Luis Diego Fernández / Poética libertaria. La experiencia inagotable

(Publicado en Perfil, 1.7.2012)

Los beatniks fueron el primer movimiento cultural surgido enteramente en los Estados Unidos. Una nueva reedición de La generación beat, de Bruce Cook, permite volver sobre la vida y la obra de estos filósofos del desenfado.

‘America, I’ve given you all and now I’m nothing’. 
Allen Ginsberg

Los llamados escritores beats no fueron, como se dice a veces con pretensión y rapidez, de modo impropio, los padres de los hippies; tal vez, en rigor, éstos fueron efectos colaterales de lo que allí se cocinó, y que ellos capitalizaron. Si los primeros eran urbanos, jazzeros, negros wannabe, alcohólicos, finos, lúmpenes, feroces y sexualmente voraces, los segundos se abrieron al suburbio y lo comunal que el beat nunca se permitió por su individualismo búdico y acerado: su pétrea consistencia, la supuesta violencia y carga explícita erótica que les asestaban y se adosaba a sus textos, como el inspirador y emocional poema Aullido. La historia de este germen tiene un arranque impávido: Jack Kerouac conoce a Allen Ginsberg y William Burroughs en 1944 en Nueva York, y esa fecha iniciática, como todo azar, marca ese reborde literario. En 1969 Kerouac muere en Florida, víctima del alcoholismo. Año del festival de Woodstock: la paradoja, siempre lógica, da cuenta de una muerte y un nacimiento simultáneo. Adiós a los beatniks, bienvenido el hippismo.

La generación beat (reeditado ahora por Ariel), primera crónica editada sobre el tema en 1971 por Bruce Cook, no es un libro menor, pero tampoco es un texto significativo en su aporte en el plano de las ideas. Otros grandes analistas de la estética y ética beatnik, como Fernanda Pivano o Emanuele Bevilacqua, son más agudos y conceptuales en este aspecto, sin olvidar la propia maestría del viejo ojo obsceno y libertario de Henry Miller, que atisbó como pocos ese devenir. Pero el libro de Cook no sólo tiene el mérito de haber pensado al calor reciente (sólo dos años después de la muerte de Kerouac, santo patrono) sino cierta capacidad para desplegar un improvisado (qué mejor) arsenal sociológico, filosófico y medular de lo que subyace en este sentido. Cook observa a los beatniks como quienes realmente conservaron y resignificaron el legado de la gran tradición literaria norteamericana. Como todo vanguardista, lo hicieron sin saberlo, sin programa, sin darse cuenta, al margen y reescribiendo el pasado con desenfado.

Para Cook resulta claro: los beatniks se oponían al canon literario de su época que los despreciaba, ninguneaba y tildaba de anti-intelectuales; acusación hilarante, tal vez pocos escritores más hiperintelectuales y sistemáticos que Kerouac o Ginsberg, ni mencionar a Burroughs (un caldero hard boiled). El asunto es brutal: los beats se oponían tanto al elitismo académico del denominado New Criticism de los principales campus como al populismo de la Partisan Review (políticamente, marxistas). Estando equidistantes de la academia sectaria y el marxismo populista (dentro de ciertos límites), los beatniks golpeaban (y eran golpeados): el beat del ritmo, la calle y el puñetazo. Filósofos del martillo, su rebeldía implicaba un evidente talento para sobrevivir que luego se tornó en un claro requisito de cierta sabiduría de la que hoy gozan los viejos aún vivos como Lawrence Ferlinghetti (creador de la librería y editorial icónica City Lights) o Gary Snyder (conferencista zen). Ridiculizados, copiados y descalificados, lo cierto es que, como marca Cook, los beatniks buscaron deliberadamente esa antipatía de los círculos del poder literario y universitario. El deseo por hablar con honestidad y franqueza (pero amables), a la vez que su mordacidad hacia el conformismo social, llevaba en sí una crítica inapelable a los valores suburbanos y corporativos del american way of life que les vendieron luego de salir victoriosos de una guerra,  y como potencia. Los beatniks eran, tal como señaló Norman Mailer (el único intelectual prestigioso en bancar su aventura en el momento), los “negros” de la literatura. Algo propiciado y requerido: ser negros, lo contracultural.

Si el grito beatnik sólo se hubiese establecido como un mero ladrido, poco estaría diciendo hoy día. Esa actitud de perro cínico se apoyaba en la tradición norteamericana de la protesta. Palabra poco analizada, lejos de ser pasiva, protesta es “hablar a favor”. Y los beatniks hablaron a favor del derecho a sentirse diferentes. Esa tradición de la protesta, del individuo contra la comunidad normalizadora se ajusta a un linaje (quizá, el linaje) de la literatura y la filosofía de los Estados Unidos. Resulta claro: Allen Ginsberg se pensó Walt Whitman (poeta, místico, homosexual y panteísta), Gary Snyder se imaginó Henry David Thoreau (anarquista, ecologista y zen), y el propio Jack Kerouac no quiso sino verse a sí mismo como una cruza de Mark Twain y Jack London: el camino y lo salvaje, lo viril desbocado como expresión del deseo. El padre del trascendentalismo norteamericano, el pensador Ralph Waldo Emerson, colocó bajo todos ellos un manto de sapiencia que no sólo conllevó a una serendipia (ese accidente fortuito) sino a un programa conspicuo. Podemos sumar otros referentes sólidos en el camino: el poeta William Carlos Williams y Herman Melville no se quedarían afuera.

Partir de la propia experiencia vital para escribir es el comienzo de todo lo beatnik. Escribir sólo desde la experiencia, nada de remisiones librescas ni saltos de puntos y comas o mera sustancia bibliográfica. Alguna vez Michel Foucault dijo que todos su libros venían de una experiencia (con radicalidad evidente), lo mismo podemos hacer brotar de textos como Aullido de Allen Ginsberg, En el camino de Jack Kerouac o El almuerzo desnudo de William Burroughs. Experiencia no sólo contada sino buscada. Después de todo, como le dice Kerouac a Cook, “éramos sólo un puñado de hombres buscando experiencias sexuales”. Simple y ausente de retórica, un beatnik buscaba experiencias de índole sexual, pero no sólo genital. Esa literatura libidinal impregna todo: la carretera, el alcohol, la marihuana, la benzedrina, las mujeres negras, los yonquis, las barbas, la meditación zen, los solos musicales, el orgasmo y la velocidad escrituraria.

No dejan de ser soprendente las descripciones de Bruce Cook de las metrópolis –Nueva York y San Francisco– como epicentros del deseo. Barrios como el East Village y North Beach, espacios conquistados como Venice Beach en Los Angeles y, a posteriori, enclaves como Haight Ashbury en San Francisco (barrio primero delincuencial y luego hippie). ¿Por qué San Francisco monopoliza? Quizá porque fue la única ciudad de los Estados Unidos no colonizada por el puritanismo del Oeste y lo caballero y mórbido del Sur (de Faulkner, por ejemplo). Frisco Bay fue un territorio emergido de la mano de buscadores oro, prostitutas, marinos desclasados por anormales (gays), tahúres, magos, tramposos y malandras. Ese espacio de libertad se constituyó como el sector más natural para asentar el viejo anarquismo pacificista que los beatniks propugnaban. Un hedonismo libertario radical que no era ni comunismo ni socialismo. Kerouac mismo era políticamente un conservador (franco-católico) que llegó a afirmar que votaría por Dwight D. Eisenhower. El beat no fue “apolítico” sino anarquista individualista (hoy llamaríamos libertario). Esa resistencia pasiva y sabia emanaba de una coolness que se mostraba como espacio de fuerza insólita e insolencia con sustancia. Fue el propio Norman Mailer con The White Negro (1957) quien testimonió lo que dio en llamar “hipster”: existencialistas urbanos, levemente sartreanos, filósofos bajos, del deseo y la calle, que tomaban como referentes a toxicómanos como Herbert Huncke, ícono y secuaz de Bill Burroughs en el Lower East Side, de profesión yonqui.

Habrá que decirlo: los beatniks fueron el primer movimiento literario (a duras penas lo fue) surgido enteramente en los Estados Unidos de América. Sus precuelas (el trascendentalismo del XIX, de Emerson y Thoreau) fueron deudores de alquimias europeas y asiáticas. Los beatniks encarnaron la voz de protesta desde el interior de la nación vencedora de la Segunda Guerra Mundial. Algo prototípico de los Estados Unidos: siempre las voces más duras y feroces emergen desde su riñón, no del exterior: desde Malcom X a Noam Chomsky, de Thoreau a Unabomber. Los críticos más furibundos de los valores de la pulcritud, puritanismo y trabajo, salen de las entrañas de esta máquina (algo que también vio con lucidez Jean Francois Revel). Esa voz de la disidencia, este clamor libertario, pareciera ser siempre un anticuerpo que el propio país emana como forma de extirpar o abrirse paso hacia otra fuga, no prevista. La evasión al control y la codificación del deseo que señala Gilles Deleuze en El Antiedipo.

La filosofía beatnik, podemos insinuar desde el testimonio de Bruce Cook, tenía una mirada enmarcada en la rebeldía pero anclada en la tradición de la protesta individual contra el elitismo, a la vez que el populismo literario le daba a la experiencia, el deseo y el cuerpo un punto inaugural, manifestaba un anarquismo pacificista, inducía a ir contra la moral productiva, y echaba raíces en reescribir la tradición más fuerte de los Estados Unidos. Pocos escritores más representativos de lo norteamericano que Kerouac, Ginsberg, Burroughs, Snyder, Corso, Cassady, Di Prima o su abuelo espiritual, Norman Mailer. Y no dejemos de lado esa novela anticipatoria como Go de John Clellon Holmes (1952). Todos escritores que colocan su principio en lo fisiológico del pensamiento y el trance físico: ni razón ni racionalidad, pero tampoco inconsciente. Esas fuentes son transparentes:  Nietzsche, el freudomarxismo –Reich y Marcuse–, y el budismo zen –su recepción en Estados Unidos a través de DT Suzuki y la Black Mountain College de Nueva York. Algo que luego continuaría en eventos como Mayo del ’68.

La filosofía que subyace en los beatniks, como algo lógico de su política del rebelde, consiste en decir no, en su espíritu de oposición a la “mecanización”, sea ésta marxista, capitalista o psicoanalítica. El beat rechaza el modo de vida estandarizado y propone un modelo alternativo que se basa en ampliar los límites de la percepción y en la crítica de la economía del ahorro y el ideal ascético. El beat valora más que nada la libertad individual, nada se coloca por encima de ella. El deseo de vivir en libertad, con velocidad y sin ser manipulado. El lirismo y la voluntad exagerada de creer en algo o en sí mismo, hacen del beat un enemigo del cinismo, la mentira y el resentimiento –el pop es cínico y el punk es resentido. Su violencia evidenciada a veces es producto de la fuerza vital, del golpe como celebración o el exceso en los placeres como forma de afirmación radical de la existencia. El latido de la búsqueda del beat, los lleva a cierta sabiduría fisiológica: zen. El budismo parte de la inmanencia, de los sentidos, del deseo, de la piel y la percepción. No hay culpa ni pecado, en todo caso hay dolor, que debemos extirpar siendo estrictamente precisos con el deseo necesario. La poética beatnik no es dadaísmo –no buscan destruir superestructuras–, ni expresionismo –no buscan criticar la inmoralidad política–, ni surrealismo –no pretenden destruir la supremacía del consciente por el inconsciente–, ni tampoco existencialismo –no pretenden ir contra la norma a favor de un imperativo categórico. Los beatniks tienen tres enemigos claros: Freud, Marx y Einstein. Van contra la normalización del inconsciente del psicoanálisis, contra la mecanización productiva y colectivista del marxismo y contra la bomba atómica einsteiniana. Será el cuerpo y no el intelecto el territorio desde el cual “hablan”, y “escriben”: la vida es la fuente de inspiración. La experiencia es todo. Vida es cuerpo: carne, sangre y semen. Los beatniks hacen un himno a la intensidad de la vida y el hedonismo: las experiencias sexuales diversas y la experimentalidad de la existencia; pero vida como realidad física. Jack Kerouac escribe con excitación, con prisa, como un orgasmo. La prosa beatnik –de Kerouac en particular– se sustenta en una realidad biológica. Es claro: la prosa beat va contra la representación racionalista, por ello el fluir.

Quizá, como ha señalado Ginsberg, los beatniks le dieron todo a Norteamérica y no recibieron nada a cambio. Tal vez no. Su semilla caló hondo. Si bien el principio filosofal de lo beat aparece, sus acólitos preservan y perseveran en mantener ciertos nombres en alto. Si los años 70 vieron emerger al hippismo como vida alternativa, los 80 trajeron la revolución conservadora, los pensadores neo-conservadores, el sida y el fin del sueño. El pop ocupó su espacio, el cinismo se estableció en el centro de la escena, y otras figuras, Warhol por caso, lograron sintetizar ese tiempo pero le dieron generosidad. Nada parecería más descabellado y, tal vez, necesario hoy que lo beat o su analogía pictórica encarnada en Jackson Pollock: el maestro del expresionismo abstracto, macho, mujeriego, amante de putas, semental, jazzero, alcohólico y pendenciero junto al gay afeminado, casi virginial, amante de divas de plástico y carteles de neón de Warhol. Sí: el pop fue la reversión de lo beatnik de cuajo: su canto de cisne. El pop, y el cinismo marketinero que le siguió, nos quitó (¿por siempre?) la pulsión libertaria y contracultural de los beatniks, los místicos zen de California y el jazz titánico de heroinómanos  –aunque Andy los cobijó en la Factory, incluso a sus herederos, como Lou Reed, hijo bastardo de Bill Burroughs. El desarrollo nos puede llevar hasta Patti Smith, lo ciberpunk y la forma que tomó hoy cierto ideario beat. Pero no hay que pensar ese territorio como lo más fiel (aunque Lady Gaga trafique con lucidez, sin que muchos se den cuenta, ideas idénticas). Para el beat todo venía del cuerpo como piedra angular. Una visión beat correcta consiste en volver a ese principio fisiológico, ni virtual ni hiperreal, sólo cuerpo, carne, orgasmo y libertad. Esa vuelta a la anomalía, ser fieles con lo infiel, para su mandato es un legado más noble, y existe y se ve, ya no con extremos buscados de modo desfasado (allí estaban rodeados y ahogados) como en los años 50 y 60, sino a través de cierta sabiduría epicúrea, serenidad celebrada, de un mantenerse al margen pero participar del ágora y reivindicar ese espacio de autarquía, desde un individualismo comunitario. El golpe sigue siendo tan intransigente como perceptible. El último Allen Ginsberg, antes de morir en 1997, fue eso: un viejo sabio, venerado, dulce, amable y respetado como la voz de América. Nada quedaba ya de su violencia espasmódica de joven. El, que se pensó Walt Whitman, lo fue. Justicia poética.

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Del orgasmo al dripping

Los beatniks tienen tres grandes fuentes intelectuales de las cuales se embeben:  el llamado freudo-marxismo, con autores como Wilhelm Reich y Herbert Marcuse –que planteaba que la represión del instinto sexual funda toda neurosis, algo que exponen en sus libros La función del orgasmo y Eros y civilización, ambos citados copiosamente por Kerouac y Ginsberg–,  el jazz, en tanto lenguaje musical como libre fluir de la mente: improvisación espontánea y el tomar aliento entre cada frase, pero también el slang, dialecto negro y la jerga del gueto, y, por último, el anarquismo político, pero no como movimiento, sino como mero individualismo libertario, como expresión de la subjetividad personal.

Para los beatniks la vida comienza de modo hostil y extraña: el presente liberado de lo espacio-temporal y evidenciado en la escritura y el pensamiento beat tiene cuatro disparadores: 1) el orgasmo (sexo), 2) la meditación (el zen), 3) la improvisación pasional (el jazz), 4) los paraísos artificiales (alcohol y drogas). El beat busca producir una realidad en el instante de la liberación: el momento de la escritura adviene de allí. Es una escritura con fundamentos fisiológicos, con el orgasmo como motor. En algún sentido, símil a los dandis del siglo XIX: Baudelaire también hacía un culto de los paraísos artificiales –opio, hachís, vino–, y, al igual que Kerouac, tenía una amante negra, como Mardou Fox, presente en Los subterráneos. Resulta claro: la escritura automatizada de Keroauc o el cut-up de Burroughs es lo mismo que el dripping de Jackson Pollock en el expresionismo abstracto o los iconmensurables solos de saxo de John Coltrane o Charlie Parker.

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Perdidos y golpeados

Hay que ubicar temporalmente lo que se llamó “generación beat” –que, en rigor, nunca existió como movimiento orgánico con un manifiesto, así como las vanguardias históricas de principios de siglo XX–: esto es, en la segunda posguerra (1945-1960). La década del 50 fue el momento dorado del ideario beat. A diferencia de la llamada Lost Generation –de los años 20, la primera posguerra–, con figuras como Francis Scott Fitzgerald, los beats se desmarcan radicalmente de su desidia e indolencia. Los perdidos estaban mucho más matrizados por la locura, el desamparo y el psicoanálisis. Los escritores de la primera posguerra no creían ni querían creer en nada; los beatniks tenían sólo avidez de creer y apostar.

Es posible dividir a los intelectuales beatniks en dos bandos: los beats calientes –de la East Coast, que escuchaban hot jazz– y los beats fríos –de la West Coast, que escuchaban cool jazz–, estos últimos a veces similares a los que se dieron en llamar new dadá: vestidos completamente de negro. Algunos que se podrían ubicar dentro de ellos como primos y filosóficamente en el mismo lugar son artistas como John Cage, Merce Cunningham o Robert Rauschenberg. Los beats californianos estaban atravesados más por esa atmósfera  lírica que luego terminó por impregnar a toda la sensibilidad del movimiento, pero no hay que olvidar que el humo, el metal y el polvo de Nueva York está en los orígenes de todo.

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Luis Diego Fernández nació en Buenos Aires en 1976.

– Licenciado en Filosofía con Diploma de Honor (Universidad de Buenos Aires), especializado en filosofía contemporánea y estética. Ensayista.

– Ha dictado seminarios y conferencias en Universidades y en Instituciones: Posgrado de la Facultad de Derecho de la UBA, Universidad ESEADE, Centro Cultural de España en Buenos Aires, Colegio de Abogados de Necochea, Fundación Internacional Jorge Luis Borges, Escuela Argentina de Sommeliers, Centro de Estudios Contemporáneos y en el Campus Virtual de la Asociación de Pensamiento Penal, con el aval de la Universidad Nacional del Comahue. Desde hace 5 años dicta cursos privados en librerías y espacios culturales.

– Es autor del ensayo Furia & Clase (Paradoxia, 2009). Ideó, editó, prologó y coordinó laAntología del ensayo filosófico joven en Argentina (Fondo de Cultura Económica, 2012).

– Trabajó durante 10 años continuos en editoriales líderes de la industria editorial argentina e hispanoamericana (Yenny/El Ateneo, Gedisa y Random House Mondadori), de la cual tiene un amplio conocimiento.

– Colabora desde hace 8 años con los siguientes medios: Revista Ñ de Clarín, Diario Perfil, Revista El ojo mocho, Revista Brando, Revista Gata Flora, Revista Menú, Guía Cultural La Celeste (Uruguay), Revista virtual Cibertronic de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

– En 2010 fundó y dirige EF Escuela de Filosofía, dónde dicta cursos y charlas.

– Es creador de la Cata de Ideas, un evento que tiene la finalidad de acercar la filosofía a un público mayor.

(De ar.linkedin.com/in/luisdiegofernandez)

Su blog es ldflounge.blogspot.com.ar

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