Diana Cohen Agrest. El imprevisto

(Publicado en Perfil, 6.4.2014, http://www.perfil.com)

Como dice el refrán, tanto fue el cántaro a la fuente que al final se rompió. O para decirlo schmittianamente, la dialéctica amigo-enemigo del sistema nos acostumbró a convivir con la violencia que, como es sabido, siempre engendra más violencia. Con barrabravas. Con los encapuchados de Quebracho. Con el Vatayón militante. Con asesinos que son liberados por una (in)Justicia que transforma un beneficio opcional al reo en una obligación constitucional. En cualquier caso, los delincuentes dan por descontada la bendición de un Estado que silencia, ampara y alienta la transgresión de la ley.

En esta sinfonía anómica perversa, hoy resuena una nota discordante: la reacción de una ciudadanía harta de la impunidad, cuna de una lamentable justicia por mano propia. Pero cuando reacciona el ciudadano hasta entonces indefenso, se produce una ruptura en la lógica del sistema que confía en la mansedumbre de quien tiene la norma incorporada en su conciencia moral. Y encerrada en su propio discurso autista, nuestra Justicia cínica exige la sanción penal para los ciudadanos de ley mientras que se defiende y libera a quienes la violaron.

Tras proclamar infinitas veces que según “Doña Rosa”, como les gusta decir, hay crímenes de primera y crímenes de segunda, hoy se acusa de homicidio calificado y perpetua para los autores de los linchamientos, cuando el mismo acto colectivo, cuando sucede en los asentamientos precarios, se tipifica como un homicidio en riña, que difumina la pena entre quienes participaron hasta nulificarla. Tiene razón Doña Rosa: para esta lógica perversa, matar en una villa forma parte del escenario natural, es lo esperable.

La misma lógica del sistema produce y reproduce la inversión de la víctima y el victimario: mientras que los delincuentes detectados in fraganti son liberados a las pocas horas con argumentos vergonzosos, la fiscalía investiga en las cámaras de seguridad de la zona para identificar a quienes sustituyeron (ilegítima pero comprensiblemente) al Estado ausente. Porque así como los defensores de esta política penal nefasta suelen decir que los delincuentes no salen con el Código Penal bajo el brazo, del mismo modo es lógico pensar que los ciudadanos que reaccionan frente al delito no tienen un escáner para saber de antemano si el delincuente va armado o no. Pero fundamentalmente, y para no quedar atrapados de la simpleza conceptual de ese argumento, la reacción se explica porque se sabe que nadie, nadie, va a defender al ciudadano en un país en el cual se considera que el delincuente es la víctima, y el ciudadano que vive en el marco de la ley es el victimario.

Si los vecinos atacan hasta la muerte a delincuentes es un “homicidio violento, sangriento y en masa”, según expresó la vicepresidenta de la Corte de Justicia de la Nación, Elena Highton de Nolasco. Lo cual es cierto. Pero quien lo dice parece desconocer que es una de las responsables de miles de muertes por goteo que quedaron impunes por nuestra Justicia perversa (¿acaso a esos responsables sólo los juzgará Dios o la historia? ¿Tendremos la oportunidad de juzgar a los genocidas de hoy, como hoy se juzga a los genocidas del pasado?).

Con la creación del Estado, el particular delega el poder de la venganza privada en la Justicia pública: de allí en más, en toda sociedad civilizada la reparación del daño es competencia de un organismo judicial y no de los sujetos dañados, quienes resguardan su derecho a exigir una reparación cívico-moral. Una vez despojado de su poder original de venganza y sometido luego a la cancelación del castigo  institucionalizado, el ciudadano es abandonado en su desnudez punitiva: sin la capacidad de un resarcimiento cedido al Estado y sin la posibilidad de ejercer lícitamente la venganza privada. Dada esta traición al pacto por parte de un Estado avalado por una corporación judicial y por una dirigencia “buenista” obsecuente, el damnificado se ve engañado en su buena fe. La ciudadanía, entonces, crea sus propios anticuerpos para defender un cuerpo social muy enfermo. Enfermo de bronca y de espanto, y de resentimiento.

* * *

Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008), Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010) y Ausencia perpetua (Inseguridad y trampas de la [in]Justicia) (2013).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

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