Hugo Francisco Bauzá. Otras iluminaciones

(Publicado en ADN Cultura, 14.2.2014)

Con el título de Libros proféticos se reúnen en un lujoso volumen ilustrado varias de las obras del romántico William Blake, poeta, visionario y refinado grabadista inglés

Libros proféticos IWILLIAM BLAKE, Atalanta/El Hilo de Ariadna, Trad.: Bernardo Santano, 724 páginas, $ 960

Para el saber popular, el que se va al otro mundo, regresa y puede contarlo es un iluminado o un genio; el que no regresa, un loco. Y así, pues, el pintor, grabador y poeta inglés William Blake (1757-1827) fue ambiguamente juzgado en vida, en particular, por la marcada tendencia mística de su poesía, nacida ésta de sus frecuentes alucinaciones no ajenas al gnosticismo; empero, nadie jamás puso en duda su excelencia y genialidad en materia pictórica. Con los años ese juicio dicotómico fue revirtiéndose: Foster Damon dedicó un valioso diccionario al estudio de su simbología, David Erdman editó, en la prestigiosa Princeton University Press, Blake Prophet Against Empire y, hace poco, Jean Starobinski y Harold Bloom lo destacan como uno de los más importantes poetas de lengua inglesa. Hoy no se separa al Blake poeta del Blake artista plástico: sus creaciones conforman una unidad simbólicamente articulada que combina con sutileza poesía, grabado, diseño y acuarela. Así, sus creaciones se convierten en libros iluminados de suma originalidad. Componía sus poemas en planchas de cobre, que luego bañaba en ácido que disolvía el metal no tratado para, más tarde, colorear esas pruebas a las que, finalmente, cosía en forma de volumen según técnica medieval.

A ese revival de su obra se añade ahora la edición bilingüe de sus Libros proféticos I, en cuidada traducción de Bernardo Santano y con estudio introductorio de Patrick Harpur, en lujosa presentación, con impecable tipografía y enriquecida con la reproducción de sus principales grabados. Un ejemplar que, amén de sus cualidades intrínsecas, vale también como objeto de arte.

Ilustración de Blake para Visiones de las hijas de Albión

Se presenta así, por vez primera en nuestra lengua, un conjunto de obras bajo el simbólico título de Libros proféticos. El volumen incluye: Tiriel, El Libro de Thel, El matrimonio de Cielo e Infierno, Visiones de las hijas de Albión, América, Europa, El (primer) libro de Urizen, El libro de Anahia, El libro de Los, El cantar de Los y Vala o los cuatro Zoas; sobre una de esas composiciones, dice Blake que, en cierta ocasión, “atrapó a un duendecillo” que le dictó el poema. En la introducción, Harpur sostiene que Blake “prendió la antorcha del Romanticismo en Inglaterra hacia finales del siglo XVIII” y que sus obras “ensombrecen a las de todos sus contemporáneos”. Recuerda también que este artista desde su infancia tuvo visiones angélicas que templaron su carácter y lo guiaron hacia un espiritualismo enriquecido por la lectura de los místicos Jakob Böhme y, en menor medida, Emanuel Swedenborg.

James Basire lo introdujo en el arte del grabado instándolo a copiar iglesias góticas y las tumbas reales de la abadía de Westminster, donde también experimentó alucinaciones; más tarde, junto al escultor John Flaxman, descubrió la serena templanza de los clásicos, al deslumbrarse con las obras de Miguel Ángel y Rafael que lo orientaron hacia el estilo isabelino despreciando los artificios del barroco, de moda a la sazón.

Se trata de un visionario de no fácil comprensión, análogo a Xul Solar. Para muchos, un místico, pese a que en su poesía se advierte una ironía sutil, incompatible con la mística. Blake no entendía la imaginación como la capacidad para crear imágenes según la concebimos nosotros -facultad a la que él llama fantasía-, sino que para este artista la imaginación constituía otro reino -al margen de nuestra realidad contingente- habitado por dioses y dáimones, a los que sólo unos iniciados alcanzan a percibir. La tradición alude a la existencia de estos seres en relatos míticos sobre cuya existencia arquetípica nos habla C.G. Jung, quien los sitúa en el terreno del inconsciente colectivo. Para Blake la imaginación antecede a la naturaleza y visto el mundo a través de aquélla, constata que nuestra realidad sensible, más allá de su aparente mecánica de relojería, es un ánima colmada de espíritus. Proclama así la sacralidad de la existencia: “Todo cuanto vive es Sagrado”, nos dice en su poesía. De manera platónica explica que “el hombre está enclaustrado hasta el extremo de que ve todas las cosas a través de los estrechos resquicios de su caverna”, por lo que insiste en la necesidad de “purificar las puertas de la percepción” para ampliar la visión del mundo y, de ese modo, abarcarlo en plenitud. Su contemplación de las esencias no desdeña el mundo sensible, sino que lo corona con una mirada simbólica.

Amparado en esas ideas y provisto de una vasta imaginería procedente de las lecturas de la Biblia, Dante, Chaucer, Shakespeare, Milton o, entre otras, de Ossian, delinea una mitología sincrética cuyo punto más alto es el Edén.

Otra faceta importante de Blake y que despunta en sus creaciones es su amor por la libertad; así, pues, abogó por la independencia de las colonias americanas y aclamó la Revolución Francesa sobre la que luego guardó silencio ante Robespierre y el Terror. Al igual que su amiga, la feminista Wollstonecraft (Mary Shelley), defendió el derecho de la mujer a su realización plena y fustigó la institución del matrimonio sin amor como subraya en sus Visiones de la hija de Albión. Siguiendo a Efesios (III, 10), proclama la solidaridad humana al sostener que “el hombre no vive por sí solo, sino que en el rostro de su hermano cada uno contempla al Padre Eterno”.

Su gran influencia fue su amigo Heinrich Füssli, unos años mayor que él, conservador de la Royal Academy y, como él, eximio pintor, grabador y poeta.

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