Ezequiel Fernández Moores / A seguir corriendo

(Publicado en La Nación, 17.4.2013, canchallena.lanacion.com.ar)

Omar, un antiimperialista radical, y su hermano Waj, voluntariosos, pero torpes, matan por error a jihadistas en un campo de entrenamiento para terroristas en Paquistán. Se unen al revolucionario Barry, al rapero Hassan y a Faisal, un ingenuo que adiestra cuervos para transportar bombas. Son musulmanes británicos que quieren inmolarse matando infieles. Son los protagonistas centrales de Four lions (Cuatro leones), una sátira al fundamentalismo religioso, pero también a la brutalidad policial y a la manipulación de la prensa occidental, dirigida por el inglés Chris Morris y ganadora de varios premios en 2010. Waj atacará disfrazado de ostra; Barry, de tortuga ninja, y Hassan, de payaso. Omar propone hacer volar una mezquita para “radicalizar a los moderados”. Waj quiere hacer volar Internet. Omar, que atacará vestido del héroe infantil Honey Monster, impone finalmente su idea. El absurdo comando suicida decide atentar contra la maratón de Londres. 

Los terroristas estilo Monty Python fracasan por torpes, pero el simple recuerdo del film, que la BBC se negó a financiar y cuyo estreno en 2010 provocó polémicas, inquieta aún más cinco días antes de que Londres celebre su maratón 2013 con 37.000 inscriptos y cuando todavía se cuentan las víctimas de las bombas que explotaron anteayer en la maratón de Boston. “¿Por qué aquí? ¿Por qué en la maratón?” John Thumacki, fotógrafo del Boston Globe durante treinta años, finalista del Pulitzer por su trabajo sobre la caída del muro de Berlín, cuenta que eso fue lo que más escuchó apenas explotaron las bombas. Segundos después de la primera explosión, Thumacki, que cubrió más de veinte maratones de Boston, ya estaba disparando su cámara y transmitiendo las imágenes por computadora desde la línea de llegada. La primera foto mostró a un corredor caído, rodeado de tres policías. Bill Iffrig fue ayudado a levantarse. Con la rodilla lastimada, y después de correr más de cuatro horas, Iffrig caminó los tres metros que le faltaban porque quiso completar los 42 kilómetros. Y luego caminó un kilómetro más hasta su hotel. Tiene 78 años. Otra foto que recorrió el mundo muestra a un hombre de 73 años empujando una silla de ruedas. Es Dick Hoyt, que lleva a su hijo Rick, de 51, que sufre parálisis cerebral. El “Team Hoyt”, como se lo llama, corre así la maratón de Boston desde hace 31 años. Recaudan dinero para obras benéficas. Y el padre fortalece el vínculo con su hijo. 

Incómoda por recorrido y clima, y sin el dinero de la maratón de Nueva York, Boston corre tradicionalmente en el feriado del “Patriot’s Day”, un recuerdo de la guerra de independencia de Estados Unidos, primeras batallas contra tropas británicas el 19 de abril de 1775. El sentimiento patriótico en la maratón de Boston se hizo muy presente en la edición de 1951, en plena Guerra de Corea. Yun Bok Suh, campeón de la maratón de 1947, fue el primer coreano ganador de una prueba internacional desde la independencia de Japón. Sus compatriotas Kee Yong Ham, Gil Yoon Song y Yun Chil Choi sorprendieron al mundo atlético al ocupar los tres primeros puestos de la maratón de 1950. Al año siguiente, Walter Brown, mítico director de la prueba de Boston, prohibió la inscripción de corredores coreanos. “Mientras soldados de Estados Unidos combaten y mueren en Corea -dijo Brown-, todo coreano debería pelear por su país en lugar de correr maratones.” Más de medio siglo después, furiosos mensajes en diarios y radios se preguntan hoy si el atentado del lunes podría haber sido obra de la ahora odiada Corea del Norte. 

“Son el demonio, matémoslos a todos”, tuiteó el lunes pasado Erik Rush, de Fox News. No hablaba de los norcoreanos, sino de los musulmanes. De modo sarcástico, aclaró luego. La misma cadena lanzó ayer los primeros rumores sobre supuestos sospechosos musulmanes. En la Web le recordaron los cientos de bombas que Estados Unidos lanzó históricamente y sigue arrojando aún hoy a poblaciones civiles. Muertos que no tienen la misma prensa que Boston. Y citaron antecedentes de lunáticos locales, como el unabomber que en 1995 mató a 168 personas en Oklahoma. Fue también un 19 de abril, como el Patriot’s Day. El viernes se cumplen 18 años. ¿Algún otro loco habrá querido recordarlo?, se preguntan especialistas. El mismo día del atentado en la maratón de Boston, recuerdan otros, se celebró el 66° aniversario del primer jugador negro que desafió leyes racistas y jugó en la liga profesional de béisbol (MLB). El “Jackie Robinson Day” fue fortalecido por el gobierno de Barack Obama. “Cuando algunos medios hablan del presidente como un comunista, un musulmán que no nació aquí, me pregunto si no están incitando instintos primarios y yendo demasiado lejos”, escribió un mensaje en The New York Times. El diario editorializó ayer contra el senador republicano Steve King, que, apenas después de que estallaron las bombas, apuntó al mundo musulmán y pidió parar la reforma legal de Obama sobre la inmigración. Milicias y grupos radicales antigobierno, denunció una organización de derechos civiles, crecieron en los últimos cuatro años de 149 a 1360. 

¿Y el deporte? La inocencia, si todavía algo quedaba, se perdió definitivamente cuando un comando palestino asesinó a atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de 1972. Fue la “masacre de Munich”. Escenario de juego, alegría, esperanzas y emociones, el deporte ya había incorporado tensiones políticas y económicas, pero, hasta antes de Munich, la competencia se creía sagrada. Después de Munich, los Juegos Olímpicos, que fueron otra vez atacados en Atlanta 96 por un fanático local que había apuntado antes contra discotecas gays y clínicas que practicaban abortos, pasaron a celebrarse en fortalezas custodiadas desde barcos y aviones, con miles de soldados, comandos especiales, radares, misiles y millones de dólares invertidos en seguridad. La vidriera global del deporte tienta a todos. Políticos y comerciantes. Y también a terroristas o simples lunáticos. Se esperan igualmente unos 37.000 corredores este domingo en Londres. El deporte como señal poderosa de vuelta a la normalidad. Correrán por placer, pasión, adicción, moda o desafío. La maratón, larga y accidentada, es acaso la carrera que más se parece a la vida. Pero ninguna escena previó los muertos y mutilados de Boston. La gloriosa llegada, la línea que premia el esfuerzo, aliviadora y emotiva, se convirtió en escena de guerra. 

En 1967, Katherine Switzer desafió reglamentos y corrió la maratón de Boston entre los hombres. Se inscribió como K. V. Switzer y corrió con pantalones largos. “¡Váyase inmediatamente de aquí!”, le gritó empujándola el oficial Jock Semple al advertir que era una mujer, a los pocos kilómetros de la largada. Otros competidores que corrían junto con Katherine reaccionaron empujando ellos a Semple para que la mujer pudiera seguir corriendo. Como todos, sin exclusiones. Y con los ojos abiertos. En noviembre pasado, Estados Unidos ya había sufrido con la última maratón de Nueva York, que debió ser cancelada por el huracán Sandy. Muchos corredores protestaron la decisión, corrieron simbólicamente por el Central Park y pasearon luego por la Quinta Avenida. Otros eligieron correr en la zona del desastre, ayudando a las víctimas de la tragedia. Acaso escucharon la voz de Switzer, la mujer que no quiso renunciar a correr. “Si estás perdiendo la fe en la naturaleza humana -dijo Switzer-, salí y mirá una maratón.”

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