Marcelo G. Burello / Georg Büchner. El perpetuo agitador de la vanguardia

(Publicado en revista Ñ, 30.11.2013, www.revistaenie.clarin.com)

El autor alemán, que murió a los 23 y sólo escribió tres obras, es referente central del teatro contemporáneo. Se celebra su bicentenario.

BUCHNER. Nacido en 1813 y muerto en 1837, su imagen canónica es un grabado de Ambaich sobre un retrato de A. Hoffman.
BUCHNER. Nacido en 1813 y muerto en 1837, su imagen canónica es un grabado de Ambaich sobre un retrato de A. Hoffman.

Hay algunos dramaturgos de producción abundante que gozan de una sostenida vigencia en el interés del público. Shakespeare sería el paradigma (no será preciso recordar la tesis del crítico teatral polaco Jan Kott sobre su contemporaneidad). Muchos otros, en cambio, han dejado una obra copiosa que rara o ninguna vez llega a los escenarios actuales. Los nombres son a menudo desconocidos, pero podemos arriesgar que hasta un Lope de Vega, por ejemplo, hoy corre el riesgo de pasar a engrosar esa lista infame. Pero que un autor de sólo tres obras esté casi siempre en cartel por algún lugar del mundo ha de ser un hecho inusitado, si no un verdadero milagro. Y tal es el caso de Georg Büchner (1813-1837), cuyas piezas La muerte de Danton Woyzeck nunca faltan en las programaciones teatrales (amén de versiones musicales y cinematográficas, algunas a cargo de celebridades como Alban Berg, Werner Herzog y Tom Waits). De hecho, es sin duda uno de los dramaturgos alemanes más representados después de Bertolt Brecht, en tanto el mismísimo Friedrich Schiller, a quien Büchner tanto detestaba (dicho sea de paso), se ha ido quedando cada vez más afuera de las carteleras… El bicentenario del nacimiento del autor y el centenario del estreno de Woyzeck , por lo tanto, ofrecen una excelente excusa para especular sobre los posibles motivos de su permanencia, que contrasta fuertemente con su escasísimo legado (recuérdese que Woyzeck, en realidad, es apenas un cúmulo de escenas sueltas).

Una tesis exógena, según la cual la obra de este joven prodigio sería un referente universal debido a que se trata del dramaturgo prestigiado por las vanguardias del siglo XX y luego consagrado oficialmente por su país (el “Premio Georg Büchner” es el máximo reconocimiento literario del mundo germánico), parece más bien inaceptable. Los Estados nacionales pueden financiar monumentos, inaugurar bibliotecas y costear ediciones y traducciones en homenaje a un cierto autor, pero nada de eso garantiza la constitución –y mucho menos la permanencia– de un público interesado, por no hablar de directores y actores.

WOYZECK. Guillermo Angelielli en la versión presentada en 2006 en el Teatro San Martín con dirección de Emilio García Wehbi.
WOYZECK. Guillermo Angelielli en la versión presentada en 2006 en el Teatro San Martín con dirección de Emilio García Wehbi.

Pensemos, por ejemplo, en la política cultural francesa y su continuo y fracasado intento de mantener a Victor Hugo en las carteleras (es oportuno elegir a Hugo para ilustrar este problema, pues fue al autor por entonces exitosísimo que justamente le encargaron traducir al propio Büchner en su exilio). Que la figura de nuestro rebelde dramaturgo se haya visto entronizada y hasta institucionalizada es un factor atendible para comprender su impacto en la República de Weimar, e incluso en la Europa de posguerra, pero que difícilmente pueda dar cuenta de su permanencia global ya en el siglo XXI. En su breve vida (¡23 años!), nuestro autor fue un revolucionario frustrado, un científico prometedor y un poeta brillante, y sus múltiples talentos quedaron en estado de proyecto, sin mayor desarrollo. Por mucha admiración que pueda causar su meteórica existencia, eso no alcanza para justificar su repercusión en el ámbito artístico, donde personajes con trayectorias extraordinarias es lo que sobra, y las figuras exaltadas a nivel de prócer no suscitan entusiasmo.

Tenemos que pensar, entonces, en los méritos intrínsecos de sus textos, más allá de lo biográfico e incluso de lo político. ¡Y vaya si los hay! Ante todo, la originalidad büchneriana es apabullante. Claro que el joven abrevó de sus ídolos confesos, Shakespeare y los poetas del movimiento Sturm und Drang (incluyendo al primer Goethe), pero como sabemos, en literatura es muy distinto señalar de qué precursor se nutrió cierto escritor y a quién se parece en realidad. Y Büchner es definitivamente una rara avis , que no se asemeja demasiado a nadie. Sin embargo, hay que paladear a fondo esa originalidad para comprender su increíble vigencia, porque muchos autores raros y singulares conocen éxitos momentáneos y pronto se hunden en el olvido. La bizarrerie no garantiza ninguna perdurabilidad.

¿Qué es lo nuevo, qué es lo singular del teatro de Büchner, entonces? Curiosamente para quien supo definirse como “no otra cosa que un historiador, pero superior a éste por cuanto recrea otra vez la historia” (carta a la familia, 28/7/1835), la captación y la configuración de los sucesos históricos en que basa sus argumentos es idiosincrásica de raíz. Se trata del subgénero del “teatro documental” por su inspiración, pero el joven utiliza ciertos documentos –tales como discursos y actas forenses– como disparadores de una construcción muy personal. Lejos de contar mejor una historia ya contada, la crea y la presentiza para nosotros sin temor a su propia imaginación. Además, su fe poética en un realismo sin concesiones, que anticipa al verismo finisecular, lo lleva a mostrar por igual a nobles y a miserables, con un lenguaje que va desde las sutiles alusiones bíblicas a las coplas populares, pasando por la alta cultura hasta la mala educación.

“LA MUERTE DE DANTON". La última de sus puestas estrenada, en 2005.
“LA MUERTE DE DANTON”. La última de sus puestas estrenada, en 2005.

Gracias a esa pretensión desmesurada, acaso fruto de la inexperiencia, sus dramas se vuelven verdaderas ventanas que asoman a un mundo infinito, enigmático. Los lectores y los espectadores del siglo XXI aún gozan poniéndose incómodos ante esa perspectiva büchneriana, que todo lo pone en duda, y con la violencia –una violencia tanto natural como humana– a flor de piel. Todos sus personajes relevantes son moralmente ambiguos, y nunca encajan del todo en los mundos que habitan, por los que se pasean como si fueran decorados baratos, o infiernos privados. Ese vértigo, ese abismo que concluye en la hoja de una guillotina o de un cuchillo es la cifra del incomparable “efecto Büchner”, que sigue causando una evidente atracción, e incluso una adicción. (Irónicamente, Hans Mayer supo hablar hace unas décadas del “bacilo Büchner” por su capacidad de contagio aun entre los conservadores.) Pero quizá sea injusto pensar el drama büchneriano como una totalidad orgánica. Más allá de haber quedado inconcluso, por lo que nunca sabremos su configuración definitiva, el parco texto de Woyzeck muestra casi tantas semejanzas como divergencias respecto de la monumental Muerte de Danton , de la que lo separan sólo dos años. Pero los cultores de este genio precoz insisten en que sólo son disidencias menores, de índole formal, y que no hacen a la cosmovisión de fondo, políticamente comprometida con los humillados y ofendidos, y estéticamente informada por el realismo burgués de mediados del siglo XIX. Si esto es cierto, quizás el Woyzeck supera al Danton en su impacto no por un diferencial cualitativo, sino cuantitativo: precisamente porque al estar tan mutilado, exige una interpretación y un reordenamiento por parte de la siempre inquieta gente de las artes del espectáculo, que se siente atraída a completar lo que está incompleto pero posee un gran potencial.

Como sea, ambas obras mostrarían el proceso de construcción social de los héroes y las víctimas, y esa promesa de una revelación atroz las haría irresistibles para el público moderno, que sigue necesitando el teatro para pensar el poder y la política sin partidismos ni urgencias. El hecho de que la única comedia de Büchner, Leoncio y Lena , haya sido una sátira apuntada contra dos instituciones extintas, la aristocracia y el romanticismo, evidentemente conspira contra su interés actual, y acaso por eso brilla por su ausencia si se la compara con sus piezas hermanas. Pero nunca es tarde para tratar de incorporarla al canon… Georg Büchner, en síntesis, es uno de los dramaturgos más vigentes de la escena mundial, y todo indica que su recepción no ha de disminuir en el futuro. Puede que su tematización del aburrimiento y la tiranía envejezcan un poco, pero la violencia socio-política siempre estará a la orden del día, aun cuando quiera ocultarse. Para este encomio, en todo caso, baste con señalar su actualidad, sin calificarlo de eterno, pues el atributo de eterno ciertamente no parece sentarle bien a un agitador veinteañero que nos dejó apenas un puñado de textos y que dedicó su breve existencia a las luchas de su tiempo y su tierra. La eternidad suena solemne, y nada en él era solemne, aunque sin saberlo jugó a ser una especie de homo universalis en pleno siglo XIX. Quiso promover la revolución en su patria, quiso ser anatomista e investigador en ciencias naturales, y en su tiempo libre quiso, también, ser escritor. Tres piezas dramáticas (una, inconclusa), un relato (no del todo redondeado) y un par de traducciones del francés constituyen sus magras obras literarias “completas”, producidas entre 1834 y 1837, en una de las regiones más feudales de la Alemania posnapoleónica. Cada vez que sube el telón y vemos a un líder revolucionario melancólico o a un soldado paranoide y abusado, se renueva el milagro de una permanencia que no por ser habitual deja de ser asombrosa. Todos sabemos que Danton sucumbirá en la guillotina por orden de Robespierre y que Woyzeck apuñalará a Marie por celos y por impotencia. Pero siempre queremos volver a verlo, sencillamente, una vez más.

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