Juan y la planta de habas (Cuento de Inglaterra)

Juan

Nº 5 de los Cuentos de Polidoro, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, mayo 1967.

Ilustrado por Hermenegildo Sábat

Contado por Beatriz Ferro

Juan no tenía ganas de levantarse al amanecer para ordeñar la vaca. Pero todos los días se levantaba al amanecer y ordeñaba la vaca porque así le había ordenado su mamá.

Tampoco tenía ganas de ir con dos baldes de leche recién ordeñada a venderla en el mercado del pueblo, pero todas las mañanas iba al mercado a venderla porque así se lo mandaba su mamá.

Un día, Juan le dijo a su madre (en inglés, porque él era inglés y todo esto sucedió en Inglaterra):

-Mamá, estoy cansado de ordeñar la vaca y de ir todos los días al mercado a vender la leche.

-Ya lo sé –le contestó la madre-. Pero si no vendemos la leche, ¿de dónde sacamos dinero para comer?

-¿Y si en vez de comer nos tomamos toda la leche de la vaca? –preguntó Juan.

-¿Olvidas que ni a ti ni a mí nos gusta la leche?

La madre tenía razón. Juan pensó un rato y propuso:

-¿Y si nos comemos la vaca?

-Si la comemos, ¿después de qué viviremos?

Otra vez su madre tenía razón. Pero Juan no quedó conforme.

-Y… ¿si vendemos la vaca?

-¡Vende esa vaca! –le gritó la mamá-. ¡Véndela pero no sigas preguntando tonterías!

Juan corrió al establo, ató una soga al cuello del animal y se fue al mercado del pueblo. Silbaba por el camino. Estaba contento: por primera vez no tenía que llevar dos baldes pesados; quien llevaba la leche era la vaca.

Por el camino se encontró con un campesino viejo que lo saludó:

-¡Buenos días, jovencito! ¿Adónde vas?

Juan le contó lo que iba a hacer; entonces el campesino abrió la mano y mostró un puñado de habas. Juan se acercó y las miró maravillado. Eran las habas más lindas que había visto jamás, y las más raras. Unas eran rojas, otras eran blancas, otras doradas, y todas estaban lustrosas como las piedras del cofre del rey.

-¿Te gustan? –le preguntó el campesino y agregó-: Te las cambio por la vaca.

Juan cerró trato en seguida: entregó la molesta vaca al campesino y recibió en cambio el puñado de habas.

Volvió a su casa loco de alegría. Contó a su mamá que había hecho un gran negocio y le mostró las habas que le habían dado por el animal.

Pero no bien las puso sobre la mesa, se convirtieron en habas comunes, en habas color habas, ni más ni menos que en habas.

-¡Ay ay ay ay! –gritó la madre, echándose a llorar-. ¿Qué has hecho?

-Eran tan hermosas, tan brillantes como piedras preciosas… -tartamudeó el pobre Juan.
-Todo es lindo, todo brilla a la luz de los primeros rayos del sol –dijo la madre-. Las gotas de rocío parecen diamantes y la niebla parece polvo de oro y las habas parecen piedras del cofre del rey. ¡Ay ay ay ay! ¡Allá van tus habas!

Tiró las habas al jardín y siguió llorando. En todo el día Juan no pudo consolarla; fue un día muy triste con tanto llanto y sin nada que comer.

*

Al día siguiente, cuando la madre y el hijo salieron al jardincito de la casa, creyeron que estaban soñando. Entre las plantas pequeñas del jardín se levantaba una planta gigantesca. Era una mata de habas que unía sus tallos y formaba un tronco muy grueso y muy alto.

Las habas eran mágicas y, en una sola noche, habían despuntado los brotes, habían formado tallos y hojas enormes que crecían hasta quién sabe dónde, porque las últimas hojas se perdían entre las nubes.

-¿Hasta dónde llega esta planta? –exclamó la madre, maravillada-. ¿Hasta dónde?

-¡Voy a ver hasta dónde! –gritó Juan y empezó a trepar por el tallo con mucho entusiasmo.

Trepó sin descanso y, cuando se le ocurrió mirar para abajo, no vio solamente su casa y el mercado: ¡estaba tan alto que vio tres pueblos de Inglaterra!

Siguió trepando hasta que por fin alcanzó el extremo del tallo. La planta no terminaba en el aire ni en las nubes, sino en un país extraño, en una carretera grsi bordeada por árboles azules.

Juan caminó por la carretera, anduvo horas y horas pero no encontró ni una casa. Sólo al anochecer vio una casa muy grande y se acercó y llamó a la puerta.

Una mujer salió a preguntarle qué desaba.

-Señora, ¿no tendría un rinconcito donde pueda pasar la noche este viajero cansado? –respondió Juan.

La señora lo miró de arriba abajo y exclamó:

-¿Eres un ser humano?

-Sí, señora, soy humano y soy inglés –dijo el jovencito.

-Entonces, ¿cómo te atreves a acercarte? –preguntó la mujer muy sorprendida-. Todo el mundo sabe que mi marido es un gigante que devora todo lo que encuentra, ya sean animales o gente. Precisamente ha salido en busca de comida, pero si te descubre en casa cuando vuelva, te matará.

“¿Un gigante? ¿Cómo será de grande un gigante?” se dijo Juan y volvió a rogar:

-Entonces, señora, ¿no tendría un rinconcito donde un viajero cansado pueda pasar la noche sin que lo descubra el gigante?

La buena mujer le permitió entrar. Lo trató muy bien y le sirvió tres tazas de té. Juan acababa de beberse la última cuando se escucharon ruidos atronadores.

-¡Ésas son las pisadas de mi marido que ya vuelve con su comida! –exclamó la señora.

En seguida, el gigante descargó sus puños sobre la puerta.

-¡Ése es mi marido, que está golpeando! –dijo la mujer.

Antes de abrirle, escondió a Juan en el horno recién apagado.

El gigante entró con su cena a cuestas, traía dos terneros, uno sobre cada hombro. Lo primero que hizo fue detenerse en medio de la habitación y oler hacia el norte donde estaba la ventana y hacia el sur donde estaba la alacena.

-¡Fi-fo-fon! ¡Siento olor a carne humana!

Tal fue su saludo. Después olfateó hacia el este donde estaba la mesa y hacia el oeste donde estaba el horno.

-¡Un, dos, tres! –rugió-. ¡Olor a carne de inglés!

La mujer le dijo que estaba completamente equivocado, que hacía cincuenta años que ningún inglés pisaba los alrededores ni por casualidad y que no es bueno para la digestión preocuparse antes de la cena.

El gigante se tranquilizó y se sentó a la mesa.

Juan abrió apenas la puerta del horno para espiarlo y vio con asombro que devoraba los terneros como si cada uno fuese una chuleta y que bebía un balde de vino como si fuese un vasito. Cuando terminó de beber, se acomodó mejor en la silla y le gritó a su mujer:

-¡Ahora trae la gallina!

La buena mujer lo obedeció corriendo y le llevó una hermosa gallinita viva.

El gigante la puso sobre la mesa y le ordenó:

-Gallina, ¡quiero que pongas un huevo!

Desde su escondite, Juan vio que la gallina ponía un huevo amarillo y brillante: un huevo de oro macizo.

-Bien –dijo el gigante-. ¡Ahora quiero que pongas otro!

La gallina puso otro huevo de oro legítimo.

Y así siguió. Al rato (más o menos a la media docena de huevos) al dueño de casa le entró sueño y se quedó dormido junto al fuego.

La gallina también ahuecó el ala y la esposa del gigante dormía hacía un buen rato. El único despierto era Juan, que abrió despacio, muy despacio la puerta del horno, salió sin hacer el menor ruido y se acercó a la mesa en puntas de pie. Después agarró la gallina y salió rápido como un gato.

Huyó por la carretera gris con la gallina bajo el brazo. Corrió sin detenerse ni un momento hasta que por fin encontró la punta de la planta de habas.

Bajó con mucho cuidado sin soltar la gallina, pisando los escalones de hojas o deslizándose por los tirabuzones de los tallos, y llegó así al jardincito de su casa.

Su mamá estaba junto a la planta, esperándolo. Juan la abrazó, le contó su aventura y le mostró la gallina prodigiosa. En seguida le demostró sus habilidades:

-Gallinita, quiero que pongas un huevo.

Y ella, amablemente, puso un huevo de oro macizo.

Para que la gallina se sintiese cómoda le hicieron una silla muy bonita con un almohadón bordado con flores de colores. Era un almohadón alegre porque la madre de Juan lo bordó cantando.

Y la gallina puso huevos de oro, los suficientes para que sus dueños pudiesen arreglar la casa, comprar un coche con caballos, ropa nueva y también platos nuevos en los que comieron cordero con salsa de menta, y pastel de manzana con pasas.

Durante un tiempo vivieron felices y sin preocupaciones. Pero la planta de habas estaba allí, con su tallo que parecía alcanzar el cielo. Todos los días Juan miraba los escalones de hojas y deseaba volver a subir, a ver qué cosa extraordinaria le ocurría.

Un día no aguantó más, se despidió de su madre y de la gallina y trepó por los tallos. No se detuvo hasta pisar la última hoja que, como él bien lo sabía, llegaba hasta la carretera del país del gigante.

Entonces empezó a andar en dirección a la casa del gigante. Como antes, llamó a la puerta de la casona y la buena mujer salió a abrirle. No lo reconoció porque Juan estaba más gordito y sonrosado de tanto comer cordero con salsa y pastel de manzana.

-¿Eres humano? –le preguntó la señora.

-Sí, señora, soy humano y soy inglés.

-Entonces vete de aquí –le aconsejó-. Mi marido es un gigante comedor de hombres. Ahora no está en casa, pero si regresa y te encuentra te comerá crudo.

Juan le rogó que le permitiera entrar de todas maneras y, como recordaba muy bien el interior de la casa, le preguntó si, por casualidad, no tenía una alacena donde pudiera esconderse.

La buena mujer dijo que sí tenía una alacena, le permitió entrar y le sirvió una taza de té. No tuvo tiempo de convidarlo con otra porque en seguida se escucharon las pisadas del gigante y sus golpes hicieron temblar la puerta.

Juan corrió a esconderse en la alacena. El gigante entró y se plantó en el medio de la habitación a olfatear el aire.

-¡Fi-fo-fon! Siento olor a carne humana –gritó con su vozarrón-. ¡Un, dos, tres! ¡Olor a carne de inglés!

La mujer lo convenció de que era el aroma del arenque ahumado que le había preparado para la cena y puso sobre la mesa una fuente con una montaña de arenques y un tonel de cerveza.

El gigante se sentó y comió y bebió a sus anchas. Cuando terminó, le ordenó a la mujer que le alcanzara los sacos de dinero.

En seguida ella apareció con dos sacos, uno repleto de guineas y el otro de chelines.

El dueño de casa sacó sus monedas, las contó, las miró y se entretuvo haciendo pilas, torrecitas y puentes como quien juega a hacer castillos de naipes. Cuando se cansó de jugar, guardó las monedas en los sacos y se quedó dormido. Solo Juan permanecía despierto, espiando desde su escondite y pensando:

“Si yo tuviese los sacos de moneda, no necesitaríamos los huevos de oro y la gallina ponedora podría descansar…”

Salió del armario y se acercó despacito a la mesa. Vio entonces que el gato vigilante estaba despierto, con los ojos grandes como faroles, cuidando las monedas.

Antes de que diera un maullido de alerta, Juan tuvo la buena idea de arrojarle una cola de arenque y el gato ya no pensó más que en el pescado. Entonces él tomó los dos sacos y escapó de la casa en punta de pie.

Tomó por la carretera gris y corrió sin parar hasta que llegó a su planta de habas y bajó por ella con las bolsas al hombro.

Cuando llegó al jardín de su casa gritó:

-¡Mamá, traigo una fortuna!

Y la madre se alegró muchísimo y la gallina cacareó de contento.

Pasó mucho tiempo.

Juan y su madre construyeron una casa magnífica y pusieron muchas plantas nuevas en el jardín. Pero en ese jardín estaba también la mata de habas y, mientras estuviese allí, Juan sentiría siempre ganas de trepar por su tallo.

Un día se decidió a hacer otro viaje al país del gigante y ascendió por los verdes escalones de la planta.

Cuando estaba ya muy arriba apareció en el cielo una bandada de pájaros negros que graznaban:

“¡Peligro! ¡Peligro! ¡Peligro!”

Pero el jovencito no se dejó asustar y siguió trepando.

La punta de los últimos tallos asomaban entre los árboles azules, junto a la carretera gris.

Como había hecho otras veces, Juan tomó por la carretera hasta llegar a la casona. Llamó a la puerta y nuevamente la buena mujer salió a ver quién era.

Tampoco esta vez lo reconoció, porque Juan parecía un caballero rico, con su traje de terciopelo y un sombrero de ala ancha metido hasta los ojos.

-Buenas noches, caballero.

-Buenas noches, señora. ¿Puede albergar por una noche a un viajero fatigado?

-La casa es grande, caballero –respondió la mujer-. Pero mi marido es un gigante y una persona culta como usted sabrá lo que eso significa. Lo que ni siquiera una persona instruida como usted puede imaginarse, es lo terriblemente malo que se ha vuelto mi marido desde que le robaron su gallina y sus sacos de monedas. Más malo que nunca.

Juan le aseguró que no tendría miedo siempre que hubiese un buen lugar donde esconderse.

-¿No tienen ustedes, por ejemplo, una caldera muy grande? –preguntó recordando lo que había visto en la casa.

-Tenemos una gran caldera –dijo la mujer-. Pase si quiere…

Acababa de entrar cuando:

TUN TUN TUN

se oyeron los fortísimos pasos del gigante y

BAM BAM BAM

sus tremendos golpes llamando a la puerta.

Juan levantó la tapa de la caldera y se zambulló adentro de cabeza.

Cuando la mujer abrió la puerta, el gigante olió a un lado y a otro como un perro de caza y bramó:

-¡Un, dos, tres, olor a carne de inglés! ¡No me equivoco esta vez!

Antes de que la buena señora pudiese inventar una excusa, miró por todos los rincones, abrió la tapa del horno, revisó la alacena y buscó debajo de la mesa. Buscó en todos lados menos dentro de la caldera.

Pero Juan estaba muerto de miedo y su corazón latía tan fuerte que sonaba: “¡Toc-toc! ¡Toc-toc! ¡Toc-toc!”

-¿Qué es ese ruido? –exclamó el gigante.

-Es el reloj y está marcando la hora de la cena –dijo la mujer.

En cuanto le nombraron la cena el dueño de casa se sentó a la mesa.

Esa noche se comió un jabalí entero; después, ordenó a su mujer que le alcanzara el arpa.

Juan levantó apenas un poquito la tapa de la caldera justamente cuando la mujer ponía sobre la mesa un arpa muy hermosa.

-¡Toca! –le gritó el gigante.

Y el arpa, que estaba encantada, empezó a tocar sola, sin que nadie pulsara sus cuerdas. Tocó una melodía linda y suave que arrullaba como una canción de cuna y el gigante, gracias a la música, se durmió antes que de costumbre.

Como ya todos dormían, Juan levantó la tapa de la caldera, salió sigilosamente, fue hasta la mesa y tomó el arpa. Después corrió hacia la puerta; pero el arpa, al sentirse en manos extrañas, gritó como una persona, con una voz muy aguda:

-¡Socorro! ¡Socorro!

El gigante dio un salto en su silla y se despertó a tiempo para ver a Juan que escapaba.

-¡Ah, pícaro, ya sé quién eres! –le gritó-. Tú me robaste la gallina de los huevos de oro y también los sacos de dinero. ¡Pero hoy yo te agarro y te como con sombrero y todo!

Juan corrió a todo lo que daba por la carretera con el gigante pisándole los talones. Corrió como loco sin soltar el arpa, a pesar de que ésta le indicaba a su amo por donde iban:

-¡Por aquí! ¡Por aquíiiiiiii!

Al llegar a la planta de habas, se deslizó por el tallo, rapidísimo. Poco después también el gigante bajaba por la planta, pero Juan le llevaba una buena ventaja y era ágil como una langosta.

Siguió bajando y bajando mientras el arpa dejaba oír la melodía más triste que sabían tocar sus cuerdas.

El gigante también continuó bajando y bajando, pero como no estaba muy práctico en andar por los tallos de las habas se cuidaba mucho para no dar un paso en falso.

Por fin, Juan llegó a tierra.

-¡Madre! –gritó en seguida.- ¡Un hacha! ¡Pronto, traiga un hacha!

Después empuñó el hacha y descargó hachazo tras hachazo en el tronco de la planta de habas, hasta que partió los tallos. Entonces el gigante cayó a tierra como un plomo y allí se quedó, muerto.

El arpa siguió sonando, pero ya no para el gigante sino para Juan:

Si el gigante se acabó
y a la tierra vine yo
si tú me quieres a mí
yo sonaré para ti.

Juan tuvo todo lo que quiso y vivió feliz desde entonces. No pudo volver a trepar por la planta de habas porque el tallo que quedó en pie se secó completamente. Y como nadie guardó ni una sola semilla, no volvió a crecer ni allí ni en ninguna parte del mundo.

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2 comentarios en “Juan y la planta de habas (Cuento de Inglaterra)

  1. Los libros de Polidoro fueron verdaderamente una maravilla, La selección de relatos el lenguaje cuidado, las ilustraciones, los autores, como Beatriz Ferro en este caso.
    Eran tiempos de niños lectores o padres con más tiempo, tiempos en los chicos no se idiotizaban mirando las películas de Disney. Antes habían leído las revistas Gatito y Pepín Cascarón.
    Por suerte ahora está Paka Paka.

    1. Lo importante es tener la posibilidad de dejar volar la imaginación, a cualquier edad, aunque cuando éramos niños eso ocurría espontáneamente. Ahora es un mundo diferente. En algunos sentidos un mundo peor: la sobreabundancia de imágenes (que por el hecho de ser imágenes, no dejan tiempo para pensar), el empobrecimiento del lenguaje (no utilizamos más de un centenar de palabras), lo que lleva a la imposibilidad de aprender a pensar en abstracto (lógicamente) sin necesidad de tener las cosas concretas delante nuestro, la imposibilidad de interpretar símbolos, la imposibilidad de hacer operaciones numéricas, la imposibilidad de recurrir a metáforas (porque no tenemos riqueza de vocabulario), la imposibilidad de comprender una pregunta o un enunciado y, por sobre todas las cosas, la falta de curiosidad, el no querer conocer más, no saber más. Llanamente: la ignorancia, el analfabetismo.
      De esta forma, cualquier iluminado nos hará creer lo que quiera, hará de esta sociedad lo que desee.
      Saludos y gracias por escribir.

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