Samanta Schweblin (2018) Kentukis

Kentukis

Samanta Schweblin (1978, Argentina) ha colocado la varilla muy alta con sus libros precedentes (alguna vez espero que reimpriman el primero, El núcleo del disturbio). Luego de leer Pájaros en la boca (2009, cuentos), Distancia de rescate (2014, novela), y el premiado Siete casas vacías (2015, novela) y después que estuviera entre las candidatas a recibir el Man Booker Prize, ahora publica la novela Kentukis.

Los kentukis son robots con forma de peluches (conejos, cuervos, dragones, topos) provistos de una cámara que cualquier persona puede comprar por casi trescientos dólares. Se cargan como cualquier otro dispositivo electrónico actual, funcionando a batería por lo cual es necesario recargarlos cada cierto tiempo. Al encenderlos, un usuario anónimo y al azar ve lo que hacemos en nuestra casa. Son manejados por ese usuario único que adquirió una tarjeta de conexión única via internet. Tienen movilidad ya que poseen rueditas.

La novela sigue las vidas de varios personajes y la relación con sus kentukis: Emilia, una jubilada (en Perú), Alina y Sven (en Vista Hermosa, México), Marvin (en Antigua), Enzo y Luca (en Umbertide, Italia) y varios más.

La historia, a diferencia de los tres libros que leí de Schweblin, carece de suspenso, de esa tensión intensa que recorría cada uno de los cuentos y novela precedentes. No me atrapó en ningún momento y ya antes de llegar a la mitad, salvo que diera un giro importante, todo podía llegar a ser un lento padecimiento. Lamentablemente así sucedió.

El comienzo de la novela es excelente, indudablemente (el capítulo inicial circula por la red), pero luego se diluye la tensión. Es una trama que atrasa diez años, ya que en ese mundo (no hay indicios de cuándo transcurre) parece que no existe WhatsApp, no por lo que hacen o no hacen los robotitos, sino porque los humanos podrían abreviar y agilizar su comunicación. ¿Ese es el mensaje oculto en la novela? ¿Que la gente no quiere comunicarse o hacerlo trabajosamente? ¿Ver y ser visto anónimamente? Suena a obvio. ¿O habrá alguna alusión a la cadena de pizzerías Kentucky?

La gente compra los kentukis, de acuerdo, “la invasión de la tecnología en nuestra mundo cotidiano”, ¿y qué otra cosa sucede? Mira en la vida de los demás, establece algún indicio de interés, cuando incluso por Facebook, en la realidad concreta, hace cosas peores.

Creo que muchas personas (chicos y grandes) que usaron y usan Pokemon Go jamás comprarían un kentuki. Y gracias a las aplicaciones de citas la gente hace cosas más peligrosas en persona, sin mediadores. Ni qué hablar de los avances en robótica: aparatos que levantan pesos imposibles para el humano, o que realizan acciones en contextos no aptos para el hombre, tractores autónomos y mujeres (y hombres) hechas a pedido del interesado/a para que tener sexo y mantener conversaciones…

Los personajes los compran, parece que al principio sin saber de lo (poco) que son capaces: unos muñequitos bastante simplones.

También en el mundo de 2018 donde los objetos de uso cotidiano (auto, aire acondicionado, heladera, microondas y cualquier cosa que sea electrónica) los podemos llegar a manejar desde un celular (la internet de las cosas), Kentukis es una historia “vieja”.

La precisión en las frases, el suspenso en su desarrollo, el ambientar el relato con muy pocos recursos, en Kentukis está ausente.

Para terminar: Samanta misma da pistas de lo que podría haber sido el libro unas páginas antes del final. Me hubiera gustado que eligiera alguna de esas opciones. Que fuera decididamente una novela de ciencia ficción dura, perturbadora y violenta. Perturbadora es toda su obra anterior.

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