El Espejo Gótico / De mujeres y esposas. Una cuestión de identidad

(Publicado en El Espejo Gótico elespejogotico.blogspot.com.ar)

Algunas curiosidades lingüísticas del pasado nos persiguen aún hoy. Muchas de ellas pasan desapercibidas por el uso, el desconocimiento, y el desinterés con el que las utilizamos. No obstante, hay una que sobresale fantásticamente de ese pantano amorfo y confuso que supone una Lengua Primordial.

La palabra inglesa Woman, “mujer”, no necesita ser traducida. Todos la conocemos, y todos entendemos su significado, ¿o quizás no?

Para iniciar este recorrido superficial diremos que Woman deriva de la deformación de la palabra Wif, “mujer”, y Man, “hombre”. De manera que aquella palabra que originalmente no nos ofrecía ningún desafío intelectual se torna en este misterioso “Mujer-Hombre”.

El Inglés Antiguo y las viejas lenguas germánicas son complejas, vastas, y en cierta medida, inabordables desde una mentalidad moderna. ¿Por qué los pueblos al oeste del Rin -y acaso también al este- forjaron para la mujer un denominador tan ambiguo? O más aún, ¿por qué la mujer fue vista como hombre, o el hombre como mujer, o es que acaso no había distinción entre unas y otros?

La resolución de este delicioso enigma lingüístico no pertenece a la antigüedad de los pueblos germánicos, sino a tiempos posteriores, y a una elección que cambiaría para siempre la relación de la mujer con el hombre, y que la ubicaría en un estado de perpetuo sometimiento intelectual y espiritual.

Lejos en la noche de los tiempos la mujer era llamada Cwen, palabra que eventualmente designaría a todas las reinas del orbe, Queen. Pero algo sucedió, algo extraño, inedito en la historia de las lenguas. Como arrancada del frío Hel surgió la palabra Wif, que también significa “Mujer”, aunque de un modo indigno, impropio, y que en nada se parece al arcaico y noble CwenWif significa mujer, si, pero la mujer despojada de su esencia como criatura libre, pasando a engrosar una larga lista de términos que definen a la mujer como un objeto, un bien, una propiedad.

Cwen era la mujer libre, la compañera, la que comparte el trabajo duro y las desdichas así como la felicidad escurridiza del norte. Wif, en cambio, es la mujer como esposa, la esclava del hogar, la criatura reducida a la servidumbre mansa que supone todo contrato desigual. Este cambio feroz en la mirada sobre la mujer ni siquiera les permite cierta libertad nominal. Ya no son Cwen, “mujeres”, sino Women, “Mujeres-Hombres”, es decir, Mujeres del hombre.

Esta nueva manera de pensar en la mujer como una propiedad sobre la que se tiene completa potestad queda reflejada en palabras como Wifman (pl. Wimmen), “mujer del hombre”, que eventualmente desembocarían en Wife, “esposa”. Todas ellas son palabras masculinas, es decir, ni siquiera se le permitió a la mujer conservar una nominación femenina. De tal manera que cuando alguien hablaba de su esposa, la llamaba El Esposa, es decir, la esposa como un objeto asimilado a lo masculino, un ente privado de identidad.

Y es la identidad lo primero que se intenta desgarrar de un pueblo vencido.

Resulta curioso que la palabra Woman haya emergido victoriosa de aquella batalla entre la libertad y la servidumbre. Lo menciono de pasada, y con profundo respeto por las mujeres que a lo largo de los siglos han cambiado su vida por esporádicos triunfos sociales. Y es que no existe cambio si éste no proviene de la mente, y menos aún si no queda reflejado en el lenguaje. Las feministas, esas hembras guerreras e inconformistas, acaso nos reserven muchas victorias sociales, muchas nuevas banderas de igualdad, pero en el fondo han olvidado que la verdadera guerra se gana en el lenguaje; y que el hombre bien podrá cederles algunos merecidos derechos civiles, pero al menos en el norte, las seguirán llamando Women, las Mujeres de los hombres.

Hasta entonces, en lo profundo de la psiquis colectiva, seguirán siendo un objeto, rebelde y encantador, que ha olvidado donde queda el frente de batalla.

Lord Aelfwine

 

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