Oliverio Coelho. Corea desde la ventana

(Publicado en Perfil, 3.3.2012, http://www.perfil.com)

En pocos años, las librerías argentinas fueron invadidas por libros de autores con nombres impronunciables. Corea del Sur –como Francia, como Brasil– demuestra que una política de subvenciones a largo plazo es el único –o el más práctico o el más seguro– modo de divulgación del arte de un país.

Desde la ventana de mi habitación en un barrio de Seúl, se observan varias casas separadas por jardines cubiertos de nieve. Es una zona baja, algo inusual para una gran ciudad asiática, sobre la ladera de una de las tantas montañas que le imprimen a la ciudad una topografía abrupta, como si varios pueblos hubieran quedado incrustados entre montañas, comunicados por autopistas, subtes y túneles. El detalle no tendría ninguna importancia si no fuera porque detrás de la cuidada valla de bambúes que veo a diario hay una mansión vigilada por cámaras que cubren todo el perímetro de la propiedad, y guardias con sobretodos negros que se turnan día y noche en el jardín y las calles aledañas. Cada vez que salgo o vuelvo, escucho del otro lado una réplica de pasos que me transforma de inmediato en sospechoso.

Cansado de las cámaras, me aboqué a discernir alguna figura en el interior de la casa, aprovechando la visión que tenía sobre un pequeño sector de una galería. Ahí por fin un día distinguí a contraluz a un hombre encogido, alguien en el ocaso de la vida, que salía durante unos segundos a absorber la luz nítida del invierno. La misma escena se repitió al día siguiente. Durante un breve lapso esa figura que yo creía un empresario paranoico abandonaba sus aposentos y salía a respirar. Alguien me comentó, por fin, que ese anciano era Chun Doo-hwan, el último dictador de Corea del Sur, autor intelectual de la represión de Gwanju, donde en 1980 más de doscientos activistas y estudiantes que participaban en las masivas manifestaciones por una apertura democrática fueron asesinados por la policía, mientras otros tantos eran secuestrados y torturados por infringir las leyes de seguridad nacional.

Nunca había considerado la posibilidad de que las secuelas de una dictadura pudieran materializarse en postales de la vecindad. Pocas veces uno tiene la posibilidad de presenciar el otoño de un dictador. La masacre de Gwanju es una bisagra en la historia, una frontera reencarnada a diario en la mirada de un argentino en Seúl. La narrativa coreana, con Im Chul Woo (1954) a la cabeza, durante ese período se transformó en una inagotable máquina de guerra. Años después, con la vuelta de la democracia y el país pacificado, gracias a esta apertura varias escritoras como Ha Seong-nan (1967), Eun Hee-kyung (1959) o Cheon Woonyong (1971), ocuparon un lugar central, largamente pospuesto en la escena literaria, y trataron la condición oprimida de la mujer para definir su nuevo rol en una sociedad que mutaba velozmente. Una generación mordaz de escritores, entre los que destacaría a Kim Young-ha (1968) y a Park Ming-gyu (1968), rehuyeron al realismo social de sus predecesores, y de un modo paródico e híbrido que podría emparentarlos con ciertos directores independientes –Hong San-soo, Boon Joon-ho, Kim Ki-duk– que impusieron a Corea del Sur como sello en los principales festivales de cine, abordaron problemáticas de la vida urbana y sentimental en el contexto de un consumismo voraz. Todo esto suena lógico en el contexto de una sociedad que se moderniza de forma sedienta, pero incompleta si intentamos entender el porqué de esa sed.

Los orígenes. En 1446 el rey sabio Sejong ideó un alfabeto perfecto para que el idioma de habla cotidiana pudiera transmitirse por escrito entre el pueblo. Esa escritura fonética se denominó Hangul. Durante más de cuatro siglos y medio, sin embargo, los intelectuales coreanos siguieron pensando, escribiendo y dialogando en chino. La clase aristocrática masculina, fuertemente influida por los cánones confucionistas, accedía a la educación y estudiaba desde temprano en academias que los preparaban para la función pública. Sólo algunos géneros poéticos populares, como el Gasa y el Sijo, eran escritos en Hangul, en general por mujeres.

Pese a eso, la primera novela en Hangul data de finales del siglo XVI y es en realidad producto del despecho y la ira de un aristócrata. Ho Kyun (1569-1618) era un funcionario de la corte cuya hija vivía en concubinato con un príncipe. Al ser ésta condenada a muerte por conspirar contra el rey, Ho Kyun planeó revueltas que no dieron resultado, y en clandestinidad ponderó un idílico sistema político y social que plasmó en su novela La historia de Hong Kiltong. La mitad de su rebeldía residió en escribir en la lengua del pueblo. La otra mitad en el contenido de la novela: el protagonista, hijo natural de un ministro de provincia durante la dinastía Chosun, es despojado de todos sus derechos por su condición de hijo ilegítimo, y estudia artes marciales y magia taoísta para transformarse, con su banda, en un caballero andante que repara injusticias feudales, a la manera de Robin Hood.

Recién a principios del siglo XX, ante la inminente modernización social y política iniciada unas décadas antes, la influencia de la literatura extranjera y la decadencia de un orden feudal que había conducido a la dinastía Chosun a su caída, se da un pasaje masivo al Hangul. El despiadado (1917), de Yi Kwangsu (1892-1950), puede considerarse su relato fundador. Por esa misma época, la invasión del Imperio del Japón aplastaba esa modernización acelerada. Esta vez, a diferencia de la invasión de finales del siglo XVI mitificada por el narrador Kim Hoon (1948) en El canto de la espada, el Imperio no pudo ser repelido y sentó una administración despótica.

Durante ese período –1910 a 1945– el régimen impuso el japonés como lengua oficial y se intentó primero censurar y luego regular la publicación de obras en coreano. Yun Sangsup (1897-1963), Hyun Chin-Gun (1900-1943) y Cho Myunghui (1894-1938), entre otros, se animaron a articular en sus novelas las miserias de la realidad social durante la ocupación. Otros tantos escritores, como Yi Taejun (1904-1970) y Yi Hyosuk (1907-1943), se atrincheraron en lo que era un género clandestino, el cuento, que escapaba al ojo de los censores y, dadas las dificultades para publicar un libro, podía circular en revistas y periódicos que se abrían y cerraban todos los meses. Tal vez esto explique por qué en la narrativa coreana de la primera mitad del siglo XX hubo tantos cultores del género breve y todavía hoy en día, como si se cumpliera un rito atávico de resistencia, cualquier narrador se presenta en sociedad con un volumen de cuentos y no con una novela.

Guerra, división e industrialización. El intento de imponer el japonés como lengua oficial no hizo más que fortalecer entre los escritores la nostalgia de un idioma propio. Tras la independencia de 1945, con Japón en ruinas tras la Segunda Guerra, la esperada refundación de la nación encontró al poco tiempo otro obstáculo: Corea se volvió el primer escenario de la Guerra Fría. La guerra terminó con el país dividido y con una tregua –ni vencedores ni vencidos– que dura hasta hoy, y una alianza en política exterior surcoreana con Estados unidos tan fuerte que entre 1965 y 1973 trescientos mil soldados surcoreanos combatieron en Vietnam. El controvertido escritor Hwang Sok Young (1943), relata ese infierno ajeno en La sombra del arma. Otro veterano de guerra devenido escritor, Pak Yunghan (1947), ofrece en El río Song Ba a lo lejos y El alba del hombre, la versión de una guerra no correspondida que se transformó en una guerra desplazada, un déjà vu sanguinario, cuando Corea del Norte en 1967 mandó escuadrones al norte del río Song Ba.

Antes, desde luego, no faltó una literatura empañada por otra guerra y por una división que todavía existe, sesgada, bajo la nostalgia, el destierro o la aversión ideológica. Entre quienes a lo largo de décadas hicieron de esta división un asunto, están Yi Mun-yool (1948), Kim Wonil (1942), Cho Chongnae (1943), Park Wansu (1931), Chun Sang-guk (1940), Choi Inhun (1936), Lee Dong-ha (1942), y por supuesto el omnisciente Hwang Sok Young, que no ha dejado temática histórico-social sin tocar. Para todos ellos la guerra eclipsó una infancia aturdida por el ruido de cazas y bombarderos y por la ausencia de padres, tíos y abuelos que se unían a un bando u otro y ya no volvían.

A los relatos de la posguerra, la hambruna y la moral de una nación rota, explorados desde distintos ángulos por Hwang Sunwon (1915-2000), Son Changsup (1922-2010) y Chang Yunghak (1921-1999), cabría sumar la narrativa que en los 70 abordó críticamente la industrialización y la enajenación urbana –Hwang Sok Young, otra vez; Yun Heungguil (1942) y Cho Sehee (1942)–, y en los 80 la represión de la dictadura –Im Chul-Woo (1954)–, las manifestaciones por la democracia y las luchas sindicales –Kim Yonghun (1955), Chung Tosang (1961) y Pang Hyunsuk (1961)–. Todos ellos se hicieron eco de la militancia de la época y cerraron el ciclo de una narrativa que, desde la declaración de la independencia de 1945, cronometró y puntuó cuarenta años de procesos sociales acelerados: poscolonialismo, guerra interna, posguerra, pobreza, industrialización y dictadura, y finalmente la vuelta a la democracia con el país transformado en un oasis de consumo y en una potencia exportadora de tecnología.

Aquí y ahora. Cualquiera pensaría a esta altura que la coreana es una literatura propensa a testimoniar todos los procesos sociales y políticos dramáticos que atravesó el país en el siglo XX. Un gran mural observado a la distancia, desde una ventana, en el cual las piezas coinciden milagrosamente y acreditan la teoría luckasiana de la novela como “epopeya de una época”. Y si bien en parte esta suposición sería acertada, en un período crítico como la década del 80, donde se conjuga la represión dictatorial con el amanecer del consumismo, surgieron escritores que hoy, por su calidad literaria, más allá de la (no) relación de sus ficciones con la época, son referentes estéticos. Cabe mencionar en este caso al monje budista excomulgado Kim Seongdong (1947), al más vanguardista Yi In-seong (1953), a Lee Seung-u (1959) y especialmente a Yi Mul Yol, tal vez escritor más refinado de este rebaño de escépticos. A través de relatos ambientados en el campo –Una isla anónima– o en tiempos lejanos –El poeta–, Yi Mul Yol problematiza implícitamente las relaciones de poder que rigen milimétricamente las clases sociales en Corea y la tensión creciente entre tradición y occidentalización.

La nueva generación, integrada a la sociedad de consumo, a la cultura digital y a la megaciudad, sin marcas directas de la guerra y con un tenue recuerdo de la dictadura, tiende más a explorar vertientes autónomas de la ficción: los matices del individualismo en la sociedad de consumo, la familia y la pareja como prolongaciones conflictivas de una sociedad que deja atrás los valores confucionistas y que ha desterrado el debate político de la vida pública. A las escritoras y escritores nuevos ya mencionados al comienzo, cabría sumar a Pyun Hye Young (1972), a Yun Taenyung (1962) y Shin Kyung-suk (1963). Algunos, como Jo Ha-hyeong (1970) y Hwang Jeon-eun (1976), pueden considerarse representantes de una ciencia ficción y de una literatura fantástica que tiene precursores en el campo de la Manhwa –la Manga coreana– pero no en el literario.

En este punto, la literatura coreana más reciente presenta una gama temática y de intensidades –poéticas, urbanísticas, críticas, genéricas y/o de imaginario– inhallable hoy en día en otras literaturas que arrastran el peso de siglos y de vanguardias. El futuro de esta originalidad, si queda a salvo de sus propios estereotipos y de las etiquetas que suelen aplanar el talento de generaciones enteras, puede ser, como el nuevo cine coreano, un factor que posicione su narrativa a nivel internacional y la transforme en fuente de inspiración. Está claro que el imaginario de esta literatura ya no converge en la postal reseca de un dictador asomándose desde su cuartel de invierno. Al revés de lo que ocurre con el talento, la nostalgia del dictador, ejercida una vez al día en el rectángulo de intimidad que demarcan las cámaras y los guardaespaldas, no tiene testigos, no existe en el presente más que para un extranjero. De eso se trata. Invertir los términos de la vigilia para que el talento encuentre testigos, del otro lado del mundo, aunque sea a través de un intruso y a deshoras.

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TDADKim Young-ha, ‘Tengo derecho a destruirme’

—¿Cuáles son los libros que lo influenciaron en su formación literaria?
—Mis veinte los viví a caballo entre la década de los 80 y los 90. Mis ídolos literarios entonces eran Kundera, Borges, Dostoievski y Salman Rushdie. También me impresionaron fuertemente las obras de Yukio Mishima y Oscar Wilde. Asimismo fui influenciado por varios filósofos franceses, como Jean Baudrillard y Georges Bataille.
—¿Cómo caracterizaría la literatura coreana actual en el marco de una literatura cada vez más global?
—La literatura coreana sufrió traumas colectivos, como son la guerra de Corea y la división norte-sur, pero a partir de la década de los 90 apareció en la literatura en primer plano el individuo por sobre la masa o el grupo. Tratando temas existenciales como la marginación o la soledad y explorando diferentes posibilidades narrativas, este interés por el individuo y su sufrimiento se diversificó, debido a una acelerada modernización que ningún otro país experimentó en tan poco tiempo. El sufrimiento provocado por la moderización constituye un importante tema de la literatura coreana de hoy. En un contexto en el que lo occidental y lo oriental, lo tradicional y lo moderno, lo colectivo y lo individual constituyen dicotomías sumamente difíciles de conciliar, la literatura no puede sino tratar sobre la confusión espiritual, mental y psicológica que sufren los individuos.
—¿Cómo presentaría su novela “Tengo el derecho a destruirme” a los lectores latinoamericanos?
—Esta novela la escribí a mediados de los años 90, cuando Corea había alcanzado un rápido crecimiento económico. Había terminado el período de la dictatura, se había alcanzado la libertad de expresión y se había desarrollado la economía, pero no había habido un crecimiento espiritual o mental acorde. La novela trata sobre los jóvenes de esta época. La confusión, el nihilismo, el tedio, el anhelo de muerte y otros estados emocionales propios de fin de siglo se hicieron presentes en la juventud coreana de entonces. Fue la respuesta espiritual de la juventud que presintió el estancamiento económico y el alto nivel de desempleo que vendrían después. Mi novela refleja este estado emocional y espiritual propio de la época. Además, pienso que son experiencias que no sólo son propias de la juventud coreana.

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ETHMu-san Baek, ‘El tiempo humano’

—¿Cuáles son las obras que lo influenciaron en su formación literaria?
—No recibí una formación literaria regular ni tampoco tuve ninguna guía. Los libros que leí los elegí y evalué según mi propio criterio. Mi interés por la literatura nació no por motivos vocacionales o como objeto de estudio, sino a partir de preocupaciones existenciales y de reflexiones sociales, por lo que he tenido preferencias de lectura bastante tendenciosas. Creo que los autores que dejaron una mayor impronta en mí fueron Hermann Hesse en mi adolescencia, Máximo Gorki en mi juventud y posteriormente D.H. Lawrence, aunque no es despreciable el influjo que ejercieron varios escritores menores y de escaso renombre. Todas estas parcelas literarias conforman un mosaico que ocupa buena parte de mi universo mental.
—¿Cómo caracterizaría la literatura coreana actual en el marco de una literatura cada vez más global?
—No se puede decir que la literatura coreana moderna tenga raíces muy profundas en la tradición o la historia, puesto que sólo tiene algo más de un siglo de vida. De éstos, durante 36 años estuvo bajo la dominación colonialista japonesa, durante los cuales no fue posible utilizar libremente la escritura coreana. Posteriormente, Corea sufrió la división norte-sur, así como varios gobiernos dictatoriales con el aval imperialista de EE.UU., por lo que los coreanos padecieron de censura ideológica, privación de libertad de prensa y limitaciones en la libertad de expresión, que impidieron el libre desarrollo de sus actos y pensamientos. Sin embargo, debido precisamente a que el país sufrió en carne propia y de manera intensa los enfrentamientos ideológicos y las tensiones y contradicciones mundiales, la literatura coreana pudo crecer en buena medida con un espíritu combativo y de resistencia. Su identidad literaria pudo ser comprobada a través de esta experiencia reciente, así como de los de reiterados ataques e invasiones exteriores que sufrió Corea a lo largo de sus 5.000 años de historia. Sin embargo, si bien no se puede decir que la literatura coreana alcanzó una primera línea de visibilidad a nivel mundial a raíz de estas experiencias históricas, estoy convencido de que tiene buenos elementos para contribuir a una nueva literatura universal que se resiste a la globalización neoliberal.
—¿Cómo presentaría su poemario “El tiempo humano” a los lectores latinoamericanos?
—La sociedad coreana estuvo durante mucho tiempo bajo regímenes políticos autoritarios. Pero también es cierto que las fuerzas que se resistieron a estos regímenes y se prepararon para el futuro se fueron anquilosando y tornándose ideológicamente parciales. Esto es porque la voluntad de resistencia que perdió su oportunidad positiva puede conducir la vida hacia una dirección negativa. De este modo, también se fue deteriorando la meta primera de esas fuerzas que es la “liberación del hombre”. Este fenómeno social coincidió con un cambio histórico a nivel mundial, como fue el desmembramiento de la Unión Soviética. Fue el momento de mirar de frente el proceso de los cambios sociales y de reflexionar sobre nosotros mismos. Era necesario volver a reflexionar sobre el tema del “hombre”. En El tiempo humano están contenidas esas decepciones y preocupaciones de la época.

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MSeongdong Kim, ‘Mandala’

—¿Cuáles son los libros que lo influenciaron en su formación literaria?
—Por sobre todos los libros, las escrituras o cánones budistas. El budismo está en primer lugar y la literatura es algo secundario, pues hay una diferencia muy grande entre aprehender la verdad para llegar a ser Buda y el mundo de los símbolos y las metáforas que es la literatura. Por esta razón aspiré a convertirme en monje, pero tuve que desistir por diversos motivos y con posterioridad me interesé en la literatura. Sin embargo, pronto me di cuenta de que eso secundario que pensaba que era la literatura tampoco era nada fácil.
—¿Cómo caracterizaría la literatura coreana actual en el marco de una literatura cada vez más global?
—Si se piensa que somos el único país dividido del mundo, ya que otros países divididos como Alemania y Vietnam o bien se han reunificado o están divididos sólo de nombre, creo que debemos orientar nuestra literatura a unificar la mentalidad y la sensibilidad rota del pueblo coreano. Tiene que surgir una literatura que vuelva a unir y consensuar a este pueblo que antes era uno y ahora se ha tornado dispar y heterógeneo. Pienso que sólo de este modo la literatura coreana tendrá un sentido pleno en el contexto de la literatura mundial. Mucha gente de hoy en día piensa que la tendencia mundial es unirse a la reestructuración del orden mundial que tiene a EE.UU. como centro. Sin embargo, a mí no me gusta esta manera de ver el mundo. Si se piensa que la literatura es un género del arte que combate la irracionalidad y las contradicciones de la época, la literatura coreana tiene que orientarse hacia la reunificación peninsular. Estoy convencido de que la mejor literatura surge de las condiciones más trágicas.
—¿Cómo presentaría su novela “Mandala” a los lectores latinoamericanos?
—Es el relato de unos jóvenes atormentados frente a la vida. Muchos definen mis obras como novelas budistas o religiosas, pero yo no me atrevería a decir que llegan a tanto. Esta no es una novela budista porque salgan personajes que se rasuran la cabeza y tocan el pez de madera; simplemente es una obra que aborda temas del budismo. En otras épocas históricas, cuando una persona tenía un problema que solucionar, se internaba en las montañas. No lo hacía para escapar u ocultarse sino para encontrar respuestas. Iba para estudiar y alcanzar la sabiduría y luego volvía a su mundo. Los métodos occidentales ocuparon el lugar de nuestros métodos, pero los problemas continuaron sin resolverse, por eso es que el protagonista de mi novela va a la montaña, se rasura la cabeza y se hace monje. Aunque, como ya dije, eso no significa que mi novela sea budista o religiosa.

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