Gillo Dorfles. Cuando el artista es tentado por el árbol de la locura

(Publicado en ADN Cultura, 28.2.2014)

Sociedades escindidas. A partir de un ensayo de Louis A Sass, Dorfles observa la disociación como un rasgo de la época actual y analiza los vínculos que pueden establecerse entre el lado oscuro de la psiquis y las manifestaciones del genio creativo

Bacon. Lucian Freud
Francis Bacon. Retrato de Lucian Freud

El vocablo griego skizo es sin dudas el más idóneo para nombrar esa separación, escisión, disociación de la personalidad que caracteriza típicamente a la esquizofrenia, por cierto la más grave y más compleja forma de patología mental. De hecho, la diferencia entre la esquizofrenia y tantas otras perturbaciones mentales es justamente el fenómeno disociativo que produce esa patología. Y esa disociación es, ante todo y sobre todo, la que constituye la verdadera esencia de la dementia praecox tal y como fue definida en tiempos de Bleuler y Binswanger. Se trata de una forma psiquiátrica que se diferencia por completo de la paranoia, de la melancolía o de la manía, como también de aquéllas donde predomina la compulsión.

Ese elemento está casi siempre presente en una multiplicidad de enfermedades mentales –desde las formas más leves hasta la demencia más acendrada-, aunque por lo general no suele ser reconocido como una forma patológica. De hecho, la disociación entre mente y sentimiento, entre instinto y razón, con frecuencia aparece en infinidad de casos patológicos, por más que no sean identificados o sean considerados simplemente como casos “un poco extraños”. Tal vez esto explique por qué muchas veces las disociaciones afectiva y cognitiva son indicadoras, por el contrario, de un estado patológico que no suele ser identificado en las primeras etapas de la enfermedad.

Pero dejando a un lado la patología propiamente dicha y sus diversos tratamientos, lo que me resulta más interesante, en especial por sus aspectos sociales, es que más allá de ser una forma patológica en sí misma, el coeficiente disociativo está presente en muchas situaciones normales de nuestra sociedad. Por lo tanto, creo en efecto que uno de los aspectos  más significativos de nuestra época –incluso en ámbitos ajenos a toda patología o anomalía psicológica- puede ser considerado una forma parcial, si no total, de la disociación, que obviamente puede diferenciarse de la disociación psicológica, sobre todo cuando afecta sólo lo social o lo político.

La nuestra, por lo tanto, puede ser considerada una sociedad disociada, y no tanto por sus casos patológicos, sino en cierto sentido como evidencia de la “psicosis” que aqueja tantas veces a nuestra sociedad. Un interesante ensayo –un verdadero manual científico- sobre la relación entre esquizofrenia y modernidad es el reciente tratado de Louis A. Sass, Follia e modernità (Locura y modernidad), publicado en Italia por la editorial Rafaello Cortina, que constituye una puesta al día de los vínculos reales o aparentes entre la esquizofrenia y algunas formas creativas, como la literatura y la pintura, por parte de escritores como Musil, Sartre, Breton, o de artistas como De Chirico, Modigliani y Klee, ya sea por la personalidad particular de cada uno de ellos como por los personajes que concibieron.

Por supuesto, esas obras son analizadas con mucha atención y cautela. La importancia del paralelismo que establece Sass –más allá de sus quilates como reconocido psicólogo de la Universidad Rutgers de Nueva Jersey- es una amplia tentativa de trazar una analogía entre la locura propiamente dicha y las variadas formas personificadas o citadas por los artistas en cuestión. Será oportuno, por lo tanto, tomar con pinzas el real valor de esa asociación, ya que con demasiada frecuencia los artistas citados son considerados perfectamente normales desde el punto de vista psíquico, y las obras literarias de su pluma, como un mero producto de su imaginación.

Es demasiado simplista identificar en las diversas obras pictóricas y literarias la presencia de una “vena de locura” sin que esto tenga nada que ver con la auténtica esquizofrenia, pero es bastante fácil individualizar en cada creación artística aquella anomalía de la norma, que puede ser clasificada como patológica por quienes no poseen los debidos conocimientos científicos. Por lo tanto, citar a Klee o a Modigliani como afectados por anomalías psíquicas no es más que un “gancho”, que no es en absoluto tomado como un diagnóstico científico.

Dejando a un lado el libro de Sass (que por lo demás, es una óptima guía del cuño de uno de los más incisivos especialistas de la psicopatología), es mejor no detenerse demasiado en la presunta psicosis de estas personalidades sin antes entender que sus mentalidades no bastan para justificar aquello que sigue siendo una “extrañeza” y que tiene poco o nada que ver con la anomalía psíquica propiamente dicha. Ya a partir de Binswanger, la alteración espacio-temporal; la Schrumpfung (el “encogimiento”) del componente espacio-temporal fue estudiada en algunos casos de esquizofrenia, pero sin precisar hasta qué punto tal alteración –de concepción pero también de percepción- puede relacionarse con la existencia de un componente cognitivo. O sea, hasta qué punto la dificultad del enfermo mental para interpretar la vida cotidiana se puede vincular con las alteraciones del componente espacial y temporal antes mencionadas.

Éste es tal vez uno de los puntos sobresalientes del análisis que hace el autor para explicar el problema de tales experiencias psicóticas como inherentes a la condición normal del hombre y para develar algunas relaciones entre el lenguaje literario y artístico y el lenguaje esquizofrénico.

Por eso, para vencer ese “encogimiento” espacio-temporal del pensamiento que trae al presente la concepción de cada idea y rigidiza el espacio, suele ser necesario que el paciente se sirva de un lenguaje simbólico. En ese sentido, podemos llegar a decir que el lenguaje esquizofrénico tiene ese tiempo de relación con el lenguaje artístico del que habla el autor.

No pretendo demorarme aún más en los meandros de las diversas formas de esquizofrenia y de sus relaciones con las formas artísticas de la contemporaneidad, porque lamentablemente, el elemento disociativo está presente no sólo en algunos enfermos mentales, sino también en gran parte de la humanidad, a la que aún no se la considera aquejada de perturbaciones de la relación afectivo-cognitiva, como ocurre en muchos casos de esquizofrenia. El hecho de que una parte de la humanidad –en general considerada normal- haya podido desarrollar elementos creativos de tipo netamente disociativo (novelas, pinturas, teatro), pero aceptadas como tales por la población “normal”, evidencia una diferenciación notable respecto de la vida cotidiana, que puede ser asimilable a algunas formas del delirio esquizofrénico.

En cambio, lo que me resulta más importante es distinguir entre el nivel de anomalía psíquica y la carga creativa de un artista, para no caer en esas desagradables concesiones que nos llevan a hacer una valoración estética de una anomalía real, cuando en realidad las exigencias imaginativas de la mente de un creador casi siempre presentan un elemento simbólico y metafórico que está por encima de la desnuda realidad.

Traducción: Jaime Arrambide

CORRIERE DELLA SERA

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