Daniel Muchnik. Ante el espejo del milagro alemán

(Publicado en La Nación, 30.4.2015, http://www.lanacion.com.ar)

Pese a la encerrona de nuestra sociedad, que se asume como autosuficiente y muchas veces perfecta, nos falta aprender mucho de otras experiencias internacionales.

A partir de diciembre próximo, la Argentina debe reconstruirse. ¿Cuáles serán los ejes del cambio? Sin duda, se necesita un reforma profunda, una nueva organización social, trabajo sin descanso, precisiones, ideas claras de gobierno, una lucha consistente contra la corrupción. ¿Se puede? ¿Cómo? ¿Bajo qué paradigma? Cuando se cumplen 70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, la parábola de la reconstrucción alemana es un ejemplo inspirador que deberíamos tener en cuenta.

Apenas tres años después del fin de la Segunda Guerra, Alemania era tierra yerma. Hace hoy exactamente 70 años Hitler y Eva Braun se suicidaban en el búnker de Berlín rodeado por el ejército soviético. Dos días antes, el 28 de abril, los partisanos italianos habían matado a Mussolini y a su amante, y exhibido sus cuerpos en una estación de servicio de Milán. Europa entera empezaba a pagar el alto precio de aquella devoción loca por un partido y un líder endiosado, al que se le había entregado todo el poder, sin control.

En 1945, ya sin tiros ni bombas, gran parte del continente padecía similares desgracias, y Alemania era un país paralizado y destruido. Con seis millones de muertos sobre sus espaldas, sin trabajo para nadie, sin viviendas, sin comida, decenas de familias amontonadas en los pocos edificios que habían quedado en pie, sin líneas de producción reparadas, con familiares perdidos y sin destino, cargando con el odio del mundo entero por el genocidio y el mal provocado por el nazismo. Berlín había sido arrasada en un 80%; Hamburgo estaba casi borrada del mapa; Dresden, aniquilada. En el resto de las ciudades poco quedaba.

Salir del desastre de la guerra no fue sencillo. Sus rastros seguían presentes en las venganzas, en las humillaciones, en los desplazamientos de millones de seres humanos a pie. Los campesinos alemanes asentados por la fuerza o por necesidad en Polonia, en Checoslovaquia, en parte del territorio ruso fueron expulsados y debieron regresar, como pudieran, a los territorios de sus nacimientos. Centenares de miles de chicos huérfanos deambulaban por los caminos de Europa robando lo que encontraban a su paso. La comida se vendía en el mercado negro a unos precios que sólo delincuentes o muy ricos podían costear. La destrucción de los sistemas de depuración del agua produjo un brote de disentería en Berlín, en julio de 1945, que se midió en 66 muertes por cada cien nacimientos. En Varsovia, uno de cada cinco habitantes padecía tuberculosis, sin remedios a su alcance, la misma patología que se abatió contra 700.000 niños en Checoslovaquia.

Hasta poco antes del cese formal de las hostilidades, que se confirmó el 9 de mayo de 1945, pese a tener desde hacía meses definitivamente perdida la guerra, se seguía combatiendo. Con soldados o con civiles de 16 a 70 años. Tras el suicidio del Führer, el almirante Karl Dönitz asumió la conducción de las tropas con la misma inspiración temeraria que los había llevado hasta allí: hay que continuar con la “lucha heroica”, dijo. Dönitz intentó un armisticio por separado con los aliados en el Oeste. No faltaron militares que soñaron con una alianza con los aliados para atacar al ejército ruso. Ni Eisenhower ni Montgomery aceptaron un acuerdo por separado, por respeto a los soviéticos, que seguían ocupando con grandes pérdidas otras ciudades en todo el este del país. Entre el 8 y el 9 de mayo, Dönitz y su Estado Mayor, finalmente, declararon la capitulación incondicional “por el poder abrumador de nuestros oponentes”. Se rindieron más de dos millones y medio de soldados alemanes.

Los aliados gobernaron después en cuatro amplias regiones de ocupación militarizadas y emitieron su propio dinero.

Durante tres años, Alemania no existió como país. Sí funcionaba un Consejo Económico para la reconstrucción que administraba también la infraestructura de transportes en tierra y en mar, los derechos de patentes, las comunicaciones y el correo. Para 1948, los vencedores iniciaban la “depuración” política del país. En medio del comienzo de la Guerra Fría, Ludwig Erhard fue nombrado director de las zonas de ocupación y dio comienzo así a la reconstrucción del país, con el apoyo del Plan Marshall, que destinó un total de 50.000 millones de dólares a la reconstrucción de Alemania. Sin ese plan, la situación de desastre de la posguerra no hubiera podido remontarse tan exitosamente.

Entre los cambios que se pusieron en marcha, se autorizó el funcionamiento de partidos políticos democráticos. Se creó una nueva moneda, se impuso una economía de mercado, se eliminaron leyes y ordenanzas extremadamente entorpecedoras, y se prohibió a las instituciones oficiales incurrir en déficit. En 1949, Alemania se dividió en dos naciones, la Occidental y la Oriental, con un sistema diametralmente opuesto. En ese mismo tiempo, Konrad Adenauer asumió como canciller y líder indiscutido.

El llamado “milagro alemán” se tradujo en un crecimiento del 8% a lo largo de los años cincuenta y del 11% en la producción industrial. Se elevó la productividad. Se incorporó inmigración extranjera para las tareas pesadas y las líneas de montaje. A comienzos de los años sesenta, la nación ya mostraba una de las economías más fuertes del mundo. Y encaraba las reparaciones económicas a las víctimas del nazismo.

La línea liberal en la economía que impulsó Erhard fue acompañada por un Estado activo, de Bienestar, que creó incentivos para el empleo con asistencia social. A esta combinación se la llamó “economía social de mercado” y sentó las bases para el regreso de Alemania al concierto de las grandes naciones del mundo.

¿Hay algo del extraordinario trabajo de recuperación realizado por los alemanes que todavía hoy pueda ofrecer un ejemplo, un espejo en el cual mirarnos para empezar nuestra propia reconstrucción? Ellos lograron pasar de la nada, de una nación arrasada y humillada, a recuperar un lugar protagónico en la economía del mundo. El milagro alemán no se explica sólo por el dinero del Plan Marshall. Hubo una sociedad dispuesta a volver a vivir bajo el imperio de la ley y el respeto, donde se trabajó para construir consensos y dejar atrás las ensoñaciones populistas. Los alemanes recibieron la ayuda del mundo desarrollado, pero debieron hacer el esfuerzo de corregir los viejos errores. Todo con mucho esfuerzo, con responsabilidad y sin robar las arcas públicas. Ése es el espejo en el que la Argentina debería mirarse. Ése es el modelo por estudiar en todos sus detalles, porque las lecciones de la reconstrucción alemana son múltiples y todas apuntan al esfuerzo, a la responsabilidad en el manejo de la economía, a la sumisión a la ley y al respeto por las normas democráticas.

No hay que perder las esperanzas porque la transformación de la Argentina también es posible. A 70 años del fin de uno de los períodos más oscuros de la historia del hombre, sus lecciones siguen siendo iluminadoras.

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