Alain Bosquet (1966) Entretiens avec Salvador Dalí / Dalí desnudado

Dali

S.D.- Dalí no experimenta nunca emoción alguna sobre una obra de arte.

A.B.- ¿Desde cuándo data esa indiferencia?

S.D.- Desde siempre. Yo me detengo eróticamente frente a las obras, pero permanezco impasible. Lo que me atrae en un cuadro, particularmente si son desnudos de Ingres, o de la misma época, es el sentido erótico. En mi adolescencia, la reproducción de esas obras me ofrecía una excusa para ciertas prácticas particulares. En las obras clásicas me interesan mucho más el erotismo y el sentimiento de la muerte, que la llamada perfección artística.

A.B.- ¿El sentimiento religioso de Van Eyck le deja a usted frío?

S.D.- No sé verdaderamente en qué consiste. Dios es un personaje que no conozco y tampoco me afano por saber quién es.

A.B.- No me dirá usted que su sensibilidad es nula. ¿Verdaderamente, no experimenta usted nada en absoluto frente a los capiteles romanos?

S.D.- La escultura romana es un fenómeno de estereotipia y estilización. Trátase de la escultura retórica.

A.B.- ¿Desde qué edad experimenta usted esa especie de total y grave indiferencia por las obras del arte clásico?

S.D.- Mi emoción… Desconozco lo que eso significa. No me emociono por nada, ni siquiera en la vida. No me emociono tampoco por mi propia vida amorosa.

*

A.B.- Se acostumbra a afirmar, simplificando mucho, que usted es el Jerónimo Bosch de nuestro tiempo. ¿Qué lazos admite usted que existen entre ambos?

S.D.- Se trata de uno de los más horribles errores con respecto a mi personalidad. Las representaciones monstruosas y la imaginación delirante de Jerónimo Bosch han motivado que se lo compare conmigo. Es un error muy grave que se repite incesantemente. Los monstruos de Jerónimo Bosch son la expresión de las selvas nórdicas envueltas en la neblina y en las terribles indigestiones de la Edad Media. Pululan en la tela múltiples personajes simbólicos y la sátira ha sacado partido de esa gigantesca diarrea. Se trata de un universo que no me concierne, exactamente opuesto a los monstruos que no han nacido del mismo modo, sino al contrario, ya que derivan de la luz mediterránea. Las grutas del Mediterráneo, los espejos de sus aguas, como la superficie rugosa de las ostras se encuentran tanto en la pintura clásica, como en los climas de España e Italia. Esos motivos están, con frecuencia, reproducidos en Pompeya y algunos otros ejemplos muy notables se descubren en las obras de Rafael que se conservan en el Vaticano: como seres híbridos, esfinges transformadas en pez, etcétera. Por un lado Jerónimo Bosch pensaba y pintaba de manera mítica, en plena bruma musical del norte, y por otro lado, frente a la luz demasiado cruda del Mediterráneo eran necesarias ciertas alucinaciones en armonía con las ideas concisas y romanas que nos aporta el equilibrio clásico. Las criaturas de Jerónimo Bosch simbolizan el ardor plebeyo de los caballeros que partían para las Cruzadas: su creación es un desafío opuesto al humanismo; es asimismo la caricatura de la inteligencia y una sátira que hurga hasta en los intestinos para socavar esa inteligencia. Entretanto, la imaginación de un Rafael, surgido en línea directa de la Grecia antigua, no posee nunca este aspecto devastador y despiadado. ¿Cómo quiere usted que Dalí, en plena luz armoniosa de Cadaqués, pinte como Jerónimo Bosch?

A.B.- Usted, Dalí, intelectualiza demasiado, al par que se sirve mucho de la imaginación.

S.D.- Por sobre la imaginación está el olfato y el instinto.

A.B.- No olvide usted la invasión de Flandes por parte de España, diez años antes de las obras de Bosch. Sin ese despliegue de las tropas españolas sobre Flandes, con todo el salvajismo de los españoles, no hubiera habido un Jerónimo Bosch. No me negará usted que el rey Felipe II amaba con pasión esos cuadros flamencos.

S.D.- Efectivamente, como también reconozco su amor por el Greco. Felipe II amaba los espíritus torturados, pues era una naturaleza erótica.

A.B.- Los monstruos de Rafael no son vivientes: son casi únicamente motivos decorativos dibujados a la ligera.

S.D.- Para mí son más monstruosos que las criaturas de Jerónimo Bosch. Si uno no los descubre, se debe al hecho de que por pudor, los oculta bajo formas ornamentales. Al principio sólo se distinguen guirnaldas, pero si se las considera como parte integrante del cuadro, uno se sorprende por su presencia evocadora. Lo que me desagrada en las telas de Bosch es el elemento pueril, folklórico, primario y plebeyo: en una palabra, lo que habría podido pintar un campesino. En cambio, Rafael y los otros italianos de quienes hablo, han tenido el refinamiento de encerrar sus monstruos en una forma ornamental. Es suficiente una mirada atenta para advertir que esas divagaciones fantásticas entran por la nariz, salen por el ano, para formar masas de follajes al término de las cuales emergen los fetos, los que a su turno se convierten en astros. A mí me parece que este aspecto descuidado de la pintura clásica es muy importante. Y por último, es demasiado para mí una comparación con Jerónimo Bosch.

* * *

De Alain Bosquet, Dalí desnudado, Paidós, Buenos Aires, 1967. Entretiens avec Salvador Dalí, 1966, Editions Pierre Belfond, traducción de José Destéfano.

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