Antonin Artaud (1925) Fragmentos de un Diario de Infierno

A André Gaillard

Ni mi grito ni mi fiebre me pertenecen. Esa desintegración de mis fuerzas segundas, de esos elementos disimulados del pensamiento y del alma, concebís acaso su constancia.

Ese algo que está a mitad de camino entre el color de mi atmósfera típica y la punta de mi realidad.

No necesito tanto de un alimento como de una especie de conciencia elemental.
Ese nudo de la vida al que se aferra la emisión del pensamiento.
Un nudo de asfixia central.

Posarme simplemente sobre una verdad clara, es decir, que queda sobre un solo filo.
Ese problema de la demacración de mi yo ya no se presenta en su ángulo únicamente doloroso. Siento que nuevos factores intervienen en la desnaturalización de mi vida y que tengo algo así como una nueva conciencia de mi íntimo debilitamiento.

Veo en el hecho de arrojar el dado y de precipitarme en la afirmación de una verdad presentida, por aleatoria que sea, toda la razón de mi vida.
Permanezco durante horas con la impresión de una idea, de un sonido. Mi emoción no se desenvuelve en el tiempo, no se sucede en el tiempo. Los reflujos de mi alma están en perfecto acuerdo con la identidad absoluta del espíritu.

Enfrentar la metafísica que he elaborado para mí en función de esa nada que llevo conmigo.

Ese dolor arraigado en mí como una cuña, en el centro de mi más pura realidad, en ese lugar de la sensibilidad en que los dos mundos del cuerpo y del espíritu se encuentran, me he enseñado a olvidarlos mediante una falsa sugestión.
En el espacio de ese minuto que dura la elucidación de una mentira, me fabrico un pensamiento de evasión, me lanzo sobre una falsa pista señalada por mi sangre. Cierro los ojos de mi inteligencia, y dejando hablar en mí lo informulado, me concedo la ilusión de un sistema cuyos términos me escaparían. Pero de este minuto de error me queda el sentimiento de haber arrebatado a lo desconocido algo real. Creo en los conjuros espontáneos. Sobre las rutas por las cuales me arrastra mi sangre no puede ser que yo no descubra un día una verdad.

La parálisis me invade y me impide cada vez más regresar sobre mí mismo. Ya no tengo punto de apoyo ni base… me busco no sé dónde. Mi pensamiento ya no puede ir allí donde mi emoción y las imágenes que surgen en mí lo empujan. Me siento castrado hasta en mis impulsos mínimos. Termino por ser transparente para mí mismo, a fuerza de renunciamientos en todos los sentidos de mi inteligencia y de mi sensibilidad. Es necesario que se comprenda que es efectivamente el hombre vivo en mí el que está afectado y que esa parálisis que me sofoca está en el centro de mi personalidad habitual y no de mis sentidos de hombre predestinado.
Estoy definitivamente del lado de la vida. Mi suplicio es tan sutil, tan refinado como áspero. Me son necesarios esfuerzos insensatos de imaginación, duplicados por el abrazo de esa asfixia sofocante para llegar a PENSAR mi mal. Y si me obstino en esa persecución, en esa necesidad de fijar de una vez por todas el estado de mi ahogo…

Haces muy mal en aludir a esa parálisis que me amenaza. En efecto, me amenaza y avanza día a día. Existe ya y como una horrible realidad. Cierto que hago todavía (¿pero, por cuánto tiempo?) lo que me propongo con mis miembros, pero hace tiempo que no controlo mi espíritu y que mi inconciente entero me gobierna con sus impulsos que proceden del fonde de mis iras nerviosas y del torbellino de mi sangre. Imágenes densas y rápidas que sólo profieren a mi espíritu palabras de cólera y odio ciego pero que pasan como golpes de cuchillo o relámpagos en un cielo encapotado.

Llevo el estigma de una muerte apremiante donde la muerte verdadera no supone terror para mí.

Esas formas aterradoras que avanzan, siento que la desesperación que me traen está viva. Ella se desliza en ese nudo de la vida luego del cual se abren las rutas de la eternidad. Es verdaderamente la separación para siempre. Deslizan su cuchillo hasta ese centro en el que yo me siento hombre, cortan las ataduras vitales que me ligan al sueño de mi lúcida realidad.

Formas de una desesperación capital (verdaderamente vital),
encrucijada de las separaciones,
encrucijada de la sensación de mi carne,
abandonado por mi cuerpo,
abandonado por todo sentimiento posible en el hombre.

Sólo puedo compararlo a ese estado en el que uno se encuentra sumido en el seno de un delirio provocado por la fiebre, durante una profunda enfermedad.

Es esa antinomia entre mi facilidad profunda y mi dificultad exterior la que produce el tormento donde muero.

El tiempo puede transcurrir y las convulsiones del mundo asolar los pensamientos de los hombres; estoy a salvo de todo pensamiento que penetre en los fenómenos. Que me dejen con mis nubes extinguidas, con mi inmortal impotencia, con mis insensatas esperanzas. Pero que se sepa bien que no abdico de ninguno de mis errores. Si he juzgado mal es culpa de mi carne, pero esas luces que mi espíritu deja filtrar de hora en hora, es mi carne cuya sangre se reviste de reflejos.

Me habla de Narcisismo. Le replico que se trata de mi vida. Profeso el culto no del yo sino de la carne en la acepción sensible de la palabra carne. Las cosas sólo me atañen en tanto afectan a mi carne, coinciden con ella y en el punto mismo en que la conmueven, no más allá. Nada me concierne, nada me interesa fuera de lo que se dirige directamente a mi carne. Y en ese momento él me habla de Sí Mismo. Le replico que el Yo y el Si son dos términos distintos, que no deben confundirse y que son muy exactamente los dos términos, que se compensan, del equilibrio de la carne.
Siento desmoronarse el terreno bajo mi pensamiento y me veo obligado a enfrentar los términos que empleo sin el apoyo de un sentido íntimo, de su sustrato personal. Y aún más que eso, el punto en donde ese sustrato parece unirse a mi vida se me vuelve de pronto extrañamente sensible, y virtual. Tengo la idea de un espacio imprevisto y fijo, allí donde en época normal todo es movimiento, comunicación, interferencias, trayecto. Pero ese desmoronamiento que conmueve mi pensamiento en sus bases, en sus comunicaciones más urgentes, con la inteligencia e instintividad del espíritu, no ocurre en el dominio de un abstracto insensible donde sólo participan las partes más elevadas de la inteligencia. Más que al espíritu que permanece intacto, erizado de puntas, ese desmoronamiento afecta y desvía el trayecto nervioso del pensamiento. Es en los miembros y en la sangre donde esa ausencia y ese estacionamiento se hacen sentir particularmente.

Un gran frío.
Una atroz abstinencia.
Los limbos de una pesadilla de huesos y músculos, con la sensación de las funciones estomacales que restallan como una bandera en las fosforescencias de la tormenta.
Imágenes larvarias que se empujan como con el dedo y no tienen relaciones con ninguna materia.

Lucifero, circa 1450-75.From Divine Comedy, version of a 14th century manuscript.Trivulziana library, Milan, Italy.
Lucifero, circa 1450-75. De La Divina Comedia, versión de un manuscrito del siglo XIV. Biblioteca Trivulziana, Milan, Italia.

Soy hombre por mis manos y mis pies, mi vientre, mi corazón de carne, mi estómago cuyos nudos me acercan a la putrefacción de la vida. Me hablan de palabras, pero no se trata de palabras, se trata de la duración del espíritu.

Esa corteza de palabras que cae, no hay que imaginarse que el alma no esté implicada en ella. Junto al espíritu está la vida. está el ser humano en cuyo círculo ese espíritu gira, ligado a él por una multitud de hilos…

No, todos los desgarramientos corporales, todas las disminuciones de la actividad física y esa molestia de sentir que uno depende de su cuerpo, y ese cuerpo mismo cargado de mármol y acostado sobre una mala madera, no igualan la pena que supone estar privado de la ciencia física y del sentido de su equilibrio interior. Que el alma falte a la lengua o la lengua al espíritu y que esa ruptura trace en las llanuras del sentido algo así como un amplio surco de desesperación y de sangre, he aquí la gran pena que socava no la corteza o el armazón sino el TEJIDO de los cuerpos. Hay que perder esa chispa errante la cual uno siente que ERA un abismo que acumula consigo mismo toda la extensión del mundo posible, y la sensación de una inutilidad tal que ella es como el nudo de la muerte. Esta inutilidad es como el color moral de ese abismo y de esa intensa estupefacción, y el color físico es el gusto de una sangre surgiendo a borbotones a través de las aberturas del cerebro.

Es inútil que me digan que esa emboscada la llevo en mí; participo de la vida, represento la fatalidad que me elige y no puede ser que toda la vida del mundo cuente conmigo en un momento dado puesto que por su naturaleza misma ella pone en peligro el principio de la vida.
Hay algo que está por encima de toda actividad humana: es el ejemplo de esa monótona crucifixión, de esa crucifixión donde el alma no acaba nunca de perderse.

El hilo que dejo filtrar de la inteligencia que me ocupa y del inconciente que me alimenta, descubre hilos cada vez más sutiles en el seno de su tejido arborescente. Y es una vida nueva que renace cada vez más profunda, elocuente, arraigada.

Jamás podrá tener alguna precisión esta alma que se ahoga, ya que el tormento que la mata, la desencarna fibra por fibra, ocurre por debajo del pensamiento, por debajo de donde puede llegar la lengua, puesto que es la trabazón misma de lo que la torna y la mantiene espiritualmente aglomerada, la que se rompe a medida que la vida la convoca a la constancia de la claridad. Jamás habrá claridad alguna sobre esa pasión, sobre esa suerte de martirio cíclico y fundamental. Y sin embargo ella vive, pero con una duración de eclipses donde lo que huye se mezcla perpetuamente a lo inmóvil, y lo confuso a esa lengua penetrante de una claridad sin duración. Esta maldición es de una gran enseñanza para las profundidades que ella ocupa, pero el mundo no entenderá su lección.
Le emoción que trae aparejada la aparición de una forma, la adaptación de mis humores a la virtualidad de un discurso sin duración, es un estado mucho más preciado para mí que el sometimiento de mi actividad.
Es la piedra de toque de ciertos embustes espirituales.

Esta especie de paso hacia atrás que da el espíritu más allá de la conciencia que lo fija, para buscar la emoción de la vida. Esa emoción situada fuera del punto particular en donde el espíritu la busca, y que emerge con su densidad rica de formas y de vaciado reciente, esa emoción que devuelve al espíritu el sonido perturbador de la materia, toda el alma se desliza en ella y pasa por su fuego ardiente. Pero más que el fuego, lo que arrebata el alma es la limpieza, la facilidad, lo natural y el candor glacial de esa materia demasiado fresca que respira el calor y el frío.

Aquel sabe qué significa la aparición de esta materia y de qué masacre subterránea su aparición es el precio. Esta materia es el modelo de una nada que se ignora.

Cuando me pienso, mi pensamiento se busca en el éter de un nuevo espacio. Estoy en la luna, así como otros están en su balcón. Participo en la gravitación planetaria en las fisuras de mi espíritu.
La vida se va a hacer, los acontecimientos van a sucederse, los conflictos espirituales se resolverán y yo no participaré en ellos. Nada puedo esperar ni de lo físico ni de lo moral. Para mí es el dolor perpetuo y la sombra, la noche del alma, y no tengo voz para gritar.
Dilapidad vuestras riquezas lejos de ese cuerpo insensible al que no afecta ninguna estación, ni espiritual ni sensual.

He elegido el dominio del dolor y la sombra como otros el de irradiación y acumulación de la materia.
No trabajo en la dimensión de un dominio cualquiera.
Trabajo en la única duración.

(Traducción de Antonio López Crespo)

*

(De El Pesa-nervios seguido de Fragmentos de un Diario de Infierno)

(En Antonin Artaud. El ombligo de los limbos. El pesa-nervios, traducción de Antonio López Crespo, Buenos Aires, Editorial Aquarius, 1975, 96 pp.)

AA

* * *

Antonin Artaud (Antoine Marie Joseph Artaud) nació en Marsella, Francia el 4 de septiembre de 1896 y falleció en París el 4 de marzo de 1948.

Obra escrita:

Tric Trac du Ciel, illustré de gravures sur bois par Élie Lascaux, Paris, Simon, 1923
L’Ombilic des limbes, Gallimard, NRF, Paris, 1925
Le Pèse-nerfs, Leibovitz, Paris, 1925
Correspondance avec Jacques Rivière, N.R.F., Paris, 1927
La Coquille et le Clergyman, scénario
L’Art et la Mort, Denoël, Paris, 1929
Le Moine (de Lewis), raconté par Antonin Artaud. Traduction et adaptation, Denoël & Steele, Paris, 1931
Le Théâtre de la cruauté (manifeste), N.R.F., Paris, 1932
Héliogabale ou l’Anarchiste couronné, Denoël & Steele, Paris, 1934
Les Nouvelles Révélations de l’être, Denoël, Paris, 1937
Le Théâtre et son double, Gallimard, Paris, 1938 ; rééd. coll. Idées Gallimard, 1964 ; rééd. 1972 ; rééd. Folio/essais (no 14), 1985
Révolte Contre La Poésie, Éditions du Pirate, Paris, MXXVIM Rodez, 1943
D’un voyage au pays des Tarahumaras, Éditions de la revue Fontaine, Paris, 1945
Lettres de Rodez : Lettres à Henri Parisot, G.L.M., 1946
Van Gogh, le suicidé de la société, K éditeur, Paris, 1947
Artaud le Mômo, Bordas, Paris, 1947
Ci-gît, précédé de la Culture indienne, K éditeur, Paris, 1947
Pour en finir avec le jugement de Dieu, K éditeur, Paris, 1948

Publicación póstuma:

Supplément aux Lettres de Rodez, suivi de Coleridge le traite, G.L.M., 1949
Lettres à Jean-Louis Barrault Préface de Paul Arnold – notes d’André Frank, Coll. Documents de la revue théâtrale, Bordas Éditeur, 1952
Œuvres complètes, vingt-six tomes publiés (en 28 volumes) aux Éditions Gallimard, coll. Blanche, édition de Paule Thévenin, 1956-1994
Les Cenci, in Œuvres complètes, Gallimard, 1964
L’Ombilic des limbes suivi de Le Pèse-Nerfs et textes surréalistes, coll. Poésie, Gallimard, 1968
Lettres à Génica Athanassiou, coll. Le point du jour, 1969
Les Tarahumaras, coll. Idées, Gallimard, 1974 ; rééd. Folio/Essais, 1987
Lettres à Annie Besnard, Le Nouveau Commerce, 1977
Héliogabale ou l’Anarchiste couronné, Coll. L’Imaginaire/Gallimard, 1978 (présentation J-M. G. Le Clézio).
Messages révolutionnaires (textes mexicains), Coll. Idées, Gallimard, 1979
Dessins et portraits, texte de Jacques Derrida et Paule Thévenin, Gallimard, Paris, 1986
L’Arve et l’Aume, accompagné de 24 lettres inédites à Marc Barbezat, L’Arbalète, 1989
Nouveaux Écrits de Rodez, Lettres au docteur Ferdière et autres textes inédits, Préface de G. Ferdière, coll. L’Imaginaire/Gallimard, 1994; rééd. en tirage limité à l’occasion des trente ans de la collection l’Imaginaire, accompagnés d’un CD rassemblant des documents rares (témoignages d’André Breton et du Dr Gaston Ferdière) L’Imaginaire/Gallimard, 2006
Van Gogh, le suicidé de la société, Gallimard, l’Imaginaire, Paris, 2001
50 Dessins pour assassiner la magie, édition et présentation d’Évelyne Grossman, Gallimard, Paris, 2004
Œuvres, choix de textes par Évelyne Grossman, Gallimard, Quarto, Paris, 2004
Suppôts et supplications, présentation d’Évelyne Grossman, Coll. Poésie/Gallimard, 2006
Cahier d’Ivry, Janvier 1948, fac-similé, édition et présentation d’Évelyne Grossman, Gallimard, Paris, 2006
Histoire vécue d’Artaud-Mômo (texte des trois cahiers apportés par Antonin Artaud au Théâtre du Vieux Colombier le 13 janvier 1947), Fata Morgana, 2009
Les Cenci, édition de Michel Corvin, Gallimard, Folio théâtre, Paris, 2011
Cahiers d’Ivry – février 1947-mars 1948 (tome I : cahiers 233 à 309 ; tome II : cahiers 310 à 406), édition d’Évelyne Grossman, Gallimard, Paris, 2011

Documentos sonoros: 

Van Gogh, le suicidé de la société, émission radiophonique, INA, André Dimanche Éditeur, 1995.
Le Rite du Peyotl chez les Tarahumaras
Pour en finir avec le jugement de Dieu, Sub Rosa, 1995 / INA et André Dimanche Éditeur, 1995
Pour en finir avec le jugement de Dieu, intégralité de l’émission et remix par Marc Chalosse, Artaud Remix, préface de Marc Dachy, France Culture, collection Signature, 2001
Un extrait de Pour en finir avec le jugement de Dieu

Filmografía como actor: 

1923 : Faits divers de Claude Autant-Lara (court métrage)
1923 : L’Enfant roi de Jean Kemm
1924 : Surcouf de Luitz-Morat : Jacques Morel
1926 : Le Juif errant de Luitz-Morat : Jacques Dupuis, dit Gringalet
1926 : Graziella de Marcel Vandal (tourné en Italie)
1926 : Mathusalem ou l’éternel bourgeois de Jean Painlevé (cinq courtes séquences réalisées pour une pièce de théâtre d’Ivan Goll)
1927 : Napoléon d’Abel Gance : Marat ; (en 1935, sortie d’une nouvelle version modifiée et sonorisée)
1928 : La Passion de Jeanne d’Arc de Carl Theodor Dreyer : le moine Jean Massieu
1928 : Verdun, visions d’histoire de Léon Poirier : l’intellectuel ; (en 1931, sortie d’une nouvelle version modifiée et sonorisée)
1928 : L’Argent de Marcel L’Herbier : Mazaud, le secrétaire
1928 : Autour de l’argent de Jean Dréville (documentaire)
1930 : La Femme d’une nuit de Marcel L’Herbier (tourné à Berlin) : Jaroslav le traître
1930 : Tarakanova de Raymond Bernard : le jeune tzigane
1931 : L’Opéra de quat’sous de Georg Wilhelm Pabst (version française, tournée à Berlin) : un apprenti mendiant
1931 : Faubourg Montmartre de Raymond Bernard : Follestat, un meneur de révolte
1932 : Mater Dolorosa d’Abel Gance
1932 : Les Croix de bois de Raymond Bernard : le soldat Vieublé
1932 : Coup de feu à l’aube de Serge de Poligny : le trembleur, chef de gang
1933 : L’Enfant de ma sœur de Henry Wulschleger : Loche
1934 : Sidonie Panache de Henry Wulschleger
1934 : Liliom de Fritz Lang : le rémouleur ange-gardien
1935 : Lucrèce Borgia d’Abel Gance : Savonarole
1935 : Kœnigsmark de Maurice Tourneur : Cyrus Back.

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