Kurt Vonnegut (1962) 2 B R 0 2 B

(Publicado en el Insert Vacaciones del diario Crítica de la Argentina, 31.1.2009)

Salvador Dalí (1956) Calavera de Zurbarán, óleo sobre lienzo 100,3 x 100,3 cm

Todo estaba perfectamente fantástico.

No había prisiones, ni tugurios, ni asilos para locos, ni lisiados, ni pobreza, ni guerras.

Se había derrotado todas las enfermedades. La vejez también.

La muerte, de no ser por accidente, era una aventura para voluntarios.

La población de Estados Unidos estaba estabilizada en cuarenta millones de almas.

Una brillante mañana en la maternidad del hospital de Chicago, un hombre llamado Edward K. Wehling, Jr. Esperaba que su esposa diera a luz. Era el único hombre en espera. Ya no nacían muchas personas por día.

Wehling tenía cincuenta y seis años, un auténtico mocoso en una población cuya edad promedio era de ciento veintinueve años.

Los rayos X habían revelado que su esposa iba a tener trillizos. Serían sus primeros hijos.

El joven Wehling estaba encorvado en su silla, con la cabeza en la mano. Estaba tan arrugado, tan quieto y descolorido como para ser invisible por completo. Su camuflaje era perfecto, porque la sala de espera también tenía un aspecto desordenado y desmoralizado. Las sillas y los ceniceros habían sido sacados de junto a las paredes. El suelo estaba salpicado de trapos para cubrir.

Estaban redecorando el cuarto. Lo estaban redecorando en memoria de un hombre que había muerto voluntariamente.

Un anciano sardónico, de unos doscientos años, estaba sentado sobre una escalera de tijera, pintando un mural que no le gustaba. Allá en los viejos días cuando la gente envejecía de manera visible, su edad habría sido calculada en unos treinta y cinco años. La edad lo había tocado hasta ese punto antes de que se descubriera la cura contra el envejecimiento.

El mural en el que estaba trabajando representaba un jardín muy limpio. Hombres y mujeres de blanco, médicos y enfermeros, removían la tierra, plantaban semillas, fumigaban los insectos, desparramaban fertilizador. Hombres y mujeres con uniformes color morado arrancaban hierbas, cortaban plantas que estaban viejas y enfermas, rastrillaban hojas secas, llevaban residuos a quemadores de basura.

Nunca, nunca, nunca –ni siquiera en la Holanda medieval o en el Japón antiguo- un jardín había sido tan formal, había estado mejor atendido. Cada planta tenía toda la tierra preparada, la luz, el agua y los nutrientes que podía usar.

Un ordenanza del hospital llegó por el corredor, cantando bajito una canción popular.

Si no te gustan mis besos, querida

Esto es lo que haré:

Iré a ver una chica de morado,

Le diré adiós a este triste mundo.

Si no quieres mi amor,

¿Por qué ocupar todo este espacio?

Me iré de este viejo planeta,

Y que una dulce nena ocupe mi lugar.

El ordenanza se fijó en el mural y el muralista.

-Parece tan real –dijo-. Prácticamente puedo imaginar que estoy ahí.

-¿Qué te hace pensar que no estás ahí? –dijo el pintor. Le dirigió una sonrisa satírica-. Se llama El jardín feliz de la vida, sabes.

-Está muy bien para el Dr. Hitz –dijo el ordenanza.

Se estaba refiriendo a una de las figuras masculinas de blanco, cuya cabeza era un retrato del Dr. Benjamin Hitz, el obstetra en jefe del hospital. Hitz era un hombre apuesto hasta el encandilamiento.

-Todavía le quedan muchas caras por llenar –dijo el ordenanza. Quería decir que muchas de las figuras del mural seguían aún sin definir. Todas las zonas en blanco debían ser llenadas con retrato de gente importante, ya fuera del personal del hospital o de la oficina de Chicago del Federal Bureau of Termination (Oficina Federal de Liquidación).

-Debe de ser muy lindo ser capaz de hacer imágenes que se parezcan a algo –dijo el ordenanza.

La cara del pintor se cuajó de desdén.

-¿Crees que estoy orgulloso de este mamarracho? –dijo-. ¿Crees que ésta es mi idea de a qué se parece la vida?

-¿Cuál es su idea de a qué se parece la vida? –dijo el ordenanza.

El pintor hizo un gesto hacia un trapo sucio.

-Ése es un buen ejemplo –dijo-. Enmarca eso y tendrás una maldita imagen más honesta que ésta.

-Eres un viejo perro lúgubre, ¿verdad? –dijo el ordenanza.

-¿Eso es un crimen? –dijo el pintor.

El ordenanza se encogió de hombros.

-Si no te gusta estar aquí, abuelo –dijo, y terminó el pensamiento con el número telefónico con truco al que se suponía que tenía que llamar la gente que no deseaba vivir más-: 2 B R 0 2 B.*

Era el número telefónico de una institución cuyos apodos ingeniosos incluían: “Autoservicio”, “Birdland”, “Conservas”, “Caja del gato”, “Despiojador”, “Salida fácil”, “Adiós, madre”, “Vándalo feliz”, “Bésame rápido”, “Suertudo Pedro”, “Antisarna”, “Embolia”, “Pare de llorar” y “¿Qué me importa?”.

“Ser o no ser” era el número telefónico de las cámaras de gas municipales del Federal Bureau of Termination.

* * * *

El pintor le hizo pito catalán al ordenanza.

-Cuando decida que es hora de irme –dijo-, no será en el “Antisarna”.

-Hágalo usted mismo, ¿eh? –dijo el ordenanza-. Un asunto desprolijo, abuelo. ¿Por qué no tienes un poco de consideración por la gente que tendrá que limpiar después de ti?

El pintor expresó con una obscenidad su falta de preocupación por las tribulaciones de sus sobrevivientes.

-El mundo podría arreglárselas con mucho más desprolijidad, si quieres saber mi opinión- dijo.

El ordenanza se rió y siguió adelante.

Wehling, el padre en espera, masculló algo sin alzar la cabeza. Y después volvió a quedarse en silencio.

Una mujer tosca, imponente, entró caminando a la sala de espera sobre tacos de aguja. Sus zapatos, medias, gabardina y gorra de ultramar eran todos color morado, el morado que el pintor llamaba “el color de las uvas el Día del Juicio Final”.

El medallón de su mochila morada era el sello de la División Servicios del Federal Bureau of Termination, un águila posada sobre un molinete.

La mujer tenía mucho pelo facial: un bigote inconfundible, a decir verdad. Algo curioso en las azafatas de la cámara de gas era que, sin importar lo encantadoras y femeninas que fueran cuando las reclutaban, a todas les crecía bigote en unos cinco años.

-¿Es aquí adonde se supone que tenía que venir? –le dijo al pintor.

-Gran parte depende de cuál es tu asunto –dijo él-. No estás por tener un bebé, ¿no?

-Me dijeron que tenía que posar para cierto cuadro –dijo ella-. Me llamo Leora Duncan. –Esperó.

-Y ustedes los tucanes.

-¿Qué? –dijo ella.

-No importa –dijo él.

-Bueno, ése sí que es un hermoso cuadro –dijo ella-. Es justo como el cielo, o algo así.

-O algo así –dijo el pintor. Sacó una lista de nombres del bolsillo de su guardapolvo.

-Ducan, Duncan, Duncan –dijo, revisando la lista-. Sí, acá estás. Tienes derecho a ser inmortalizada. ¿Ves por aquí algún cuerpo sin cabeza al que te gustaría que le agregue tu cabeza? Nos quedan algunos para elegir.

La mujer estudió el cuadro sombríamente.

-Ufff- dijo-, para mí son todos iguales. No sé nada sobre arte.

-Un cuerpo es un cuerpo, ¿eh? –dijo él-. Todo bien. Como un maestro de las bellas artes, recomiendo este cuerpo de aquí. –Señaló la figura sin rostro de una mujer que estaba llevando tallos secos a un quemador de basura.

-Bueno –dijo Leora Duncan-, ésa es más bien alguien de residuos, ¿no? Quiero decir, estoy en servicios. No me encargo de residuos.

El pintor aplaudió con burlón deleite.

-Dices que no sabes nada sobre arte, ¡y un aliento después demuestras saber más que yo! ¡Por supuesto que una portadora de gavillas está mal para una azafata! Una francotiradora, una portadora: eso está mal en tu línea. –Señaló una figura de morado que estaba aserrando la rama muerta de un manzano.- ¿Qué te parece ella? –dijo-. ¿Te gusta un poco?

-Caramba… -dijo ella, y se ruborizó y se puso humilde-. Eso… eso me coloca cerca del Dr. Hitz.

-¿Te molesta? –dijo él.

-¡Demonios, no! –dijo ella-. Es… es un honor tan grande.

-Ah, lo admiras, ¿eh? –dijo él.

-¿Quién no lo admira? –dijo ella, adorando el retrato de Hitz. Era el retrato de un Zeus tostado, canoso, omnipotente, de doscientos años de edad-. ¿Quién no lo admira? –volvió a decir-. Fue el responsable de instalar la primera cámara de gas en Chicago.

-Nada me agradaría más –dijo el pintor- que ponerte cerca de él para toda la eternidad. Aserrar una rama: ¿eso te parece adecuado?

-Es el tipo de cosa que yo hago –dijo ella. Era recatada con lo que hacía. Lo que ella hacía era hacer poner a la gente cómoda mientras los mataba.

* * * *

Y mientras Leora Duncan posaba para su retrato, en la sala se aparecía de un salto el propio Dr. Hitz. Tenía más de dos metros de altura, y bramaba con importancia, logros y la alegría de vivir.

-Caramba, ¡señorita Duncan!, ¡señorita Duncan! –dijo e hizo una broma-. ¿Qué está haciendo aquí? –dijo-. No es aquí de donde se va la gente. ¡Aquí es donde llega!

-Vamos a estar juntos en el mismo cuadro –dijo ella con timidez.

-¡Bien! –dijo el Dr. Hitz con entusiasmo-. Y dígame, ¿no le parece un gran cuadro?

-Estoy segura de sentirme honrada de estar en él con usted –dijo ella.

-Déjeme decirle algo –dijo el Dr. Hitz-. Yo estoy honrado de estar en él con usted. Sin mujeres como usted, este mundo maravilloso que tenemos sería imposible.

La saludó y se dirigió hacia la puerta que llevaba a las salas de parto.

-Adivine lo que acaba de nacer –dijo.

-No puedo –dijo ella.

-¡Trillizos! –dijo él.

-¡Trillizos! –dijo ella. Estaba exclamando por las implicancias legales de los trillizos.

La ley decía que ningún niño recién nacido podía sobrevivir a menos que los padres del niño pudieran encontrar a alguien que se presentara voluntario para morir. Los trillizos, si es que iban a vivir todos, requerían tres voluntarios.

-¿Tienen los padres tres voluntarios? –dijo Leora Duncan.

-Lo último que oí –dijo el Dr. Hitz- es que tenían uno y estaban tratando de juntar a duras penas otros dos.

-No creo que lo logren –dijo ella-. Nadie hizo tres citas con nosotros. Nada más que simples a lo largo de todo el día, a menos que alguien llamara después de que me fui. ¿Cuál es el apellido?

-Wehling –dijo el padre en espera, irguiéndose, con los ojos rojos y desaliñados-. Edward K. Wehling, Jr. Es el nombre del futuro padre feliz.

Alzó la mano derecha, miró un punto en la pared, soltó una risita roncamente desdichada.

-Presente –dijo.

-Oh, señor Wehling –dijo el Dr. Hitz-. No lo vi.

-El hombre invisible –dijo Wehling.

-Acaban de telefonearme que han nacido sus trillizos –dijo el Dr. Hitz-. Están todos bien y también la madre. Estoy yendo a verlos ahora.

-Hurra –dijo Wehling con voz hueca.

-No suena usted muy feliz –dijo el Dr. Hitz.

-¿Qué hombre en mis zapatos estaría feliz? –dijo Wehling. Hizo un gesto con las manos para simbolizar la sencillez despreocupada-. Todo lo que tengo que hacer es elegir cuál de los mellizos va a vivir, después entregar a mi abuelo materno al Vándalo Feliz y volver aquí con un recibo.

* * * *

El Dr. Hitz se puso bastante severo con Wehling, se alzó sobre él.

-¿No cree en el control de la población, señor Wehling? –dijo.

-Creo que es perfectamente genial –dijo Wehling tensamente.

-¿Le gustaría volver a los viejos buenos tiempos, cuando la población de la Tierra era de veintidós mil millones… a punto de convertirse en cuarenta mil millones, después ochenta mil millones, después ciento sesenta mil millones? ¿Sabe lo que es una drupéola? –dijo Hitz.

-No –dijo Wehling malhumorado.

-Una drupéola, señor Wehling, es uno de los pequeños nudos, uno de los granos pulposos de una mora –dijo el Dr. Hitz-. ¡Sin control de la población, los seres humanos estarían ahora apretujados en esta superficie de este viejo planeta como drupéolas en una mora! ¡Piense en eso!

Wehling siguió mirando con ojos vacíos el mismo punto de la pared.

-En el año 2000 –dijo el Dr. Hetz-, antes de que intervinieran los científicos y establecieran la ley, no había ni siquiera agua potable suficiente para seguir adelante y nada que comer salvo algas marinas y aún así la gente insistía en su derecho de reproducción como conejos. Y su derecho, si era posible, de vivir para siempre.

-Quiero esos niños –dijo Wehling en voz queda-. Quiero los tres.

-Por supuesto que los quiere –dijo el Dr. Hetz-. Es humano.

-Tampoco quiero que mi abuelo muera –dijo Wehling.

-Nadie está realmente feliz de llevar un pariente cercano a la Caja del Gato –dijo el Dr. Hetz, suave, comprensivamente.

-Me gustaría que la gente no lo llamara así –dijo Leora Duncan.

-¿Qué? –dijo el Dr. Hetz.

-Me gustaría que la gente no lo llamara “la Caja del Gato” y cosas por el estilo –dijo ella-. Le da a la gente una impresión equivocada.

-Está totalmente en lo cierto –dijo el Dr. Hetz-. Perdóneme. –Se corrigió, le dio a las cámaras de gas municipales su título oficial, un título que nadie usaba nunca en la conversación.- Tendría que haber dicho “Grandes estudios de suicidio ético” –dijo.

-Eso suena mucho mejor –dijo Leora Duncan.

-Este chico suyo… ¿cuál decide conservar, señor Wehling? –dijo el Dr. Hetz-. Él o ella va a vivir en un planeta feliz, amplio, limpio, rico, gracias al control de la población. En un jardín como el de este mural. –Sacudió la cabeza.- Hace dos siglos, cuando yo era joven, resultaba un infierno que nadie pudiera pensar que podía vivir veinte años más. Ahora, siglos de paz y plenitud se extienden ante nosotros hasta donde la imaginación se atreve a viajar.

Sonrió luminosamente.

La sonrisa se esfumó cuando vio que Wehling acababa de extraer un revólver.

Wehling mató al Dr. Hitz de un tiro.

-Hay espacio para uno… uno grande –dijo.

Y después le disparó a Leora Duncan.

-Es sólo muerte –le dijo mientras caía-. ¡Ya está! Espacio para dos.

Y después se disparó a sí mismo, haciendo espacio para sus tres hijos.

Nadie llegó corriendo. Nadie, al parecer, oyó los disparos.

El pintor se sentó sobre la parte superior de la escalera de tijera, mirando reflexivo la triste escena.

* * * *

El pintor caviló sobre el lastimero rompecabezas de la vida exigiendo nacer y, una vez nacida, exigiendo ser fructífera –multiplicarse y vivir todo lo posible: hacer todo eso sobre un planeta muy pequeño que debería durar para siempre.

Todas las respuestas que el pintor pudo pensar eran lúgubres. Incluso más lúgubres, seguramente, que una Caja del Gato, un Vándalo Feliz, una Salida Fácil. Pensó en la guerra. Pensó en la plaga. Pensó en el hambre.

Sabía que nunca volvería a pintar. Dejó que los pinceles cayeran hasta los trapos de abajo. Y después decidió que ya había tenido suficiente de la vida en el Jardín feliz de la Vida, también, y se bajó lentamente de la escalera.

Tomó la pistola de Wehling, con la intención real de pegarse un tiro.

Pero le faltó el coraje.

Y entonces vio la cabina telefónica en el rincón del cuarto. Fue hasta ella, discó el número bien recordado: “2 B R 0 2 B”.

-Federal Bureau of Termination –dijo la voz muy cálida de una azafata.

-¿En cuánto tiempo puedo tener una cita? –preguntó, hablando con mucho cuidado.

-Es probable que podamos anotarlo para última hora de la tarde, señor –dijo ella-. Incluso podría ser más temprano, si tenemos una cancelación.

-De acuerdo –dijo el pintor-, anóteme, por favor.- Y le dio su nombre, deletreándolo.

-Gracias, señor –dijo la azafata-. Su ciudad le agradece, su país le agradece, su planeta le agradece. Pero las gracias más profundas de todas son las de las generaciones futuras.

* Fonéticamente el número equivale a “To be or not to be” (Ser o no ser). [N. del T.]

Traducción de Elvio Gandolfo

Este cuento no está incluido en ninguno de los libros de Kurt Vonnegut. Fue publicado originalmente en la revista Worlds of If en enero de 1962. En 2007, apenas un mes después de su muerte, fue rescatado por The Project Gutenberg Literary.

* * *

Kurt Vonnegut, Jr. nació el 11 de noviembre de 1922 en Indianapolis, Indiana, EEUU y falleció el 11 de abril de 2007 en New York, EEUU.

Obras:

Novelas:

Player Piano (La pianola) August 1952, Published as Utopia 14 in 1954, published again as Player Piano in 1966
The Sirens of Titan (Las sirenas de Titán) October 31, 1959, Nominated for a Hugo Award
Mother Night (Madre noche) 1961, Adapted as a film in 1996
Cat’s Cradle (Cuna de gato) April 1963, Nominated for a Hugo Award
God Bless You, Mr. Rosewater, or Pearls Before Swine (Dios le bendiga, Mr. Rosewater) January 1965, Later adapted with book and lyrics by Howard Ashman and music by Alan Menken; additional lyrics by Dennis Green
Slaughterhouse-Five, or The Children’s Crusade: A Duty-Dance with Death March (Matadero 5 o La cruzada de los inocentes) 1969, Nominated for Nebula and Hugo Awards, adapted as a film in 1972
Breakfast of Champions, or Goodbye Blue Monday (Desayuno de campeones) July 1973, Adapted as a film in 1999
Slapstick, or Lonesome No More! (Payasadas o ¡Nunca más solo!) October 1976, Adapted as a film in 1984
Jailbird (Pájaro de celda) September 1979
Deadeye Dick (Buena puntería / El francotirador) October 1982
Galápagos: A Novel (Galápagos) October 1985
Bluebeard, the Autobiography of Rabo Karabekian (1916–1988) (Barbazul) October 1987
Hocus Pocus (Birlibirloque) September 1990
Timequake, September 22, 1997
Un hombre sin patria, 2005

Colecciones de relatos y ensayos:

Canary in a Cathouse, September 1961, Short stories
Welcome to the Monkey House, August 1968, Short stories; contains all but one story from Canary in a Cathouse
Wampeters, Foma and Granfalloons (Opinions), 1974, Essays and assorted works
Palm Sunday: An Autobiographical Collage, 1981, Short stories, essays, and assorted works
Nothing Is Lost Save Honor: Two Essays, December 1984, Limited edition of two essays
Fates Worse Than Death: An Autobiographical Collage, September 5, 1991, Essays and assorted works
Bagombo Snuff Box: Uncollected Short Fiction, August 1999, Short stories
God Bless You, Dr. Kevorkian, October 1999, Fictional interviews originally presented as radio monologues
A Man Without a Country, September 15, 2005, Essays
Armageddon in Retrospect and Other New and Unpublished Writings on War and Peace, April 1, 2008, Short stories and essays
Look at the Birdie: Unpublished Short Fiction, October 20, 2009, Short stories
While Mortals Sleep: Unpublished Short Fiction, January 25, 2011, Short stories
Kurt Vonnegut: The Cornell Sun Years 1941–1943, April 23, 2012, Collection of his writings as editor of his college newspaper. Available as Amazon eBook
We Are What We Pretend to Be: The First and Last Works, October 9, 2012
Sucker’s Portfolio: A Collection of Previously Unpublished Writing, March 12, 2013, A collection of previously unpublished works.
If This Isn’t Nice, What Is?: Advice to the Young, April 30, 2013, Commencement speeches

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