La mujer que desafió al frío, al viento y la soledad

(Publicado en Clarín, 7.6.2014, www.clarin.com)

por Laura Haimovichi

Caminante y aventurera. Perla Bollo, una química que atiende una farmacia en Ushuaia, recorrió a pie durante 75 días la isla de los Estados. Afrontó tormentas de nieve, se le congeló un pie, pasó hambre. El resultado es un libro donde refleja esa experiencia límite.

Cabalgando la Península Mitre del libro "Soy isla" de Perla Bollo.
Cabalgando la Península Mitre del libro “Soy isla” de Perla Bollo.
Turba en el valle Carbajal del libro "Soy isla" de Perla Bollo.
Turba en el valle Carbajal del libro “Soy isla” de Perla Bollo.

¿Cómo decide una mujer, de profesión química, que trabaja como farmacéutica, caminar sola o casi sola, por tierras donde no vive nadie o casi nadie, durante distintos períodos, a lo largo de los años? ¿Cómo, porqué, para qué, esa misma mujer la emprende con un libro (“Soy Isla“), en el que deja constancia de su experiencia, que incluye, por ejemplo, el haber permanecido setenta y cinco días en la isla de los Estados? Perla Bollo nació en Córdoba en 1973, vive desde 2002 en Ushuaia, Tierra del Fuego. Cuando la conocí, estaba atendiendo con su guardapolvo blanco detrás del mostrador. Jamás imaginé que la dueña de esa apariencia apacible, con su sonrisa amable, era la misma persona que en otros momentos, se dedicó a recorrer la Isla Grande caminando y a caballo, navegando sus costas, viviendo a la intemperie en una tierra inclemente, de clima cambiante y helado, que pasa de lo inestable a lo increíblemente inhóspito en un minuto. “La pasión por escribir me sorprendió en medio de la naturaleza”, dice la protagonista y testigo de esta vivencia bella y dramática “muy difícil de contar”, pero de la que han quedado miles de fotografías, de esos territorios ásperos en los que eligió estar de cuerpo entero.

Dice Perla: “La necesidad vital de continuar creciendo en diferentes aspectos son las razones básicas de mi transformación. Como cuento en Soy Isla, ‘somos necesidades’, segundo a segundo. Sorpresivamente me encontré segura y fuerte ante todas estas vivencias. Pero definitivamente creo que el placer que me generaron estas experiencias hicieron que las viviera plenamente, las repitiera, las buscara. Hay también algo de curiosidad y de gran poder de adaptación que descubrí en mí. Estos factores fueron los fundamentales, son los por qué y para qué. Mi permanencia en Isla de los Estados fue por un proyecto de documentación fotografía que se llevaría a cabo a pie, recorriendo la isla. Seríamos solo dos personas caminando esa geografía tan extrema, yo recorrí solo la parte Oeste de la misma, pero permanecí casi setenta y cinco días en total, lo que me permitió conocerla un poco. Sin dudas la inspiración de llevar al papel mis sentimientos vino de  la mano de estas experiencias. Vivir el aislamiento, el silencio, el miedo, también las culpas por exponerme demasiado. Al alejarme y rozar con la grandiosa simplicidad de la naturaleza, de alguna manera, a medida que pasan los días la adaptación al medio es inevitable y se va generando esa lenta metamorfosis que hace que no suframos tanto el cambio”.

“Me gusta ser como un pequeño y solitario atolón que -aunque esté repleto de gente- aún sigue quedando aislado de todo, en medio del inmenso mar. Amo y disfruto sentirme apartadamente insular; soy isla”, dice en el prólogo de Dario Urruty de su libro cuya portada la muestra a Perla junto al calor de un tacho a leña, en Puerto Español, Bahía Aguirre, lugar al que llegó muy lastimada y escapando de una tormenta de nieve.

“Creo que hay situaciones en la vida que son exclusivamente para vivirlas en soledad; estando solo todo cambia y los puntos de vista son tan diferentes que hacen que todo aquello que vivamos solos y todas aquellas situaciones que saquemos adelante en soledad nos harán ser muy fuertes, no depender de otros para decidir en cualquier aspecto nos hace ser un más íntegros de alguna manera, nos enseña a hacernos cargo, es un lindo desafío, no?”, agrega.

Aventurera extrema, Perla se atrevió con lugares que permanecen fuera del efecto modificador de las acciones humanas, luchando contra el gen gregario, con sólo sus pies, su paciencia y su voluntad de seguir adelante, sin otro confort que el deseo de conocer más esos sitios inhóspitos al que pocos o nadie se han atrevido.

“Aislarnos, separarnos y sobre todo parar es la única manera de poner punto muerto. Es muy difícil desconectarse y ni hablar de lo difícil que es encontrarse con uno mismo y nadie más. En estos tiempos en donde somos el reflejo de lo que nos rodea, perdiendo la identidad hasta extremos inadmisibles. Pienso que hay muchos momentos en los que ya ni sabemos quiénes somos y peor aún no sabemos qué queremos y nuestras necesidades están directamente relacionadas a los que nos hacen creer que necesitamos y no es así! Lo que necesitamos fundamentalmente es saber que no tenemos límites para crecer y que tenemos el derecho de desarrollarnos como seres humanos con todo nuestro potencial y que conformarnos, solo nos anula”.

Para Perla, “las distancias no sirven solamente para alejar. Tomar distancia algunas veces, nos permite cambiar los puntos de vista. Acercarnos, Redimirnos, Perdonarnos, Crecer. Olvidarnos. Encontrarnos”. Y sentir la capacidad de manejar el “quiero” y el “puedo”. También reconoce que su espíritu de aventura no sabía a qué se exponía y que respondía a la necesidad de romper el aburrimiento generado por la domesticación y el acostumbramiento.

“A todo esto debo agregar -como lo hago en mi libro- la condición  femenina, que tanto altera los ánimos y las situaciones. Ser mujer sigue siendo un complejo y sutil desafío para mí”.

En las primeras etapas, caminó sola rumbo al faro del Cabo San Pío, frente a la isla Nueva, en la costa de la margen norte del Canal Beagle, sobre una costa acantilada con angostas playas y un acceso muy dificultoso. Recorrió 10 kilómetros, con lluvia, armó su carpa, durmió, sintió un silencio escalofriante. El viento la empujó como si fuera una persona con una mano hacia atrás, en el sentido contrario al que ella quería ir. Allí se encontró con Tati Varas en un refugio cuyas chapas soportaron como pudieron el granizo y donde ambos recordaron un primer encuentro en 2008. Entre una y otra vez, a Perla se le había congelado una parte de su pie izquierdo, con una necrosis importante en el dedo gordo por una tormenta de nieve.

El objetivo inicial era caminar la costa del Beagle con la intención de dar la vuelta a toda la isla por la península Mitre para finalizar el viaje en la estancia María Luisa, sobre la costa atlántica. Esta península está ubicada en el sureste de la isla Grande, con extensos turbales y humedales. No siempre estuvo sola o no estuvo totalmente sola aunque su sensación fue la de haber transitado en soledad, tomando sus propias decisiones.

“Pienso que en muchas situaciones de nuestra vida, aunque estemos acompañados, hacemos realmente lo que sentimos y tomamos las decisiones muy intuitivamente. A ello me refiero cuando expreso mis estados de soledad aún estando acompañada”.

Otro de los puntos a los que arribó la autora de Soy Isla fue la estancia Puerto Español en la Bahía Aguirre adonde llegó muy lastimada pero que “se transformó en uno de los lugares más lindos del mundo” por su encuentro con una libertad que jamás había experimentado y un refugio necesario en medio de la tormenta. En este territorio, Perla Bollo se deleitó con más de veinte caballos y algunos potrillos. Trae con el recuerdo a este lugar a el gaucho Urquibe, padre y abuelo que, sin embargo, ha elegido el aislamiento y que también recorrió todos estos parajes contando anécdotas increíbles. A medida que fue avanzando, la certeza de que no habría comida por varios días la envolvió en una pena silenciosa, masticando el agua marrón de turba que tomaba por litros, con la sensación de que la sangre ya no iba por sus venas sino que brotaba y recorría todo su cuerpo sin un circuito arterial. Su próximo objetivo era la bahía del Buen Suceso, adonde fue con su pesada mochila y su pie dolorido.

Después de treinta días volvieron a ver otras personas, en el puesto de control de la Armada Argentina. Estaba totalmente empapada, con una mochila enorme en la espalda y diez kilos menos “que hacían de mi persona, un espanto”. Acá fue donde Bollo descubrió el significado de la misantropía: tuvo acceso a la comida, a mirar la televisión y, sin embargo, ella rechazaba todo porque extrañaba la soledad y la falta a la que se había acostumbrado. La lejanía de la civilización la había hecho sentir libre.”Caminar entre los árboles muy húmedos, rozar las hojas cargadas de agua, la calma después de la lluvia, la imagen de la tormenta que siguió su rumbo, no poder hacerle frente al viento”, le devolvió y le devuelve la paz.

“No poder tener acceso a ningún alimento sólido fue una sorpresa para mí, fue una situación que no se me había ocurrido que podría llegar a vivir. Pero de todo se aprende, se aprende del dolor, de las pérdidas y también se aprende los errores claro, pienso que es muy positivo ir hasta algunos extremos para conocernos y saber de qué somos capaces o cómo reaccionará nuestra mente ante esas situaciones, es muy interesante. También llegar hasta algunos extremos nos hace reordenar valores y prioridades”.

La sensación de miedo apareció nítidamente cuando, en medio del bosque, luego de caminar catorce kilómetros, divisó cinco caballos con sus cinco jinetes. No los enfrentó, no les habló y ellos pasaron de espaldas a ella, casi indiferentes. Hoy piensa que aquello bien podría  haber sido un sueño. Pero no lo fue, ocurrió! Al llegar a una estructura de chapas y palos que fue su refugio esa noche, la adrenalina se empezó a incrementar. Fueron horas tensas, expectantes, en las que su cuerpo reaccionó químicamente a la intranquilidad. La taquicardia, las pulsaciones aceleradas la dominaron aunque igual pudo entrar a su bolsa de dormir y conciliar el sueño. Por la mañana todo había pasado y disfrutó de la música del viento.

“Estaba sola y realmente lejos cuando viví el encuentro con estos jinetes, no fue un sueño y realmente me asusté. En ese momento puse a prueba el autocontrol en completa soledad, sin otros elementos que mi mente, mi respiración y el intentar cambiar mis pensamientos. Parece que al final la llave para modificar lo que sentimos la tenemos adentro nuestro y no necesitamos más que aprender a usarla. Así se sale adelante, no?”

La caminante pasó los primeros veranos de su infancia en una casa en el campo, en las montañas de Córdoba, junto a sus padres y sus hermanas. Como las magdalenas del narrador de En busca del tiempo perdido, Perla recuerda el dureli (un postre casero que preparaba su madre). Los caballos, la amistad, las exploraciones, la flora y la fauna del lugar marcaron ese tiempo a fuego y, de algún modo la predispusieron para seguir jugando e investigando el entorno durante su vida adulta.

“La infancia influyente, somos básicamente lo que nos den de niños, lo que nuestros padres nos otorguen concientemente para que podamos desenvolvernos en el futuro. Ellos tienen la tarea de “educar nuestros sentimientos” para hacernos personas capaces de saber en dónde y cómo encontraremos la felicidad”.

Desde Ushuaia por el canal de Beagle y recorriendo el Cabo San Pío, las cuevas de Gardiner, la Bahía Sloggett, el Puerto Español, la Bahía Aguirre, el Cabo Hall, la Bahía Valentín, la del Buen Suceso y Thetis, el Cabo San Diego, el Río Policarpo, hasta llegar a la estancia María Luisa, y luego el lago Fagnano, que atraviesa la isla de este a oeste, Perla Bollo bebió agua y tuvo sed, nadó y se lastimó, la acarició la lluvia delicada y la intimidó la tormenta. Fue arrastrada, giró, se empapó y se orinó para calentarse. Su relación con el agua fue brava y ondulante, femenina, amorosa, desesperada.

“El agua es y será el elemento natural al cual más respeto le tengo. Es vital en cada momento de nuestra vida y será muy gentil con nosotros cuando nuestro cuerpo ya no pueda sobrellevar el paso del tiempo, la vida misma”.

¿El resultado? “Una feliz y satisfactoria sensación de realización personal y de total unión con la vida al aire libre y la palpable fuerza de la naturaleza”, asegura y aporta que logró obtener mucho más de lo que sumó, pese al aislamiento, la falta total de comunicación, el hambre y el dolor, o gracias a ellos. “Antes de que el tiempo cancele mi existencia con un último suspiro, mi rabiosa y desesperada primera necesidad es y será vivir cada segundo de mi vida intensamente”, concluye Bollo en Soy isla. Mientras tanto, ella sigue detrás del mostrador de la farmacia en Ushuaia, atendiendo a los pacientes en busca de remedios?

“Algunas veces incito a los pacientes a caminar, a salir más, a sentir el frío, el viento, el agua o simplemente a que miren para arriba los montañas nevadas, el mar o que escuchen la lluvia caer silenciosamente. Son remedios caseros para algunas afecciones modernas”.

De su cabellera larga y colorada de los primeros viajes, le ha quedado un pelo corto con flequillo, la misma sonrisa, un hermoso libro que sólo se encuentra en un par de librerías de Buenos Aires, y otro volumen llamado Flores de Tierra del Fuego que ha registrado con su cámara fotográfica durante otras, anteriores, caminatas.

www.perlabollo.com

* * *

IEIE2

La isla de los Estados está ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego, de la cual está separada por los 24 km del estrecho de Le Maire. Pertenece al departamento Ushuaia de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur en la Argentina.
Dado que ha sido declarada reserva provincial ecológica, histórica y turística, el acceso está restringido a determinados contingentes turísticos que parten desde Ushuaia, quienes deben pernoctar en la embarcación que los traslada. Todo el archipiélago es administrado por la Armada Argentina.
La isla en dirección norte-sur llega a tener sólo 500 m de ancho, alcanzando en su punto máximo 16 km. Tiene 65 km de longitud y se eleva unos 800 msnm, representando la última manifestación en el continente americano de la cordillera de los Andes, antes de hundirse en el mar. Abarca 534 km². La orografía es sumamente accidentada, al igual que su costa recortada por fiordos y bahías, y su clima es perhúmedo, con 2000 mm de lluvia anuales. La costa recortada de la isla se originó por la acción de los glaciares en el Pleistoceno. El monte Bove, de 823 metros, es el pico más alto de las islas.

(De Wikipedia)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s