Estanislao Bachrach / Mente ágil, cuerpo sano

(Publicado en Perfil, 30.9.2012)

En Agilmente (Sudamericana), el doctor en Biología Molecular por la UBA Estanislao Bachrach analiza cómo el cerebro humano aprende hasta el último día de nuestras vidas y cómo podemos modificar la forma y la estructura de nuestro cerebro para hacerlo más ágil. ¿Cómo lograrlo? Al igual que con el cuerpo, usando técnicas y haciendo ejercicios para mantenerlo en forma y poder ampliar nuestra capacidad de memoria.

Sin duda, nuestro cerebro es el sistema más complejo de todo el universo. Gracias a los increíbles avances tecnológicos en el estudio de la mente, se cree que la neurociencia representará en el siglo XXI lo que representó la microbiología en el XX, la química en el XIX o la física en el XVIII. Si bien en los últimos diez años hemos aprendido sobre el cerebro más que en toda la historia de la humanidad, todavía queda mucho por resolver.

¿Cómo se produce nuestra individualidad como seres humanos, nuestros talentos, nuestra personalidad? Cada intención, cada sueño y cada comportamiento comienzan en el cerebro, que está diseñado para resolver problemas relacionados con la supervivencia en un mundo inestable y en constante cambio y movimiento. Esto lo realiza simplemente como estrategia de pura supervivencia para que podamos pasar nuestros genes a la generación siguiente. Para vencer los infortunios del medio ambiente a lo largo de la historia del planeta y hoy pertenecer al pequeñísimo grupo de especies privilegiadas que sobrevivió, podríamos decir que esto pudo suceder por dos alternativas: ser más fuertes o inteligentes que los demás. Es decir, agregamos músculos al esqueleto o neuronas al cerebro. Nosotros hicimos lo último. Y esas neuronas que se fueron agregando en el córtex prefrontal –la última parte que se formó del cerebro actual– nos permitieron la separación de nuestros primos hermanos los gorilas.

La investigadora Judy DeLoache identificó lo que se conoce como la habilidad, muy humana, para razonar simbólicamente y la llamó “teoría de la representación dual”, que es nuestra habilidad para atribuir características y significados a cosas que en realidad no los tienen. Es decir, nos podemos inventar cosas donde no las hay, somos humanos porque podemos fantasear. Cuando con mi hija jugamos a que los palitos de madera que encontramos bajo los árboles son aviones que aterrizan en la vereda, estamos siendo muy humanos. El poder de combinar símbolos nos da la capacidad del lenguaje, de la escritura, del arte, de la matemática. Podemos combinar puntos y garabatos para convertirlos en música o poesía, podemos combinar círculos y cuadrados para convertirlos en pinturas cubistas o geometría. Nuestra habilidad para el razonamiento simbólico o la representación dual no la traemos de la panza de mamá. Nos lleva casi los primeros tres años de vida ser completamente funcionales en este tipo de razonamiento. Por lo tanto, antes de esa edad no somos muy diferentes de los monos. Por ejemplo, si una nena de treinta meses juega con una casita de muñecas y pone un perro de plástico debajo de la camita de la muñeca, y se le dice que al lado hay un cuarto igual pero de tamaño real donde se encuentra escondido un perro, ella no tiene idea de dónde buscar cuando llega a esa habitación.

A los treinta y seis meses, correría directo a buscar debajo de la cama grande. Gracias a este lenguaje simbólico podemos extraer un montón de información y conocimiento sin tener que pasar cada vez por la experiencia directa, a veces dura, de la realidad. Si me caigo en un pantano y logro sobrevivir y pongo un cartel que diga “cuidado pantano” o el dibujito de un pantano con una manito que sale de la superficie, nadie más caerá en esa trampa. Suena lógico que una vez que desarrollamos esta herramienta del cerebro la hayamos conservado. En definitiva, seguimos en el planeta porque somos más inteligentes que los demás seres vivos, y nuestra humanidad se debe en gran parte a la capacidad cerebral de fantasear.

Si bien ya no hay dudas acerca de nuestro potencial creativo, como todo proceso de aprendizaje, lleva su tiempo, su evolución. La práctica deliberada y continua de las técnicas que ofrezco en este libro te permitirá hacer más conexiones neuronales que estimularán la creación de pensamientos nuevos y diferentes en tu cerebro.

Los primeros protomamíferos –ancestros comunes a todos los mamíferos– datan de unos 180 a 200 millones de años atrás. Treinta millones de años más tarde aparecen las primeras aves. Ambos tuvieron los mismos desafíos que reptiles y peces: ambientes difíciles y predadores hambrientos.

Sin embargo, en proporción a su cuerpo, los mamíferos y las aves desarrollaron cerebros más grandes. Una diferencia importante consiste en que ni los reptiles ni los peces cuidan a sus crías, algunos hasta se las comen, y típicamente llevan una vida de solteros. Por el contrario, los mamíferos y las aves criamos a los pequeños y, en muchos casos, tenemos pareja, algunos para siempre. Dicho en términos de neurociencia, seleccionar una buena pareja, compartir la comida y mantener a los nuestros con vida requiere un proceso neuronal más importante; es decir, una ardilla o un loro son más vivos, en términos científicos, que una lagartija o un salmón. Planean, comunican, cooperan y negocian mejor. Estas últimas son las habilidades que las parejas de humanos descubren como esenciales cuando son padres, sobre todo si quieren seguir juntos. El salto siguiente en la evolución del cerebro fue la aparición de los primates, hace 80 millones de años. Monos y simios se caracterizan por su gran sociabilidad y llegan a pasar una sexta parte del día ocupados en limpiar y mimar a los suyos. Cuanto más éxito social obtienen, más descendencia dejan, y cuanto más complicadas se mantienen sus relaciones sociales, más complejos son sus cerebros.

Hoy por hoy, la mejor evidencia para conocer cuándo nos convertimos en humanos es la fabricación de herramientas. Si viajáramos por nuestra historia, podríamos decir que hace unos 2,6 millones de años nos dedicábamos a garabatear en las rocas y romperlas.

Hacíamos hachas de piedra del tamaño de la palma de la mano. Desde ese momento hasta hoy, el cerebro ha triplicado su tamaño. Un millón de años más tarde, seguíamos con las mismas hachas de piedra, pero entonces empezábamos a hacerlas puntiagudas golpeándolas contra otras piedras. Nuestro primer ancestro directo, el famoso Homo sapiens, apareció alrededor de 100 mil años atrás, y entonces se desarrollaba el córtex prefrontal. Luego algo increíble sucedió: 40 mil años atrás comenzábamos a pintar rocas, esculpir y fabricar joyas. Nadie sabe por qué el cambio fue tan rápido y abrupto pero la mayoría de los científicos le echa la culpa a la presión natural que el clima tan cambiante impulsó en la supervivencia de las especies.
Se cree que unos dos mil individuos conformaban nuestra tribu de primeros ancestros en Africa oriental.

Cien mil años más tarde somos más de siete mil millones. La teoría que explica cómo crecimos tanto, dadas las circunstancias antes mencionadas, refiere que no tratamos de vencer al clima sino de adaptarnos a la variación. No nos importó la constancia del hábitat porque ésta no era una opción. En lugar de aprender a sobrevivir en uno o dos nichos, como la mayoría de las especies, conquistamos toda la Tierra. Aquellos que no pudieran resolver los problemas del ambiente o aprender con rapidez de los errores no vivirían lo suficiente para pasar sus genes, y aquellos que no cooperaran con otros miembros del clan no vivirían por mucho tiempo y quizá no lograran dejar sus genes en la descendencia.

El efecto final de esta evolución es que no nos volvimos más fuertes sino ¡más inteligentes! Y eso sucedió gracias a los cambios en nuestro cerebro.

Durante cien mil generaciones, desde que inventamos las hachas de piedra, aquellos genes que fomentaban las habilidades para relacionarse y la tendencia a cooperar fueron haciéndose fuertes entre los humanos.

Hoy vemos esos resultados en el altruismo, la generosidad, la preocupación por la reputación, la justicia, el lenguaje, la moral y la religión. Esto ocurrió gracias a la interacción de dos poderosas características del cerebro. Por un lado, una base de datos donde guardamos conocimiento, como un disco rígido, y, por el otro, la habilidad de improvisar con esa información.

Recuerdo que cuando era adolescente tomé clases de saxo y, muy rápidamente, quería estar componiendo e improvisando temas de bossa nova al mejor estilo Stan Getz. Ignoraba que necesitaba incorporar no sólo la teoría de la música, memorizar escalas y notas, sino también una comprensión profunda de ese estilo musical. Tenía que llenar mi disco rígido con datos e información para poder componer. Asimismo, para componer y mejorar mis canciones, era necesario improvisar sobre esa base de datos: usar mi creatividad.

Los músicos de jazz estudian durante años para lograr dominar las reglas, sólo para poder romperlas lo más rápido posible. Esta habilidad de poder improvisar y ser creativo usando nuestro conocimiento fue la que nos permitió sobrevivir frente a condiciones de vida tan cambiantes. Hoy más que nunca debemos utilizar estas capacidades muy humanas para hacer una diferencia en la sociedad, el trabajo, la educación y, de esta manera, tener una vida mejor.

Anuncios

6 comentarios en “Estanislao Bachrach / Mente ágil, cuerpo sano

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s