Guillermo Raffo / Desafinado

(Publicado en Perfil, 18.11.2012)

Me afinaron el piano, y ahora todo suena como si fuera fácil de explicar, sencillo, insatisfactorio. Lo que sé tocar sale apenas decente y lo que toco mal –casi todo– se nota más. Falta algo que no estaba bien, pero a lo que ya me había acostumbrado. Perdí la excusa, la protección del error mecánico y ajeno, la ilusión de complejidad en un sonido que no era mérito mío sino de la inevitable decadencia de los materiales. Voy a tener que joderme, practicar más y tocar mejor.

Lo mismo les pasó a todos –casi todos– quienes tuvieron que decir algo en público sobre el 8N, después del 8N, ahora que todo quedó mucho más claro. Empezando por el Gobierno, que decidió ignorarlo como ignora todo lo humano desde su constitución misma. Queríamos que hiciera algo mejor pero hizo lo único consistente con su comportamiento desde 2004. No da para sorprenderse, y tal vez por eso los análisis profesionales publicados en estos días –los de quienes interpretan la realidad porque trabajan de eso– fueron aburridos, solemnes y bastante pobres. Eduardo Fidanza escribió: “Oscilamos, sin sangre, entre Shakespeare y Maquiavelo”. Cuando las cosas son –o parecen– de una complejidad inextricable, no es difícil decir algo que suene interesante; cuando se simplifican, decimos boludeces.

¿Cómo puede ser que la nota de Beatriz Sarlo sobre la manifestación numéricamente más importante en décadas –un análisis que esperaba todo el mundo, porque es una de las personas más lúcidas y mejor formadas de su generación, y además es sommelier de marchas– hable casi exclusivamente de 6, 7, 8? ¿Estamos todos locos? Sí, sí, leo a Sarlo porque me interesa mucho saber qué piensa de Cynthia García. ¿Qué va a pensar? Que es tarada. ¿Qué posibilidades hay de que piense otra cosa? No lo va a decir así, por supuesto, porque en su universo simbólico todo es más complicado. Pero esto no es complicado. Algunas cosas son simples.

Lo que pasa a veces cuando las cosas son simples es que no nos gustan. A veces no nos gustan porque ontológicamente van en contra de lo que queremos –a Cristina, por ejemplo, no hay manera de que le guste el 8N, más allá de su grado de complejidad– y a veces no nos gustan porque estamos acostumbrados a otra cosa.

En un libro extraordinario cuya existencia descubrí esta semana, Charles Ives cuenta su experiencia infantil con música en cuartos de tono. La música que escuchamos habitualmente se detiene en la subdivisión por semitonos, pero el oído humano detecta diferencias más sutiles que forman parte de la música desde siempre, aunque en Occidente se sistematizaron recién en el siglo XIX. Disculpen que me ponga a hablar de esto. Seré breve.

El papá de Charles Ives tenía debilidad por los cuartos de tono, y ni siquiera le alcanzaba con eso, quería más. A mediados de la década de 1880 inventó un aparato con veinticuatro cuerdas de violín afinadas caprichosamente para explorar distintas tonalidades, e intentó convencer a su familia de cantar con él en cuartos de tono, una propuesta que tuvo poco éxito y que sólo mantuvo –dice Ives– como castigo. Más adelante, habiendo llegado a la correcta conclusión de que una melodía en cuartos de tono debía ser sostenida por acordes en su misma escala, llenó el living de brazos mecánicos con arcos, operados mediante pesas y poleas, que tocaban continuamente esos acordes. Su familia y los vecinos lo disuadieron rápidamente de ese experimento.

“Pero recuerdo claramente una impresión –escribe Ives–. Habiéndome acostumbrado a escuchar una pieza en la cual la melodía y sus acordes iban acompañados de ornamentaciones y detalles en cuartos de tono, después no la podía escuchar tocada en un piano normal sin sentirme pésimo, insatisfecho, privado de algo.”

Una suma de tradiciones culturales bastante diversas, una historia política vertiginosa y barroca –y el peronismo, también, y la casualidad, y el psicoanálisis– nos acostumbraron durante casi un siglo a la idea de que la sociedad se compone de capas infinitas de complejidad y que la realidad es, en última instancia, inaprehensible. Esto es cierto en más de un sentido. Pero si chocás con la moto, te matás igual.

Y lo que no se puede creer es que, ante una situación de emergencia, los más mediocres simulen que no existe y los más inteligentes, quienes podrían estar ayudándonos, desfilen por los medios exhibiendo su nostalgia de cuando un país culturalmente más rico y más viable les permitía el lujo de pensar en cuartos de tono.

Las ideologías existen y la polarización es algo muy poco saludable para una democracia moderna. Pero el problema que tenemos hoy es que estos tipos están locos. Sale un millón de personas a la calle a manifestar una preocupación genuina y el Gobierno les contesta con una referencia al Congreso del Partido Comunista Chino. No es normal. No entra más en el esquema tradicional de la mesa redonda con un helecho al costado y usted qué piensa, doctor, escuchemos las dos campanas, ¿qué dirán las encuestas? No sé, ni me importa qué dicen las encuestas, porque las hace Artemio, porque está todo hecho mierda a un punto tan extremo que comportarse con las formas y el discurso de la Argentina del siglo XX es absurdo, es como ir vestido a la playa.

No hay más debate ideológico en Argentina. Hace tiempo que no hay. Es un simulacro. Lo que hay es esto: el gobierno de Once, de Ciccone, del Indec, de la Ley de Medios, de Aerolíneas, de Milagro Sala, de los fondos de la Anses, de Repsol y Gils Carbó, de metamos preso a Lanata en Venezuela y después digamos que miente, objetivamente y más allá de toda inclinación doctrinaria, nos está haciendo daño. Además, no les importa y están dispuestos a hacer y decir cualquier cosa para quedarse ahí para siempre. La oposición fue cómplice de esto y –en mayor o menor medida– lo sigue siendo. Decime, en estas condiciones, qué debate ideológico querés tener. Y sobre todo decime con quién. ¿Con Brienza? ¿Con Feletti?

A la isla desierta, cuando todo explote, me voy a llevar New Music in Quarter Tones, un disco de 1967 que al principio odié pero después gasté de tanto escucharlo, y que los valientes podrán conseguir en internet por la módica suma de dos dólares que Moreno no les va a dejar pagar. Amo ese disco, pero cuando hago una fiesta en casa no se lo paso a los invitados, por motivos que supongo serán obvios. Por esos mismos motivos necesitamos que la intelligentzia local se deje de joder con una complejidad que no existe.

Todo se puede hacer bien, lo complicado y lo simple. Buddy Holly y Charles Ives no son uno mejor que el otro. Pero si le agregás cuartos de tono a Buddy Holly no suena complejo; suena desafinado.

La versión Buddy Holly de lo que acabo de decir apareció en una foto del 8N. Una pareja de aspecto melancólico sostenía un cartel escrito a mano que decía: “Esta generación se tendrá que arrepentir no por lo que hicieron los malos, sino por los que se quedan callados”. Es eso.

* * *

Guillermo “Huilli” Raffo tiene 43 años, es escritor y cineasta. En 2004 lanzó el blog Los Trabajos Prácticos (bonk.com.ar) donde han colaborado Tomás Abraham, Esteban Schmidt, Quintín, Ivana Steimberg, Santiago Llach, Hernán Iglesias Illa, Guillermo Piro, Eliseo Brener, Fabián Casas y Roberto Gargarella.

Estudió cine en Buenos Aires, después se fue a Los Angeles a hacer un posgrado en la University of Southern California gracias a una beca Fulbright. Volvió en 2001 y nuevamente partió, esta vez a Madrid y, cinco años después, llegó a Londres, East Sussex, donde vive de escribir guiones de cine.

El libro HolyFuck (2011) es una selección de textos publicados en el sitio entre 2004 y 2010, y fue publicado por GarrinchaClub.

(Datos obtenidos de la nota de Luciana Vázquez, “El creador del blog Los Trabajos Prácticos, un outsider”, lanacion.com.ar)

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