Will Cuppy. Enrique VIII

(De Decadencia y caída de casi todo el mundo, 1950. Las notas a pie de página de la edición impresa las he colocado entre corchetes en el lugar donde son citadas, en vez de hacerlo al final del texto, para comodidad de la lectura.)

Enrique

Enrique VIII se casó seis veces y fue llamado el Defensor de la Fe o Enrique Cara de Torta. [Con el tiempo llegó a parecerse a una torta.] Era terriblemente aficionado a los dulces. También solía comer avutardas asadas, marsopas al asador, dulce de membrillo y carpas hervidas.

Con Enrique VIII no hay medias tintas: gusta o no gusta. Ha sido muy criticado por haber decapitado a dos de sus mujeres. [No decapitó más que a dos de las seis que tuvo, o sea, un treinta y tres con un tercio por ciento. No es del todo un mal promedio.] En cierto modo, él fue el único culpable. Cualquier hombre que corta la cabeza a dos de sus esposas debe suponer que se hablará del asunto. No tendría que haberlo hecho, pero ya saben cómo suceden estas cosas. En realidad, Enrique se limitó a dejar que la ley siguiera su curso, pero algunos estiman que un marido verdaderamente considerado hubiera tomado alguna otra medida.

Por otra parte, dejó con vida a algunas, pues aquella era la época en que mejor florecieron la caballerosidad y la hidalguía.

Enrique VIII tuvo tantas esposas porque su sentido dinástico se despertaba cada vez que veía a una dama de honor [El reglamento del palacio decía que los mayordomos no deberán acariciar a las doncellas en las escaleras pues muchos utensilios domésticos pueden resultar rotos como consecuencia. Pero esto no se aplicaba a Enrique.] Se suponía que éstas debían pasar el tiempo bordando, pero muy pocas tomaban la labor seriamente.

La primera mujer de Enrique fue Catalina de Aragón, que no resultó muy divertida. Estaba casi siempre malhumorada y ausente y además se pasaba la vida zurciendo. Tuvo una sola hija que fue María la Sanguinaria y, por cierto, que no era como para jactarse de ella; usaba mitones y sufría de jaquecas neurálgicas.

Catalina de Aragón fue una de las mujeres más virtuosas que han existido y no le importaba decirlo. Enrique a menudo le decía galantemente que se fuera al infierno, pero ella no comprendía el inglés. Rara vez se la veía sonreír. [Y no tenía motivo para hacerlo.] Con el correr del tiempo se volvió contumaz y fue declarada nula ab initio. A decir verdad el pobre Enrique tuvo que sufrirla y no fue él quien la había elegido como mujer. [Catalina de Aragón fue en gran parte responsable del renacimiento de la horticultura en Inglaterra.]

Ana Bolena era más joven y bonita y no se mostraba indiferente. [Enrique se casó con ella porque era distinta. Pero resultó demasiado distinta.] Era, además, muy ingeniosa y aguda en sus respuestas. Esto es algo que parece muy gracioso al principio, pero que resulta contraproducente si se insiste durante mucho tiempo. Aunque parezca extraño le gustaba usar camisones de satén negro forrados de tafetán del mismo color y armados con una especie de goma. [Chamberlain manifiesta que por la noche casi todos se retiraban a dormir desnudos, con excepción de los más encumbrados, los únios que entonces comenzaron a usar alguna ropa para dormir. Resulta fácil imaginar cuáles serían las costumbres de Enrique a este respecto.] Dio a luz a la reina Isabel en 1533 y fue decapitada por un elegante espadón de doble filo.

El profesor Pollard afirma sobre Ana: El lugar que ha ocupado en la historia de Inglaterra se debe a la única circunstancia de que apeló al sector menos refinado de la naturaleza de Enrique. Ahí tiene ustedes. [En Londres, no hace mucho tiempo, el Consejo del Condado rechazó la propuesta de poner el nombre de Ana Bolena a una nueva calle. El doctor Emil Davies declaró que las jóvenes de hoy en día se podrían sentir inclinadas a preguntar quién fue Ana Bolena y quién sabe qué consecuencias podrían derivarse.]

Las demás mujeres de Enrique fueron de menor importancia. Jane Seymour tuvo a Eduardo VI y se murió de emoción. Ana de Cleves había sido muy admirada en los Países Bajos, pero en Inglaterra no tuvo mayor éxito. No sabia cantar ni bailar como Ana Bolena. Lo único que sabia era hilar, y nadie le pedía que hilara. Enrique había visto su retrato pintado por Holbein, donde aparecía como una novia de ensueño. [En realidad, no se parecía mucho al retrato.] Cromwell, que había ayudado a arreglar la boda, fue decapitado diecinueve días después del divorcio. [Hubiese sido mejor que Enrique decapitara a Holbein.] Después de la separación, Ana de Cleves se volvió mucho más hermosa que antes, pero seguía siendo muy fea. Nunca se volvió a casar; con una vez le bastó.

Catalina Howard fue decapitada por haber incurrido en alta traición con Francis Dereham y Tomás Culpepper. [Enrique le regaló veintitrés colchas antes de casarse. Sutil, ¿no les parece?] Cuando Enrique se enteró de la traición estalló en llanto. Supongo que estaría bastante desalentado.

Enrique no les daba mucho tiempo para pensarlo. Cuando querían darse cuenta todo había terminado.

Catalina Parr no tuvo mayor trascendencia. No cometió ni siquiera baja traición. [Pero sin duda era muy astuta, pues murió después que él.]

Cuando joven, Enrique VIII fue excepcionalmente apuesto. A la edad de veintitrés años medía un metro ochenta y cinco de estatura y tenía una cintura de ochenta centímetros de contorno. A los cincuenta, la cintura ya medía ciento veinticuatro centímetros, si es que a eso se puede llamar cintura.  Su sillón era sencillamente inmenso. [Algunas de las características de Enrique pueden ser achacadas a la cantidad de repollos hervidos que comía.]

Era muy aficionado al tenis, al salto con garrocha, a la lucha y a los torneos, que siempre ganaba porque iba creando reglas a medida que jugaba. [Le gustaba especialmente vestirse con su armadura y golpear al duque de Suffolk en la cabeza con una pesada lanza.] Terminó desarrollando una cabeza de atleta.

Para ser un Tudor, Enrique se vestía en forma más bien llamativa, prefiriendo el satén blanco, el terciopelo púrpura y un gracioso sombrero con una pluma de avestruz que caía hacia un costado. [Sobre los hombros llevaba una banda cubierta de piedras preciosas y perlas.] Para las ocasiones especiales se reservaba un brocato dorado, forrado de armiño y bordado con pimpollos de piedras preciosas. [Llevaba una cola de cuatro yardas de largo. A los Caballeros de la Orden del Baño se les permitía usar túnicas y capuchas violetas guarnecidas de armiño.] Enrique vestía también a los caballos con telas de oro. El cardenal Wolsey cubría su mula con un sencillo terciopelo escarlata.

Enrique asesinó legalmente a más de 72.000 personas, en su mayoría ladrones. Los echaba en agua hirviendo. [Resultaba mucho más barato que el aceite hirviendo.]

Algunos historiadores han querido hacer de Enrique un gran estadista. Pero me parece que estos señores pierden su tiempo lamentablemente. En mi opinión, Enrique no fue más que un mentecato. Tendrían que oír lo que Martín Lutero dijo acerca de él. [Enrique escribió un libro referente a Lutero. En su réplica, Lutero llegó a calificar a Enrique de imbécil y asno, entre otras bonitas cosas.]

Enrique amaba la música y el estrépito. Una vez se compró un silbato, un enorme silbato de oro con brillantes más grandes que garbanzos, y se lo colgó de una gruesa cadena de oro. Hacía sonar este instrumento casi tan fuerte como una trompeta o un clarinete. También deleitaba a los marinos yendo al puerto y haciéndoles disparar cañonazos en su honor. [Enrique creó la Armada Británica, y en seguida se mandó hacer un uniforme de marino con tela de oro.]

Como marido, Enrique dejaba mucho que desear, pero ¿por qué tomárselas ahora con el pobre hombre?

Hay que tener presente que Enrique podía hacer todo lo que le diera la gana. Le gustaba muy especialmente la ginebra.

A primera vista parecería imposible que Enrique haya tenido un tío abuelo de nombre Gaspar, pero así fue. [También tuvo una tía llamada Cecilia.]

Después de su muerte, Enrique sólo en el palacio de Westminster, dejó quince organillos, dos clavicordios, treinta y una espinetas, doce violines, cinco guitarras, dos cornetas, veintiséis laúdes, sesenta y dos flautas, once pífanos, trece trompas, trece dulzainas, setenta y ocho flautas dulces y cinco gaitas. Me pregunto qué había pasado con el silbato.

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