando para el pasado lo que se podría hacer mañana, y con la cabeza llena de preguntas: ¿se procrastinaba antes de internet, antes de las redes sociales? Todo ese arsenal de refranes relacionados con el dejar las cosas para después, o madrugar y recibir ayuda divina, ¿tienen que ver con un miedo atávico ante el no hacer nada productivo que venimos arrastrando desde que el ser humano decidió caminar erguido? ¿Debemos ser castigados los procrastinadores? ¿Podremos dejar de hacerlo alguna vez? ¿Se puede disfrutar de este estado que combina ocio, vagancia y altas dosis de culpa? ¿Quién me devolverá las horas perdidas? ¿El tiempo procrastinado será negociado?

Fin

El sabor de terminar algo no se compara con el sabor artificial de dedicarse a hacer otras cosas en el camino. Pero, para eso, muchas veces hace falta ayuda, como los consejos de Ignacio, o algo más a largo plazo, como dice Any Krieger. También sirve, como hizo la editora -y amiga-, poner algunos límites. “Te aviso, hijo del rigor, la nota es para el 11”, escribió en un chat. Con eso, esta vez, alcanzó.

* * *

Francisco Huisman es Redactor freelancer. Fue cnductor en Radio Goga (El Bolsón, provincia de Río Negro), Editor en llegas a buenos aires y trabajó en el área Comunicación en Multicanal. Estudió Ciencias de la Comunicación (UBA).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s