Diana Cohen Agrest (2010) Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana)

Es el libro más reciente de Diana Cohen Agrest, donde se ocupa de trece cuestiones de nuestra vida de todos los días. Temas que en distinta medida se hacen presentes explícita o implícitamente para condicionar, influir en nuestra existencia.

Esas cosas tales como el manejo del tiempo (y la expectativa por optimizarlo), la felicidad (¿a qué llamamos felicidad?), el aburrimiento, la pereza (el ocio, la fiaca como recursos que van en contra del funcionamiento del mundo), el autoengaño (la mentira, la mala fe, el amor o su ilusión), la envidia (la sana o enferma envidia, los celos, el resentimiento, la indignación, la vergüenza, la admiración), el miedo (¿qué produce miedo?, el temor), el morbo (la seducción de lo repulsivo, la obscenidad, el asco), la vergüenza, el perdón (¿cuáles son las condiciones de posibilidad para que el perdón tenga lugar?), el envejecimiento, el morir y la inmortalidad.

Cohen Agrest se expresa con suma erudición y una magnífica claridad. La exposición de cada asunto es óptima y la bibliografía de cada capítulo prácticamente nos invita a ir más allá, provocando el deseo de más lecturas y aproximaciones.

*

Del capítulo “Morir (La posibilidad de todas las posibilidades)”:

¿Cómo vivir entonces con la certeza de un acontecimiento marcado por su inevitabilidad esencial? Si no hay nada que se pueda hacer con el hecho de que me voy a morir, si la muerte es nuestro destino último, rebelarnos ante ella es como enfurecernos porque dos más dos son cuatro o porque la suma de los ángulos interiores de un triángulo es igual a dos rectos. ¿Acaso nuestra ira puede incidir en algo en esas verdades matemáticas de que dos más dos son cuatro o que la suma de los ángulos interiores de un triángulo es igual a dos rectos? tal vez, aceptar finalmente su inevitabilidad, su necesidad, reduzca en algo el dolor de la muerte.

Pero hay otra lectura posible. Es cierto que una vida vivida hasta la vejez es más valiosa que una vida truncada en la juventud. No obstante, tomar conciencia de que la vida es un bien precioso, tan frágil como efímero, puede servirnos de impulso para conferirle un sentido valioso. Decíamos que somos seres orientados al futuro, seres abiertos al futuro. ¿Cuál de los varios porvenires que están abiertos para mí probablemente me ofrezca una vida digna de ser vivida?

Esa respuesta, una vez más, es absolutamente personal e intransferible. Pero vale la pena buscarla, como se ha buscado, desde que el hombre es hombre, cierto consuelo frente a la irreversibilidad del morir.

*

Del capítulo “La inmortalidad (Entre el anhelo de lo eterno y el alivio de lo efímero)”:

Si nos volvemos, por última vez, a las páginas devastadoras de La muerte de Iván Illich, advertimos que Tolstoi retrata allí el monólogo interior de quien, incapaz de aceptar su agonía, se transforma en un desertor de la dictadura de la lógica. Recorriendo los laberintos de su memoria, Iván recuerda el clásico silogismo aristotélico, repitiéndoselo a sí mismo en un estado de total incredulidad:

Todos los hombres son mortales.
Sócrates es hombre.
Por lo tanto, Sócrates es mortal.

-¿Qué tiene que ver eso conmigo? -clama Iván en un arranque de ira, resistiéndose a admitir la validez del razonamiento-. ¿Acaso ese silogismo no puede ocultar alguna especie de falla lógica? -se interroga una y otra vez-. Al fin y al cabo, que todos los hombres sean mortales poco o nada parece tener que ver conmigo, que sólo puedo vivenciarme como siendo.

Confrontándose con la lógica de la vida, el pensador existencialista Jean Améry reconoce que la lógica de la muerte se sostiene en un nihil, en una nada que es la negación de toda lógica que, por su naturaleza misma, se asienta en el ser. La lógica de la muerte, vacía de realidad, es pura negación, imposibilidad de pensamiento y de ser. De allí su imposibilidad de ser representada.

Pese a la irrepresentabilidad de la muerte, se intentó franquear la inexorabilidad de ese límite a través de una vía sustituta: la inmortalidad. kant proclamó que es imposible conocerla, y mucho menos proporcionar prueba alguna a favor de la inmortalidad. La lógica no alcanza a probarla. Y ni siquiera podemos afirmar su posibilidad. Pese a este límite radical, podemos afirmar con certidumbre moral que somos inmortales. Esa certeza hunde sus raíces en la moralidad: puesto que no podemos sustraernos a la fuerza del deber (ya que, aun transgrediéndolo o rehusándonos a obedecerlo, lo reconocemos como mandato), la ley moral exige su cumplimiento más perfecto que se consumaría plenamente en el ideal de la santidad. Ese ideal es un modelo de perfección moral al que los seres humanos deberían aspirar. Sin embargo, no puede ser alcanzado en el tiempo limitado de una vida humana. Por ser finitos, los seres humanos son incapaces de alcanzar ese ideal de santidad en las condiciones de este mundo. Dado que la perfección moral sólo puede ser lograda en un progreso al infinito, entonces dicho progreso sólo es posible “si suponemos una existencia y personalidad duradera”, esto es, concluye Kant, una alma inmortal. La inmortalidad sostenida en la posibilidad de la perfección es entonces un postulado necesario para la moralidad.

(…)

Tal vez la vida, per se, carezca de significación. Queremos continuar viviendo porque nos duelen deseos todavía no realizados, y esos deseos son una promesa venturosa que sólo el futuro nos puede conceder. Es entonces el ser humano, como ser deseante, quien le confiere al tiempo vital su sentido existencial. Y sin deseos, no contamos con ninguna razón valedera para ver en la muerte una desventura. Más aún cuando intuimos que, a modo de amenaza latente, nuestra vida podría prolongarse indefinidamente de manera insoportable.

* * *

Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

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