Anna-Kazumi Stahl. Japón por escrito

(Publicado en ADN Cultura, 25.9.2010, http://www.lanacion.com.ar)

Cada vez es mayor el interés que despierta la literatura japonesa; sin embargo, son apenas unos pocos los autores conocidos, un puñado dentro de la gran cantidad de nombres importantes que hubo desde el siglo X hasta la actualidad; aquí, una guía para orientarse en el océano, en su mayor parte ignoto, de los libros de autores japoneses.

Japon

Una estadística reciente me alarmó: un 60% de la literatura japonesa que se lee en castellano es obra de dos autores, Yasunari Kawabata y Haruki Murakami. Como confío en los libreros ante este tipo de preocupaciones, fue a ellos a quienes recurrí. Al preguntarles qué más había de literatura japonesa, recibí la temida confirmación de un mercado eclipsado por pocos gigantes, pero también verifiqué que hay otros títulos. Esta nota busca retransmitir estos datos como apuntes (acaso sean invitaciones) sobre una literatura japonesa menos conocida en castellano, que está a mano pero que hemos perdido de vista.

Por supuesto que se accede a más de dos autores japoneses en lengua española. De hecho, más de un argentino ha contribuido a difundir voces niponas de todas las épocas: desde El libro de la almohada, del siglo XI (traducido por la argentina Amalia Sato y publicado por Adriana Hidalgo en 2001), y el precioso Libro de haiku, que produjo el profesor, también argentino, Alberto Silva (edición bilingüe, Bajo la Luna, 2005), hasta una selección amplia de escritores modernos, como Mori Ogai, Ryunosuke Akutagawa, Natsume Soseki, Junichiro Tanizaki, Osamu Dazai, Yukio Mishima y Kenzaburo Oe, además de los más actuales, como la popular Banana Yoshimoto y una autora experimental, Minae Mizumura.

Sin embargo, se trata de la punta del iceberg. Intentaré agrandar aquella lista, demasiado corta, de lecturas japonesas disponibles en español.

A veces las traducciones más accesibles traen a la vista nombres y títulos por explorar. Por ejemplo, en el best seller de Haruki Murakami Tokio Blues (1987, en español 2005), el protagonista vive a contracorriente de sus pares: va a la universidad con menos vocación académica que ganas de independizarse y no logra sintonía alguna con el ya masivo movimiento antiestablishment de los estudiantes en la década del 60 en Japón. Toru observa con los brazos cruzados mientras los demás manifiestan su descontento, ocupan la facultad y citan a Marx y a Kazumi Takahashi. El guiño, con un mensaje que se da por sobreentendido, tiene que resultar curioso para el lector forastero. ¿Existió un Kazumi Takahashi -uno podría preguntarse- o es pura ficción? (Haruki Murakami sería capaz…) Pero no se trata de un truco. Aunque no lo encontraremos en castellano, ni en inglés, francés o alemán, Kazumi Takahashi (1925-1971) existió, fue un novelista de culto y un joven profesor que desde su cátedra apoyó a los manifestantes. Aunque falleció temprano, su producción fue prodigiosa y audaz, de un lenguaje tan complejo y exigente que no habrá parecido emprendimiento prometedor para los traductores. Takahashi cultivó una ficción metafísica que lindaba con lo fantástico a la vez que militaba por la responsabilidad político-social de los artistas e intelectuales. Quizá como un Thomas Pynchon politizado, o una mezcla de Sartre y Aldous Huxley en clave japonesa. Su mayor novela, Hi no utsuwa de 1962 (Crisol de tristezas) disecciona la caída en desgracia de un rector de universidad egocéntrico. Otros escritos suyos sondean la cultura del suicidio en Japón. Yutsu naru Toha (Una facción melancólica), de 1965, y Jashumon (La fe herética), de 1966, reflejan el Zeitgeist de duda cáustica y de un escepticismo casi existencialista. Quizá se pueda decir que el impasible Toru de Murakami nos ha dejado una asignatura pendiente.

Hay otros guiños suyos sobre un terreno literario japonés que perdemos por límites lingüísticos. El protagonista de Kafka en la orilla lee a Soseki y Akinari Ueda. Soseki fue de los primeros en cimentar el lenguaje nuevo en la novela japonesa moderna. Akinari Ueda, dos siglos antes que Akutagawa y casi tres antes que el mismísimo Murakami, ya innovaba con elementos fantásticos. Y si no fuera por sus riñas con el establishment literario japonés (por lo menos, hasta publicar Crónica del pájaro que da cuerda al mundo ,1995; en español, 2001), jamás podríamos haber sabido de la existencia de una autora: Takako Takahashi, la viuda de Kazumi Takahashi.

Ella marcó un hito en la escritura femenina de la posguerra: si bien acompañó al marido en espíritu, y dejó todo para estar a su lado cuando se enfermó, quiso vivir sola, manteniendo más de un empleo y resistiendo críticas sociales. Como una versión japonesa de la escritora desafiada en el ensayo de Virginia Woolf, ella necesitaba su cuarto propio para desplegar su imaginación. De los cuentos y novelas que produjo, sólo ha sido traducido un delgado volumen en Occidente (la profesora Maryellan Toman Mori hizo una versión en inglés de Mujer solitaria en 2004, 30 años después del original). Takahashi fue una mujer singular. Durante los años 80 exploró el catolicismo y estuvo a punto de tomar los votos de los carmelitas. Tal vez en parte sea por ella que nos llega hoy la producción de las narradoras jóvenes, una literatura audaz y transgresora del Japón actual.

Antes de eso, sin embargo, queda bastante de lo “menos conocido” por explorar, y quizás ayude un esquema cronológico para hacer la travesía.

Período antiguo

Últimamente, uno disfruta de reediciones en castellano de obras maestras como La historia de Genji (Atalanta 2005) y Heike monogatari (Del Nuevo Extremo, 2009). Además de este tipo de novelas antiguas, aquella época también produjo un género singularmente japonés pero que resuena con la narrativa posmoderna actual. Se trata del zuihistu o lo que se escribe “al correr del pincel” para transmitir lo vivido en el momento con una espontaneidad fluida y una mezcla de formas, desde listas hasta poemas.

El libro de la almohada dio inicio al género. Para los interesados en la escritura femenina: Sueños y ensoñaciones de una dama de Heian (Atalanta) y Diarios de damas de la corte Heian (Destino). El género del diario o de zuihitsu no es exclusivo de las mujeres; también hay obras magistrales como Tsurezuregusa: ocurrencias de un ocioso ,escrito en 1330 por Kenko Yoshida (Hiperión, 1996) y Hojoki, canto a la vida desde una choza, de Kamo-no-Chomei, un aristócrata del siglo XIII que se hizo monje (Emecé, 2009, traducido por Masateru Ito, con prólogo de María Kodama).

Del creador de la ópera clásica japonesa noh, que se remonta al siglo XIV, quedan varios escritos, todos exquisitos. Zeami Motokiyo (1364-1444) formuló los criterios para actores de su época, y explica la estética del noh en Fushikaden: tratado sobre la práctica del teatro Noh (Trotta, 1999). Zeami lo escribió en el siglo XV para el shõgun.

Estos conocimientos pasaban de maestro a discípulos, de generación en generación, en un círculo cerrado y, de esa manera, protegido. Tanto es así que 200 años más tarde se decidió publicar otros de los tratados de Zeami. Y en 1909 salió a la luz un conjunto de enseñanzas verdaderamente secretas, transmitidas con compromiso de no difundirlas fuera del círculo de actores noh; luego de décadas invertidas en comprobar su autenticidad, estos últimos secretos de Zeami fueron publicados en 1960.

Aquella primera publicación, Fushikaden, está disponible en español y, más allá de lo específicamente actoral, se presta a una reflexión más amplia, tal como El libro de té y otros tratados sobre prácticas culturales, que se basa, en parte, en la espiritualidad japonesa. La edición española contiene además cuatro piezas teatrales traducidas, seleccionadas para testimoniar la diversidad del repertorio noh. Es un repertorio fijo desde el siglo XV, pero más de un autor moderno ha producido versiones actualizadas u obras originales en estilo noh, entre ellos Yukio Mishima. Él reinterpretó el drama Dojoji, cuya versión original habría revisado el propio Zeami.

Período premoderno (feudal)

Desde el siglo XVII hasta casi el siglo XX, Japón pasó por un período de aislamiento, que concentró las prácticas culturales. El país se mantenía cerrado al exterior e incluso las migraciones interiores se limitaban. Dos fenómenos literarios se destacan: la forma haiku, emblemática de la literatura japonesa, y la literatura (además de la pintura) de ukiyo-e, o “el mundo flotante”.

El poeta máximo de haikus, Matsuo Basho (1644-1694), aprovechó la costumbre de peregrinajes permitidos a los monjes y otros devotos; hizo varios viajes a pie de Edo (hoy Tokio) al interior del país. El resultado literario de aquellas excursiones se condensa en un género específico, el haibun. Mucho más que una crónica de viaje, es una mezcla de prosa con haiku. De los cinco libros haibun que produjo Basho sobre sus peregrinajes, sólo uno ha sido traducido al castellano. De hecho hay varias versiones, pero una cuenta con una colaboración de Octavio Paz y Eikichi HayashiyaSendas de Oku (Seix Barral, 1981). Los otros cuatro fueron traducidos al inglés, como también el diario personal de BashoSaga Nikki .

Quizá se pueda permitir aquí un pequeño chisme: en Sendas de Oku uno advierte que Basho fue acompañado por un discípulo, el poeta Sora Kawai (1649-1710). El diario del viaje de Sora sólo se publicó a mediados del siglo XX y produjo un efecto desmitificador al revelar el “detrás de bastidores” de la cotidianidad del maestro. Por primera vez entonces, casi 300 años más tarde, uno se hace a la idea de que el poeta no sólo creó sus versos sino también, de alguna manera, a sí mismo como figura de la fama pública.

El “mundo flotante” de este período podría tomarse como la contracara de la austeridad severa del “camino del guerrero” (el estilo de vida abnegado y disciplinado del samurái). En los siglos XVII y XVIII florecen aquellos ambientes de entretenimientos fugaces, las casas de geishas, una nueva forma teatral que toma como objeto no sólo la vida de los jerárquicos sino también las vivencias de los plebeyos. En la narrativa, tenemos los cuentos fantásticos del ya mencionado Akinari Ueda (Cuentos de la lluvia y de la luna , publicado en México, 1968, y en España, 2002). El mismo autor produjo otra colección, Cuentos de lluvia primaveral , que queda sin traducir, además de otros escritos que retratan de modo costumbrista el mundo flotante, como Personajes de mujeres mundanas Apuntes .

Quien inicia la prosa ukiyo-zoshi (narrativa del mundo flotante) es Ihara Saikaku (1642-1693), cuya escritura ácida, indiscreta y reveladora explora las vicisitudes de la vida erótica, indagando en transgresiones entre las clases y entre personas del mismo sexo. Una de sus colecciones fue publicada en la Argentina: El gran espejo de amor entre los hombres (Interzona, 2003). Hay dos versiones españolas de su primer libro: Hombre lascivo y sin linaje , traducido por Antonio Cabezas García (Hiperión, 1982), y Amores de un vividor, en la traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo (Alfaguara, 2003). También se consiguen Cinco amantes apasionadas (Hiperión, 1992) e Historias de amor entre samuráis (Laertes, 1985).

Del mismo período se destaca la gran fuerza innovadora del dramaturgo Chikamatsu Monzaemon (1653-1725) (“el Shakespeare de Japón”), de cuya vasta obra -110 obras de teatro para marionetas, bunraku, y 30 para teatro kabuki- sólo una pieza se encuentra traducida al castellano: Los amantes suicidas de Amijima (1703, publicado por Trotta en 2001). En inglés, se consiguen quince más.

El período Meiji

A partir de 1868, Japón vive un vertiginoso proceso de modernización y llega lo que algunos califican como una inundación de información desde el extranjero, sobre todo desde Occidente. Eso ocasiona una brusca ruptura del aislamiento. Los escritores se vuelcan a hacer pruebas con las corrientes de narrativa europea que llegan: el naturalismo y, especialmente, la novela psicológica o “literatura del yo”.

De esta etapa iniciática, una narrativa moderna con énfasis en la interioridad y la evolución del personaje, tenemos muchos representantes traducidos, aunque lo producido por mujeres llegó más al inglés y francés que al castellano. Aun así, hay notorios ejemplos para destacar: de Chiyo Uno (1897-1996) se pueden leer Confesiones de amor (1935, publicado por Mondadori en 1991) e Historia de una mujer soltera (que escribió de grande, en 1972, y que editó Lumen en 1996).

El caso más incomprensible de una autora de esa generación que faltó traducir al castellano es el de Fumiko Hayashi. De sus 25 novelas, más de 20 libros de cuentos, fábulas juveniles y poesía, sólo un cuento se encuentra disponible en castellano. “Barrios bajos” salió en 1957 enSur (N° 249), traducido por Miguel Alfredo Olivera. Después, en 1976, fue traducido por Oscar Montes para una revista mexicana, Estudios de África y Asia. Rosa Montero incluyó el cuento en una antología, La cita y otros cuentos de mujeres infieles (Alfaguara, 2003), con lo que Fumiko Hayashi pudo ganar más lectores.

La obra de Hayashi cautivó al público en Estados Unidos y en Francia. También fue una inspiración para un cineasta clave de los años 50, Mikio Naruse. La vida de Hayashi resulta impactante: de orígenes pobres, tuvo que arreglárselas por sí sola a partir de la adolescencia; pudo terminar la primaria sólo mintiendo sobre su edad y expandió su educación como autodidacta. Forjó un estilo propio, audaz e incisivo. La literatura de Fumiko Hayashi exhibe un Japón no siempre retratado: el Japón colonialista en Indonesia, la militarización fervorosa y la posterior ocupación estadounidense. Su autobiografía Horoki: Apuntes de una vagabunda y varios de sus cuentos fueron llevados al cine. En 2009, algunos de estos films se proyectaron en el Teatro San Martín, en Buenos Aires, pero los libros siguen siendo desconocidos.

Período de posguerra

De esta época, a mediados del siglo XX, también hay bastante traducido, pero vale la pena indicar una compilación en lengua española: Antología de la narrativa japonesa de posguerra, realizada por Tanabe Atsuko y publicada por Tlahuapan, en México, en 1989. Y habría que recordar las novelas del singular Kobo Abe (1924-1993), como su obra maestra, La mujer de la arena , escrita en 1962 (Siruela, reedición de 2008) que inspiró el film homónimo de Hiroshi Teshigahara, además de novelas que relatan con agudeza la lucha del hombre común en conflicto con la sociedad, como El rostro ajeno (1964, en español por Siruela, 2007).

Kobo Abe fue un dramaturgo importante; estableció su propia compañía de teatro en Tokio. Para ella escribió obras todavía famosas, como Vosotros también sois culpables (1964) y Amigos (1967).

Este período es también el de una incursión importante en los estudios culturales en Japón: de Michitaro Tada (crítico literario y antropólogo cultural, 1924-2007) ya contamos con dos obras disponibles en castellano (Gestualidad japonesa Karada, ambas publicadas por Adriana Hidalgo). Lo importante es que, a diferencia de otros libros que buscan explicar lo japonés para un público ajeno, Tada escribe sobre lo japonés para los japoneses. Los libros son parte de una meditación ensimismada y privada, acaso una autocrítica…

En este sentido también merece mención otro caso enigmático de no traducción: el de Takeo Doi. Como psiquiatra, Doi se entrenó en la práctica de psicoanálisis freudiano en Occidente, con la idea de aplicarlo en Japón al regresar. Cuando vio que era inviable aquel modelo para la cultura nipona, comenzó el verdadero trabajo de Doi. Sus libros esclarecen aspectos anteriormente poco articulados pero íntimos, fundamentales para la idiosincrasia japonesa: The Anatomy of Dependency (La anatomía de la dependencia) y The Anatomy of Self (La anatomía del yo) están disponibles sólo en inglés, por ahora.

Período actual

De la literatura actual, se destacan varias mujeres que incursionan en áreas nuevas como el multiculturalismo y la globalización, que produjeron nuevos experimentos con el lenguaje literario japonés. La novela monumental de Minae MizumuraUna novela real (Adriana Hidalgo, 2008), es un buen ejemplo: la forma yuxtapone la ficción y la no ficción, mientras explora los cambios en la jerarquía social surgidos luego de la guerra. En otras obras, aún sin traducir, Mizumura juega con la mezcla de japonés e inglés, y analiza críticamente las carencias en el uso actual de la lengua japonesa.

Yoko Tawada también ejemplifica lo multicultural: nacida en 1960, a los 20 años se trasladó a Alemania desde donde escribe en japonés y a veces en alemán. Su novela Inu muku iri (El novio de la boda era un perro, 1998) fue muy bien recibida en Japón aunque Tawada no la escribió allí, y con Yogisha no yako ressha (Sospechoso en el tren nocturno, 2003) ganó el premio Tanizaki. Como dramaturga ha sido traducida al castellano: el grupo teatral Lasenkan ha realizado, en España, tres de sus piezas: Sancho PanzaEl punto herido del alfabeto Hikon, el alma voladora .

Menos experimental en técnica que las anteriores, Yoko Ogawa (1962) ha producido una narrativa singular que conjuga la literatura y las matemáticas. La autora nombra como influencias a un dúo inesperado: Kenzaburo Oe y Anna Frank. Tres de sus novelas fueron publicadas en España por Funambulista: La formula preferida del profesorPerfume de hielo El embarazo de mi hermana .

Otra corriente nueva actualiza la novela noir. Con frecuencia extremas, hasta surreales, estas renovaciones japonesas tienden a flirtear con la perversión y la violencia en un marco argumental detectivesco que sin embargo todavía permite cierta noción redentora. Es el caso de las novelas de Ryu Murakami, el escritor que ha inspirado al cineasta Takashi Miike, referente del nuevo cine de terror japonés. Dos novelas de Ryu Murakami están traducidos: Azul casi transparente (Anagrama, 1997) y Sopa Miso (Seix Barral, 2005). La más temprana, Coin-Locker Babies, sigue sin traducir aunque hizo furor entre jóvenes urbanos de un Japón “pos-burbuja”, o sea, posterior a la afluencia y el consumismo de los años 80. Narra las historias de dos hombres que fueron abandonados de bebés en una estación de tren; uno de ellos planea un ataque químico contra la capital, apuntando a vengarse de (¿todas?) las madres, del punto de origen en sí.

Notoriamente, ha surgido una corriente nueva de thrillers femeninos que se destaca no sólo por el ingenio argumental, sino también por un audaz “realismo sucio” que rompe con tabúes: las amas de casa son a la vez obreras de fábrica en la periferia, los japoneses que emigraron regresan de Perú y de Brasil con consecuencias inesperadas, y estalla la violencia doméstica, tanto masculina como femenina. Una autora ejemplar sería Natsuo Kirino (1951) cuya novela Out fue nominada al premio Poe. Out salió hace poco en castellano (Emecé, 2009), y podremos esperar alguna de las doce que tiene escritas hasta ahora.

La famosa “bananamanía” que experimentó el público occidental tuvo su versión nipona también. Se puede identificar como “herederas de Banana Yoshimoto” a quienes han profundizado la exploración (y revalorización) de la figura liminar que revolucionó Yoshimoto en Kitchen: aquella figura de la niña-mujer o shojo, especie de semiadulta en un delicado limbo entre depender del padre y depender del marido, ya transformada en la década de 1980 en el símbolo de cierta oportunidad para una autodeterminación inesperada. Una expresión surge desde la literatura joven “extrema” que sorprendió cuando dos representantes aun adolescentes obtuvieron el más prestigioso premio para la nueva narrativa en Japón. La escritura de Risa Wataya en Keritai Senaka (La espalda que quisiera patear) y la de Hitomi Kanehara en Hebi ni Piasu (Serpientes y piercings) son ejemplos de una corriente de escritura intrépida de la mano de mujeres muy jóvenes, transgresoras, de poderosa imaginación y franqueza personal: la novela de Kanehara salió en castellano (Emecé, 2004). En esta línea estarían también Vibrador, de Mari Akasaka (1964; Emecé, 2006).

Respecto de estas nuevas voces adolescentes surge también una cuestión de técnica y de tecnología que afecta la circulación de su obra y tal vez también, una se pregunta, la conceptualización: de las diez novelas más vendidas en Japón últimamente, la mitad fue escrita en teléfonos celulares y son leídas del mismo modo, o sea en “el celu”. En Japón el mercado de la “novela móvil” ya cuenta con tres millones de lectores. Y en este caso también tal vez sorprenda que se trate de una producción capaz de conquistar los premios del establishment. Mieko Kawakami ganó el premio Akutagawa (2007) por una novela “móvil” (aunque premiada recién luego de ser impresa): Chichi to ran (Acerca de pechos y huevos) es una novela ágil y veloz. Narrada en primera persona, dispara posibles redefiniciones de lo femenino a través de un grupo de amigas adolescentes. Si una vez puede ser suerte, dos veces ya merece otro respeto: Kawakami volvió a tener tremendo éxito con su novela Hebun (El cielo) durante la etapa de señal electrónica, y al cobrar una existencia en papel conquistó un reconocimiento que en algún punto suena paradójico, no por falta de destreza literaria, sino por una cuestión de técnicas, de preconceptos o expectativas que tenemos acerca de lo que se escribe y cómo. El cielo de Kawakami es la ganadora del premio Murasaki Shikibu del 2010, el galardón máximo para la nueva escritura femenina, que lleva el nombre de la autora de La historia de Genji, escrito hace mil años y por supuesto sobre papel. Y uno se queda pensando? si Murasaki renaciera, ¿cómo escribiría hoy?

*

De Kioto a Tokio

por Hugo Caligaris

Es probable que la curiosidad que despierta últimamente la literatura japonesa clásica en los lectores occidentales tenga que ver con el cansancio. Después de correr mucho, es una maravilla sentarse un rato al lado del estanque, entre flores de loto y ruiseñores, viendo a lo lejos el resplandor del pabellón dorado. Tal vez sea por eso que incluso quienes nunca estuvieron familiarizados con geishas , cerezos en flor y samuráis de pronto se sienten fascinados por las historias de Yasunari Kawabata. Esto ocurre: no es que Lo bello y lo triste haya saltado de un día para otro al primer puesto en la lista de best sellers , pero se lee ahora más, mucho más, que cuando todos, por decirlo de alguna manera, teníamos veinte años.

Trabajar cansa, y descansar también, cuando en el teatro, en los libros y en las películas las cosas pasan demasiado rápido. Somos devoradores de novelas, y eso fatiga, pero ¿se puede devorar a Kawabata? No. Es imposible. Con gesto de emperador del Oriente, impone desde la primera línea el deber placentero de leer con calma.

Hace poco, Plaza y Janés publicó un breve relato de Junichiro TanizakiEl cortador de cañas . Tiene apenas 96 páginas, pero la “acción” sólo comienza muy poco antes de la mitad del libro. Antes hay citas, enumeraciones, paisajes que podrían estar en relación con algún sutil estado de ánimo. Tanizaki no le teme a la inminente irrupción de la contratapa. Se toma todo el tiempo, a pesar del formato corto. Cuando el cuento por fin comienza, el lector ya está hipnotizado. La materia es en cierto modo escabrosa: la historia de un romance delegado, de lo que podría llamarse un matrimonio por interpósita persona, pero la belleza con que está narrada y la sospecha firme de que el narrador es un fantasma le confieren un perfume delicado, que se desvanece lentamente en el aire.

Tanizaki escribió esta nouvelle en 1936, pero sólo ahora contamos con una traducción directa. La barrera del idioma japonés es muy fuerte, pero viene cediendo, en buena parte. Ahora se consiguen en Buenos Aires clásicos del siglo X, como La historia de Genji El libro de la almohada, de Sei Shônagon. Pero debe de haber más, mucho manjar ignorado, mucho atún rojo en las piezas de sushi que se consumen de Kioto a Tokio, que nos perdemos aquí por culpa de la impenetrabilidad de los ideogramas.

También habrá otros contemporáneos además de Murakami, y tal vez mejores que Murakami, y es posible que de ellos ni siquiera conozcamos los nombres. Con nuestra nota de tapa, tratamos de cubrir ese bache.

La autora está en muy buenas condiciones de mediar entre los dos hemisferios: Anna-Kazumi Stahl nació en Luisiana y creció en Nueva Orleans. Su madre es japonesa; su padre, alemán. Se doctoró en Literatura Comparada en California y en 1988, después de una visita casual, se instaló en Buenos Aires. Además de excelente y sutil narradora, es traductora: a ella pertenecen las versiones de algunos de los textos japoneses que ofrecemos en este número.

*

Zeami Motokiyo

Fushikaden: tratado sobre la práctica del teatro noh (o, más literal: El libro de la transmisión de la flor y el estilo, siglo XV) Traducción del inglés: Anna-Kazumi Stahl

Tuve dudas acerca de si exponer estas secretas enseñanzas a los ojos de aquellos no interiorizados en nuestro arte [el del teatro noh], por lo que los escribo aquí más como preceptos para nuestros descendientes. No obstante, una intención de base afirmaré: cuando observo a los practicantes de la actualidad, noto que restan importancia a nuestro arte, aplican prácticas ajenas a nuestro Camino e incluso, cuando han alcanzado un nivel apreciable en el arte, se dejan llevar por el éxito luminoso de una noche o la fama del momento. Sólo me queda lamentar que hayan olvidado el manantial de nuestro arte y perdido su flujo, y que posiblemente esté el verdadero Camino ya en decadencia. […] A causa de esta actitud, un actor puede alcanzar cierto reconocimiento por un estilo particular y durante un breve período, pero la Flor de su arte no durará y no tendrá la confianza del público. Un maestro en el arte, uno que ha logrado el reconocimiento público, hará una actuación interesante más allá del estilo que emplee. Cada estilo y cada forma fundamental tienen su propio carácter, pero todos deben tener en común aquello que los hace interesantes. Aquello que hace que el espectador perciba como interesante una actuación es la Flor.

*

Fumiko Hayashi

Los barrios bajos (publicado en 1949. Traducción al castellano: Oscar Montes (1976)

Ryo se preguntó si su nuevo amigo estaba casado. No es que importara, pero el pensamiento le vino a la cabeza al ver el cariño que demostraba a su hijo. Hasta ese día, tenía ya treinta años, no había pensado en ningún hombre que no fuese su esposo (sin comunicarse hace tiempo desde el frente de batalla en Siberia), pero el temperamento despreocupado de Tsuruishi comenzó a operar un gradual y extraño cambio en sus sentimientos. […] Unos ochos días más tarde, Ryo se encaminó nuevamente a encontrarse con Tsuruishi, quien la había invitado a visitar Asakusa (el distrito de diversiones) en uno de sus días libres. Todavía era demasiado temprano para ver los cerezos en flor, pero si tenían tiempo, irían a caminar por el parque de Ueno. El día acordado, siguiendo las indicaciones que le había hecho Tsuruishi, Ryo estaba esperando justo con su hijo frente a la oficina de informes turísticos de la estación. El cielo estaba plomizo, aunque a veces se despejaba, y si no llovía todo saldría bien. Después de esperar unos diez minutos apareció Tsuruishi con un envejecido traje gris que le quedaban demasiado chico. Ryo, apenas maquillada, llevaba un vestido azul de tela de kimono y un saco acolchado color té pálido. Se veía mucho más joven que de costumbre y quizá debido a sus ropas de estilo occidental, parecía una colegiala junto a Tusruishi, alto y de anchos hombros.

-Ojalá no llueva -dijo él, alzando con toda facilidad a [al niño] Ryukichi y caminando entre la muchedumbre. Ryo llevaba bajo el brazo una gran bolsa con pan, bocadillos de arroz envuelto en algas y mandarinas. Fueron hasta Asakusa en metro y desde la tienda Matsuya caminaron hacia el Portal Niten, pasando junto a una galería de pequeños negocios.

El distrito de Asakusa era muy distinto de lo que Ryo había supuesto y se desilusionó al pensar que ese pequeño templo de laca roja era la sede de la famosa Diosa de la Misericordia. Tsuruishi le explicó que antes había sido un enorme y altísimo templo, pero a ella le resultaba difícil imaginárselo. Ahora había solamente una multitud que se movía como las olas del mar y que se apretujaba rodeando el santuario. En la distancia se podía oír el invitador sonido melancólico de trompetas y saxofones. Un viento salvaje murmuraba y jadeaba al chocar contra las ramas, llenas de de brotes, de los árboles ennegrecidos por el fuego de la guerra.

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