Silvia Pisani. Más que prejuicios: en EE.UU., el racismo se traduce en desigualdad

(Publicado en La Nación, 4.5.2014, lanacion.com.ar)

Negros y latinos tienen menos acceso al bienestar que los blancos

WASHINGTON.- La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca y su posterior reelección mostraron cuánto cambió Estados Unidos, matrimonio interracial, donde hasta hacía pocos años el matrimonio interracial, como el de la pareja de la que él nació, estaba prohibido en casi la mitad del territorio.

Desde hace 50 años, el acta de derechos civiles -firmada en julio de 1964- dice que el racismo de Estado se acabó. Con los años, la cultura de lo “políticamente correcto” evitó que se hablara de “negros y blancos” o que las ruidosas manifestaciones de prejuicios , como la que lanzó esta semana el dueño del club Los Angeles Clippers, Don Sterling, fueran cuestionadas y silenciadas. Y entrado el siglo XXI el país tuvo su primer presidente negro.

Pero esa convivencia entre razas es quizá sólo una pretendida armonía, desmentida a diario por estadísticas que hablan de una abrumadora y creciente desigualdad social y económica en perjuicio de los negros y de los latinos.

Esos dos grupos tienen menos ingresos anuales, menos patrimonio y menos acceso a la educación, a la salud pública y al empleo que los blancos. Son, en definitiva, mucho más pobres. Y si en algo superan a los blancos es en índices de detención policial y encarcelamiento.

Esas diferencias no sólo persisten hoy, cinco años después de que un afroamericano asumiera por primera vez la presidencia de los Estados Unidos, si no que crecieron de a poco al punto de que, en 2013, sólo el 25% de los negros decía que la situación de la gente de su misma raza era mejor que en 2009 (ese año lo dijo el 39%), de acuerdo con un estudio del Centro de Investigaciones Pew.

Más ruidosamente, los prejuicios saltan, cada tanto, con episodios como el de esta semana con los comentarios racistas de Donald Sterling, que dispararon una sanción de por vida. Fue el famoso “no muestres que andás con negros” que soltó el dueño de los Clippers en una conversación privada que su ex novia se encargó de difundir. Hubo, sí, una rápida, unánime y ejemplar condena.

Pero mucho más lenta e ineficaz es la respuesta para la situación de desigualdad económica y social que padece buena parte de los 45 millones de personas que componen la población negra de este país.

En esto también hay matices. Porque otro de los fenómenos de los últimos años es una aguda “estratificación” dentro de esa población. “Se puede decir que la situación mejoró en conjunto, pero con diferencias. Ahora hay una clase alta, otra media y una baja entre los negros. Antes, las tres cabían en una”, advierte Robert Stepo, académico de estudios afroamericanos en Chicago.

Una estratificación a la que se asocian historias de enorme esfuerzo y éxito igualmente grande. El caso de Obama ejemplifica, mejor que ninguno, el tránsito de los negros de la esclavitud al poder. Su testimonio fue precedido por el de figuras como la ex secretaria de Estado Condoleezza Rice, o el ex jefe de las fuerzas armadas Colin Powell. A ellos se suma el de muchísimos otros, menos expuestos internacionalmente.

Pero, para la gran mayoría silenciosa, las estadísticas muestran cuán lejos se está aún del discurso de Martin Luther King, cuando, al pie del monumento de Abraham Lincoln, clamó por una sociedad en la que “todos los hombres son creados iguales”.

De acuerdo con esas cifras, las personas de raza negra son el grupo étnico más pobre del país. Tienen la menor renta y los sueldos más bajos, pero representan más del 40% de la población carcelaria y la mitad de las víctimas de homicidios. Algo que les cuesta cambiar con el agregado de que cuentan con menos representantes políticos.

Ésa es la realidad de la que se habla menos que de los escándalos. Como describió Mary Curtis, una conocida comentarista de temas raciales, “nunca hablamos de eso hasta que algo nos lo recuerda”. El caso de Sterling fue el mejor ejemplo. No hubo casi discusión: la reacción de repudio y condena fue inmediata. Con sus excepciones: por caso, la conservadora cadena Fox calificó al episodio de una “enorme exageración” con la que se quiere distraer de lo “realmente grave y urgente”. En concreto, una de esas urgencias sería investigar el atentado de Benghazi, Libia, en el que hace dos años murieron cuatro norteamericanos.

El consenso fue más difícil en otros casos recientes. Entre ellos, la exoneración del guardia que mató a un adolescente negro y desarmado porque “sospechó” que podría estar haciendo algo malo. Hasta el presidente Obama decepcionó a buena parte de la comunidad negra cuando sostuvo que el controvertido proceso había sido “técnicamente perfecto”. La indignación popular lo hizo volver sobre el asunto para reconocer que, en su juventud, él mismo pudo haber corrido esa suerte.

Algo parecido ocurrió con el fallo de la Corte Suprema de Justicia que, hace quince días, dejó la puerta abierta al final de la llamada “acción positiva”, que reserva cupos de ingreso a estudios y empleo para personas de raza negra.

“Si no fuera por esa norma, muchos no podrían acceder a estudios superiores”, sostuvo la jueza hispana Sonia Sotomayor, una de las voces disidentes. En cambio, su colega negro, Clarence Thomas, votó sin problemas por el final de un sistema del que él mismo se benefició para acceder a los estudios que, luego, lo convirtieron en el único magistrado negro del tribunal.

“Muchos se olvidan muy rápido de dónde vienen y por qué dolores pasaron, y se creen el cuento de que estamos en una sociedad posracial, cuando no es así”, dijo a LA NACION Roland Roebuck, uno de los más activos promotores de la comunidad afrodescendiente en esta ciudad.

Las leyes contra la discriminación, sostiene, bastaron para terminar el “racismo de Estado”. Pero no pudieron desterrar el racismo social. Una rémora intangible, pero real que sigue condenando a los afroamericanos.

“La marginación económica impide la igualdad”, dice Roebuck, y afirma que en algunos aspectos incluso se agravó. Los 19.000 dólares de ingresos anuales que hace 50 años había de diferencia entre las familias blancas y negras hoy representan a valores constantes más de 27.000, de acuerdo con el Centro Pew.

En 1970, la tasa de pobreza entre los negros era del 33,6%. La última medición pública, de hace dos años, es más alta: ahora es del 35%. La situación se replica en los índices de desempleo, salud, alimentación y acceso a estudios superiores.

“En la práctica, la discriminación sigue afectando a buena parte de las actividades en los Estados Unidos”, según un informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) presentado el mes pasado.

Muchos pensaron que la llegada de Obama terminaría con todo eso. “No hay una América blanca y una negra, somos un solo país”, dijo quien, desde que llegó a la presidencia, evitó poner el foco específicamente en la discriminación racial.

Al contrario, llamó a los negros a no caer en el “victimismo” e hizo hincapié en la necesidad de crear puestos de trabajo y oportunidades que terminen con la desigualdad. Ése es su concepto y no entra a considerar a quién castiga más. Las estadísticas se encargan de hacerlo.

DE LA SEGREGACIÓN A LA PRESIDENCIA

Pasaron décadas de luchas y de logros, e incluso así el racismo persiste

Siglos de esclavitud, décadas de segregación, en una cadena de agravios que comenzó a romperse con un simple acto de desobediencia, cuando durante un viaje en ómnibus Rosa Parks se negó a cederle su asiento a un blanco, en Alabama, en 1955. Ese gesto de dignidad le costó la cárcel, pero desató un movimiento que tuvo a Martin Luther King como su máximo líder y que abrió caminos para que un tal Barack Obama fuera presidente.

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