Guillermo Raffo / Casablanca

(Publicado en Perfil, 10.2.2013, perfil.com)

Buen día. Ajusten el IQ unos treinta puntos más abajo de lo habitual, porque hoy vamos a escribir para caraduras. No me refiero al kirchnerismo. El adjetivo cándido que eligieron los pasajeros de Buquebus para molestar al viceministro de Economía describe una característica evidente, pero también superficial. El kirchnerismo emite bullshit en un espectro muy amplio, admite en sus filas tanto a convencidos como a cínicos, no son todos caraduras. Los cínicos obviamente sí lo son, pero su longitud de onda es menor comparada con la de los otros, son como los rayos gamma. Los convencidos, en cambio, son esenciales al movimiento-clan-tribu-mafia-partido gobernante, y no pueden ser caraduras, porque se la creen. Entre esos dos extremos hay una mayoría de exponentes mixtos, con porcentajes de cinismo y de demencia que varían en cada caso. Dialogar con cualquiera de ellos es inútil, lo comprobé personalmente con experimentos muy diversos que dieron todos un resultado negativo. Así perdí cinco años de mi vida conversando con idiotas, pero por lo menos lo hice en público y está documentado; nadie podrá decir que no lo intenté, con la mejor voluntad del mundo.

Me interesa hoy dirigirme a los otros caraduras; a los embanderados de la civilidad repentina, a los que predican que la violencia debe detenerse y que la violencia es decir “caradura”. Mentira. En realidad, no me interesa en absoluto, preferiría rebozar y freír mis propios ojos, pero no me queda más remedio, porque en una semana saturada de reflexiones supuestamente profundas sobre el malestar en la cultura, no encontré ni una que evitara condenar el abucheo a Kicillof cuando volvía de sus vacaciones.

Los abucheadores –veinte o treinta personas unidas por la casualidad y una frustración común– fueron disciplinados hasta por quienes intentaron entenderlos. Incluso la ínfima minoría que se animó a defender el derecho a protestar, se vio obligada a aclarar que los abucheadores no lo habían hecho bien: inoportunos, maleducados, insensibles. Si no consiguen convertirse en Oscar Wilde, los abucheadores deberán callarse la boca para siempre.

Nadie les agradeció –permítanme ser el primero– por aportar una módica dosis de catarsis a una situación que sigue siendo igual de insostenible, pero ahora por lo menos es más clara. También celebro que no se hayan apartado de los límites de la ley, y que hayan encontrado una palabra precisa y descriptiva –pero al mismo tiempo suave, inocente, de señora gorda– para calificar al responsable de una situación de injusticia tan evidente que ni los más escandalizados paladines del decoro pudieron ignorar. Tan difícil era cuestionar el abucheo, que el aparato de propaganda del Gobierno tuvo que hacer correr el invento de que insultos mucho peores, racistas, se habían escuchado durante el incidente. Pese al entusiasmo de Ernesto Tenembaum, esa versión no prendió mucho, porque es mentira.

No sé si alguna vez les pasó que, mientras están escuchando música, alguien se ponga a cantar otra cosa. Es muy irritante. Es mucho peor aun si uno está feliz, tocando y cantando algo con sus amigos, y un grupo hostil irrumpe interpretando una música distinta, cada vez más fuerte, con la intención de silenciar a los que estaban cantando antes. Coincidiremos en que se trata de una espantosa falta de respeto. Esto que describo es, sin embargo, lo que pasa en una de las escenas más celebradas de una de las películas más famosas de la historia. Hay cuatro nazis cantando, viene Victor Laszlo y pide La Marsellesa. Gana La Marsellesa. ¿Por qué nadie objeta la falta de respeto en la que incurren Victor Laszlo y sus acompañantes? Porque los nazis son malos y los oprimen, tienen más poder que ellos. Este detalle es igualmente aplicable a la situación en el Buquebus, pero por algún motivo nadie parece haberse dado cuenta.

Todos se dieron cuenta, por supuesto. Todos lo saben. Pero no pueden permitirse el lujo de reconocerlo. Si el abucheo a Kicillof es legítimo, entonces ellos están necesariamente en falta por haberse callado durante diez años. Concluyen entonces, por conveniencia, que no debe ser legítimo. Con esa lógica siniestra funciona la inverosímil invocación a los buenos modales que vengo escuchando desde hace meses, siempre pronunciada por gente a la cual los modales no le importaron nunca.

Desde la época de los colonos puritanos hasta nuestros varios gobiernos militares, pasando por la era victoriana, los buenos modales fueron usados muchas veces como instrumento de control social, casi siempre para sostener un orden injusto cuyos fundamentos teóricos empezaban a flaquear. Es una maniobra perversa que perpetúa la opresión y corrompe la idea –saludable, en teoría– de que los buenos modales son importantes. Es cierto que son importantes, pero como piso de reconocimiento y respeto a los demás; no como mandato cultural que le permita a un subconjunto de la sociedad hacer cualquier cosa con el resto. Si viene un ladrón a mi casa, no le ofrezco un café: llamo a la policía.

Cuando no hay policía, las cosas se complican. No es sorprendente que el recurso de “los modales” intente ponerse de moda en un país sin ley ni justicia: a algo hay que recurrir para protegerse. Nelson Castro denuncia que lo echan de un bar por sus opiniones pero se niega a identificar el bar para evitar represalias violentas que imagina. ¿Dónde vive? ¿En Deadwood? Nelson Castro asume que, de hecho, no hay ley, entonces decide administrarla él. Es un disparate. Los modales no pueden reemplazar a la ley ni a la justicia, ni pueden ser invocados como escudo cuando ninguna de las dos funciona. Veinte años de Tinelli, rock chabón, aguante y barras bravas. ¿Ahora te preocupan los modales? No te creo nada, salvo que me expliques por qué tardaste tanto en darte cuenta.

El Gobierno podría –debería– haber desactivado esta escalada haciéndose cargo de su responsabilidad. Kicillof podría haberles dicho a los abucheadores: “Disculpen. Ahora estoy de vacaciones, y con intimidarme no resolvemos nada. Trabajo para ustedes. Me preocupa mucho que su percepción colectiva sea que soy un caradura. Este es mi teléfono. Llámenme en horario de oficina”. Si faltaron reflejos, podría haber hecho lo mismo en conferencia de prensa al día siguiente. Y si él es incapaz de hacerlo, el Gobierno podría haber designado a otra persona para que rindiera cuentas. En cambio, redoblaron la apuesta. Porque no quieren menos violencia, quieren más.

Veinte tipos sanos –o no completamente enfermos– se encontraron de casualidad con el responsable de injusticias que sufren a diario y le dijeron “caradura”. Escándalo. La oposición juntó a mil caraduras muy caraduras en los medios, todos practicantes del equidistantismo ilusorio, repudiaron el hecho, horrorizados. Macri dijo que era inaceptable; Alfonsín, que era “un abuso”. Disculpen los modales, pero váyanse a la mierda.

La lapidación de los abucheadores es más que un síntoma: es garantía de anomia y desolación por muchos años. Si todas las voces autorizadas coinciden en que acatar reglas injustas es mucho mejor que rechazarlas, nuestra única esperanza es el recambio generacional, a largo plazo, después de la castástrofe inevitable que me alegra no estar ahí para sufrir cuando suceda.

Mientras tanto, reclamo al menos para nosotros, los que no nos volvimos locos del todo, la capacidad de rechazar esa extorsión. Dentro de la ley, la catarsis es nuestro derecho. Dejarse apretar por Moreno no es algo de lo cual uno pueda jactarse, pero tiene claros atenuantes: Moreno tiene poder, armas y guantes de boxeo. Ahora, ¿dejarse apretar por Macri, Majul, Moreau, Tenembaum, Morales Solá, Felipe Solá y Humberto Tumini? ¿La verdad? Hay que tener vocación de pelotudo.

* * *

Guillermo “Huilli” Raffo tiene 43 años, es escritor y cineasta. En 2004 lanzó el blog Los Trabajos Prácticos (bonk.com.ar) donde han colaborado Tomás Abraham, Esteban Schmidt, Quintín, Ivana Steimberg, Santiago Llach, Hernán Iglesias Illa, Guillermo Piro, Eliseo Brener, Fabián Casas y Roberto Gargarella.

Estudió cine en Buenos Aires, después se fue a Los Angeles a hacer un posgrado en la University of Southern California gracias a una beca Fulbright. Volvió en 2001 y nuevamente partió, esta vez a Madrid y, cinco años después, llegó a Londres, East Sussex, donde vive de escribir guiones de cine.

El libro HolyFuck (2011) es una selección de textos publicados en el sitio entre 2004 y 2010, y fue publicado por GarrinchaClub.

(Datos obtenidos de la nota de Luciana Vázquez, “El creador del blog Los Trabajos Prácticos, un outsider”, lanacion.com.ar)

Anuncios

Un comentario en “Guillermo Raffo / Casablanca

  1. Al fin leo algo que coincide con mis ideas! Te felicito; Guillermo.
    A los Kici les dijeron caraduras??? Soledad Quereilhac declaró: “Creo que (los que los abucheron a ella y a su esposo) fue un publico particular, con preferencias ideologicas y economicas particulares”….
    Perdon??? Y que hacen con ese publico?? No sera que tambien comparten sus preferencias, al menos las economicas??? Si son taaaaaan nacionales y populares, que se compren casita “medio pelo” en Las Toninas. Soledad, antes me parecia caradura tu esposo, pero ahora que abriste la boca te sepultaste sola….. Caradura vos tambien!!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s