Omar Genovese / Pequeñas delicias sobre los niños

(Publicado en Perfil, 29.9.2012)

Los relatos para niños son “la avanzada del miedo para disciplinar al sujeto”.  Ahora que La Cámpora va a las escuelas, ¿qué ocurriría si la política colegial infanto-juvenil kirchnerista tuviera continuidad en el tiempo y tras veinte años en el poder lograra una población sensible a las manifestaciones opositoras, capaz de reaccionar de manera orgánica?

Pensar en la infancia, en los recuerdos difusos de la propia, o en las evocaciones de nuestros coetáneos, resulta fatigoso. Hay algo que queda fuera de foco, un olvido involuntario cuyo origen puede radicar en el más profundo pánico social, inervado en las microconductas niñales (el término es de Gombrowicz, quien medrara con pasión mezquina en estas pampas bárbaras), y que tienen su coronación testimonial en la crueldad desaforada que Osvaldo Lamborghini anticipó, como estigma, en su relato El niño proletario.

La infancia no es fácil, y escribir esto no adquiere categoría de novedad o gran verdad filosófica. Pero científicos y filósofos comparten el mismo padecimiento: todos comienzan en la patética confrontación con el universo del hombre que constituye la realidad. Nadie ha quedado a salvo. Ni los primeros sapiens ni el último marginado de 9 años que acaricia la culata de una pistola 9 mm. Digamos que el sufrimiento del niño es anterior a toda reflexión, un acto de intimidad irrenunciable, una talla dolorosa a pesar de cualquier intento de fuga. La infancia impide libertad de movimiento, de escape, pero si lo logra, el pequeño actor está completamente indefenso, a merced de la lujuria, codicia y crueldad de pares y mayores. Explotación, abuso y muerte, destinos probables de un niño cualquiera, o no tanto, veamos.

Me encantan las teorías, por ejemplo, ese gesto que tienen hacia el conocimiento, la forma de articulación del lenguaje al que recurren para demostrar su validez. Todo un esfuerzo de la mente y la habilidad intelectual. Por ejemplo, hay una interesante: los relatos para infantes son la avanzada del miedo para civilizar al sujeto. Y cuando me refiero al “relato para infantes”, es a todo tipo de narración, oral, pública, fantasiosa, recibida como tábula rasa, y que deposita el sedimento indeleble en la memoria. Su acumulación estará siempre disponible a nivel de verdades incuestionables, huella irrefutable, capaz de moldear la conducta individual ante determinados eventos. Pero siempre con el objeto de constituir el panal: aplacar toda rebeldía. Los sapiens obedecen a una conducta de agregación social, que explican muchísimas otras teorías, dando por cierta la ascendencia genética en la manada para establecer la clase homínida triunfante: la antropología genética propone que el canibalismo sobre sus contemporáneos (homínidos similares, no iguales) hizo posible la prevalencia de “nuestra especie”. Detengámonos un instante, ¿nuestro sistema digestivo ha experimentado como alimento histórico la carne de sus casi iguales? ¿Nuestros genes se transmitieron gracias al consumo y transformación energética cuasi caníbal? ¿Cómo cocinaría la madre-Eva sapiens a sus párvulos? ¿O serviría el alimento crudo, cortando directamente del ejemplar aún con vida? Terror. Tal vez, pero también estamos ante la introducción costumbrista de la violencia física y cosificación del otro, o eso otro que se parece, pero que ante el hambre (y el utilitarismo derivado del poder físico), se convierte en objeto de consumo imprescindible. Pero esto es producto de mi imaginación, triste y desilusionada imaginación. Los humanos demuestran ser mucho más ingeniosos, de ahí el uso indiscriminado de eufemismos. No sea cosa que lo mencionado detenga al predador oculto en la denominada “pulsión de vida”, aunque es dudoso que una palabra tenga efecto disuasorio, más cuando hay más hambre, y qué tipo de hambre…

Es notable la escena con que el coronel Kurtz en Apocalypse Now de Coppola ilustra el horror: luego de la vacunación masiva entre los niños de la aldea, retirados los marines que obraron humanitariamente, los rebeldes cortaron a machetazos aquellos bracitos pinchados. Una montaña de bracitos pequeños como muestra. ¿Quién envenenó a los niños? ¿La “civilización” conquistadora o la ignorancia de sus contemporáneos en la miseria? Ambas. La descripción no deja a salvo ninguna moral bélica o pacificista, ninguna razón rebelde o imperial. Como es habitual, la población civil sigue siendo la mayor proveedora de víctimas. Pero volvamos al estado primigenio que, seguramente, apasiona a los antropólogos con una pregunta: ¿cuál fue el primer mito humano? El primero, vale decir, el que se instaló en las agrupaciones o células sociales del homínido carnívoro cuasi caníbal, en pleno desarrollo de las iniciales formas del lenguaje. Tal mito, ¿no sería el derivado de tomar un cuerpo para convertirse en el mejor predador? El animismo como primera manifestación fantástica: incorporar a la víctima, adquirir su fuerza y destreza, y así constituir el ser más fuerte para sobrevivir. Alimento real e imaginario. ¿Habrá sido ése? ¿O el mito era la sombra en la noche como primera manifestación de una divinidad de crueldad sorpresiva, con tanta maldad como la del mismo hombre, y que aprovecha el envés del sueño para vengar la culpa de su actividad diurna? Misterio, que antecede a todo horror: suspenso que remite a las fábulas. Por caso, los hermanos Grimm, más por afán nacionalista y filológico que por pensamientos sentimentales hacia la infancia, recopilaron relatos con niños como protagonistas (y para niños como público involuntario). Más allá de la oscuridad medieval, o de los relatos tribales que perduraron en la tradición oral, el centro de Europa demuestra que dichos testimonios son más una summa de la intimidación que una llama de educación libre y prodigiosa. Anterior a la dupla germana, oponiéndose a la opresión educativa religiosa, se manifiesta Erasmo de Rotterdam al publicar, en 1528, De pueris statim ac liberaliter instituendis (Sobre la enseñanza firme pero amable de los niños), pues la crueldad del educador no contemplaba ni un ápice de afecto, ni cristiano ni de ninguna otra índole. Aquí otra reflexión: las interpretaciones históricas de Engels sobre la formación de las primeras economías humanas se aproximan por la arista del abandono del nomadismo, la apropiación de la tierra, el pastoreo y la llegada de la labranza. Suponer que los hijos no eran más que una fuerza renovada para la supervivencia del grupo en sus tareas alimenticias no implica que “la infancia” fuera ajena al trabajo a destajo, el abuso y hasta que estuviera sumida en el desprecio ante la debilidad. De allí que la noción de fuerza laboral se encuentre tan arraigada en el ejemplar hijo y no así en las hijas que, por caso en China, sufren el desprecio milenario de una tradición esclavista capaz de eliminar al inútil por lastre inadecuado. Dirá un zoólogo: cuestiones prácticas de supervivencia.

Siguiendo la digresión, y sin pedir disculpas, es atinente citar una publicación del escritor irlandés Jonathan Swift ante la explotación y miseria: Una modesta proposición (A Modest Proposal), que lleva por subtítulo “Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público” (1729). La moraleja satírica del escrito es sencilla: como los pobres no pueden mantener a sus hijos, que los vendan como alimento. Ganado social, o solución de serpiente devorándose la propia cola. Y a media agua, más allá de la explotación de niños en las minas de carbón en la industrialización inglesa, con la contemporánea militarización de la infancia estamos ante el bestialismo absoluto en la pérdida de identidad, con la desaparición de la infancia y el derecho a la educación.

Hijos de nadie, hijos de menesterosos huérfanos absolutos, abandonados a la indiferencia de los atardeceres en la ciudad que produce su basura sin pasión. En Buenos Aires, cuando la noche cae, los carritos tirados por humanos llevan la carga niñal sobre los cartones prolijamente doblados como botín. Sombras sin miradas, espectros opacos que el paseante ignora, son nuestra segunda camada de desaparecidos. Estructurales, por debajo de la línea de pobreza, “sin entidad”, en situación de calle, mudos de toda jerga lógica, piltrafa última ambulante.

Quiero pensar –es mi derecho, al menos hasta que un puñal por la espalda sea el preámbulo de mi final como indigestión para alguna tribu inquieta– que existe un escritor narrando la solución final ideada por cierta secta de caníbales conformada por los hijos privilegiados de nuestra clase política dominante. Un juego de poder más allá de la acumulación de riqueza de dudoso origen y la prebenda. Un negocio gourmet para elegidos y entendidos. Puede que semejante discípulo de Alberto Laiseca (por qué no, el conde literario ha dado muestras de un conocimiento pleno del terror y difundiendo su saber entre varios alumnos con vocación literaria) esté pensando en quién será el personaje líder, cuáles las problemáticas, o incluso, en qué derivará el apasionamiento por la carne infantil. Pero dejemos de lado el turismo culinario y volvamos sobre la siniestralidad de la infancia: qué ocurre cuando lo infantil utiliza el manto de los adultos replicando la sumisión y el ejercicio del poder, y toma venganza con la muerte de un otro simbólico a nivel totémico. Me refiero a un film, extraño (me retracto, lo extraño es que se haya filmado semejante trama), dirigido por el austríaco Michael Haneke, y titulado La cinta blanca. Una historia alemana para niños (2009). En sí, el film expone el origen del odio nazi en el corazón mismo de la Selva Negra. Los aspectos formales y estéticos los dejo a su disfrute, prefiero centrarme en esa furia que se acumula en un grupo de niños, como la caldera a vapor al borde de su resistencia física. Represión, envidia, ambición, rasgos imitativos que van más allá del “odio de clase” formal detectado por el marxismo. O que superan las interpretaciones psicoanalíticas y sociológicas: la conducta humana grupal (y ni siquiera me refiero a las masas de las grandes épicas revolucionarias, a la vez represivas) puede llegar a replicar gestos agresivos ancestrales, sin motivación alguna. Tampoco el concepto de locura pasajera, tan adecuado para el castigo judicial, viene al caso. La escena cruel del homicidio de un niño a manos de otros, Haneke la resuelve con un despojamiento causal que remite a la más elemental explicación: por capricho, porque surgieron las ganas irreprimibles. Una pulsión espontánea y descontrolada. Explosión que no requiere justificativo, y es la que genera desconfianza por el destino entre cualquier contemporáneo.

Llegado hasta aquí pregunto, ¿qué ocurriría si la política doctrinaria colegial infanto-juvenil K tuviera continuidad en el tiempo y, al cabo de unos veinte años en el poder, lograra una población sensible a las manifestaciones opositoras, siendo capaz de reaccionar de manera orgánica? ¿Necesitarían pensar para actuar? ¿Estaríamos ante una posible venganza histórico-genética encarnada en una limpieza etaria hacia arriba, al mejor estilo de los estudiantes-hormiga durante la Revolución Cultural de Mao, que fueron capaces de tomar la vida de sus maestros sin culpa ni castigo alguno? La perspectiva es un tanto sombría. Siguiendo la línea de Swift, alcanza con analizar cuáles son las fuentes de alimento en la estructura económica argentina actual. Instalada la industria agrícola en la explotación de semillas transgénicas, ocupados los campos de manera progresiva y exponencial, la cría de ganado se ve desplazada del negocio impositivo del estado.

También, hace meses (y pueden ser años), la pesca de altura está paralizada. Las secuelas de tal trastocamiento en la dieta puede llegar a un punto crítico (por qué no, las crisis son recurrentes en la historia humana), y por el hambre, y por el ansia de reafirmación del ser infanto-juvenil enfervorizado por un proyecto nacional y popular, y por el desplazamiento del deseo de felicidad hacia la posesión compulsiva de un bien sin esfuerzo, y por miles de razones que son probables, con todas esas motivaciones haciendo eclosión, la reacción del conjunto puede derivar en una canibalización de familiares, allegados directos e indirectos, y de todos aquellos que superen la mayoría de edad. Sería una solución al desempleo, a la delgadez económica de los recursos para el pago de pensiones y jubilaciones, tanto como para eliminar los costosos tratamientos de las enfermedades de la tercera edad o de largo proceso destructivo. Y ni hablar de la reducción del carísimo sistema educativo, pues alcanzaría con cubrir la escolarización elemental. Otro aspecto es la amplia disponibilidad de propiedades que pondrá fin a un sistema tan oneroso como es la construcción de viviendas sociales. Una situación inédita y regeneradora, con vistas a un futuro lleno de esperanzas.

Además, hay ventajas históricas de repercusión mundial. Argentina sería el país con la población más joven del planeta, y en su ápice de progresismo político-partidario, no existirían motivos reales para ejercer la xenofobia: ¿quién se atrevería a poner un pie en nuestra tierra? De ocurrir, será una verdadera independencia territorial de la patria. ¿Qué mejor vida sin enemigos a la vista? La consumación de un territorio de paz, no sé si de amor…

* * *

Omar Genovese es escritor, diseñador y especialista en marketing político. Su novela Marfil, breviario de un cineasta puede leerse en marfilbreviario.wordpress.com. Publicó Norep, el lado escuro de Perón en La Comuna Ediciones (2010). Desde 2006 matiene su blog Phantom Circus-El Fantasma (witzky.org/genovese) y es, también, editor del blog colectivo Nación Apache (nacionapache.com.ar). Publica crítica literaria en el suplemento Cultura del Diario Perfil y colabora con otros medios periodísticos como Crisis Revista

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