Nguyên Lê, guitarrista

Del album Bakida, 2004. Nguyên Lê (guitar); Hao Nhien Pham (vocals, flute); Karim Ziad (vocals, bendir); Kudsi Erguner (flute); Paolo Fresu (trumpet, flugelhorn); Jon Balke (piano); Illya Amar (marimba, gong); Renaud Garcia-Fons (bass instrument, acoustic bass); Carlos Benavent (bass guitar); Chris Potter (tenor saxophone); Tino Di Geraldo (drums, pandeiro, tabla, percussion, palmas). 

Fotografías de Jarek Kubicki.

Nguyên Lê – guitarra
Michel Alibo – bajo
Francis Lassus – batería

Nguyên Lê nació el 14 de enero de 1959 en París, Francia. Toca guitarra, guitarra baja y sintetizador de guitarra.

2011  Songs of Freedom
2009  Saiyuki
2008  Dream Flight ELB (Erskine – Lê – Benita) con Stéphane Guillaume – saxos tenor & soprano
2007  Fragile Beauty Huong Thanh & Nguyên Le
2006  Homescape Duos con Paolo Fresu & Dhafer Youssef
2005  Walking on the Tiger’s Tail (Nguyên Lê Quartett)
2002  Purple – Celebrating Jimi Hendrix
2001  E_L_B ELB (Erskine – Lê – Benita)
2000  Bakida (con el bajista Renaud Garcia-Fons y el baterista Tino di Geraldo y otros instrumentistas)
1999  Moon and Wind en duo con Huong Thanh
1998  Maghreb & Friends
1997  3 Trios
1996  Tales from Vietnam (con Huong Thanh, Hao Nhien, Paolo Fresu, Trilok Gurtu, Simon Spang-Hanssen, Michel Benita etc.)
1995  Million Waves (Nguyên Lê -Trio) (con el bajista Dieter Ilg y el batereista Danny Gottlieb)
1992  Zanzibar (con Paul McCandless, Joël Allouche y otros)
1992  Safy Boutella: Mejnoun
1990 Miracles (con Marc Johnson y Peter Erskine)

Virgilio Piñera / El cambio

El amigo esperaba a las dos parejas. Iban por fin los amantes a reunirse en su carne, y justo es confesar que el amigo había preparado las cosas con tacto exquisito. Pero exigió, a cambio de la dicha inmensa que les proporcionaba, que todo fuese consumado en la más absoluta tiniebla y en el silencio más estricto. Así, llegados a su presencia los amantes, les hizo saber que la última cámara iluminada que contemplarían en el transcurso de su memorable noche carnal era esta que ahora los alumbraba a todos. Entonces, tras las consiguientes protestas de cortesía y las frases de estilo, se pusieron en marcha por una pequeña galería que desemboca frente a lo que el amigo decía eran las inmensas puertas de dos cámaras nupciales.

Ya el trayecto por dicha galería había sido consumado en la más definitiva oscuridad. El amigo, que no tenía necesidad del poder de la luz, les hizo saber que estaban a la entrada del paraíso humano, y que a una señal suya las puertas se abrirían para dejar paso a los eternos amantes hasta ahora separados por las asechanzas del destino.

De pronto, un movimiento de terror hubo de producirse: parece que un golpe de viento levantó rudamente la túnica de las damas, las cuales, aterrorizadas, se apartaron de sus amantes y fueron a estrecharse enloquecidas contra el pecho del amigo, que estaba en el centro de aquel extraño grupo.

El amigo, sonriendo levemente, y sin romper la consigna dada, las tomó por las muñecas y, obligándolas a un breve giro, las cambió, de tal suerte, que cada una de ellas fue a quedar en brazos del amante que no le correspondía.

Estos, como caballos bien amaestrados, aguardaban, silenciosos y tensos.

Pronto el orden quedó restablecido y a una señal del amigo se abrieron las puertas y entraron por ellas los amantes trocados.

Allí, en la cámara carnal, se prodigaron las caricias más refinadas e inauditas. Guardando una gratitud y un respeto amoroso al juramento empeñado, no pronunciaron ni siquiera el comienzo de una letra, pero se cumplieron en el amor hasta agotar, como se dice, “la copa del placer”.

Entre tanto, el amigo, en su cámara iluminada, se retorcía de angustia.

Pronto saldrían de las otras cámaras los amantes y comprobarían el horrible cambio y su amor quedaría anulado por el hecho insólito que es haberlo realizado con objetos que les eran absolutamente indiferentes.

El amigo se dio a pensar en varios proyectos de restitución; de inmediato desechó el que consistiría en llevar a las damas a una cámara común para de allí restituirlas, ya trocadas rectamente, a sus respectivos amantes.

Solución parcial: por ejemplo, cualquiera de las damas podía caer en sospecha de que algo anormal ocurría en virtud de ese paseo de una cámara oscura a una cámara iluminada. De pronto, sonrió el amigo. Dio una palmada y llegaron al instante dos servidores. Deslizó algunas palabras en sus oídos y éstos desaparecieron volviendo poco después armados de un diminuto punzón de oro y unas enormes tijeras de plata. El amigo examinó los instrumentos y acto seguido indicó a los servidores las puertas nupciales.

Entraron éstos y, tanteando en las tinieblas, se apoderaron de las mujeres y rápidamente les cercenaron la lengua y les sacaron los ojos, haciendo cosa igual con los hombres. Una vez desposeídos de sus lenguas y de sus ojos fueron conducidos a presencia del amigo, quien los esperaba en su cámara iluminada.

Allí les hizo saber que, deseando prolongar para ellos aquella memorable noche carnal, había ordenado que dos de sus criados, armados de punzones y tijeras, les vaciaran los ojos y les cercenaran la lengua. Al oír tal declaración, los amantes recobraron inmediatamente su expresión de inenarrable felicidad y por gestos dieron a entender al amigo la profunda gratitud que los embargaba.

Así vivieron largos años en una dicha ininterrumpida. Por fin les llegó la hora de la muerte, y, como perfectos amantes que eran, les tocó la misma mortal dolencia y el mismo minuto para morir. Visto lo cual, el amigo sonrió levemente y decidió sepultarlos, restituyendo a cada amante su amada, y, por consiguiente, a cada amada su amante. Así lo hizo, pero como ellos ya nada podían saber, continuaron dichosamente su memorable noche carnal.

(De Virgilio Piñera. Cuentos fríos, Selección y prólogo de Julio Travieso Serrano, Editorial Lectorum, México D.F., 2006)

* * *

Virgilio Domingo Piñera Llera nació el 4 de agosto de 1912 en Cárdenas, Matanzas, Cuba y falleció el 18 de octubre de 1979 en La Habana, Cuba.

Obras:

Poesía

1941 – Las furias
1943 – La isla en peso
1944 – Poesía y prosa
1969 – La vida entera
1988 – Una broma colosal
1994 – Poesía y crítica

Cuento

1942 – El conflicto
1956 – Cuentos fríos
1961- Oficio de tinieblas
1970 – El que vino a salvarme
1987 – Un fogonazo
1987 – Muecas para escribientes
1992 – Algunas verdades sospechosas
1992 – El viaje
1994 – Cuentos de la risa del horror (antología)
2008 – Cuentos fríos. El que vino a salvarme

Novela

1952 – La carne de René
1963 – Pequeñas maniobras
1967 – Presiones y diamantes
1997 – El caso Baldomero

Teatro

1959 – Electra Garrigó
1959 – Aire frío
1960 – Teatro completo
1968 – Dos viejos pánicos
1986 – Una caja de zapatos vacía
1990 – Teatro inconcluso
1993 – Teatro inédito
1994 – El no

Mark Twain sobre el idioma alemán

A propósito del alemán, este párrafo de Mark Twain:

La lengua alemana es relativamente fácil. El que sabe latín y está habituado a las declinaciones lo aprende enseguida. Esto lo dicen los profesores de alemán en la primera lección. Y comienzan a estudiar der, des, dem, den, die, y dicen que luego va todo seguido. Es sencillísimo: para verlo claro, vamos a estudiar bien el alemán con un ejemplo: primero, se toma un libro de alemán. Es un magnífico volumen, forrado en tela, publicado en Dortmund, y trata de los usos y costumbres de los hotentotes (en alemán, Hottentotten). Cuenta que los canguros (Beutelratten) son capturados y metidos en jaulas (Kotter), cubiertas con una tela (Lattengitter) para protegerlos de la intemperie. Esas jaulas se llaman en alemán “jaulas cubiertas de tela” (Lattengitterkotter), y cuando tienen dentro al canguro, a esto se le llama “el canguro de la jaula cubierta de tela” (Lattengitterkotterbeutelratten). Un día los hotentotes arrestaron a un asesino (Attentater), acusado de haber matado a una madre (Mutter) hotentota (Hottentottermutter), madre de un niño tonto y tartamudo (stottertrottel). Esta madre toma en alemán el nombre de Hottentottenstottertrottelmutter y su asesino se llama Hottentottenstottertrottelmutterattentater. La policía lo ha capturado y lo ha metido en una jaula de canguro (Beutelrattenlattengitterkotter), pero el preso se ha escapado. Enseguida comienza la búsqueda y pronto viene un guerrero  hotentote, gritando:

-¡He capturado al asesino! (Attentater).

-Y, ¿a cuál? -pregunta el jefe.

-Al Lattengitterkotterbeutelratterattentater -contesta el guerrero.

-¿Cómo que al asesino que está en la jaula de canguros cubierta de tela? -dijo el jefe de los hotentotes.

-Es -responde a duras penas el indígena- el Hottentottenstottertrottelmutterattentater (el asesino de la madre hotentota del niño tonto y tartamudo).

-Anda, demonios -contesta el jefe hotentote-, podías haber dicho desde el principio que habías capturado al Hottentotterstottertrottelmutterlattengitterkotterbeutelrattenattentater

* * *

De Rudy y Eliahu Toker, Odiar es pertenecer (y otros chistes para sobrevivir al nazismo, racismo, autoritarismo, antisemitismo), Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2003.

May Sinclair / Where Their Fire is not Quenched / Donde su fuego nunca se apaga

No había nadie en el huerto. Con prudencia, sin hacer ruido con la aldaba, Harriet Leigh salió por el portón de hierro. Siguió el camino hasta el cerco, donde, bajo el saúco en flor, la esperaba el teniente de marina George Waring.

Años después, cuando pensaba en George Waring, Harriet volvía a sentir el dulce y cálido olor de vino de la flor de saúco y cuando olía flores de saúco, volvía a ver a George Waring, con su hermosa cara de poeta o de músico, sus ojos negros y sus cabellos pardo oliva.

Waring le había pedido que se casaran y había consentido. Pero su padre se oponía y ella había venido para decírselo y para despedirse de él; su barco partía al día siguiente.

–Dice que somos demasiado jóvenes.

–¿Cuánto quiere que esperemos?

–Tres años.

–¡Todavía tres años antes de casarnos! ¡Estaremos muertos!

Lo abrazó para confortarlo. Él la abrazó más fuerte y después corrió a la estación, mientras ella volvía luchando con sus lágrimas.

–En tres meses estará de vuelta. Habrá que esperar.

Pero no volvió. Había muerto en un naufragio en el Mediterráneo. Harriet ya no temía una pronta muerte porque no podía seguir viviendo sin George.

Harriet Leigh esperaba en la sala de su casita en Maida Vale, donde vivía desde la muerte de su padre. Estaba inquieta, no podía apartar los ojos del reloj; esperando las cuatro, la hora que había fijado Oscar Wade. Lo había rechazado el día antes y no estaba segura de que viniera.

Se preguntaba por qué lo recibía hoy, si ayer lo había rechazado definitivamente. No debería verlo, nunca. Le había explicado todo claramente. Se evocaba, tiesa en la silla, enardecida con su propia integridad, mientras él la escuchaba cabizbajo, avergonzado. De nuevo sentía el temblor de su voz, repitiendo que no podía, que debía comprenderla, que no cambiaría su decisión, que él tenía una esposa y que no debían olvidarlo.

Oscar respondió indignado:

–No necesito pensar en Muriel. Sólo vivimos juntos para guardar las apariencias.

–Y para guardar las apariencias debemos dejar de vernos. Oscar, por favor, váyase.

–¿Lo dice en serio?

–Sí. Ya no debemos vernos.

Oscar se había alejado, vencido. Lo veía cuadrando sus anchas espaldas para soportar el golpe. Le daba lástima. Había sido cruel sin necesidad. Ahora que había trazado un límite, ¿por qué no podían verse? Hasta ayer ese límite no era claro. Hoy quería pedirle que olvidara lo que le había dicho. Eran las cuatro. Las cuatro y media. Las cinco. Ya había tomado el té y renunciado a verlo, cuando llegó. Vino como otras veces: con su paso mesurado y cauto, sus anchas espaldas erguidas con arrogancia. Era un hombre de unos cuarenta años, alto y ancho, de caderas estrechas y cuello corto, cara grande y cuadrada y rasgos hermosos. El bigote, muy corto, pardo rojizo, se erizaba sobre el labio superior. Sus ojos pequeños brillaban, pardos, rojizos, ansiosos y animales. Le gustaba pensar en él cuando estaba lejos pero siempre tenía un sobresalto al verlo. Físicamente distaba mucho de su ideal; era tan distinto de George Waring…

Se sentó frente a ella. Hubo un silencio incómodo que interrumpió Oscar Wade.

–Harriet, usted me dijo que yo podía venir. –Parecía que quería echarle toda la responsabilidad. –Espero que me haya perdonado.

–Sí, Oscar. Lo he perdonado.

Le dijo que se lo demostrara yendo a cenar con él. Accedió sin saber por qué.

La llevó al restaurante Schubler. Oscar Wade comía como un gourmet, dando importancia a cada plato. A ella le gustaba su ostentosa generosidad: no tenía ninguna de las virtudes mezquinas.

Terminó la cena. Su congestión silenciosa decía lo que estaba pensando. Pero la acompañó hasta su casa y se despidió en el portón.

Harriet no sabía si alegrarse o entristecerse. Había gozado un momento de exaltación virtuosa, pero no hubo alegría en las semanas siguientes. Había renunciado a Oscar Wade, porque no la atraía mucho, y ahora lo deseaba con furia, con perversidad, porque había renunciado a él.

Cenaron juntos varias veces. Ya conocía de memoria el restaurante. Las paredes blancas con paneles de contornos dorados, los pilares blancos y dorados, las alfombras turcas, azul y carmesí, los almohadones de terciopelo carmesí, que se prendían a sus faldas, los destellos de plata y de cristalería de las mesas circulares. Y las caras de los clientes y las luces en las pantallas rojas. Y la cara de Oscar, roja por la cena. Siempre, cuando él se echaba hacia atrás en la silla, Harriet sabía en qué pensaba. Alzaba los párpados pesados y la miraba, caviloso. Ahora sabía en qué iba a acabar todo. Pensaba en George Waring y en su propia vida desilusionada. No lo había elegido a Oscar, realmente no lo había deseado, pero ya no podía dejarlo ir.

Estaba segura de lo que iba a ocurrir. Pero no sabía cuándo ni dónde. Ocurrió al final de una noche, cuando cenaron en una salita reservada. Oscar había dicho que no podía soportar el calor y el ruido del comedor. Ella subió adelante; por una empinada escalera con alfombra roja, hasta la puerta del segundo piso.

De tiempo en tiempo repitieron la furtiva aventura, en el cuarto del restaurante o en su casa, cuando no estaba la sirvienta. Pero no convenía arriesgarse.

Oscar se declaraba feliz. Harriet dudaba. Esto era el amor, lo que nunca había tenido, lo que había soñado y deseado con hambre y sed; ahora lo tenía. No estaba satisfecha. Siempre esperaba algo más, algún éxtasis que se anunciaba y no llegaba. Algo la repelía en Oscar; pero, como era su amante, no podía admitir que fuera un dejo de grosería.

Para justificarse pensaba en sus buenas cualidades, su generosidad, su fuerza. Le hacía hablar de sus oficinas, de su fábrica, de sus máquinas, le pedía prestados los libros que él leía. Pero siempre que trataba de conversar con él, le hacía sentir que no era para eso que estaban juntos, que toda la conversación que un hombre necesita la tiene con sus amigos.

–Lo malo es que nos veamos de un modo tan fugaz; deberíamos vivir juntos; es lo único razonable –dijo Oscar.

Tenía un plan. Su suegra vendría a vivir con Muriel en octubre. Podría ir a París y encontrarse allí con Harriet.

En un hotel de la Rue de Rivoli, estuvieron dos semanas. Pasaron tres días locamente enamorados.

Cuando se despertaba encendía la luz y lo miraba dormir. El sueño lo volvía inocente y suave, ocultaba sus ojos, le afinaba la expresión de la boca.

Después empezó la reacción. Al final del décimo día, volviendo de Montmartre, Harriet estalló en un ataque de llanto. Cuando le preguntaron por qué, dijo, al azar, que el Hotel Saint Pierre era horrible.

Con indulgencia, Oscar explicó su estado como de fatiga, causada por una agitación continua.

Trató de creer que estaba deprimida, porque su amor era más puro y espiritual que el de Oscar; pero sabía perfectamente que había llorado de aburrimiento. Estaban enamorados, y se aburrían mutuamente. En la intimidad, no podían soportarse.

Al fin de la segunda semana, empezó a dudar de haberlo querido alguna vez.

En Londres, por un tiempo, volvieron a entusiasmarse. Lejos del esfuerzo artificial que les había impuesto París, quisieron persuadirse de que el antiguo régimen de aventura furtiva era más adecuado a sus temperamentos románticos.

Pero los perseguía el temor de que los descubrieran. Durante una corta enfermedad de Muriel, pensó con terror que esta podía morir; ya nada le impediría casarse con Oscar; él seguía jurando que si estuviera libre se casaría con ella.

Después de la enfermedad la vida de Muriel fue preciosa para los dos: les impedía una unión permanente.

Sobrevino la ruptura.

Oscar murió tres años después. Fue un inmenso alivio para Harriet. Ahora ya nadie sabía su secreto. Sin embargo, en los primeros momentos, Harriet se decía que, Oscar muerto, estaría más cerca de ella que nunca. No recordaba que en vida casi nunca había deseado tenerlo cerca. Mucho antes de que pasaran veinte años, le pareció imposible haber conocido una persona como Oscar Wade. Schubler y el Hotel Saint Pierre ya no eran recuerdos importantes. Hubieran desentonado con la reputación de santidad que había adquirido. Ahora, a los cincuenta y dos años, era amiga y ayudante del Reverendo Clemente Farmer, Vicario de Santa María en Maida Vale.

Era secretaria del Hogar para Jóvenes Caídas, de Maida Vale y Kilburn. Su exaltación mayor sobrevenía cuando Clemente Farmer, el flaco y austero vicario, parecido a George Waring, subía al pulpito y levantaba los brazos en la bendición. Pero el momento de su muerte fue el más perfecto. Estaba acostada, soñolienta, en la cama blanca, debajo del negro crucifijo con un Cristo de marfil. El sacerdote se movía tranquilamente en el cuarto, arreglando las velas, el misal del Santísimo Sacramento. Acercó una silla a la cama; esperó que despertara. Tuvo un instante de lucidez. Sintió que se estaba muriendo y que la muerte la hacía importante para Clemente Farmer.

–¿Estás lista? –preguntó.

–Todavía no. Creo que estoy asustada. Tranquilíceme. -Clemente Farmer encendió dos velas en el altar. Tomó el crucifijo de la pared y se acercó de nuevo a la cama.

–Ahora no tendrá miedo.

–No tengo miedo del más allá. Supongo que uno se acostumbra. Pero tal vez al principio sea terrible.

–La primera etapa en la otra vida, depende, en gran parte, de lo que pensamos en nuestros últimos momentos.

–Será en mi confesión.

–¿Se siente capaz de confesarse ahora? Después le daré la extremaunción y se quedará pensando en Dios.

Recordó su pasado. Allí encontró a Oscar Wade. Vaciló: ¿Podría confesar lo de Oscar Wade? Estuvo por hacerlo, después comprendió que no era posible. No era necesario. Veinte años de su vida habían prescindido de él. Tenía otros pecados que confesar. Hizo una cuidadosa selección:

–Me sedujo demasiado la belleza del mundo. A veces no fui caritativa con mis pobres muchachas. En lugar de pensar en Dios, he pensado a menudo en los seres queridos. –Después recibió la extremaunción. Pidió al sacerdote que le tuviera la mano, para no sentir miedo; mucho tiempo la tuvo así hasta que él la oyó murmurar–: Esto es la muerte. Pero yo creía que era horrible y es la dicha, la dicha.

Harriet permaneció unas horas en el cuarto donde habían sucedido estas cosas. Su aspecto le era familiar, con algo de extraño, ahora, y de repugnante. El altar, el crucifijo, las velas encendidas, sugerían alguna horrible experiencia cuyos detalles no podía definir, pero que parecían tener alguna relación con el cuerpo amortajado en la cama, que ella no asociaba consigo misma. Cuando la enfermera vino y lo descubrió, vio que era el de una mujer de mediana edad. Su cuerpo vivo era el de una joven de treinta y dos años.

Su muerte no tenía pasado ni futuro, ningún recuerdo cortante ni coherente, ninguna idea de lo que iba a ser.

Luego, súbitamente, el cuarto empezó a alejarse de sus ojos, a partirse en zonas y haces que se dislocaban y eran arrojados a diversos planos. Se inclinaban en todas direcciones, se cruzaban y cubrían con una mezcla transparente de diferentes perspectivas, como reflejos en vidrios.

La cama y el cuerpo se deslizaron hacia cualquier parte, hasta perderse de vista. Ella estaba de pie ante la puerta, que era lo único que había quedado. La abrió y se encontró en la calle, cerca de un edificio gris amarillento, con una gran torre de techo de pizarra. Lo reconoció. Era la iglesia de Santa María, de Maida Vale. Oía los acordes del órgano. Abrió la puerta y entró.

Había vuelto a espacio y tiempo definidos, había recuperado una parte limitada de memoria coherente. Recordaba todos los detalles de la iglesia que eran, en cierto modo, permanentes y reales, ajustados a la imagen que ahora la poseía.

Sabía para qué había venido. El servicio había concluido. Caminó por la nave hasta el asiento habitual debajo del pulpito. Se arrodilló y se cubrió la cara con las manos. Entre sus dedos podía ver la puerta de la sacristía. La miró tranquilamente, hasta que se abrió y apareció Clemente Farmer con su sotana negra. Pasó muy cerca del banco donde estaba arrodillada, y la esperó en la puerta, porque tenía algo que decirle.

Se levantó y se aproximó a Farmer. Seguía esperándola y no se movió para darle paso. Se acercó tanto que los rasgos de él se confundieron. Entonces, se retiró un poco para verlo mejor y se halló ante la cara de Oscar Wade. Estaba quieto, horriblemente quieto, cortándole el paso.

Las luces de las naves laterales iban apagándose, una por una. Si no se escapaba quedaría encerrada con él en esa oscuridad. Consiguió, por fin, moverse y llegar a tientas a un altar. Cuando se dio vuelta, ya no estaba Oscar Wade.

Entonces recordó que Oscar Wade estaba muerto. Luego lo que había visto no era Oscar: era su fantasma. Había muerto. Había muerto hacía diecisiete años. Estaba libre de él para siempre…

Cuando salió al atrio de la iglesia vio que la calle había cambiado. No era la calle que recordaba. Se encontró en una recova con muchas vidrieras; la Rué de Rivoli en París. Ahí estaba la entrada del Hotel Saint Pierre. Pasó por la puerta giratoria; cruzó el gris y sofocante vestíbulo que ya conocía; fue derecha a la gran escalera de alfombra gris; subió los peldaños innumerables que giraban alrededor de la jaula del ascensor hasta un descanso que conocía y un largo corredor ceniciento alumbrado por una ventana opaca; allí sintió el horror del lugar.

Ya no se acordaba de la iglesia de Santa María. No se daba cuenta de ese curso retrógrado en el tiempo. Todo el espacio y todo el tiempo estaban ahí. Recordaba que debía caminar hacia la izquierda.

Pero había algo donde el corredor doblaba, en la ventana al final de todos los corredores. Si tomaba la derecha se salvaría; pero ahí se detenía el corredor: un muro liso. Tuvo que volver a la izquierda. Dobló por otro corredor, que era oscuro y secreto y depravado. Llegó a una puerta torcida, que dejaba pasar luz por la rendija. Distinguía, encima, el número: 107. Algo había sucedido ahí. Si entraba volvería a suceder. Atrás de la puerta estaba Oscar Wade esperándola. Oyó sus pasos mesurados, que se acercaban. Huyó, rápida y ciega, como un animal, oyendo los pies que la perseguían. La puerta giratoria la agarró y la arrojó a la calle.

Lo extraño es que estaba fuera del tiempo. Borrosamente recordaba que alguna vez hubo una cosa llamada tiempo: no se lo imaginaba. Se daba cuenta de cosas que sucedían o que estaban por suceder. Las fijaba por el lugar que ocupaban y medía su duración por el espacio. Ahora pensaba: si tan sólo pudiera retroceder al lugar donde no sucedió.

Caminaba por un camino blanco, entre campos y colinas desdibujadas por la niebla. Cruzó el puente y vio la antigua casa gris, sobre el alto muro del jardín. Entró por el portón de hierro y se encontró en un gran salón de techo bajo, con las cortinas corridas, ante una cama. Era la cama de su padre. El cadáver extendido bajo la sábana, era el de su padre. Levantó la sábana: Vio el rostro de Oscar Wade, quieto y suavizado por la inocencia del sueño y de la muerte. Lo miró,  fascinada, con implacable  felicidad. Oscar  estaba muerto. Recordó que solía dormir así, en el Hotel Saint Pierre, a su lado. Si estaba muerto, no volvería a suceder. Estaba salvada.

La cara muerta le daba miedo. Al recubrirla, notó un ligero movimiento. Levantó la sábana y la estiró con fuerza, pero las manos empezaron a luchar y los dedos aparecieron por los bordes, tirándola hacia abajo. La boca se abrió, los ojos se abrieron: toda la cara la miró en agonía y terror.

El cuerpo se irguió, con los ojos clavados en los de ella. Los dos se quedaron inmóviles, un instante, con miedo mutuo. Pudo escaparse y correr; se detuvo en el portón sin saber qué lado tomar. A la derecha, el puente y el camino la llevarían a la Rue de Rivoli y a los abominables corredores del Hotel Saint Pierre; a la izquierda, el camino cruzaba la aldea.

Si pudiera retroceder aún, estaría segura, fuera del alcance de Oscar. Junto al lecho de muerte, había sido joven pero no bastante. Tenía que volver al lugar en que había sido más joven; sabía adonde encontrarlo; cruzó la aldea corriendo, por los galpones de una granja, por el almacén, por la fonda La Cabeza de la Reina, por el Correo, la iglesia y el cementerio, hasta el portón del sur, en los muros del parque de su niñez.

Estas cosas parecían insustanciales, tras una capa de aire que brillaba sobre ellas como vidrio. Se dislocaron, flotaron lejos de ella, y en lugar del camino real y los muros del parque, vio una calle de Londres, de sucias fachadas blancas, y en lugar del portón, la puerta giratoria del restaurante Schubler.

Entró. La escena se impuso con la dura evidencia de la realidad. Fue hasta una mesa en un rincón, donde un hombre estaba solo. La servilleta le tapaba la boca. No estaba segura de la parte superior de la cara; la servilleta se deslizó. Vio que era Oscar Wade. Se dejó caer a su lado. Wade se le acercó; sintió el calor de la cara congestionada y el olor del vino.

–Yo sabía que vendrías.

Comió y bebió en silencio, postergando el abominable momento final. Al fin se levantaron y se afrontaron; el gran cuerpo de Oscar estaba ante ella, encima de ella, y casi sentía la vibración de su poder. La llevó hasta la escalera de alfombra roja y la obligó a subir. Pasó por la puerta blanca de la salita, con los mismos muebles, las cortinas de muselina, el espejo dorado sobre la chimenea, con los dos ángeles de porcelana, la mancha en la alfombra ante la mesa, el viejo e infame canapé, tras el biombo.

Se movieron por la salita, girando como fieras enjauladas, incómodos, enemigos, evitándose.

–Es inútil que te escapes. Lo que hicimos no podía terminar de otro modo.

–Pero terminó. Terminó para siempre.

–No. Debemos empezar otra vez. Y seguir, y seguir.

–Ah, no, todo menos eso. ¿No recuerdas cómo nos aburríamos?

–¿Recordar? ¿Te figuras que yo te tocaría, si pudiera evitarlo? Para eso estamos aquí. Tenemos que hacerlo.

–No. Me voy ahora mismo.

–No puedes. La puerta está con llave.

–Oscar, ¿por qué la cerraste?

–Siempre lo hicimos, ¿no recuerdas? Ella volvió a la puerta; no pudo abrirla, la sacudió, la golpeó con las manos.

–Es inútil, Harriet. Si ahora sales, tendrás que volver. Lo podrás postergar una hora o dos, pero ¿qué es eso en la inmortalidad?

–Ya hablaremos de la inmortalidad cuando estemos muertos.

Se sentían atraídos uno a otro, moviéndose despacio, como en figuras de una danza monstruosa, con las cabezas echadas hacia atrás, las caras apartadas de la horrible proximidad. Algo atraía los pies de ambos, de uno al otro, aunque se arrastraban en contra.

De repente, sus rodillas flaquearon, cerró los ojos y se entregó en la oscuridad y el terror.

Después retrocedió en el tiempo, hasta la entrada del parque, donde Oscar no había estado nunca, donde no podría alcanzarla. Su memoria fue limpia y joven. Caminaba ahora por la senda en el campo, hasta donde la esperaba George Waring. Llegó. El hombre que la esperaba era Oscar Wade.

–Te dije que era inútil escapar. Todos los caminos te traen, me encontrarás en cada vuelta, yo estoy en todos tus .recuerdos.

–Mis recuerdos son inocentes. ¿Cómo pudiste tomar el lugar de mi padre y de George Waring? ¿Tú?

–Porque les tomé su lugar.

–Mi amor por ellos fue inocente.

–Tu amor por mí era parte de ese amor. Crees que el pasado afecta el porvenir; ¿no pensaste nunca que el porvenir afecta al pasado?

–Me iré lejos.

–Esta vez iré contigo.

El cerco, el árbol y el campo flotaron y se le perdieron de vista. Iba sola hacia la aldea, pero se daba cuenta de que Oscar Wade la acompañaba del otro lado del camino. Paso a paso, como ella, árbol por árbol.

Luego bajo sus pies hubo pavimento gris y lo cubría una recova: iban juntos por la Rue de Rivoli hacia el hotel. Ahora estaban sentados al borde de la cama deshecha. Sus brazos estaban caídos y sus cabezas miraban a lados opuestos; el amor les pesaba con el inevitable aburrimiento de su inmortalidad.

–¿Hasta cuándo? –dijo ella–. La vida no continúa para siempre. Moriremos.

–¿Morir? Hemos muerto. ¿No sabes dónde estamos? Esta es la muerte. Estamos muertos, estamos en el Infierno.

–Sí, no puede haber nada peor.

–Esto no es lo peor. Mientras nos queden fuerzas para huir, mientras podamos ocultarnos en nuestros recuerdos, no estaremos del todo muertos. Pero pronto habremos llegado al más lejano recuerdo y no habrá nada más allá. En el último infierno, no huiremos más, no encontraremos más caminos, más pasajes, ni más puertas abiertas. Ya no necesitaremos buscarnos. En la última muerte estaremos encerrados en esta salita, tras esa puerta con llave. Yaceremos aquí, para siempre.

–¿Por qué? ¿Por qué? –gritó ella.

–Porque eso es todo lo que nos queda.

La oscuridad borró la salita. Ahora caminaba por un jardín, entre plantas más altas que ella. Tiró de unos tallos y no tenía fuerza para romperlos. Era una criatura. Se dijo que ahora estaba salvada. Tan lejos había retrocedido que de nuevo era chica. Llegó a un cantero de césped con un estanque circular rodeado de flores. Peces colorados nadaban en el agua. Al fondo del cantero había un huerto; allí iba a estar su madre. Había ido hasta el recuerdo más lejano; no había nada después.

Sólo el huerto, con el portón de hierro que daba al campo. Algo era diferente aquí; algo que la asustaba. Una puerta gris, en vez del portón de hierro. La empujó y estuvo en el último corredor del Hotel Saint Pierre.

 * * *

 May Sinclair (Mary Amelia St. Clair) nació el 24 de agosto de 1863 en Rock Ferry, Cheshire, Inglaterra y falleció el  14 de noviembre de 1946 en Buckinghamshire, Inglaterra.

W.G. Sebald (1990) Vértigo

sebald-vertigo

Ya he posteado en este blog un muy buen artículo de José María Brindisi reseñando la obra de W.G. Sebald. Luego de leer Austerlitz hace un buen tiempo, tuve ganas de volver al autor y elegí Vértigo (1990).

El título original en alemán es Schwindel. Gefühle, cuya traducción es Vértigo. Sentimientos y allí está el anticipo de lo que será el texto (e ignoro por qué en español se prescindió del segundo sustantivo).

Cuatro partes conforman esta obra cuyo estilo tiene obvias semejanzas con el anteriormente mencionado Austerlitz, que sería su último libro. Sebald falleció luego de perder el control del vehículo que manejaba, a causa de un aneurisma.

Su manera de escribir no tiene diálogos, no hay anotaciones textuales de conversaciones sino que todo lo que aparece está teñido por el recuerdo, la rememoración (a la manera de Thomas Bernhard en Corrección o de Elfriede Jelinek en Deseo). Son historias donde un hecho se enlaza a otro y donde cualquier objeto o persona remiten a otra cadena de asociaciones. Todos sucesos relacionados con viajes y movimiento de un lugar a otro de Europa. De allí la sensación de vértigo, pero de allí también la carga afectiva (melancólica) donde los hechos se sumergen. Y donde todo parece ser autobiográfico y formar parte de un único relato dividido en cuatro partes, pero no hay certeza de ello.

“Beyle o el extraño hecho del amor” está relacionada con la vida de Henri Beyle quien posteriormente adoptaría el seudónimo de Stendhal, el autor de Rojo y negro. El narrador rememora cuando Beyle tenía diecisiete años y como militar formó parte del ejército de Napoleón que cruzó el Gran San Bernardo en mayo de 1800 junto a 36000 hombres.

“All’estero” (En el extranjero) es la narración más extensa del libro y un hombre evoca su viaje por Viena, Venecia y Verona habiendo partido de Inglaterra en 1980.

“Viaje del señor K. a un sanatorio de Riva” es la más breve y remite desde el título a Franz Kafka cuando el 6 de septiembre de 1913 el doctor K. se dirige a Viena.

“Il ritorno in patria” (El regreso a la patria) es otra parte casi tan extensa como la segunda, quizás la más autobiográfica y que parece continuar los hechos de “All’estero”.

Además de la navegación por la capacidad narrativa de Sebald, hay otro ingrediente en esta obra (al igual que en Austerlitz): las imágenes. En el libro hay fotografías, copias de anotaciones a mano hechas en papeles que están relacionados con lo que se menciona en el texto. Todo parece ser testimonio y constancia de que los hechos ocurrieron así en la realidad, pero me resulta mucho más maravilloso pensar que todo es una gran invención de Sebald y dejarme llevar por sus palabras.

* * *

W.G. (Winfried Georg) Sebald nació en Werlach, Bavaria, Alemania el 18 de mayo de 1944 y falleció el 14 de diciembre de 2001 en Norfolk, Reino Unido.

Obras de narrativa:

Nach der Natur. Ein Elementargedicht (1988, Del natural)
Schwindel. Gefühle (1990, Vértigo)
Die Ausgewanderten (1992, Los emigrados)
Die Ringe des Saturn. Eine englische Wallfahrt  (1995, Los anillos de Saturno)
For years now (2001)
Austerlitz (2001)

Póstumas:

Unerzählt, 33 Texte (2003)
Campo Santo, Prosa, Essays (2003, Campo Santo)
Über das Land und das Wasser (2008)

Kierkegaard y Regine Olsen: la historia de amor detrás del “Diario de un seductor”

(Del excelente sitio El Espejo Gótico elespejogotico.blogspot.com.ar, reproducido con su autorización)

Søren Kierkegaard y Regine Olsen, la historia de amor detrás del Diario de un seductor.
A mediados del siglo XIX la ciudad danesa de Copenhague se paralizó a causa de los rumores en torno a un filósofo y una muchacha realmente hermosa. La historia de amor entre ambos fue también una historia desgraciada, llena de rechazos, aceptaciones y vuelcos dramáticos. En gran parte podemos pensar que todas esas vicisitudes conforman el trasfondo real del Diario de un seductor (Forførerens Dagbog), una obra capital del pensamiento occidental.Regine Olsen (1822-1904) nació en Frederiksberg, un barrio acomodado de Copenhague, Dinamarca. Se dice que conoció al filósofo y teólogo Søren Kierkegaard (1813-1855) en la primavera de 1837, cuando ella tenía apenas quince años. El muchacho le causó una fuerte impresión, aunque no del todo favorable. Entre ambos surgió una especie de atracción indefinible, salpicada por pasajes de fuerte rechazo. Lo cierto es que se estableció una conexión, favorable o no, y que ambos deseaban seguir alimentándola.Kierkegaard comenzó a buscarla obsesivamente. Primero se acercó a ella como amigo, luego como confidente y finalmente cortejándola en cada oportunidad que se presentaba. En septiembre de 1840 le confesó su amor mientras Regine tocaba el piano en una fiesta organizada por la familia Olsen. Habían pasado más de dos años desde que se conocieron. Un tiempo prudencial incluso para un seductor de semejante calibre. Pero la joven Regine Olsen se quedó en silencio, cabizbaja, sin animarlo a continuar el cortejo pero tampoco rechazándolo definitivamente.

El siguiente movimiento de Kierkegaard fue solicitar una entrevista con el padre de Regine, el concejal Etatsraad Olsen, con el propósito de pedirle su mano. El hombre aceptó la propuesta, en definitiva, una mera formalidad, y desde ese momento, sin que mediara la aceptación de Regine, la pareja quedó oficialmente comprometida.

Ya en los primeros días de compromiso Kierkegaard comenzó a manifestar los síntomas de algo perjudicial para el amor: la duda.

Sobre todo, dudaba de su capacidad para el amor convencional, es decir, para el matrimonio. Durante el resto de ese año y gran parte del siguiente se dedicó por completo a sus estudios en el seminario. Regine Olsen sintió -y lo manifestó vivamente- que la agenda agitada de Kierkegaard era el pretexto conveniente para evitarla. La relación continuó epistolarmente. Las cartas de Kierkegaard, que escribía puntualmente cada miércoles, sobrevivieron prácticamente en su totalidad. Las de Regine Olsen, en cambio, fueron oportunamente quemadas.

La tensión a larga distancia continuó creciendo hasta que en agosto de 1841 Kierkegaard rompió oficialmente el compromiso. Lo hizo a través de una carta de despedida acompañada de un anillo. Regine Olsen, destrozada, desechó el protocolo y viajó hasta la casa del filósofo sabiendo que él se hallaba fuera de la ciudad. Escribió una nota y la deslizó debajo de la puerta. Kierkegaard siempre llevaría esa única línea consigo.

No me dejes.

A pesar de lo que se diga por allí, Kierkegaard amó realmente a Regine Olsen. Su problema radicaba en la imposibilidad de conciliar la idea del matrimonio con su vocación de hombre de letras y su fervoroso cristianismo. Regine quedó devastada, y en un principio se negó a aceptar el rechazo del filósofo, amenazando con quitarse la vida si no retomaban la relación. Kierkegaard tomo medidas psicológicas para tranquilizarla. Sus cartas revelan una estrategia interesante, aunque cruel. En ellas le hacía creer a la joven que en realidad no era amor lo que sentía por él, sino una mezcla de deseo y admiración. Esta “táctica”, por llamarla de alguna forma elegante, fue consignada por el propio filósofo en su diario personal:No tenía otra alternativa más que llevar la situación al extremo; apoyarla, dentro de lo posible, a través de engaños, y hacer cualquier cosa para que se alejara de mí y recuperara su orgullo. 

Las cartas frías y distantes se sucedieron unas a otras. Regine, sin embargo, no capituló. En octubre de 1841 Kierkegaard se encontró con ella y finalizó la relación en persona. El encuentro se produjo en la mansión de los Olsen. El padre de Regine intentó persuadirlo apelando a la tensión emocional en la que se encontraba la joven. Pero el filósofo creyó que el personaje indiferente que había creado para desanimarla también debía manifestarse frente a su padre. Ante la insistencia del buen hombre sobre si reconsideraría la boda, Kierkegaard respondió:Tal vez dentro de diez años, cuando haya empezado a marchitarme y necesite una muchacha lujuriosa que me rejuvenezca.
Las biografías se han quedado casi siempre con este personaje aborrecible y pocas veces con el hombre real.
Kierkegaard, de hecho, no tenía planes amorosos de ningún tipo. Incluso permanecería célibe el resto de su vida. La idea del romance lo aburría profundamente, y en general veía al amor como una distracción de sus intereses filosóficos. El dolor por Regine fue intenso, quizás multiplicado por la necesidad de articular un personaje despótico para alejarla de él y conservar así su orgullo femenino intacto. En este sentido, una de sus anotaciones más famosas se produjo luego de ver casualmente a su ex-prometida en la calle:Hoy vi a una mujer hermosa que ya no me interesa.
Regine Olsen continuó obsesionada con Kierkegaard. La ciudad entera estaba al tanto de las idas y venidas de ambos, y los rumores se multiplicaron de forma considerable. Tiempo después, cuando Regine rehizo su vida amorosa, Kierkegaard le pediría perdón por su “estrategia de abandono”.Sobre todo, olvida al que escribe esto y perdona a quien que no supo hacer feliz a una chica.
En 1847 Regine Olsen contrajo matrimonio con su antiguo tutor, Frederik Schlegel. El matrimonio fue -según las crónicas- “feliz y estable”, un oximoron sorpresivo. Durante las noches se leían mutuamente pasajes enteros de las obras de Kierkegaard; nadie sabe si con sorna, verdadera admiración, o simplemente para excitarse.
Regine Olsen y Kierkegaard se vieron casualmente en una o dos ocasiones al salir de la iglesia. En noviembre de 1849 el filósofo le escribió a Schlegel solicitándole una entrevista con su esposa. El hombre no respondió, y a partir de entonces rechazó sistemáticamente todas las peticiones que se le hicieron sobre el asunto. Poco tiempo después, Schlegel fue elegido como gobernador de las Indias Occidentales Danesas. Partió con Regine el 17 de marzo de 1855.
Kierkegaard no volvió a verla.Regine regresó a Copenhague en 1860, cinco años después de la muerte de Kierkegaard. Tras el deceso de Schlegel en 1896, accedió a los ruegos de los biógrafos del filósofo y narró los avatares de su relación bajo la promesa de que serían publicados luego de su propio fallecimiento.Regine Olsen murió en 1904. Ese mismo año apareció la historia de su compromiso y el posterior desengaño. Su cuerpo descansa en el cementerio de Copenhague junto a los restos de Kierkegaard. 

Lo cierto es que Kierkegaard nunca se recuperó de la ruptura con Regine. De hecho, ella ocupa un rol determinante en los escritos del filósofo; y en consecuencia una influencia innegable en la historia del pensamiento occidental. Para muchos, ninguna mujer fue tan decisiva para el desarrollo espiritual de un gran filósofo como Regine Olsen lo fue para Søren Kierkegaard.

Sin ir más lejos, es imposible entender realmente a Kierkegaard sin antes conocer esta historia de amor.

Regine Olsen cambió radicalmente las ideas de Kierkegaard acerca del amor. En sus escritos, publicados o personales, siempre aparece de forma indirecta; como una luz o un algo indefinible. En Lo uno o lo otro (Enten-Eller), el primer libro de Kierkegaard, está lleno de referencias a la joven y su relación conflictiva. Pero donde podemos hallarla de forma más clara, y donde también el filósofo practica una especie de gimnasia expiatoria, es en el Diario de un seductor (Forførerens Dagbog), donde un joven maquiavélico traza un plan de seducción despiadado por el cual intentará conquistar a una mujer a través de sucesivas cartas, y una vez ganado su afecto y confianza, destrozar su corazón.

Lars von Trier (2011) Melancholia

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Es la fiesta de boda de Justine (la hermosa Kirsten Dunst) y Michael (Alexander Skarsgård) en la imponente casa alejada de la ciudad de su hermana Claire (Charlotte Gainsbourg) donde vive con su esposo John (Kiefer Sutherland) y su hijo Leo (Cameron Spurr).

En el evento están presentes sus padres divorciados Gaby (Charlotte Rampling) y Dexter (John Hurt), además de amigos y el jefe de Justine.

Mientras transcurre la reunión el estado de ánimo de Justine cambia, se retrae, elude a la gente y cuando está en medio de ellos, su cabeza no está allí.

Y toma distancia.

Posteriormente, la proximidad de una catástrofe (y el paralelismo evidente con el estado de ánimo de Justine) hará aún más problemáticas las relaciones entre Justine y Claire.

Fiel a su estilo, cámara en mano, Lars von Trier sigue obstinadamente a Justine y retrata toda la intimidad de su padecimiento. La película es un lento transcurrir por los acontecimientos relacionados con el casamiento pero sobre todo por lo que transmite la actuación formidable de Kirsten Dunst, y tal como lo subraya el título, su melancolía, ese retirarse de la rutina del mundo, para suspenderse en otro tiempo.

La fotografía y la música (se escucha un fragmento de la ópera Tristán e Isolda de Richard Wagner) son bellísimas.

Es una coproducción entre Dinamarca, Suecia, Francia y Alemania que dura 136 minutos, duración que quizás sería lo único objetable.

Mi calificación 0-10: 8, muy buena.

Lars von Trier nació en 1956 en Copenhague, Dinamarca y dirigió entre otras Antichrist (2009) ya reseñada en este blog), Chacun son cinéma ou Ce petit coup au coeur quand la lumière s’éteint et que le film commence (el fragmento “Occupations”, 2007), Direktøren for det hele (2006), Manderlay (2005), Dogville (2003), Dancer in the Dark (2000), la magnífica Los idiotas (1998, según las normas de Dogma 95), Breaking the Waves (1996), Europa (1991), Medea (1988), Epidemic (1987), Forbrydelsens element (1984), Befrielsesbilleder (1982) además de varios cortometrajes, documentales y series para televisión. Escribió la mayoría de ellas.

O. Henry / El sueño

Sueños

Murray soñó un sueño.

La psicología vacila cuando intenta explicar las aventuras de nuestro yo inmaterial en sus andanzas por la región del sueño, “gemelo de la muerte”. Este relato no quiere ser explicativo: se limitará a registrar el sueño de Murray.

Una de las fases más enigmáticas de esa vigilia del sueño, es que acontecimientos que parecen abarcar meses o años, ocurren en minutos o instantes.

Murray aguardaba en su celda de condenado a muerte. Un foco eléctrico en el cielo raso del comedor iluminaba su mesa. En una hoja de papel blanco una hormiga corría de un lado a otro y Murray le bloqueaba el camino con un sobre. La electrocutación tendría lugar a las nueve de la noche. Murray sonrió ante la agitación del más sabio de los insectos.

En el pabellón había siete condenados a muerte. Desde que estaba allí, tres habían sido conducidos: uno, enloquecido y peleando como un lobo en una trampa; otro, no menos loco, ofrendando al cielo una hipócrita devoción; el tercero, un cobarde, se desmayó y tuvieron que amarrarlo a una tabla. Se preguntó cómo responderían por él su corazón, sus piernas y su cara; porque ésta era su noche. Pensó que ya serían casi las nueve.

Del otro lado del corredor, en la celda de enfrente, estaba encerrado Carpani, el siciliano que había matado a su novia y a los dos agentes que fueron a arrestarlo. Muchas veces, de celda a celda, habían jugado a las damas, gritando cada uno la jugada a su contrincante invisible.

La gran voz retumbante, de indestructible calidad musical, llamó:

-Y, señor Murray, ¿cómo se siente? ¿Bien?

-Muy bien, Carpani -dijo Murray serenamente, dejando que la hormiga se posara en el sobre y depositándola con suavidad en el piso de piedra.

-Así me gusta, señor Murray. Hombres como nosotros tenemos que saber morir como hombres. La semana que viene es mi turno. Así me gusta. Recuerde, señor Murray, yo gané el último partido de damas. Quizás volvamos a jugar otra vez.

La estoica broma de Carpani, seguida por una carcajada ensordecedora, más bien alentó a Murray; es verdad que a Carpani le quedaba todavía una semana de vida.

Los encarcelados oyeron el ruido seco de los cerrojos al abrirse la puerta en el extremo del corredor. Tres hombres avanzaron hasta la celda de Murray y la abrieron. Dos eran guardias; el otro era Frank -no, eso era antes, ahora se llamaba el reverendo Francisco Winston-, amigo y vecino de sus años de miseria.

-Logré que me dejaran reemplazar al capellán de la cárcel- dijo, al estrechar la mano de Murray. En la mano izquierda tenía una pequeña biblia entreabierta.

Murray sonrió levemente y arregló unos libros y una lapicera en la mesa. Hubiera querido hablar, pero no sabía qué decir. Los presos llamaban a este pabellón de veintitrés metros de largo y nueve de ancho, Calle del Limbo. El guardián habitual de la Calle del Limbo, un hombre inmenso, rudo y bondadoso, sacó del bolsillo un porrón de whisky y se lo ofreció a Murray, diciendo:

-Es costumbre, usted sabe. Todos lo toman para darse ánimo. No hay peligro de que se envicien.

Murray bebió profundamente.

-Así me gusta -dijo el guardia-. Un buen calmante y todo saldrá bien.

Salieron al corredor y los condenados lo supieron. La Calle del Limbo es un mundo fuera del mundo y si le falta alguno de los sentidos, lo reemplaza con otro. Todos los condenados sabían que eran casi las nueve, y que Murray iría a la silla a las nueve. Hay también, en las muchas calles del Limbo, una jerarquía del crimen. El hombre que mata abiertamente, en la pasión de la pelea, menosprecia a la rata humana, a la araña y a la serpiente. Por eso, de los siete condenados, sólo tres gritaron sus adioses a Murray, cuando se alejó por el corredor, entre los centinelas: Carpani y Marvin, que al intentar una evasión habían matado a un guardia, y Bassett, el ladrón que tuvo que matar porque un inspector, en un tren, no quiso levantar las manos. Los otros cuatro guardaban un humilde silencio.

Murray se maravillaba de su propia serenidad y casi indiferencia. En el cuarto de las ejecuciones había unos veinte hombres, empleados de la cárcel, periodistas y curiosos que…

Aquí, en medio de una frase, el sueño quedó interrumpido por la muerte de O. Henry. Sabemos, sin embargo, el final: Murray, acusado y convicto del asesinato de su querida, enfrenta su destino con inexplicable serenidad. Lo conducen a la silla eléctrica. Lo atan. De pronto, la cámara, los espectadores, los preparativos de la ejecución, le parecen irreales. Piensa que es víctima de un error espantoso. ¿Por qué lo han sujetado a esa silla? ¿Qué ha hecho? ¿Qué crimen ha cometido? Se despierta: a su lado están su mujer y su hijo. Comprende que el asesinato, el proceso, la sentencia de muerte, la silla eléctrica, son un sueño. Aún trémulo, besa en la frente a su mujer. En ese momento, lo electrocutan.

La ejecución interrumpe el sueño de Murray.

* * *

(De Jorge Luis Borges, Libro de sueños, Torres Agüero Editor, Buenos Aires, 1976.)

O. Henry (William Sidney Porter) nació el 11 de septiembre de 1862 en Greensboro, North Carolina, EEUU y falleció el 5 de junio de 1910 en New York, EEUU.

Antologías de cuentos publicadas póstumamente:

Sixes and Sevens (1911)
Rolling Stones (1912)
Waifs and Strays (1917)
O. Henryana (1920)
Letters to Lithopolis (1922)
Postscripts (1923)
O. Henry Encore (1939)

Alain Bosquet (1966) Entretiens avec Salvador Dalí / Dalí desnudado

Dali

S.D.- Dalí no experimenta nunca emoción alguna sobre una obra de arte.

A.B.- ¿Desde cuándo data esa indiferencia?

S.D.- Desde siempre. Yo me detengo eróticamente frente a las obras, pero permanezco impasible. Lo que me atrae en un cuadro, particularmente si son desnudos de Ingres, o de la misma época, es el sentido erótico. En mi adolescencia, la reproducción de esas obras me ofrecía una excusa para ciertas prácticas particulares. En las obras clásicas me interesan mucho más el erotismo y el sentimiento de la muerte, que la llamada perfección artística.

A.B.- ¿El sentimiento religioso de Van Eyck le deja a usted frío?

S.D.- No sé verdaderamente en qué consiste. Dios es un personaje que no conozco y tampoco me afano por saber quién es.

A.B.- No me dirá usted que su sensibilidad es nula. ¿Verdaderamente, no experimenta usted nada en absoluto frente a los capiteles romanos?

S.D.- La escultura romana es un fenómeno de estereotipia y estilización. Trátase de la escultura retórica.

A.B.- ¿Desde qué edad experimenta usted esa especie de total y grave indiferencia por las obras del arte clásico?

S.D.- Mi emoción… Desconozco lo que eso significa. No me emociono por nada, ni siquiera en la vida. No me emociono tampoco por mi propia vida amorosa.

*

A.B.- Se acostumbra a afirmar, simplificando mucho, que usted es el Jerónimo Bosch de nuestro tiempo. ¿Qué lazos admite usted que existen entre ambos?

S.D.- Se trata de uno de los más horribles errores con respecto a mi personalidad. Las representaciones monstruosas y la imaginación delirante de Jerónimo Bosch han motivado que se lo compare conmigo. Es un error muy grave que se repite incesantemente. Los monstruos de Jerónimo Bosch son la expresión de las selvas nórdicas envueltas en la neblina y en las terribles indigestiones de la Edad Media. Pululan en la tela múltiples personajes simbólicos y la sátira ha sacado partido de esa gigantesca diarrea. Se trata de un universo que no me concierne, exactamente opuesto a los monstruos que no han nacido del mismo modo, sino al contrario, ya que derivan de la luz mediterránea. Las grutas del Mediterráneo, los espejos de sus aguas, como la superficie rugosa de las ostras se encuentran tanto en la pintura clásica, como en los climas de España e Italia. Esos motivos están, con frecuencia, reproducidos en Pompeya y algunos otros ejemplos muy notables se descubren en las obras de Rafael que se conservan en el Vaticano: como seres híbridos, esfinges transformadas en pez, etcétera. Por un lado Jerónimo Bosch pensaba y pintaba de manera mítica, en plena bruma musical del norte, y por otro lado, frente a la luz demasiado cruda del Mediterráneo eran necesarias ciertas alucinaciones en armonía con las ideas concisas y romanas que nos aporta el equilibrio clásico. Las criaturas de Jerónimo Bosch simbolizan el ardor plebeyo de los caballeros que partían para las Cruzadas: su creación es un desafío opuesto al humanismo; es asimismo la caricatura de la inteligencia y una sátira que hurga hasta en los intestinos para socavar esa inteligencia. Entretanto, la imaginación de un Rafael, surgido en línea directa de la Grecia antigua, no posee nunca este aspecto devastador y despiadado. ¿Cómo quiere usted que Dalí, en plena luz armoniosa de Cadaqués, pinte como Jerónimo Bosch?

A.B.- Usted, Dalí, intelectualiza demasiado, al par que se sirve mucho de la imaginación.

S.D.- Por sobre la imaginación está el olfato y el instinto.

A.B.- No olvide usted la invasión de Flandes por parte de España, diez años antes de las obras de Bosch. Sin ese despliegue de las tropas españolas sobre Flandes, con todo el salvajismo de los españoles, no hubiera habido un Jerónimo Bosch. No me negará usted que el rey Felipe II amaba con pasión esos cuadros flamencos.

S.D.- Efectivamente, como también reconozco su amor por el Greco. Felipe II amaba los espíritus torturados, pues era una naturaleza erótica.

A.B.- Los monstruos de Rafael no son vivientes: son casi únicamente motivos decorativos dibujados a la ligera.

S.D.- Para mí son más monstruosos que las criaturas de Jerónimo Bosch. Si uno no los descubre, se debe al hecho de que por pudor, los oculta bajo formas ornamentales. Al principio sólo se distinguen guirnaldas, pero si se las considera como parte integrante del cuadro, uno se sorprende por su presencia evocadora. Lo que me desagrada en las telas de Bosch es el elemento pueril, folklórico, primario y plebeyo: en una palabra, lo que habría podido pintar un campesino. En cambio, Rafael y los otros italianos de quienes hablo, han tenido el refinamiento de encerrar sus monstruos en una forma ornamental. Es suficiente una mirada atenta para advertir que esas divagaciones fantásticas entran por la nariz, salen por el ano, para formar masas de follajes al término de las cuales emergen los fetos, los que a su turno se convierten en astros. A mí me parece que este aspecto descuidado de la pintura clásica es muy importante. Y por último, es demasiado para mí una comparación con Jerónimo Bosch.

* * *

De Alain Bosquet, Dalí desnudado, Paidós, Buenos Aires, 1967. Entretiens avec Salvador Dalí, 1966, Editions Pierre Belfond, traducción de José Destéfano.

Franz Kafka. Un golpe a la puerta del cortijo

Fue un caluroso día de verano. Mi hermana y yo pasábamos frente a la puerta de un cortijo que estaba en el camino de regreso a casa. No sé si golpeó esa puerta por travesura o distracción. no sé si tan solo amenazó con el puño sin llegar a tocarla siquiera. Cien metros mas adelante, junto al camino real que giraba a la izquierda, empezaba el pueblo. No lo conocíamos, pero al cruzar frente a la casa que estaba inmediatamente después de la primera, salieron de ahí unos hombres haciéndonos unas señas amables o de advertencia; estaban asustados, encogidos de miedo. Señalaban hacia el cortijo y nos hacían recordar el golpe contra la puerta. Los dueños nos denunciarían e inmediatamente comenzaría el sumario. Yo permanecía calmo, tranquilizaba a mi hermana. Posiblemente ni siquiera había tocado, y si en realidad lo había hecho, nadie podría acusarla por eso. Intenté hacer entender esto a las personas que nos rodeaban; me escuchaban pero absteniéndose de emitir juicio alguno. Después dijeron que no sólo mi hermana sino también yo sería acusado. Yo asentía sonriente con la cabeza. Todos volvíamos nuestra vista atrás, hacia el cortijo., tan atentamente como si se tratara de una lejana cortina de humo tras la cual fuera a aparecer un incendio. Lo que pronto vimos, en realidad fue a unos jinetes que entraron por el portón del cortijo. Una polvareda al levantarse, lo cubrió todo; solo brillaban las puntas de las enormes lanzas. Apenas la tropa había desaparecido en el patio, cuando debió, al parecer, hacer dar vuelta a sus corceles, pues volvió a salir en dirección nuestra. Aparté a mi hermana de un empellón, yo me encargaría de poner todo en orden. Ella no quiso dejarme solo. Le expliqué que para que se viera mejor vestida ante los señores debía, al menos, cambiarse de ropas. Por fin me hizo caso e inició el largo camino a casa. Ya estaban los jinetes junto a nosotros y casi al tiempo de apearse preguntaron por mi hermana. “No está aquí de momento” fue la temerosa respuesta, “pero vendrá mas tarde”. La contestación se recibió con indiferencia. Parecía que ante todo, lo importante era haberme hallado. Destacaban, de entre ellos, el juez, un hombre joven y vivaz, y su silencioso ayudante llamado Assmann. Me invitaron a pasar a la taberna campesina. Lentamente, balanceando la cabeza, jugando con los tiradores, comencé a caminar bajo las miradas severas de los señores. Aún creía que una sola palabra sería suficiente para que yo, que vivía en la ciudad, fuese liberado, incluso con honores, en ese pueblo campesino. Pero luego de atravesar el umbral de la puerta, pude escuchar al juez que se acercó a recibirme: “Este hombre me da lástima”. Sin duda alguna, no se refería con esto a mi estado actual sino a lo que me esperaba en el futuro. La habitación se parecía mas a la celda de una prisión que a una taberna rural. De las grandes losas de la pared, oscura y sin adornos, pendía, en alguna parte, una argolla de hierro, y en el centro de la habitación algo que era medio catre y medio mesa de operaciones.

¿Podría yo respirar otros aires que los de una cárcel? He aquí el gran dilema. O, mejor dicho, lo que sería el gran dilema, si yo tuviera alguna perspectiva de ser dejado en libertad.

* * *

Franz Kafka nació en Praga, Austria-Hungría el 3 de julio de 1883 y falleció en Kierling, Austria el 3 de junio de 1924. Escribió en alemán. Su obra lo sitúa como uno de los más grandes escritores de todos los tiempos.

Narrativa publicada en vida:

Descripción de una lucha (1904)
Conversación con el suplicante
Conversación con el ebrio
Contemplación (1912)
Un médico rural (1919)
El nuevo abogado
Un médico rural (Ein Landarzt, 1917)
En la galería
Un viejo manuscrito
Ante la ley (parábola)
Chacales y árabes
Una visita a la mina
El pueblo más cercano
Un mensaje imperial
Preocupaciones de un padre de familia
Once hijos
Un fratricidio
Un sueño
Informe para una academia (Ein Bericht für eine Akademie, 1917)
La condena (Das Urteil, septiembre 22-23, 1912)
En la colonia penitenciaria (In der Strafkolonie, octubre de 1914)
Una mujercita (Eine kleine Frau, 1923)
Josefina la cantora o el pueblo de los ratones (Josephine, die Sängerin, oder Das Volk der Mäuse, 1924)
Un artista del hambre (1924) (Ein Hungerkünstler, 1922). Revisado por Kafka en su lecho de muerte
Un artista del trapecio
La metamorfosis (Die Verwandlung, 1915)

Obras publicadas póstumamente:

El desaparecido (Novela comenzada en 1911 y que dejó de escribir en 1912. Está inconclusa. Durante años se conoció como América, título que Max Brod escogió, pero estudios recientes han determinado que Kafka la tituló El desaparecido. Se publicó por primera vez en 1927. Desde 1982 la distribución de los capítulos y fragmentos se modificó, y la editorial Fischer publicó en alemán la edición definitiva)
El proceso (Der Prozeß, 1925). Novela inconclusa.
El castillo (Das Schloß, 1922). Novela inacabada.
La edificación de la Muralla China (Relato)
Carta al padre (noviembre de 1919)
Ricardo y Samuel (Capítulo de una novela, escrito en colaboración con Max Brod)

Relatos:

Preparativos de una boda en el campo (Hochzeitsvorbereitungen auf dem Lande, 1907-1908)
Der Dorfschullehrer o Der Riesenmaulwurf (1914-1915)
La muralla china (Beim Bau der Chinesischen Mauer, 1917). Versión previa a otra definitiva destruida más tarde por Kafka.
La obra (Der Bau, 1923-1924). También traducido como La construcción o La madriguera.

Obra epistolar, diarios y aforismos:

Aforismos, visiones y sueños (1917)
Cuadernos en octava (1917)
Diarios (1910-1923)
Escritos sobre sus escritos (1917) Publicado en España como Escritos sobre el arte de escribir, 2003.
Carta al padre (1919)
Cartas a Felice (1967)
Cartas a Milena
Cartas a Ottla
Cartas a la familia

(Fuente: Wikipedia)

Kenneth Patchen, poeta

¿SABEN LOS MUERTOS QUÉ HORA ES?

El viejo puso sobre la mesa su vaso de cerveza.
Hijo, dijo,
xxxxx(y una muchacha se acercó a nuestra mesa:
xxxxxnos pidió por Juan Cristo que le pagáramos de beber).
Hijo, quiero contarte algo
que nunca fue contado por nadie.
xxxxx(y la muchacha dijo: No tengo nada en vista esta noche;
xxxxx¿qué te parece si fuéramos los dos a tu casa?
Te contaré la historia del encuentro
de mi madre con Dios.
xxxxx(yo le susurré a la muchacha: No tengo cuarto,
xxxxxpero tal vez…)
Ella ascendió hasta la cima del mundo
y Él se le acercó directamente y dijo:
De modo que por fin has venido a casa.
xxxxx(¿pero tal vez qué?
xxxxxPensaba que me gustaría quedarme aquí y hablar contigo).
Mi madre comenzó a llorar, y Dios
la rodeó con sus brazos.
xxxxx(¿de qué?
xxxxxOh, simplemente hablar… algo encontraremos).
Ella dijo que era como si una niebla le cubriese el rostro,
y que había luz por todas partes, y que una voz dulce le decía:
Ahora puedes dejar de llorar,
xxxxx(¿de qué hablaremos que nos ocupe toda la noche?
xxxxxy yo le dije que no sabía).
Ahora puedes dejar de llorar.

COLEGIO EN LA ESQUINA DE LA CALLE

El año próximo la hierba de la tumba nos cubrirá.
Ahora estamos aquí, y reímos;
mirando pasar las muchachas;
apostando a caballos perdedores; bebiendo ginebra ordinaria.
No tenemos nada que hacer, ningún lugar donde ir; nadie.

El año pasado era hace un año; nada más.
Entonces no éramos más jóvenes; ni ahora más viejos.

Nos las componemos para darnos aires de jóvenes;
no sentimos nada detrás de nuestros rostros, ni hacia un lado ni hacia el otro.

Probablemente no estaremos por completo muertos cuando muramos.
Durante todo el camino nunca fuimos nada; ni siquiera soldados.

Somos los agraviados, hermanos, los muchachos desolados
sonámbulos en una tierra oscura y terrible,
donde la soledad es un cuchillo sucio contra nuestra garganta.
Frías estrellas nos observan, camarada.
Frías estrellas y las prostitutas.

(Versiones de Alberto Girri)

(De Poesía norteamericana del siglo XX, selección de Mario Morales y Eugenio Lynch, Centro Editor de América Latina, 1970.)

* * *

Kenneth Patchen nació el 13 de diciembre de 1911 en Niles, Ohio, EEUU y falleció el 8 de enero de 1972 en Palo Alto, California, EEUU.

Obras:

Before the Brave, 1936
First Will and Testament, 1939
The Journal of Albion Moonlight, 1941
The Dark Kingdom, 1942
The Teeth Of The Lion, 1942
Cloth of the Tempest, 1943
The Memoirs of a Shy Pornographer, 1945
An Astonished Eye Looks Out of the Air, 1945
Outlaw of the Lowest Planet, 1946
The Selected Poems of Kenneth Patchen, 1946
Sleepers Awake, 1946
Panels for the Walls of Heaven, 1946
Pictures of Life and Death, 1946
They Keep Riding Down All the Time, 1946
CCCLXXIV Poems, 1948
Red Wine and Yellow Hair, 1949
Fables and Other Little Tales, 1953
Poems of Humor and Protest, 1954
The Famous Boating Party, 1954
Hurrah for Anything, 1957
When We Were Here Together, 1957
Selected Poems, 1957
The Love Poems of Kenneth Patchen, 1960
Because It Is, 1960
Hallelujah Anyway, 1966
But Even So, (picture poems), 1968
Selected Poems, 1968
Collected Poems, 1969
Aflame and Afun of Walking Faces, 1970
Wonderings, 1971
In Quest of Candlelighters, 1972
The Argument of Innocence, 1976
Patchen’s Lost Plays, 1977
Still Another Pelican in the Breadbox, 1980
What Shall We Do Without Us, (picture poems), 1984
Awash with Roses: Collected Love Poems of Kenneth Patchen, 1999
We Meet, 2008
The Walking-Away World, 2008
Kenneth Patchen: A Centennial Selection, 2011
Selected Correspondence of Kenneth Patchen, 2012

Philipp Stölzl (2010) Goethe!

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Philipp Stölzl (1967, Alemania) dirigió los largometrajes The Expatriate (2012), Goethe! (2010), Nordwand (2008) y Baby (2002), además de algunos videos de Madonna, Garbage y Rammstein.

La película recrea un episodio en la vida de uno de los más importantes escritores alemanes (si no el más grande).

En 1772 Goethe (Alexander Fehling) tiene 23 años y estudia Derecho. Ha escrito algunos poemas y el drama Götz von Berlichingen.

Se ha trasladado a Wetzlar a dar su examen de doctorado a instancias de su padre, pero fracasa rotundamente. Habla mucho, bebe mucho y gusta de otras cosas distintas que las leyes.

Logra ser empleado en esa localidad entablando amistad con Wilhelm Jerusalem (Volker Bruch), otro estudiante, pero cuando conoce a Charlotte “Lotte” Buff von Wahlheim (Miriam Stein) se enamora perdidamente.

Los acontecimientos que vive a partir de ese momento, le darán inspiración y motivo para escribir una de sus obras más importantes.

Un film correctamente realizado que oscila entre la comedia y el drama con matices románticos.

Pedro Almodóvar (2013) Los amantes pasajeros

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Pedro Almodóvar (1949, España) tiene un estilo propio para hacer cine. Un estilo fácilmente reconocible, por su apelación al desparpajo, al absurdo de las situaciones que arma, por la elección de la música, por eso tan tendiente a la desmesura, a lo teatral dentro de la pantalla, al cine dentro del cine.

En su última película (también escrita por él) todo eso aparece diluido, como si al producto original le hubiese agregado tanta agua que se ha transformado en algo que nos hace recordar lo que estaba al principio, pero que es inoloro, inodoro e insípido. Y digo esto porque la calidad de la filmografía de Pedro permite esperar una obra digna. Y Los amantes pasajeros no la es.

La historia transcurre dentro de un avión, especialmente en el sector VIP y en la cabina de mandos, ya que por motivos que no es posible revelar, el papel reservado a la clase económica es otro. Y aquí cabría mencionar la posibilidad de una interpretación política de esta película. Es probable, pero eso no suma ni resta demasiado, creo.

El vuelo se dirige a México y un desperfecto al comienzo del viaje, hace que la nave tenga un grave accidente si no puede aterrizar e incluso, si ese aterrizaje no llega a buen término.

Esa es la excusa para que los pasajeros (los de la clase VIP) y la tripulación empiecen a mostrar sus comedias y tragedias personales. En el caso de las comedias, lo cómico brilla por su ausencia, y en el caso de lo dramático, no es posible tomarlo tan en serio como para deprimirse. Digo, el espectador.

El título para su estreno en países de habla inglesa fue It’s So Excited (título de un tema que se escucha en el film). Quizás se trata de eso.

Finalmente empiezo por el principio. La escena inicial es actuada por Penélope Cruz y Antonio Banderas, quienes NO vuelven a aparecer en el resto de la película. Lástima por Penélope, gracias por Antonio.

Ah, y lo del gazpacho fue en Mujeres al borde de un ataque de nervios ¿no?

Filmografía de Pedro Almodóvar: Los amantes pasajeros (2013), La piel que habito (2011), Los abrazos rotos (2009), La concejala antropófaga (2009), Volver (2006), La mala educación (2004), Hable con ella (2002), Todo sobre mi madre (1999), Carne trémula (1997), La flor de mi secreto (1995), Kika (1993), Tacones lejanos (1991), Átame! (1990), Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), La ley del deseo (1987), Matador (1986), ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), Entre tinieblas (1983), Laberinto de pasiones (1982), Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), Folle… folle… fólleme Tim! (1978).

Henryk Mikołaj Górecki (1976) Sinfonía Nº 3, Op. 36 “Sinfonía de las canciones de lamento”

1. Lento. Sostenuto tranquilo ma cantabile (Lament swietokrzyski z “Piesni lysogórskich”)

2. Lento e largo. Tranquillissimo – cantabilissimo – dolcissimo – legatissimo (Zakopane “Palace” cela nr 3 sciana nr 3 Blazusiakówna Helena Wanda lat 18, siedzi od 25 IX 44)

3. Lento. Cantabile semplice (Piesn ludowa z opolskiego)

Henryk Mikolaj Górecki nació el 6 de diciembre de 1933 en Czernica, Silesia, Polonia y falleció el 12 de noviembre de 2010 en Katowice, Silesia, Polonia.

La lista de obras de Górecki está aquí.

León Tolstoi (1899) Sonata a Kreutzer

Tolstoi

León Tolstói publicó la novela Sonata a Kreutzer en 1889. El título alude a la Sonata N º 9 en La mayor para violín y piano, op. 47 de Ludwig van Beethoven que le fuera dedicada a Rodolphe Kreutzer, violinista, profesor, compositor y director de orquesta francés.

La conversación entre los pasajeros que comparten un viaje en tren trata sobre las relaciones matrimoniales entre hombres y mujeres.

Uno de ellos es Pozdnyshev, quien se da a conocer como la persona que ha matado a su esposa.

A partir de allí, la novela es el monólogo de este hombre que le confiesa al narrador de la novela la historia de su matrimonio, la relación de su mujer (pianista) con Trujachevsky (violinista), los motivos que lo llevaron a cometer el asesinato y por qué ahora está libre.

“-Tocaron la Sonata a Kreutzer de Beethoven. ¿Conoce el primer tiempo, el presto? ¿Lo conoce usted? -exclamó-.¡Oh…! Esa sonata es terrible. ¿Qué es? No lo comprendo. ¿Qué es la música? ¿Qué efecto produce? ¿Y por qué actúa de ese modo? Dicen que eleva las almas. ¡Es absurdo! ¡Es mentira! Ejerce una gran influencia (me refiero a mí mismo), pero no eleva el alma en modo alguno. No hace que el alma se eleve ni descienda, sino que la irrita. ¿Cómo explicarle esto? La música me obliga a olvidar mi existencia, mi situación real; me transforma.”

Es un relato fascinante, si bien sabemos desde el principio lo que hizo Pozdnyshev. Lo interesante es la descripción, el detalle psicológico y las palabras que Tolstoi pone en boca del personaje. Y además, la particular argumentación del asesino acerca de las relaciones sexuales y de los vínculos entre hombres y mujeres.

Un año después de su publicación y a raíz de que la novela fue censurada, Tolstoi escribió unos comentarios a la misma, que figuran en la edición. Si se la lee prescindiendo de esas palabras mantiene una intensidad especial.

Lev Nikoláievich Tolstói (Лев Николаевич Толстой) nació el 9 de septiembre de 1828 en Yásnaya Poliana, Tula, Imperio ruso y falleció el 20 de noviembre de 1910 en Astápovo (en la actualidad Lev Tolstói, provincia de Lípetsk), Imperio ruso.

Obras:
Infancia (Детство [Détstvo]; 1852)
Adolescencia (Отрочество [Ótrochestvo]; 1854)
Juventud (Юность [Yúnost’]; 1856)
Relatos de Sebastópol (1855-56)
Felicidad conyugal (1858)
Los Cosacos (Казаки [Kazakí]; 1863)
Polikushka (1863)
Dos húsares (1866)
Guerra y Paz (Война и мир; [Voyná i mir]; 1865-1869)
Anna Karénina (Анна Каренина; 1875-1877)
Confesión (1882)
La Muerte de Iván Ilich (1886)
La Sonata a Kreutzer (Крейцерова соната; 1889)
Iglesia y Estado (1891)
El Reino de Dios está en Vosotros (1894)
El Padre Sergio (1898)
Resurrección (Воскресение [Voskresénie]; 1899)
Hadji Murat (Хаджи-Мурат [Jadzhí-Murat]; 1912) (póstuma)
No Puedo Callarme
Cuentos Populares
¿Qué es el Arte?
Cantando por mi vida
La escuela de Yásnaia Poliana
El diablo (1911) (póstuma)
De las memorias del príncipe D. Nejliúdov. Lucerna (1857)
Albert (1858)
Tres muertes (1858) (relato)
Nuevo abecedario (1872-1875)
El origen del mal

René François Xavier Prinet, “Sonata a Kreutzer”, 1901

Danny Boyle. Trance (2013) En trance

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La última de Danny Boyle (1956, Inglaterra), el director de 127 hours (2010), Slumdog Millionaire (2008), Sunshine (2007), Millions (2004), 28 Days Later (2002), The Beach (2000), A Life Less Ordinary (1997), Trainspotting (1996) y Shallow Grave (1994), además de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

Acá la historia la pone en marcha el robo de una pintura de Goya durante el transcurso de una subasta, luego de haber sido vendida por veintisiete millones y medio de libras esterlinas. En una operación comando Simon (James McAvoy) se encarga de sustraer la tela y en el momento en que Franck (Vincent Cassel) decide prescindir de él, lo golpea dejándolo inconsciente mientras huye junto a tres cómplices con la preciada obra.
Más tarde, al desenvolver la funda donde estaba el Goya descubren que está solo el marco.
Simon es internado para que se recupere y al salir, los cuatro ladrones lo secuestran para que les diga dónde está la pintura.
Pero Simon no lo recuerda, aunque es torturado salvajemente.
Recurren a Elizabeth (la bella, sensual e intrigante Rosario Dawson), una hipnotizadora que tratará de hacer que Simon diga cuál es el paradero de la valiosa tela.

Lo que en principio resulta una película visualmente impactante y un planteo interesante (con reminiscencias a Inception), finalmente no lo es tanto, ya que el mayor defecto es la “explicación” que Boyle pone en boca de uno de los personajes, para que “explique” de qué se trata todo esto que incluye pistas falsas, idas y vueltas. Esto permite captar la atención del espectador. Pero al final, todo se diluye.

Michel Ocelot. Kirikou et la sorcière (1998) Kirikou y la hechicera

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Michel Ocelot (1943, Francia) es el autor y director de esta maravillosa película de animación, coproducción entre Francia, Bélgica y Luxemburgo.

Es la historia del pequeño Kirikou, en una tribu de África, quien desde su nacimiento es un niño especial ya que quiere encontrar respuestas a cosas que todos dan por obvias y por ya respondidas. La hechicera Karabá es quien mantiene a la gente oprimida porque les ha quitado el agua de un arroyo cercano y ahora tienen que caminar mucho para obtener el agua. Y a quien tienen que dar todas las pepitas de oro que encuentren.

Y lo que también preocupa a Kirikou es que no haya casi ningún hombre en la aldea, ya que han ido a luchar contra la hechicera y no han regresado.

Visualmente hermosa, con dibujos hechos a la manera “antigua” y con la música del excelente cantante y compositor senegalés Youssou N’Dour.

Filmografía de Michel OcelotKirikou et les hommes et les femmes (2012), Les contes de la nuit (2011), Dragons et princesses (serie de TV, diez episodios, 2010), Azur et Asmar (2006), Kirikou et les bêtes sauvages (2005), Princes et princesses (2000), Kirikou et la sorcière (1998), Les contes de la nuit (película para TV, 1992), Ciné si [serie de TV: La princesse des diamants (1989), Icare (1989) y Le manteau de la vieille dame (1989)], Les quatre voeux du vilain et de sa femme (corto, 1987), Le prince dompteur (serie de TV, 1983), La légende du pauvre bossu (corto, 1982), Les filles de l’égalité (corto, 1981), Les 3 inventeurs (corto, 1980).

Hermanos Esteban Alenda (2008) Silba Perfidia

De elcortometrajen100nombres.com:

Los hermanos César y José Esteban Alenda han escrito, producido y dirigido cinco cortometrajes que han participado en más de 300 festivales nacionales e internacionales. En 2009 fueron galardonados con el premio Goya al mejor cortometraje de animación por La increíble historia del hombre sin sombra y en 2010, con El orden de las cosas, recibieron, entre otros muchos premios, el primer premio y Roel de Oro en la XXIII Semana de Cine de Medina del Campo, y el primer premio de honor Caja Mediterráneo (CAM) a la mejor producción en el XXXIII Festival Internacional de Cine Independiente de Elche.

César, licenciado en Arquitectura, compagina su labor como director y guionista en Solita Films con otras disciplinas artísticas como el diseño gráfico y trabajos en estudios de arquitectura.

José, licenciado en LADE y máster europeo en Gestión Audiovisual (MEGA 2003), combina su trabajo como productor en Solita Films con labores de producción ejecutiva y dirección de producción para otras empresas productoras nacionales e internacionales.

Filmografía:

  • 2010. El orden de las cosas
  • 2008. Silba Perfidia
  • 2008. La increíble historia del hombre sin sombra
  • 2007. Manolo Global
  • 2006. Manolo marca registrada

Páginas web: www.solitafilms.com www.elordendelascosas.com

Diana Cohen Agrest / Legitimadores de la impunidad

(Publicado en La Nación, 5.7.2013, lanacion.com.ar)

“Yo soy una especie de cocinero al que le dan los ingredientes y la receta, y tengo que hacer huevos fritos”, se justificó cuando se me apersonó el defensor oficial del asesino de mi hijo. Omitía que la receta es una interpretación que el garantoabolicionismo hace de la ley con la cual viola la protección del derecho a la vida. Esa vida que le fue arrancada a Ezequiel Agrest cuando los jueces del tribunal de Morón, Parera, Thompson y de Carlo, excarcelaron a un delincuente que tenía en su haber once causas graves previas y con sus firmas sentenciaron a muerte a un inocente.

Pese a que un Tribunal Oral en 2012 condenó al asesino a la pena perpetua, los jueces de Casación Slokar, Figueroa y Ledesma ordenaron a los jueces Rojas, Altieri y De la Torre rebajar la condena. La audiencia en ese tribunal, que condenso con citas textuales, fue un modelo de tantas otras causas legitimadoras de la impunidad que no llegan al público.

Tras el reconocimiento del homicida como único autor, el fiscal termina excusándolo -“lo noto arrepentido”, dijo, una percepción subjetiva que serviría de atenuante para solicitar una pena menor a la pedida por la querella- e incumpliendo su función en el ministerio público: acusar de su culpabilidad al victimario, en cuanto el fiscal representa los valores vulnerados de la sociedad y la protección del cuerpo social.

El nudo del drama aceitaba la maquinaria retórica que se desplegaría en el desenlace. Pues el alegato de mayor vuelo fue el del defensor oficial Gustavo Ferrari (homónimo del diputado), quien con resonancias filosóficas comenzó por reconocer que no “podemos dejar de tener en cuenta que la justicia perfecta entre el mal causado y el sufrimiento que se pretende imponer” es imposible. A modo de dilema personal (irrelevante en la impartición de justicia), confesó: “Me ponen mal, porque hay un mal que no puedo reparar”. Puedo aliviar su mal, señor defensor, pienso entonces. Pues la respuesta la tengo hasta yo que, aunque lega en el arte de la ficción jurídica, algo sé de la ética que debería fundar el derecho: aunque la justicia perfecta es imposible, los jueces deben intentar reparar lo irreparable hasta el punto de que la ausencia perpetua del muerto se compense con la cesión perpetua de la libertad del asesino. “No quiero causar un daño mayor que el que ya se causó”, dice entonces. Señor defensor -me digo en mi monólogo interior-, usted sufre de una confusión conceptual: no se trata de dos males, sino de un bien, la condena, que intenta compensar vicariamente el mal primario que el homicida conculcó, restituyéndose así la justicia debida. “Matémoslo -concede retóricamente el defensor a un verdugo imaginario con el solo fin de deslegitimar esa posibilidad-; si no tiene ninguna posibilidad de ser redimido, si no puede haber equilibrio simbólico entre la pena y el delito, el castigo se llama venganza.”

No, señor defensor, señores jueces, no es venganza: es justicia. Señores jueces, la resocialización no se menciona en nuestra Constitución Nacional y, de promoverse -para quien mató a un inocente-, por debida Justicia debería ser intramuros.

“Te voy a prisionizar para que, como una picadora de carne, te aniquile”, amenaza al reo el adicto a las analogías gastronómicas como portavoz ficcional de la ley. Señor defensor -cocinero, digo para mí misma-, los gusanos están haciendo el trabajo de picadora de carne de los despojos de mi hijo. Y en la angelización del delincuente -negada por su prontuario- termina por equiparar un homicidio a un error trivial cuando interroga a los jueces: “Si en el caso puntual, el que se equivocó fuera nuestro hijo, ¿pensaríamos lo mismo?”. Invirtamos los términos, pienso yo: si el inocente sacrificado fuera hijo del defensor y de los jueces, ¿pensarían lo mismo? Señores magistrados, creía erróneamente que en la Justicia reina la imparcialidad y no la subjetividad de quienes juzgan.

El defensor lleva su alocución a una hipérbole extemporánea cuando asevera: “Si lo pudiéramos encerrar en la mazmorra más oscura y tirar la llave, lo haríamos”. ¿Acaso el asesino no encerró a mi hijo en la mazmorra más oscura y tiró la llave?

El defensor Ferrari invita a que el acusado pueda “ver al final del túnel una luz”. “Si le quitamos esa meta, le vamos a quitar el destino.” Señores jueces, el asesino le quitó la meta y el destino a mi hijo, quien sólo pudo ver la luz al final del túnel cuando ingresó en ese otro mundo, si lo hay.

“Parece sincero, parece arrepentido y pidió perdón”, dice el defensor. ¿Qué valor -me interrogo perpleja- tiene semejante cadena de conjeturas? Señores jueces, en su fallo exculpatorio, ustedes rebajaron la pena invocando el presunto arrepentimiento y el pedido de perdón. Pero el único que puede perdonar es quien ya no está para concederlo. Y a nosotros, los enlutados, no se nos preguntó si concedíamos ese perdón ante el daño infligido a nuestras vidas. Por lo demás, arrepentimiento y perdón son nociones extrajurídicas, de índole religiosa o espiritual que ustedes, responsables de impartir justicia, no tienen el derecho moral de invocar. El perdón del derecho penal es un resabio de los reyes que perdonaban la vida del condenado y, en un Estado que abolió la pena de muerte, invocar el perdón es una extrapolación ilegítima.

Coronando su discurso, el defensor declaró que si no se tuviera en cuenta el arrepentimiento, “se produciría una violación del principio de proporcionalidad y de ecuanimidad”. Me pregunto, entonces: ¿qué proporcionalidad y qué ecuanimidad son proclamadas cuando el asesino vive su vida y la víctima inocente se desintegra en un cajón? Al absolverlo, el defensor declara que el asesinato “no se le puede imputar al detenido, sino al Estado”.

Coincido parcialmente, y corrijo: al asesino y al Estado. Pues los exponentes de esta auténtica canallada disfrazada de teoría son los responsables de la muerte de miles de inocentes durante la última década. La sociedad, vulnerada en sus valores y vulnerable por su impotencia, ¿tendrá la oportunidad de juzgar a estos genocidas de la democracia como se juzgó a los de la dictadura? La crónica de este simulacro visibiliza los miles de procesos exculpatorios de una justicia penal que fracasa cuando se orienta a la sola prevención del delito. Y su justificación, la “teoría de los huevos fritos”, es un remedo de la célebre figura de la obediencia debida. Una responsabilidad difusa que interpreta la ley con complicidad criminal, hoy promovida desde el Estado de Derecho.

* * *

Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008), Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010) y Ausencia perpetua (Inseguridad y trampas de la [in]Justicia) (2013).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Carlos Ares / Treinta años

(Publicado en Perfil, 30.6.2013, www.perfil.com)

Todos los que votaron por primera vez en octubre de 1983, después de ocho años y medio de dictadura, cuando vuelvan a votar una vez más, el próximo octubre, tendrán cincuenta, o más, años de edad. Entonces, Raúl Alfonsín, el líder del radicalismo, prometía investigar los crímenes de la dictadura. Italo Luder, la cara conservadora del peronismo, hablaba de la necesidad de la “reconciliación” nacional.

Alfonsín quería juicio y castigo. Luder quería legalizar la “autoamnistía” que se habían aprobado los militares para evitar ser juzgados. Se abrían locales partidarios, se redactaban programas, regresaban dirigentes, artistas, ciudadanos obligados al exilio exterior o interior, las ideas hervían en el fuego de la discusión. Había, ahí nomás, un país posible.

Y entonces, como dice una canción de Serrat, “llegaron ellos”. En este caso, “ellos” son los años.

Seis de radicalismo, veintidós de peronismo, dos más de Alianza entre peronistas y radicales. A las promesas las sucedieron los hechos, las decisiones, las relaciones de poder, lo que se podía, lo que no, la Semana Santa, el punto final, la obediencia debida, el Plan Austral. Era necesario estimular la esperanza, y a las promesas modestas las sucedieron entonces las promesas fantásticas.

Y llegaron más de “ellos”. Menem, los indultos, Cavallo, Manzano, “uno a uno” fuimos cayendo en la trampa. Y así, la Alianza, peronismo, radicalismo, Nilda Garré, Abal Medina, Débora Giorgi, Diana Conti, y otra vez Cavallo, y el corralito, y el 2001, y Duhalde, y Aníbal Fernández, y Kosteki y Santillán, y los Kirchner, y así, y hasta ahora, y Boudou, y Lorenzino, y Kunkel, y Aníbal Fernández, y Gerardo Martínez, y Lázaro Báez, y una cantidad de tipos y minas que se dedicaron después a reescribir su pasado para contarse la propia historia como un “relato” heroico del que fueron protagonistas.

Y mientras “ellos” pasaban, “nosotros” compramos y consumimos todas las versiones de la “revolución”: la del “imperio de la ley”, la “productiva”, la “ideológica” que nos vendieron  los mismos que aprobaron las privatizaciones y apoyaron después la estatización, vendimos mal y recompramos al doble y se pagó con desocupación y miseria todas las fiestas del consumo, la del “deme dos”, la del “uno a uno” y ahora la del subsidio. Todas terminaron con el malestar de una resaca insoportable y hubo que vomitarlas. Que se vayan en 1989. Que se vayan en 1999, que se vayan todos en 2001, que se vayan en 2013.

Podemos vernos ahora, hoy, dispuestos, obligados casi, a elegir nuevamente, a optar, ¿entre qué?

Tenemos más prejuicios sobre los candidatos  que información sobre programas o ideas. No los reconoceríamos en fotos ni podríamos siquiera deletrear el nombre completo de los frentes electorales que representan. Los que disponen de “cajas”, de dinero público o son financiados por intereses privados van a invertir fortunas en carteles, en avisos o en programas de radio o de TV por cable, previo pago “por otra ventanilla” a quien los entrevista.

Parece ser que la batalla es ahora por la Constitución. Para evitar que la reformen a gusto de los que mandan. Treinta años después, entonces, volvemos a recitar el preámbulo: “Nos los representantes”  –es decir, “nosotros, hoy, aquí, ahora”–, todo lo que queremos y seguimos esperando es “afianzar la justicia”, “constituir la unión nacional”, “consolidar la paz interior”, “proveer a la defensa común”, “promover el bienestar general”, “asegurar los beneficios de la libertad” para todos los “nosotros” que quieran habitar…
*Periodista, coordinador de AM 1110 – La Once Diez, FM 92.7 – La 2×4 y el Canal Ciudad Abierta, medios públicos de la Ciudad.

Guillermo Raffo / El buenismo (versión optimista)

(Publicado en Perfil, 30.6.2013, www.perfil.com)

En nombre del antikirchnerismo no dialoguista quisiera ejercer mi derecho a réplica en relación con la nota “Elogio del diálogo” que Pablo Avelluto escribió para La Nación. Lo lógico sería hacerlo en el mismo diario que la publicó, pero me parece que están muy ocupados con el Papa. Además, si todavía a esta altura hay que seguir debatiendo estas pelotudeces, prefiero cobrar por hacerlo.

Ah, pero si empezamos así, descalificando, ¿qué tipo de conversación puedo pretender? Ninguna. No me interesa. Desde hace diez años estamos conversando sobre cosas que no me interesan a mí y no le interesan a nadie. Lo hacemos sólo porque el Estado nos obliga, mediante acciones que no le corresponden, invadiendo de manera arbitraria y antinatural nuestra vida privada. Como somos más civilizados que ellos, sólo sabemos defendernos con la palabra. Pero también la queremos a la palabra. No la vamos a usar para cualquier cosa.

No hay evidencia que sostenga la idea de que se puede dialogar con el kirchnerismo. Sí hay mil ejemplos de cómo el tipo de interacción psicopática que caracteriza a Cristina Kirchner y sus minions invoca el diálogo, la tolerancia y el amor cada vez que quiere actuar en sentido opuesto. Recordemos la transversalidad, o el cierre a los gritos del discurso de hace cuatro días: “¡Es mucho más fácil querer que odiar, viva la República!”. El llamado al diálogo que hace Avelluto propone validar definitivamente esa demencia, aceptar la manipulación. Paradójicamente, es una invitación a anular toda posibilidad de diálogo genuino.

Avelluto escribió su nota para promocionar un documental que tengo muchas ganas de ver, centrado en las conversaciones de dos personas que me caen más que bien: Héctor Leis y Graciela Fernández Meijide. Los menciona como ejemplo de saludable diálogo adulto, y se pregunta por qué no podemos dialogar así, como lo hacen ellos. Mi respuesta es: sí podemos, lo hacemos todos los días. Lo que no podemos –y ellos tampoco– es dialogar con Guillermo Moreno y sus equivalentes. La pregunta no es si podemos dialogar con alguien que piensa que abusar de la gente está mal, sino cómo hacemos para dialogar con quien piensa que abusar de la gente está bien, y si deberíamos hacerlo.

El procedimiento de Avelluto (“¿por qué ya no dialogamos?”) no es muy distinto del de Mafalda, cuando le preguntaba a la gente si era buena. Menos el gato, todos le decían que sí. Las respuestas eran demagógicas, aun cuando la pregunta no lo fuera; desencadenaban un ataque de “buenismo” muy similar al que produjo la nota de Avelluto, elogiada instantáneamente por el amplio espectro que va de Mauricio Macri al progresismo culposo, pasando por Cecilia Pando. Observemos que no hay registro de que Macri haya mantenido un diálogo significativo en su vida. Cecilia Pando no sé, me parece que tampoco. Como la música y la monogamia, “el diálogo” suele ser defendido en abstracto, con mayor intensidad por quienes menos lo practican. Y así como hay música buena y monogamia buena, música horrible y monogamia enferma, también hay diálogos deseables y diálogos a los cuales nadie en su sano juicio podría aspirar.

El kirchnerismo es un zombie con un palo rompiendo los vidrios de tu casa mientras grita que te quiere. Avelluto le pregunta: “¿Cuánto mejores seríamos si pudiéramos dialogar? ¿Cuánto mejor nos iría?”. Dialoguemos, joven zombie. Hay siete mil millones de habitantes en la Tierra. ¿Justo elegís el zombie para dialogar? ¿Por qué? ¿Era tu amigo? ¿Era tu hermana? Te entiendo, pero no es problema mío, el resto de los mortales no tenemos la culpa. En el escenario optimista, suponiendo lo mejor, Avelluto es el personaje que escucha un ruido en el bosque, a la noche, y sale de la cabaña en calzoncillos a ver qué es, para causar una buena impresión en la chica que lo acompaña. Tiene derecho, pero –como todos sabemos– muere antes; sus intenciones nobles valen cero en el tablero de la realidad.
*Escritor y cineasta.

Luc Bergeron (Zapatou) / Le meilleur du web * Best of Web * Lo mejor de la web

Cinco compilaciones con imágenes obtenidas de You Tube por Zapatou (Luc Bergeron), un director, actor y editor de video residente en Montreal, Canadá.

Investigador para el programa VLOG en TVA. Realizó la edición de vídeo de Google Zeitgeist 2012. Un apasionado de la edición de vídeo Avid para la web.

twitter.com/Zapatou

www.youtube.com/user/zapatou

Antiviral (2012)

Syd March (Caleb Landry Jones) trabaja para The Lucas Clinic, una empresa que se dedica a vender los virus de las enfermedades que tienen o han tenido las celebridades del mundo del espectáculo. Es un negocio absolutamente lucrativo ya que hay fanáticos, como Edward Porris (Douglas Smith), que demandan este “recuerdo” de sus admirados para sentirse como ellos y ellas.

Hannah Geist (Sarah Gadon) es una de esas hermosas actrices que acaba de morir. Syd, secretamente, se inyecta con el mismo virus que ha matado a Hannah pero desconoce qué tipo es ni cómo combatirlo.

Si bien disfruta teniendo los síntomas de la enfermedad, está muriendo también, por lo que necesita conseguir el antivirus.

Brandon Cronenberg (1980) es hijo del maravilloso director canadiense David Cronenberg. Antiviral es su primer largometraje. Antes había hecho dos cortos: The Camera and Christopher Merk (2010) y Broken Tulips (2008). En los tres films también fue autor del guión.

Antiviral es una película tremenda. Excelentemente fotografiada y actuada, con la dosis de inquietud, misterio, incomodidad y sangre que merece tener esta historia a la cual prefiero pensar como actual (y en la línea de Crash), más que como ubicada en otro espacio y en otro tiempo.

Tomás Abraham / Ubú, Rigoletto y algo más

(Publicado en Perfil, 28.4.2013, www.perfil.com)

La ciudadanía no entiende, pero sospecha, y sufre por una crisis de representatividad que excede a la política o la economía. Se impone el relato kirchnerista del “a favor o en contra”. Antagonismos heredados y la difícil tarea de explorar caminos que alejen del odio.

Escenas. El Gobierno duro y amigable con el Papa, las protestas que no ganan más que la calle, triunfalismo partidario en plena inundación y un acuerdo con Irán rápido y con poca explicación. Como todo.

Los ciudadanos somos los convidados de piedra de lo que acontece en la política nacional. No entendemos nada. No sabemos lo que pasó entre Irán y la Argentina para que se firmara un súbito acuerdo con quienes eran acusados de perpetrar un crimen de lesa humanidad contra hombres y mujeres de nuestro país. Se hizo, se votó, y a otra cosa. No resulta nada claro que representantes de nuestro gobierno y voceros kirchneristas denuncien a Jorge Bergoglio por complicidad y entrega de sacerdotes a la dictadura militar y luego se inclinen ante el papa Francisco con lágrimas en los ojos, conmovidos por su amor a los pobres. Se hizo, asistimos a la conversión, y a otra cosa.

No entendemos nada de inundaciones ni de entubamientos, y menos de viajes turísticos de dirigentes mientras sus representados se ahogan. Se secó la tierra, no llueve, y a otra cosa.

Menos aun somos juristas que pueden tomar posición sobre cautelares, cámaras de casación, sistemas de votación en consejos de la magistratura y jueces ignotos que debemos elegir para que nos juzguen con justicia. No entendemos nada porque nadie quiere que entendamos nada. El poder se basa en el secreto. Se reúnen un par de elegidos, sacan de la galera reformas trascendentes, se ponen de acuerdo en hacerlas ley, y se pasa a otro tema para llenar la agenda barullera.

Se dice que con la Ley de Medios se recorrió el país y participaron decenas de asociaciones con fines de lucro. La verdad es que en lo personal –tres décadas de profesor de la UBA y columnista de actualidad– me lo perdí, y no por distraído.

Nosotros estamos para que un par de veces cada dos años pongamos una papeleta en una urna y esperemos el próximo llamado para repetir la ceremonia.

Dicen que la ciudadanía está activa, indignada, y que no se somete al poder. Los que salen a la calle lo hacen porque están en contra del Gobierno o porque están a favor. Unos en contra por la inseguridad, la corrupción, porque no quieren montonerismo o camporismo, por defender a la república o por el cepo. Otros a favor por la patria grande, por los planes, por los favores, por el modelo, por el pogo, por Evita y por Néstor.

Pero lo que se llama participación, comprensión, educación política, debate profundo, intercambio de ideas… cero.

Diputados y senadores se retiran del recinto o se quedan para hablar 24 horas sin pausa. Unos dicen que se terminó la democracia y que la Justicia está en manos de un par de tiranos. Otros se felicitan porque la corporación judicial ha sido vencida y el pueblo controlará el funcionamiento de los estrados.

Todo este descalabro está programado. No quieren que pensemos. No quieren que sepamos. Sólo nos dejan sospechar. Cuando se gobierna en el secreto, sólo cabe la adivinanza. El ágora electrónica ya no es un ágora. Se enrejó la plaza pública. Se entra con credenciales. No hay programas televisados en que los dirigentes y representantes del pueblo confronten y expongan sus posiciones para que entendamos un poco de qué se trata. Cada espacio periodístico está controlado para que se refuerce la línea editorial preestablecida. Cada pregunta conlleva su respuesta. Hay excepciones que se pueden contar con el dedo de una mano: Plan M, felicitaciones.

Es la política de la ignorancia y del manijazo.

Es posible que este modo de gobernar siga así. La democracia representativa está en crisis. Acá y en el 80% del orbe. Lo está porque los partidos políticos han desaparecido. Son migas desparramadas de un viejo pan. Sólo unos pocos países conservan la tradición partidista, aunque pinchada con alfileres. El sistema republicano ya no es sólo poroso sino poceado sin remaches. El sistema delegativo sin partidos nos retrotrae a los tiempos previos a la Ley Sáenz Peña. Caudillos de distrito, punteros de su riñón y tropa de choque.

Estamos en un problema. Pero se puede sobrevivir con inestabilidad política si hay una base firme de crecimiento económico y alianzas de poder que sostenga un sistema. Hay ejemplos. Italia tuvo décadas de parlamentarismo transitorio y enriquecimiento sostenido. Brasil se gobierna bien a pesar de las miles de causas de corrupción que la Corte Suprema tiene contra el partido oficial, y lo hace por la dinámica de una red de influencias regionales y un poder económico bien pertrechado. Nosotros estamos en un problema. No consolidamos las partes por arriba ni las consolidamos por abajo. En lo político debemos optar por una dictadura plebiscitada o por una fragmentación anárquica. Como no nos gusta del todo ninguna de ellas, mezclamos la baraja y nos da este pase extraño que se llama “democracia a la argentina”.

En lo económico es verdaderamente misterioso. Supongamos que los ministros de economía sean Ubú –el personaje patafísico del teatro bufonesco de Alfred Jarry– y Rigoletto, el bufón jorobado de Verdi. O sea, dos bufones a la manera de la monarquía bicéfala de la vieja Esparta.

Ubú es kirchnerista y juega todo por el modelo. Inflación del 30%, aumento de salarios alrededor del 25%, gasto público elevado, impresión de nuevos billetes 40%, subsidios para que en el tren cueste $ 1 el viaje, tasas de interés bien bajas para que todo el mundo salga a comprar fideos y lava-vajillas antes del aumento, créditos a sola firma, pesificación de la economía y mantenimiento del mercado a altas temperaturas.

Resultado: población económicamente activa ocupada en un porcentaje aceptable, consumo acelerado, desorden de todas las variables, control cada vez más riguroso para que no desmadre el sistema, y a aguantar con el poroto y los autos, ya que los ladrillos de-saparecieron. Economía en la montaña rusa. Es lindo mientras no descarrile; cuando lo haga… no, mejor ni pensarlo.

Viene Rigoletto. Tiene otro modelo en mente. Abrirse al mundo. Traer dólares. Vienen las golondrinas. Se quedan un rato. Las tasas de interés suben. Se libera el cepo. El dólar blue baja y se aproxima al oficial. Hay verdes. Se estabiliza la moneda dura y poco a poco la gente larga el verde y pone en plazos que con el tiempo comienzan a bajar. Vuelven los ladrillos. Se baja la inflación con el congelamiento de los salarios. Para eso hay que promulgar una ley por la que los salarios se establezcan por empresa, como dicen que se hace en Chile. Recesión. Bajan las importaciones. Hay más superávit comercial. El Banco Central aumenta sus reservas. Obra pública financiada a interés bajo y empleo de mano de obra desocupada.

Ubú acusa a Rigoletto de neoliberal. Rigoletto a Ubú de llevar al país a un nuevo Rodrigazo. Ubú quiere la nacionalización del comercio exterior y una cadena de supermercados estatales. Rigoletto sueña con el desmembramiento de la CGT y el orden en las calles y en las clases. Rigoletto denuncia al populismo como el gobierno de unos pocos ricos votado por los pobres. Ubú denuncia al neoliberalismo como el gobierno de unos pocos ricos votado por los pobres…

En esto último hay plena coincidencia, una especie de justo medio pero con la soga cortada.

Pero no todo es política ni economía. Hay algo más.

Héctor Leis, en sucesivas notas periodística y en su libro Un testamento de los años 70, sugiere que para que el país no caiga nuevamente en un abismo de violencia es necesario terminar con el relato que ha hecho de la década del 70 el ejemplo de una juventud maravillosa.

Pide un arrepentimiento general de todos los involucrados en la lucha armada en aquellos tiempos, y en especial, ya que no son objeto de juicios como sí lo son los cómplices de la dictadura militar, un pedido de perdón de los miembros de las formaciones especiales de las que él también formó parte.

El relato basado en el sistema de los 70 es sin duda nefasto. Es el resultado de una estafa ideológica. Se usa un perimido canto de liberación con fines de venganza y persecución. Pero la sugerencia de que la iniciativa debe provenir de los ex combatientes de aquella gesta que sean parte del kirchnerismo y de nadie más y de sólo ellos supone que quienes no tomaron las armas poco tienen que decir –como lo señala en su nota (La Nación, “Elogio de la Traición”, 24/4/2013): “No precisamos de intelectuales o militantes que en los años 60 o 70 la vieron pasar de cerca, precisamos ex guerrilleros…”–, que están fuera de la historia y nada pueden aportar.

Parece que no se sale tan fácil del deseo de ser protagonista de alguna vanguardia. Imaginamos que los argentinos que no participamos de la lucha armada seguimos con derechos y facultades de opinión y pensamiento respecto de lo que sucede y sucedió en nuestro país. Al menos hasta nuevo aviso.

Va a ser muy difícil que luego de diez años de triunfalismo camporero y kirchnerista ahora resurja una camada de ex guerrilleros de 60 y más años para dar vuelta el relato nacional enarbolado por el Gobierno. Hasta ahora no lo han hecho; por el contrario, es lo que más festejan.

La reconsideración de la violencia armada de los 70 se hizo durante el alfonsinismo tanto en el Club Socialista del que habla Leis, como del grupo Esmeralda, como en quienes optaron por la socialdemocracia y criticaron la lucha armada.

Hoy muchos de ellos son kirchneristas. También hubo otra reconsideración cuando el denostado Carlos Saúl Menem, peronista y preso durante la dictadura, pregonero del nacionalismo y de las montoneras, “traicionó” –como quiere Leis que se haga nuevamente desde las huestes de ex montoneros kirchneristas– y se abrazó con el almirante Rojas, dictó el indulto y se amigó con los Alsogaray. Hay muchos modos de poner fin a un odio entre sectores; el de Menem no habrá sido el soñado, pero la guerra entre peronistas y antiperonistas reconfigurada hoy en día posiblemente necesite también algún abrazo entre vivos, además de la propuesta de Leis de levantar un memorial con los nombres de los muertos de aquellos años.

“Traicionar”, como pide, no es lo mismo que “arrepentirse”, y por lo general el arrepentimiento es personal, no es usual un arrepentimiento de miles en tiempos breves, y lo es menos si son simultáneos. Por otra parte, la Argentina de hoy existe. No se resume en su visión de lo que aconteció hace cuatro décadas por más que el sistema de los 70 oficie de discurso legitimante. Los problemas políticos y económicos de hoy, y que viven las actuales generaciones, tienen al menos tanta consistencia material como las realidades heredadas.

Italiensk for begyndere (2000) Italiano para principiantes

Andreas (Anders W. Berthelsen), es pastor, además de haber enviudado recientemente y comienza a trabajar en una iglesia reemplazando al anterior religioso a quien han suspendido.
Olympia (Anette Støvelbæk), es empleada en una panadería y regularmente ve a su padre enfermo y autoritario.
Karen (Ann Eleonora Jørgensen), es peluquera en una local que alquila y recibe las intempestivas visitas de una madre enferma.
Jørgen Mortensen (Peter Gantzler), soltero y empleado en un hotel es amigo de Halvfinn (Lars Kaalund), que está al frente del restaurante del mismo hotel y que trabaja con Giulia (Sara Indrio Jensen), su moza italiana.

Todos ellos se irán conociendo pero los vínculos se cerrarán aún más cuando sus historias confluyan en un curso para aprender italiano.

Al comienzo la narración tiene más que ver con el drama ya que varias de esas vidas están relacionadas con la enfermedad y la muerte.

Pero los encuentros y desencuentros de los personajes derivarán en una suave comedia (que respeta los criterios del Dogma 95) excelentemente actuada y narrada.

Lone Sherfig (1959, Copenhague, Dinamarca) dirigió además One Day (2011), la excelente An Education (2009, conocida en Argentina como Enseñanza de vida), Hjemve (2007), Wilbur Wants to Kill Himself (2002), Når mor kommer hjem (1998) y Kaj’s fødselsdag (1990).

Rafael Toriz / Padres escritores. A la sombra de los astros

(Publicado en Perfil, 9.6.2013, www.perfil.com)

Como esperanza o cataclismo, la paternidad es uno de los temas principales de la literatura. ¿Existe una coherencia ética en los creadores? La intimidad de algunos grandes personajes permite comprender las heridas de los ahijados a su reino.

Octavio Paz. Engendró con la escritora Elena Garro a su hija, Helena Paz. Hemingway. El hijo del macho americano cambió de sexo.Thomas Mann. Su figura proyectó una sombra sobre Klaus. Salinger. Según su hija, más que guardián era verdugo.

Dentro de las múltiples historias trágicas que pueblan la literatura, probablemente pocas sean tan infelices como las de las familias de los grandes escritores, existencias complejas y atribuladas que, debido al fulgor de los prohombres que las cobijan, suelen consumir a los que los rodean, especialmente a sus hijos.

Y es que retoñar, lógica de todo lo viviente, encuentra en el ser humano una contradicción radical que, de acuerdo con el biólogo Richard Dawkins, sería la esencia misma de nuestro mapa genético. Por lo tanto, engendrar descendencia, pese a milenios de civilización, no sería otra cosa que la manifestación del instinto ciego de la vida, de manera similar al huevo, que utiliza a la gallina para perpetuarse.

Desde que el mundo es mundo, y para que lo sea, el hecho de pasar la estafeta es lo que ha nutrido y fecundado la historia de la vida. Somos lo que somos debido a la humana capacidad de transmitir lo heredado, ensanchando la cultura con los libros, dotándola de intérpretes gracias a la cópula.
Retoñar, sin embargo, pocas veces ha sido promesa de plenitud y larga vida. Resulta paradójico que, para algunos célebres autores, engendrar descendencia haya sido el revés de su actividad primigenia, dando testimonio de que la luz de los astros estelares es también la que proyecta los eclipses más espesos. Y las sombras más oscuras.

Acaso ésa haya sido la razón por la que Ramón López Velarde, poeta mexicano que murió una madrugada, escribió decidido “el hijo que no tuve es mi verdadera obra maestra”.

Heredar la desdicha. “Todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz es desgraciada a su manera”, escribió Tolstoi en una frase que revelaba no sólo su cercanía con la miseria sino también una verdad ecuménica digna de la mejor literatura: la que se escribe con los dolores que no se desvanecen.

El caso de Klaus Mann (1906-1949), en ese tenor, es tristemente paradigmático. Hijo del Premio Nobel Thomas Mann –autor de una obra tan vasta y compleja como una catedral alemana (para leer La montaña mágica o Los Buddenbrook es conveniente caer en prisión o romperse una pierna)–, Klaus se destacó muy joven por su ingenio, su curiosidad y su talento literario, atributos que lo llevarían a escribir obras como La danza sagrada, Mefisto, El volcán o la Sinfonía patética, novela inspirada en la vida de Pyotr Ilyich Tchaikovsky. Prolífico escritor de entreguerras y testigo privilegiado de los trastornos más agudos de la cultura europea, Klaus vivió atormentado por el desamor de su padre, sus problemas con las drogas –era adicto a la morfina–, su homosexualidad periférica y su escandalosa vida bohemia, que incomodaba a su estólido progenitor. Reconocido por su ferviente y militante antinazismo, el primogénito de los Mann terminaría suicidándose con pastillas, agobiado y solitario en un hotelucho de Cannes.
Su padre, quien juzgó la determinación de su hijo como un acto irresponsable, escribió en una carta a Herman Hesse luego de la muerte de su vástago: “Mis relaciones con Klaus eran difíciles y de ninguna manera exentas de un sentimiento de culpabilidad, ya que mi existencia siempre arrojó de antemano una sombra sobre la suya… Klaus trabajaba demasiado rápido y con demasiada facilidad; eso explica algunos de los defectos y negligencias de sus libros”. La carta de Mann era la respuesta al pésame de Hesse.
Su hijo Michael Mann, por razones confusas, también habría de suicidarse.

Otro caso señero es el de Gregory Hemingway (1931-2001), tercer hijo del autor de El viejo y el mar, quien era obligado desde los 10 años de edad a beber whisky diariamente “como todo un hombre”. Su madre, férrea católica que respondía al nombre Pauline Pfeiffer, luego de separarse del gran macho americano –él se casaría de nuevo con Martha Gellhorn a las tres semanas del divorcio– encontraría refugio en atormentadas relaciones lésbicas.

Gregory, que a los 18 años partiría hacia Africa con la intención de volverse cazador –logró matar a veinte elefantes en un mes, según relata la enciclopedia–, vería frustrados sus planes a lo largo de toda su vida debido a su alcoholismo crónico y a problemas de drogadicción (por si fuera poco, durante la década de los 50 recibió incontables terapias con electroshock), salvo uno: convertirse en una mujer. Luego de haberse casado cuatro veces, engendrar ocho hijos y llevar una existencia a salto de mata entre la masculinidad extrema y el travestismo de clóset debido a la disforia de género y el desorden bipolar que lo aquejaban, decidió cambiar de sexo en 1995, siendo conocida a partir de entonces como Gloria Hemingway, personalidad con la que moriría en el Centro de Detención para Mujeres de Miami en 2001 debido a complicaciones cardíacas e hipertensión. Gloria se encontraba presa bajo cargos de indecencia y resistencia al arresto ya que se había desnudado en la vía pública obstruyendo una avenida. En alguna ocasión su padre opinó que Gloria, aunque entonces era Gregory, “era el lado más oscuro de la familia”. En 1976, Gigi, como le decían en familia, publicaría el libro sobre su padre Papa: a Personal Memoir, con prólogo de Norman Mailer. En 1997, ya convertida en mujer, se volvería a casar con su última esposa, Ida, aunque ataviada como hombre para la ocasión.

Hasta la fecha sus ocho hijos y su última esposa se disputan una millonaria herencia en dólares que dejó intestada.

Otro caso rutilante en el firmamento de la amargura es el de Margaret A. Salinger (1955), hija del mítico Jerome David, uno de los pocos autores que inauguran y clausuran edades literarias. Margaret ha contado parte de su experiencia al lado de su padre en el libro El cazador de sueños (Dream Catcher), en el que, con gran rencor, describe una figura ausente y sombría, intolerante y egocéntrica. Para ella su padre era un hombre mezquino que disfrutaba sobajando a las mujeres con las que convivía, aniquilándoles la personalidad y obligándolas a padecer su escandaloso encierro. Margaret cuenta que a su madre nunca la bajó de ramera, puesto que solía mantener encuentros sexuales con diversas parejas debido a que Salinger, a razón de sus fanatismos religiosos, abominaba del fornicio. En uno de los momentos más patéticos del libro, Margaret cuenta que Jerome, al ver a su madre embarazada, expresó: “Es asqueroso ver la transformación de tu cuerpo”. Margaret señala, luego de notificar que ha decidido escribir el libro a raíz de que su padre le sugiriera un aborto, que lo único que su viejo le enseñó durante toda la vida fue sentir vergüenza por cualquier imperfección cometida, enarbolando como valores únicos el hecho de ser un ganador y tener un notable genio creativo: “Ser un vencedor o no ser nada”. Una historia conflictiva donde los sentimientos que campean son la sordidez y la vileza.

El caso de Octavio Paz y Elena Garro cuenta otra tragedia parecida. Luego de haber pasado 22 años casados y una vida atribulada entre Europa, México, Estados Unidos y hasta Japón, la pareja se divorció para nunca más reconciliarse (es sabido que el poeta nunca perdonó las infidelidades de su cónyuge con Bioy Casares). Fruto de su matrimonio nació la niña Helena Garro Paz (1938), una mujer que buena parte de su vida ha llevado una vida trágica, llena de penurias y de gatos. “Pocos saben lo que es ser hija de dos genios”, puede leerse en sus Memorias, un tomo revelador estupendamente escrito sobre dos de los personajes estelares del siglo XX mexicano, en el que se explora la intimidad de sus padres desde la perspectiva de la hija (entre otros escabrosos detalles relata que, mientras vivieron estrecheces en Japón, el poeta pedía “un sirloin steak, y, para mi madre y para mí, pedía tortillas de huevo”). Por otra parte, era de sobra conocida y consensuada la proverbial belleza de Garro –Emilio Carballido, que la trató de cerca, aseguraba que como ella debía haber sido la mismísima Helena de Troya–, razón por la que fue convocada por Christian Dior para trabajar como modelo, trabajo al que el autor de Libertad bajo palabra se opuso rotundamente. Las críticas, desde luego, no se limitan a su padre, puesto que en el mismo libro es posible leer opiniones al respecto de su progenitora en este calado: “Era una mujer débil y autodestructiva, que teniendo todo para triunfar y llevar una vida feliz, de armonía y belleza, sólo por sus defectos y sus soberbias (ella nunca reconoció haberse equivocado en nada) no construyó algo sólido y verdadero”.

Otro caso de una familia signada por la tragedia fue el de Carlos Fuentes, quien sufrió la muerte de sus hijos engendrados con la periodista Silvia Lemus, Carlos (1973-1999) y Natasha (1974-2005), en circunstancias penosas y difusas. Fuentes, que vivió la mayor parte de su vida como un autor de prestigio internacional y sobre todo como embajador de la cultura latinoamericana, siempre proyectó la imagen de un estadista que compone y recompone el mundo desde lo alto de una pirámide, ajeno a problemas domésticos y a todo probable sentimentalismo. Por ello, luego de su muerte fue verdaderamente conmovedora la carta escrita por su hija Cecilia Fuentes Macedo (1962) con motivo del Día del Padre, en un periódico mexicano: “Yo sé que jamás logré ser la hija que hubieras soñado, pero lo intenté. No. No soy ni alta ni guapa ni sofisticada ni delgada ni culta ni interesada en la política, pero hice mi mejor esfuerzo estudiando y trabajando, siempre tratando de que me abrieras un lugarcito en tu vida. Nunca lo logré… Jamás pienses que no admiré y respeté tu brillantez, tu imaginación y tus logros. Fuiste un gran maestro y un gran amigo de muchos. Pero nunca te interesó aprender lo que significaba ser padre. Tú te lo perdiste y ahora sólo puedo imaginar la tristeza que te ha de haber causado el que yo, tu hija menos consentida, fuera la única que aún ronda por esta tierra”. En su libro En esto creo, Fuentes refería de la siguiente manera la llegada de su hija: “El nacimiento de Cecilia fue un hecho musical. Pude haber oído o recordado palabras, imágenes, flores o frutos, animales o aves, ríos, océanos. Sólo escuché música. No lo explico. Tampoco lo imagino. Lo atestiguo”.

Luego de este carrusel de sinsabores, pocas son las esperanzas que pueden depositarse en los escritores como padres de familia. No se trata, desde luego, de una condición sine qua non, sino del hecho evidente de que varios practicantes del oficio son proclives a una desequilibrada vida emocional. Como las supernovas los huracanes, suelen arrasar en su vorágine lo que encuentran a su paso, escribiendo cicatrices.

Por lo tanto, si Albert Camus estuvo en lo cierto al asegurar que el único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio –ese gesto consciente de acabar con la consciencia– resulta necesario asegurar, en aras de un calibramiento milimétrico, que la otra parte del mismo conflicto filosófico radica en el hecho de otorgar la vida. Abrir las puertas a la muerte y engendrar descendencia son las dos caras de una misma moneda que implican al ejercicio más honesto del pensamiento: decidir la potestad sobre lo que existe.
Sólo el análisis consciente de esa posibilidad podrá ayudarnos a sopesar las palabras que cierran esa obra maestra de Joaquim Maria Machado de Assis, Memorias póstumas de Blas Cubas, para saber, en nuestro fuero interno, si se trata de una lóbrega derrota o de la más dichosa de las victorias: “No tuve hijos, no tuve criatura a quien transmitir el legado de nuestra miseria”.

*

Una literatura familiar

Mauro Libertella

Durante varios años fantaseé con la posibilidad de escribir un puñado de ensayos sobre la literatura que aborda la muerte del padre. La enorme cantidad de libros al respecto, en todas las lenguas del mundo, han terminado por erigir el tópico a la categoría de un género. Con el tiempo me fui dando cuenta, sin embargo, de que el abordaje crítico no era lo que estaba buscando para plasmar mi relación personal con el tema, y recién entonces me animé a considerar por primera vez la posibilidad de escribir algo más cercano a la novela. El tema lo tenía; me faltaba la estructura. Después de dos o tres intentos fallidos, cuando empezaba a pensar que quizás el tema se me resistiría para siempre, encontré en el diario donde trabajo un librito recién salido de imprenta, que me llamó la atención por su título y por su brevedad. Me lo llevé y lo leí esa misma noche, de un tirón, en un largo viaje en colectivo, atravesando el centro de la ciudad con esa hermosa decadencia que tienen las grandes zonas de oficinas en las noches húmedas de enero. El libro era Algunas madres también se mueren, de Inés Ulanovsky, y esa estructura de capítulos cortos y contenidos, de perímetros perfectamente manipulables, se me reveló como un mapa textual sobre el que podía volcar mi propia historia con mi padre. Esa noche empecé a escribir Mi libro enterrado.
Cuando todo esto aconteció, ya habían pasado cuatro años desde la muerte de mi viejo. Sabemos que la historia contra fáctica es estéril, pero creo que no podría haber narrado mi relación con él si no hubiera mediado ese tiempo fundamental en el que el duelo suturó, las emociones se estabilizaron y los días de su agonía y su muerte se empezaron a conjugar en un suave tiempo pasado. Además, esos cuatro años fueron quizás para mí una preparación para algo que me aterraba y que no sé si algún día podré resolver del todo, que es la búsqueda de una voz personal en el interior de una familia literaria. Alejandro Zambra dice que los que nacieron en casas sin libros idealizan a las familias literarias. A mí me ha pasado algunas veces lo contrario. Asumir que uno no pudo vulnerar y transgredir ese cerco que es la profesión de sus padres es complejo para cualquiera. Creo que cuando uno lo asume plenamente, con las cuotas de gratificación y de fracaso que supone esa continuidad, empieza a encontrar su propio tono en esa cadena. Mi libro enterrado creo que es también, fatalmente, el testimonio de ese proceso personal.

Hoy, con el libro en la calle, me pregunto qué pensaría mi padre de este relato. La pregunta es de algún modo imposible, porque es un libro que no podría existir sin su muerte. Pero me gusta pensar que hubo algo en nuestra relación, una imperceptible, pero contundente transfusión textual, que destrabó la posibilidad de que este libro se escribiera. Y como no es un libro únicamente sobre su muerte, sino la historia en miniatura de los 23 años de nuestro vínculo, quizás la interpretación más luminosa diría que no es un libro mío ni suyo, sino el efecto de una literatura familiar.

Salvador Dalí, pintor, grabador, dibujante, escultor y escritor

Aparición de un rostro y frutero sobre la playa

Aparición de un rostro y frutero sobre la playa (1938)

Cisnes que se reflejan como elefantes

Cisnes reflejando elefantes (1937)

Construcción blanda con judías hervidas

Construcción blanda con judías hervidas

Cristo de San Juan de la Cruz

Cristo de San Juan de la Cruz (1951)

Crucifixión o Corpus hypercubicus (1954)

Crucifixión o Corpus hypercubicus (1954)

Dalí desnudo

Dalí desnudo

Dos arlequines

Dos arlequines

El Angelus arquitectónico de Millet (1933)

El Angelus arquitectónico de Millet (1933)

El Gran Masturbador

El Gran Masturbador

El hombre invisible

El hombre invisible

Nacimiento de una divinidad (1960)

Nacimiento de una divinidad (1960)

El puente roto del sueño

El puente roto del sueño

El sueño

El sueño (1937)

Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar

Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar (1944)

Jirafa ardiendo (1937)

Jirafa ardiendo (1937)

La Madonna de Port Lligat (1950)

La Madonna de Port Lligat (1950)

La metamorfosis de Narciso

La metamorfosis de Narciso (1937)

La persistencia de la memoria

La persistencia de la memoria (1931)

La tentación de San Antonio (1946)

La tentación de San Antonio (1946)

La última cena (1955)

La última cena (1955)

Leda atómica (1949)

Leda atómica (1949)

Naturaleza muerta, viva (1956)

Naturaleza muerta, viva (1956)

Portarretrato de Picasso (1947)

Portarretrato de Picasso (1947)

8D6 180 AE1 C2D Salvador Dalí (Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domènech) nació el 11 de mayo de 1904 en Figueras, España y falleció el 23 de enero de 1989 en Figueras, España.