Jorge Monteleone. Conde de Lautréamont, el antagonista de Dios

(Publicado en Revista Ñ, 23.8.2014, www.revistaenie.clarin.com)

Un libro de culto. Hace 50 años el poeta argentino Aldo Pellegrini traducía al castellano “Los cantos de Maldoror”, ahora reeditado junto con las obras completas.

Conde de Lautréamont. Murió en noviembre de 1870, a los 24 años.

OBRAS COMPLETAS

Conde de Lautréamont (Isidore Ducasse)

Traducción y prólogo de Aldo Pellegrini, Editorial Argonauta, 320 págs., $160

Ha regresado de nuevo al Río de la Plata. Cada vez que leemos Los cantos de Maldoror , del Conde de Lautréamont, ese libro de fuego desollado escrito en francés y traducido al español por el poeta argentino Aldo Pellegrini en 1964, algo de su feroz lengua secreta retorna a la fuente del idioma.

El poeta Isidore Ducasse, hijo de un funcionario del consulado francés y de madre francesa –que perdió a los dos años–, nació en Montevideo el 4 de abril de 1846, durante el sitio a la ciudad por las tropas de Juan Manuel de Rosas y vivió allí hasta los catorce años, cuando viajó a Francia. Al morir, a los veinticuatro años en París, hacia 1870, la ciudad estaba sitiada por los prusianos. Durante muchos años fueron un enigma la vida y la imagen misma de ese poeta que, bajo un seudónimo o, mejor dicho, un doble terrible, Lautréamont, imprime en 1869 la primera versión completa (que por su virulencia tardó en circular) de ese largo poema mutable, torrencial y colérico en prosa y en seis cantos cuyo objeto era “atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no debería haber engendrado semejante carroña”. El poeta, gran antagonista, se desdoblaba en un ser monstruoso, que oscilaba entre la piedad y el crimen, entre la grandeza y la abyección: Maldoror.

Declaraba en el canto I que “El final del siglo XIX tendrá su poeta (…): nació en las costas americanas, en la desembocadura del Plata, allí donde dos pueblos, otrora rivales, se esfuerzan actualmente por superarse mediante el progreso material y moral. Buenos Aires, la reina del sur, y Montevideo, la coqueta, se tienden una mano amiga a través de las aguas plateadas del gran estuario”.

Un precursor de los surrealistas
Como la poesía de Charles Baudelaire y de Arthur Rimbaud, como Para terminar con el juicio de Dios , de Antonin Artaud, el Conde de Lautréamont destronaba a la vez el Logos divino y la moral humanista para explorar la conciencia en el mal y la aniquilación de las facultades humanas. La revuelta de Los cantos de Maldoror (que a partir del descubrimiento de Leon Bloy en 1887, sólo sería comprendido cabalmente en el siglo XX, vindicado por los surrealistas como uno de sus grandes precursores) es una de las más radicales críticas a los atajos de las racionalidades de Occidente para destruir y dominar en nombre de cualquier trascendencia, aquello que Maldoror llamaba el Gran Objeto Exterior: “¡Humillación!, nuestra puerta permanece abierta para la curiosidad feroz del Celestial Bandido”.

La prosa poética de Lautréamont atraviesa las mutaciones de decenas de animales; himnos súbitos y extraños dedicados tanto a los hermafroditas y al océano como a los piojos o las matemáticas; sombríos paisajes exiliares; relatos terribles u obscenos; dobles y duplicidades; puntuales delirios y humoradas sombrías; osarios inmundos y asesinatos y salvaciones y concentraciones de lo sonámbulo, lo viscoso, lo onírico. Su lucidez insomne a la vez desconcierta y alecciona al lector, llevado, como en una “mera alucinación hipnagógica causada por el terror”, hacia una belleza convulsiva.

León Pierre-Quint, Gaston Bachelard y Roger Caillois le dedicaron estudios esenciales; Jean-Jacques Lèfrere una biografía; Julia Kristeva una minuciosa deriva teórica; pero acaso el vasto ensayo de Maurice Blanchot incluido en Lautréamont y Sade (1949) aún es su mejor exégesis. Aquel libro que ilumina como un sol negro halló en la lengua francesa su destino, pero su secreto origen y su eterno retorno en el español hablado en nuestras barrosas orillas. Rubén Darío ya lo incluyó en Los raros (1896) mucho antes de su venerada circulación en Francia. Lo había descubierto en Bloy y escribió sobre Lautréamont: “Vivió desventurado y murió loco. Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso; un libro en que se oyen al mismo tiempo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Locura”. Julio Cortázar lo examinó en sus clases de literatura francesa de los años cuarenta, traducía fragmentos para conocimiento de sus alumnos y ya lo vindicaba junto a Rimbaud en su temprana “Teoría del túnel”; Alejandra Pizarnik lo recreaba como una sombra tutelar en su obra de lúcida agonía; Miguel Angel Bustos fue un descendiente de sus orbes proliferantes; Enrique Pichón-Riviére compuso suPsicoanálisis del conde de Lautréamont .

Una estimulante iniciación a su obra
Pero fue el poeta surrealista Aldo Pellegrini su gran heraldo en nuestra lengua con la cuidada traducción, publicada en su editorial Argonauta hacia 1964, de las Obras Completas (Los Cantos de Maldoror, Poesías y cartas), precedidas de un notable estudio preliminar, cuyo minucioso conocimiento del poeta es, todavía, una estimulante iniciación a su obra. Este año se reedita ese volumen para celebrar los cincuenta años de su aparición. Incluye, además, ilustraciones alusivas de artistas del surrealismo y también la única foto de Isidore Ducasse, recién hallada en 1977. En esa chaqueta holgada, el muchacho algo cetrino, de ojos afiebrados y de mirada fija, como absorto y un poco a la defensiva, de pelo negro y espeso y un bigote ralo, parece un uruguayen , un genuino montevideano. Alguien que bien puede pasar por un lejano pariente de Felisberto Hernández, excéntrico y anárquico y genial y que no se parece a nadie.

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