Luis Diego Fernández. La potestad del sujeto: Individualistas anárquicos

(Publicado en Perfil, 5.1.2013, www.perfil.com)

El hecho de que a lo largo de este año vayan a editarse libros señeros del anarquismo individualista permite vislumbrar, en su humana complejidad, una forma de vida que presupone el sueño primigenio: la libertad del individuo.

Thoreau. De origen puritano, fue el autor de Walden, y La desobediencia civil.
Thoreau. De origen puritano, fue el autor de Walden, y La desobediencia civil. | Foto: Cedoc Perfil

Desde los últimos meses de 2013 y anticipando lo que viene en el primer semestre de 2014 parece configurarse un panorama en materia de novedades editoriales con respecto a libros que refieren, de alguna u otra forma, la tradición del llamado anarquismo individualista, a saber: la edición por primera vez en español de Formas de vida en común sin Estado ni autoridad y Sexualismo revolucionario (Editorial Innisfree) textos capitales de Emile Armand, casi en simultáneo con la aparición de Contra los pastores, contra los rebaños, de Albert Libertad (Pepitas de Calabaza), difusor de la idea anarcoindividualista con el citado Armand. En la misma dirección podemos sumar la rareza de la primera revista impresa y digital sobre anarquismo individualista que verá la luz en marzo, con colaboradores españoles y latinoamericanos, así como el tren de cola de las numerosas reediciones de la obra de Henry David Thoreau: Walden o la vida en los bosques (Errata Naturae), Desobediencia civil (Editorial Innisfree) o el primero tomo del Diario (Capitán Swing). La persistencia de la semilla del anarquismo individualista se debe también al éxito editorial continuo de Michel Onfray que, en Filosofar como un perro (Capital Intelectual), su reciente libro, despliega la idea de posanarquismo, actualizando al último Foucault, así como a Deleuze y Guattari. Y no debemos olvidar que Christian Ferrer publicará una reescritura de su ineludible ensayo libertario titulado Cabezas de tormenta (2006) por el sello Pepitas de Calabaza durante la primera mitad del año.

¿A qué responde esta avalancha editorial de inéditos, clásicos, reediciones, revistas o ideas simplemente que transitan el frondoso y singular árbol de anarcoindividualismo? ¿La disminución del anarcocomunismo o del gesto colectivista del anarquismo canta su obsolescencia? Seguramente, en gran medida lo mismo que su dogmatismo, cerrazón y exigencia extrema de realizar el paraíso en el tierra. Los anarquistas individualistas, en ese sentido, fueron los hermanos díscolos, con su germen ácrata común (crítica a la autoridad, al poder centralizado del Estado, a las formas de dominación en las diferentes esferas), pero reivindicaron, antes que nada, la transformación del individuo y sus prácticas morales, una visión excéntrica y estetizante, un mayor dandismo moral y, en algunos casos, una disidencia con respecto a la propiedad y el mercado (donde se abogará, como en Proudhon, por la posesión por parte de los trabajadores respecto del valor de su trabajo).

Haciendo un poco de historia, no viene mal siempre dar cuenta de que el término griego an-archos revela el sin fundamento, sin poder, sin esencia, sin autoridad, pero no el desorden como se suele pensar de modo arrebatado o apresurado. Lo que no está, es la arché, la raíz. ¿Puede existir el orden sin la autoridad? Quizá se puede responder con otra pregunta que Etienne de la Boétie, amigo de Montaigne, formuló en su Tratado de la servidumbre voluntaria: ¿por qué queremos ser gobernados? ¿Qué nos arroja a querer que nos gobiernen? ¿Por qué servimos? Una pregunta tan anómala como radical, tan extrema como certera e inapelable, que realizó en el siglo XVI a los quince años de edad.

Partir del interrogante por el poder y la autoridad (o su carencia) es encarrillar por la tradición anarquista. Linaje antiquísimo que se remonta a figuras o comunidades como los esenios, los anabaptistas, Lao Tzé, o Diógenes. Ya entrado el siglo XIX suele decirse que dos grandes corrientes son las vigas del anarquismo (del cual también emergen el liberalismo y el marxismo). Esa doble sesión, esas dos moles son formas igualmente lícitas para comprender la vía libertaria: por un lado, el anarcocomunismo, cuyos pensadores modélicos fueron Piotr Kropotkin y Mijail Bakunin, y, en el otro sentido, el anarcoindividualismo, en el cual pueden adscribirse filósofos como Max Stirner, Henry David Thoreau o Friedrich Nietzsche. Un caso singular como el de Pierre-Joseph Proudhon puede ser disputado por ambos linajes, pero lo cierto es que el mutualismo propugnado por el pensador francés en verdad se asimilaba a una forma de anarcoindividualismo. Arco que podemos ampliar a otros representantes de cuño sajón como Herbert Spencer, Benjamin Tucker o Lysander Spooner. El anarquismo es uno, pero sus variaciones son tan nutridas e incluso contradictorias como los colores del arcoíris: anarcofeminismo (Emma Goldman), anarcosindicalismo (Errico Malatesta, Noam Chomsky), ecoanarquismo (Murray Bookchin, los verdes), anarcocapitalismo (Murray Rothbard), anarcoprimitivismo (John Zerzan, Unabomber), anarcoqueer (Judith Butler, Beatriz Preciado) y es posible seguir con algunas distinciones más o menos sofisticadas. En el caso del retoño anarcoindividualista que parece florecer hace un tiempo es posible verificarlo ya en 1793, en las propias ideas de William Godwin, uno de los padres fundadores de la filosofía anarquista. Sus características parecen seguir vigentes: racionalismo, antiestatismo, autodidactismo, comunitarismo, libertad sexual, son algunas de ellas. Las figuras posibles de estas variaciones siempre fueron aquellas que preconizaron el individuo en primer lugar (como testimonio y exhibición de la vida emancipada) y luego lo social (el grupo, lo comunitario), allí tendremos diseños conceptuales como la “asociación de egoístas” de Max Stirner y el mutualismo de Proudhon, a diferencia del federalismo de Bakunin y el comunismo anárquico de Kropotkin (“todo es de todos”).

El anarquismo individualista que vemos en los textos revisitados de pensadores como Emile Armand y Albert Libertad, así como de la gran tradición estadounidense, el llamado “anarquismo bostoniano” de Thoreau, Emerson y J. Warren, preconizó siempre la auto-organización sin jerarquías, la crítica al trabajo asalariado, a los monopolios y oligopolios (producto de su alianza con el Estado que los propicia), pero nunca la crítica a la propiedad en sí misma ni al mercado libre entre trabajadores. Demolición de los privilegios, pero elogio de la “posesión”, el anarquismo individualista siempre fue un chisporroteo amistoso con el liberalismo, recordemos que Proudhon y Bastiat se sentaron juntos (en la izquierda) en la asamblea legislativa luego de la Revolución Francesa. De esa mirada tampoco hay que caer en la reducción liberal: en el anarcoindividualismo no existe la sumisión al aparato jurídico clásico liberal, la tradición de la norma, ni cierto puritanismo (señalado por Max Weber). Sí existirá la línea del llamado anarcocapitalismo de modo impreciso o libertarismo de modo eficaz y claro, que se asienta de modo más firme desde la década del setenta en los Estados Unidos, haciendo caso omiso del concepto de propiedad lockeana así como del iusnaturalismo, tal se ve en los casos de filósofos como Robert Nozick y Murray Rothbard. El libertarismo actual, como emergente de este entramado entre anarquismo y liberalismo, reclama para sí la tradición anarcoindividualista en el siglo XX leída desde el prisma de la Escuela Austríaca de Economía (F.A. Hayek y Ludwig von Mises) y en cierta forma reivindica el concepto de libertad negativa: ni interferencia ni obstrucción en la acción. Hoy la versión posible del anarquismo individualista viene precisamente por cierto auge del libertarismo (su expresión posible estos tiempos) producto de las críticas a los partidos tradicionales, la representación o las nuevas formas de vida.

Lo medular del anarquismo individualista revisitado es su aporte hedonista, su derecho al placer, tal como señala Christian Ferrer en Cabezas de tormenta: “La eugenesia se cruza en este punto con la crítica al matrimonio burgués hipócrita y con la postulación del derecho al propio cuerpo. El discurso anarquista sobre la sexualidad es complejo, porque en él se intersectan una analítica sexual de índole científica, una preocupación social de raíz médico-higienista, e ideales relacionales nutridos por el romanticismo, que no excluyen una dosis de voluptuosa erotización discursiva, en la que descollaron los llamados “armandistas”, seguidores de las doctrinas individualistas de E. Armand. Los armandistas o los lectores de la brasileña María Lacerda de Moura difundieron el derecho al placer, como derecho “natural” de los seres humanos”.

De modo que el hedonismo libertario siempre encontró en la tradición anarcoindividualista un territorio más fértil y amigable que en el ascetismo monacal anarcocomunista. El propio Michel Onfray, individualista, es el fiel depositario del elogio del vino, la gastronomía y el erotismo. Por otra parte, la industria pornográfica es terreno casi con exclusividad habitado por libertarians como llaman en Estados Unidos a los cultores del libertarismo. De modo que la rigidez moral de ciertas tradiciones ácratas (críticas al tabaco, alcohol y drogas) aquí se hayan maceradas con el libertinismo, pero en ambos casos comparten la misma lógica amorosa, pacifista y en muchos casos green, en referencia al apoyo de causas como el naturismo o el veganismo. En ese sentido, también debe ser marcado que el anarcoindividualismo siempre ha sido feminista, recordar una gran exponente como Voltairine de Cleyre. La educación de la mente libre será crucial empoderando a las mujeres en la igualdad total entre géneros.

El vigor del anarquismo individualista encuentra su simiente en estos días, precisamente por su heterodoxia, por su ruptura con lo impiadoso de los cánones y por la voluntad libre de hablar a través de conductas visibles, contantes y sonantes. Lo efímero del voluntarismo comunitario del anarquismo individualista no es su punto débil sino, al revés, su fortaleza, así lo señala Armand: “Desde el punto de vista individualista del anarquismo, parece difícil mostrarse hostil a seres humanos que, contando solamente con su vitalidad individual, intentan realizar todas o parte de sus aspiraciones. Hasta no creyendo en el valor demostrativo de los ‘ensayos de vida en común’, los anarquistas individualistas hacen tal propaganda en favor de las ‘asociaciones voluntarias’, que encontrarían muchas dificultades para renegar de los lugares en que su tesis se practica con menos restricciones que en cualquier otro sitio.”

Todo cambio social opera primero por la transformación del individuo, allí claman estas voces rescatadas. No es desdeñable este regreso, en algún sentido, la singularidad aplazada gime por su voluntad de protesta y de celebración, de amor a la vida.

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