Diana Cohen Agrest / Tragedia de Once: la trama de impunidad y desidia de una Argentina que duele

(Publicado en La Nación, 23.12.2012)

Un caluroso 22 de febrero de 2012, apenas después de las 8.32 de la mañana, las sirenas conmovieron súbitamente a una ciudad que reiniciaba su trajín tras el paréntesis de un Carnaval tan forzado como extemporáneo. Inexplicablemente, un tren que se aproximaba a la plataforma de la estación de Once no había logrado detener su marcha y terminó por colisionar con los sistemas de paragolpes de contención de la estación. La formación transportaba en plena hora pico a más de 1200 pasajeros a bordo y, con el correr de las horas, se supo que fallecieron 51 de ellos y cuando menos 703 resultaron heridos.

Más que un infortunio casual, la tragedia fue un eslabón más de una cadena de acontecimientos mortales que parece condenarnos a cierta extraña pero manifiesta compulsión a la repetición: si nos volvemos hacia los últimos tiempos, en un atroz carrousel, se nos aparecen la catástrofe ferroviaria de Flores, la tragedia vial del colegio Ecos, los incendios de las discotecas Beara, Cromagnon y Kheivys, las desgracias aéreas de Austral, de Sol y de LAPA, los atentados a la AMIA y unos años antes, a la embajada de Israel. Apenas un puñado de tragedias evitables, rescatadas entre tantas otras que o bien fueron olvidadas o bien persistieron anónimas, porque acontecieron en la Argentina profunda ante la cual se minimiza y hasta se invisibiliza el dolor.

Aun cuando hay quienes prefieren atribuirlas al azar o a la fatalidad, lo cierto es que el azar y la fatalidad son dos modalidades de la negación: lo que llamamos “azar” no es sino la ignorancia de las causas que produjeron un hecho. Y la fatalidad exorciza mágicamente de cualquier responsabilidad. Pero lo cierto es que el retorno de lo trágico irrumpe en otras formas de violencias cotidianas. Todas ellas se inscriben en una matriz letal en la que convergen intereses, obligaciones, derechos y bienes simbólicos inalienables. Y en esa compulsión a la repetición, la tragedia de Once condensa e ilustra dolorosamente la trama de la Argentina que nos duele. Porque en ella se anudan, una vez más, las cuerdas entre las que anidan la complicidad de los funcionarios con los intereses empresariales que se extienden rastreramente, como hiedras venenosas, al cobijo de la impunidad.

¿Quiénes son los actores de estos dramas inconclusos? En esa trama, el Estado, los empresarios y los funcionarios inescrupulosos se enfrentan a las víctimas y a una sociedad que, mancomunada en el dolor por las pérdidas, debería reconocerse como parte de los enlutados. Entre unos y otras, un abismo que se ahonda brutalmente, cada día más.

Durante la última década se proclamó un modelo basado en el diseño de las tan proclamadas políticas de inclusión destinadas a fortalecer los mecanismos de protección de los segmentos socialmente desfavorecidos. Pero esos dispositivos se sostuvieron en un paradigma de gestión basado en la concesión de subsidios operativos que, en el caso del sistema ferroviario, crecieron un 300 por ciento durante los últimos seis años sin que se exigieran las inversiones privadas en su mantenimiento y sin que se sancionara la degradación progresiva de la calidad de la prestación del servicio al usuario. Ya un informe de la Auditoría General de la Nación (AGN) de 2008 ponía en evidencia que no sólo no se había ejecutado el mantenimiento de los trenes desde 2004 sino que se habían descuidado los mecanismos de control que, de haberse realizado, probablemente habrían eliminado de cuajo un nuevo eslabón en esa cadena de repeticiones.

La falta de pulso político resultó cuando menos extraña en un relato presumiblemente inclusivo pero a todas luces selectivo: mientras que en tragedias acaecidas en otras latitudes, tanto los alcaldes como los presidentes y hasta los príncipes y los reyes ponen sus coronados cuerpos reales, en cambio, en nuestra tragedia vernácula, las horas y los días que siguieron fueron marcados por una intolerable ausencia de quienes deberían haber estado allí. Si alguno de los máximos funcionarios nacionales, provinciales o municipales hubiese asistido, nos habría concedido una demostración de ejemplaridad cívica. Considerado incluso desde el más frío y calculador pragmatismo, el sólo acto de presencia le habría aportado un enorme rédito político porque habría contribuido a la pacificación de una sociedad desencajada…Pero en la Argentina que nos duele, sin distinciones partidocráticas, literalmente nuestros representantes no nos representaron. Y con ese ninguneo hacia los trabajadores -carne de cañón usuaria de los trenes-, con ese desvergonzado gesto por omisión -infinitamente más elocuente que los discursos vacíos sobre la inclusión-, nuestros dirigentes habrían sido condenados al ostracismo en sociedades menos tolerantes.

BORRAR EL HORROR

Tras ese mutis por el foro, y con los hierros y los cuerpos todavía incandescentes, coreutas desafinados sellaron la escena: el jefe de Gabinete, con torpeza incontinente, sentenció: “Las vidas que se perdieron, se perdieron”, palabras sólo pronunciables por un aprendiz de político para quien esas muertes son apenas una cifra y, como tal, desencarnadas de la realidad de una pérdida cuyo dolor ni siquiera es capaz de simular. Y el secretario de Transporte de entonces -hoy procesado-, no se quedó atrás cuando, en un flaco consuelo contrafáctico espetó que “si esto hubiera ocurrido ayer, que era un día feriado”, las consecuencias habrían sido menores. Como si el error fuera atribuible a un infausto destino que, indiferente a la desidia organizada, seleccionaría los días nefastos a su arbitrio. El Estado no le fue en zaga: no dándose por aludido, y rápido de reflejos para una jugada maestra fallida, se presentó como querellante ante la Justicia. E invirtiendo el orden entre el victimario y la víctima, desconoció la negligencia en la que había incurrido y pretendió incautar el lugar de los lesionados por su accionar.

El contrapunto de semejante cinismo cívico son el ramillete de enlutados que simbolizan la posibilidad de aprender a transitar desde el sufrimiento hacia una acción colectiva reivindicatoria de la verdad y la justicia. Tras exigir al gobierno nacional que se pronunciase “alguna vez” sobre la tragedia, e impugnando una política selectiva de la memoria, lanzaron la campaña “500.000 caras por justicia”, invitando a medio millón de personas a retratarse con un cartel que reclamaba el esclarecimiento del hecho, en un intento de rescatar del olvido esos rostros que el Estado ignoró con su ominoso silencio.

Celebrados los procesamientos de algunos de los responsables de la tragedia, los ex secretarios de Transporte Jaime y Schiavi, y de los Cirigliano, dueños de TBA, la sociedad se queda con una instantánea: porque una vez pacificada con esta inyección anestésica de alto impacto mediático, la historia reciente nos ha enseñado que el procesamiento es apenas una medida paliativa transitoria que procura poner paños fríos sobre una herida en carne viva que terminará supurando una vez que las recusaciones, los laberintos tribunalicios, las dilaciones y otras creativas chicanas procesales logren borrar lo acontecido.

Las tragedias, nuestra historia lo muestra, son gestadas en el vientre de la impunidad: la de Flores, no resuelta. La causa del Colegio Ecos, prescribió. Los responsables de Beara, sobreseidos. Cromagnon, todavía en juicio. Kheyvis, prescribió. Austral, prescribió. Sol, paralizada. LAPA, momentáneamente se revocó el sobreseimiento de los empresarios. El atentado a la AMIA, negociado por el gobierno con los acusados de haberlo perpetrado. El atentado a la embajada, estancada. Ciudadanos incrédulos de este reino de la impunidad, sumidos en la desesperanza, probablemente nos asomamos con la tragedia de Once a otro crimen más, entre tantos otros, sin culpables. Porque al fin de cuentas, ¿por qué esperar del mañana la Justicia que es burlada hoy?

Abandonando esos reclamos reivindicatorios a su suerte, con nuestro silencio no hacemos sino prestarnos al juego perverso de una justicia que manipula a una sociedad espasmódica, que reacciona cuando es sacudida por el horror. Pero a sabiendas de que es auxiliada por la velocidad de los acontecimientos, la justicia impunitiva parece esperar que una nueva tragedia ensombrezca la anterior, y que la injusticia del diario de hoy obture las injusticias del de ayer.

Pero es obsceno callar ante lo que no puede ni debe ser callado. Una vez que las víctimas han sido silenciadas, ¿acaso sus sobrevivientes y la sociedad toda -vulnerada y vulnerable- no debe ser la continuadora de la reivindicación consagrada a la memoria de las víctimas de todas nuestras tragedias? ¿Acaso la dignidad de los reclamos no es el punto de convergencia de una sociedad que debe comenzar a reconocerse en sus propias fuerzas, en su potencia de sumar voluntades para hacer de una única voluntad, un instrumento poderoso en la persecución comprometida del interés general que debe prevalecer sobre los intereses corporativos? ¿Acaso no se trata de construir una renovada identidad que se sepa capaz de ejercer una fuerza coactiva en defensa, ni más ni menos, del bien común?

La rápida suspensión de las celebraciones del Carnaval y su reconversión en dos días de duelo expresaron los dos rostros de una realidad demencial, el anverso multicolor tributario del “pizza con champagne” en versión populista -los festejos del Bicentenario, el Fútbol para Todos, Tecnópolis y los megarrecitales- y el reverso ensombrecido de un país que pretende celebrar allí donde hay un campo minado por el escepticismo del dolor irreparable.

* * *

Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s