María Negroni. Edward Gorey, un artista entre el humor y lo macabro

Semblanza. Rara gema del panorama creativo estadounidense, el narrador e ilustrador dejó más de cien libros, cuadernos de notas y postales en los que la estética victoriana y la ingenuidad infantil aparecen transfiguradas por la carcajada oscura, la ambigüedad y la incorrección política. En estas páginas, un retrato del excéntrico que inspiró, entre otros, a Tim Burton

Edward Gorey es una discordia dentro del panorama artístico norteamericano. También es, junto a Henry Darger, uno de sus secretos mejor escondidos.

Escritor, dibujante, eximio cultor del humor macabro y especialista en asesinatos de niños, es autor de una obra que circuló mucho tiempo bajo un arsenal de seudónimos, o más bien acrónimos del nombre “verdadero” (Dogear Wryde, Ogdred Weary, Garrod Weedy, Aewyrd Goré, Wordore Edgy). Eso no le impidió convertirse en maestro de varios artistas (entre ellos, Tim Burton) ni en figura de culto entre los amantes de los climas enfermos y los actos contra natura.

Su extravagancia es, quizá, su rasgo más visible. Quienes lo conocieron afirman que se paseaba por Manhattan en pleno invierno en zapatillas (¡o incluso descalzo y con las uñas de los pies pintadas de verde!), con largos abrigos de piel, una gruesa bufanda y enormes cruces de hierro colgando del cuello.

Había nacido en Chicago en 1925. A los ocho años, parece, ya había leído toda Agatha Christie y todo Victor Hugo. Estudió Filología Francesa en Harvard, donde compartió habitación con el poeta Frank O’Hara (cuya poesía nunca le pareció memorable). Le gustaban los Grateful Dead, Bach, el Estrangulador de Boston, la palabra terribly, Gertrude Stein, el actor James Cagney, los escarabajos, la serie de Dick van Dyke, las películas de zombies y, sobre todo, el coreógrafo de origen ruso George Balanchine por quien sentía tal admiración que no se perdió una sola temporada de ballet en el Lincoln Center mientras el maestro estuvo vivo.

En sus años estudiantiles fue uno de los fundadores, junto con John Ashbery, O’Hara, Alison Lurie y William Carlos Williams del colectivo teatral Poet’s Theatre, ocupándose de los decorados y la escenografía. Más tarde, diseñó tapas para Anchor y Doubleday, organizó y dirigió el Théâtricule Stöic (una compañía local de títeres y marionetas), ilustró revistas como Vogue, The New York Review of Books, The New Yorker y Playboy, y puso en cartel algunas obras de teatro en Broadway, entre ellas Dracula, por la que recibió el prestigioso Tony Award en 1977.

Recluso y adusto como Emily Dickinson (pero más fetichista y menos místico), Edward Gorey fue también un viajero inmóvil: salvo por un brevísimo y temprano viaje a Escocia y por sus temporadas en Nueva York, nunca abandonó su casa en Cape Cod, hoy convertida en museo. Allí pueden verse todo tipo de rarezas, desde estalactitas congeladas hasta sillas de ruedas, pasando por las cenizas de su madre muerta que conservó siempre en una bolsa de supermercado de papel marrón. También coleccionaba anillos, conchas marinas, momias, paquidermos, ositos de trapo e insectos.

En cambio, no se registran en su vida episodios de alcoholismo o drogas. Ni siquiera fumaba. Y en cuanto a su sexualidad, cuando alguna vez le preguntaron si era homosexual, se limitó a decir, desconcertado: “No tengo la menor idea”.

Hay que resignarse, entonces, a pensarlo como una “histérica de genio” (la expresión es de Proust) cuya imaginación -sádica, e incluso hostil- deja caer sobre el mundo un hilo de luz tortuosa. Y después, une el placer del adorno a la provocación, la seducción erótica al misterio, la malevolencia a los semitonos que le permiten estudiar el crimen en su propio corazón porque sólo el crimen, decía, “permite atisbar cómo vive, de verdad, la gente”.

Publicó más de cien libros. Su primera y peculiar mininovela, El arpa sin cuerdas (The Unstrung Harp), apareció en 1953, de manera artesanal, en Fantod Press, un sello creado y dirigido por él mismo. Sólo mucho más tarde llegaron el reconocimiento, las entrevistas, los premios, las grandes editoriales. Nada de eso, sin embargo, logró apaciguarlo. Su producción maníaca siguió incluyendo uno o dos libros al año, además de innumerables cuadernos de notas, álbumes de muñecas de papel, series de postales, portadas para libros o discos y tarjetas de visita. Menciono sólo El bebé bestial, El dios insecto, El abecedario ecléctico, La gloriosa hemorragia nasal, La bicicleta epiléptica, La pareja abominable y Una tragedia inanimada.

Son títulos fecundos que alcanzan, por sí solos, a sugerir el aquelarre que ocurre en ellos. Las imágenes, por lo demás, son tan escalofriantes, la sintaxis tan despojada, que se tiene la impresión de haber penetrado a una Exposición Universal de la Infamia, con su mundo de pasiones ingobernables y su brutalidad volátil.

Aclaro: no es que Gorey se jactara de ser insolente o canallesco; es más bien que no admitía ponerse en fila o pertenecer a un club (de cualquier tipo que fuera; lo comunitario le causaba horror). Como un animal infiltrado en la sociedad civil, alzó con desdén, desde un principio, su propio quiosco -“un quiosco raro, muy decorado y muy atormentado, pero coqueto y misterioso” como el que el crítico Sainte-Beuve le recriminó en su momento a Baudelaire– y desde allí imaginó escenas de morbosa soledad, personajes sin escapatoria, desplegados en el inofensivo y encantador Parque de Diversiones del Edén infantil, en medio de voces delirantes, que se adivinan pero no se pueden escuchar.

¿Necesito agregar que detestaba a las personas que tienen opiniones? Una de sus frases más célebres: “Me niego a pensar en el público”. La política, previsiblemente, lo aburría. Ni siquiera la Guerra de Vietnam logró inquietarlo, muchísimo menos el asunto Watergate. También odiaba el mar porque, decía, no tiene forma. Y, en cuanto a los niños, cuando le preguntaban por qué los odiaba, contestaba: “No conozco a ningún niño”.

En materia de geografías mentales, siempre prefirió el mundo inglés; más concretamente el período victoriano, con sus torneos de tenis o de croquet, sus cazas del tesoro, sus gentlemen lunáticos y sus mujeres flacas como espárragos, que bien podrían haber sido amigas íntimas de Oscar Wilde o de Aubrey Beardsley. Un sistema nervioso, en fin, en el que siempre prevalece algo rapaz, algo que ya ha tropezado o está por tropezar con un punto de alto riesgo.

El lector ya lo habrá adivinado: Edward Gorey pertenece, por derecho propio, al círculo incendiario de Edgar Allan Poe y el marqués de Sade, cuyas filosofías (del mobiliario y del tocador) contribuyeron, cada una a su modo, a desestabilizar con saña el edificio moral de la razón. Su doble filiación es evidente, no sólo por los vínculos con la novela gótica y la novela de detectives sino también por la adscripción, como parodia, en la literatura pornográfica, con su troupe intelectual de heroínas, juegos excitantes y adminículos alegremente obscenos.

Nada falta aquí, ni el culto de las imágenes torvas ni el signo tomado como espectro del sentido, en la acepción que otorga a esta expresión Jacques Rancière. De ahí el encogimiento de la prosa, esa constante elisión que, presionando sobre los dibujos, llenos de posturas de ballet, componen una prosa roja, cuyo ingrediente esencial es el horror.

El escritor Alexander Theroux, que fue su amigo y discípulo, sintetizó su estética así: “Su canon está hecho de un largo purgatorio de peligro y extrañas penas donde las elipsis son frecuentes y los finales invariablemente abruptos. Todos tienen lugar en un calendario de ominosos anti-Halloweens, donde las soluciones no existen y los asuntos simplemente se abandonan”.

Yo agregaría que en sus pequeñas historietas negras se deja ver también una especie de kitsch creativo como el que practicaron, un poco antes que él, Marcel Duchamp o Joseph Cornell. Lo que al principio remite al mundo del mal y a los casos criminales se contamina enseguida de una brutalidad naíf. Como si algo extranjero se le hubiese colado en el cerebro, Gorey pasa de los gánsteres a los murciélagos, dragones, o grandes osos (y también a las niñas amenazadas), inundando el centro de la escena con un tipo de humor indescifrable que descarta, por sí solo, cualquier afán didáctico. Lo que se dice un verdadero disconforme, tirando piedras de poesía y veneno contra la máquina del buen comportamiento. Que quede claro: Dios -en cualquiera de sus formas- no habla en Goreyland. Sólo los padres, los tíos, los guardianes -siempre severos, punitivos, santurrones-, moviéndose a sus anchas en una próspera usina de fantasmas.

Contemporáneo de Charles Adams (el creador de La Familia Addams) pero mucho menos encuadrable, más frontal y sin coartadas, Gorey sabe como nadie que el humor es un arma; de ahí que se desplace siempre hacia lugares problemáticos, donde el cinismo del tono es fulminante y las desventuras son tragicómicas.

Lo hace, a sabiendas de que a los perros guardianes de la cultura no les gustará. Tampoco a los hombres hechos para el trabajo, la eficiencia y la disciplina, es decir, para la uniformidad servil o feliz del modelo puritano. En este sentido, Gorey representa un tipo de artista exasperado, que constantemente pone al lector en tensión con la cordialidad, el deber y la felicidad del sueño americano.

Tengo ante mí un ejemplar de Los pequeños macabros. Se trata de un muestrario alfabético de muertes de niños. De la A a la Z: Amy rueda por las escaleras, a Basil lo comen los osos, Clara se consume de tuberculosis, Desmond se cae de un trineo, Ernest se atraganta con un durazno y así. No se trata de casos imposibles, sólo un poco terroríficos.

Los hermanos Grimm habrían celebrado esta obra que viene, subrepticiamente, a reivindicar la suya, censurada hace años por un mercado edulcorado que ve a los niños como adalides de la inocencia, y a los adultos como seres suficientemente razonables (envejecidos) que deberían protegerlos. Hay, es verdad, una insidia en Gorey, un gesto de heraldo combativo y frívolo que crece a contrapelo de lo políticamente correcto y capta los síntomas de una degeneración. También hay una enorme reserva de pathos, de ironía y de cólera que, oponiéndose a lo funcional de las simplificaciones, establece un predio propenso a las alucinaciones extrañas.

Brevemente: he aquí un nuevo continente indecoroso de la literatura, lleno de imágenes de luto anticipado por lo que se perderá, de cosas que todavía no vivimos.

Pocos artistas han ido tan lejos como Gorey. Pocos han mostrado, como él, tal encrespamiento en una escritura que mezcla, sin remordimientos, el gabinete de curiosidades con las esquirlas de la indecencia.

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